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Rodrigo Paz ganó en Bolivia: las claves de una victoria histórica
El voto de castigo al MAS no bastó: Paz amplió su coalición y ganó en seis de los nueve departamentos.

Rodrigo Paz ganó la segunda vuelta presidencial de Bolivia el 19 de octubre de 2025 con el 54,96% de los votos válidos, frente al 45,04% de Jorge Quiroga. El candidato del Partido Demócrata Cristiano obtuvo 3.519.534 papeletas y aventajó a su rival por 634.873 votos. El resultado cerró veinte años de gobiernos del Movimiento al Socialismo y convirtió a Paz y a su compañero de fórmula, Edmand Lara, en presidente y vicepresidente electos.
La victoria no se explica solo por el desgaste del MAS ni por la ventaja de Paz en la primera ronda. El senador logró convertir su perfil de cambio moderado en una opción capaz de reunir apoyos diversos, mientras Quiroga mantuvo una base firme, pero más concentrada territorialmente. El mapa final mostró una mayoría nacional para Paz, aunque con excepciones importantes en Santa Cruz, Beni y Tarija, donde se impuso su adversario.
Un resultado que cambió el guion electoral
La votación del 17 de agosto había dejado un escenario abierto. Paz quedó primero con el 32,06% de los votos válidos, Quiroga obtuvo el 26,70% y Samuel Doria Medina terminó tercero con el 19,69%. Ninguno alcanzó el umbral necesario para ganar en primera vuelta, así que los dos candidatos más votados pasaron a una segunda votación, prevista por la Constitución boliviana desde 2009. Fue el primer balotaje presidencial celebrado en el país.
La regla electoral exige más del 50% de los votos válidos para vencer en primera ronda o, como alternativa, al menos el 40% y una ventaja mínima de 10 puntos sobre el segundo. Paz no estuvo cerca de ninguno de esos dos escenarios en agosto. Dos meses después, sin embargo, consiguió ampliar su respaldo hasta una mayoría clara: sumó más de 1,9 millones de votos respecto a la primera vuelta, mientras Quiroga aumentó su caudal en alrededor de 1,35 millones.
Ese crecimiento no permite saber con exactitud cómo votó cada persona que había apoyado a los candidatos eliminados, ni cuántos electores cambiaron de opción o acudieron por primera vez. Los resultados oficiales ofrecen totales, no un seguimiento individual del voto. Aun así, la distancia entre ambas rondas deja claro que Paz ensanchó su coalición con mayor eficacia y que la segunda votación no fue una simple repetición del orden de agosto.
Por qué Paz pudo reunir más apoyos
En la campaña, Paz se presentó como una alternativa al MAS sin adoptar el tono más confrontativo de Quiroga. Su propuesta combinaba reformas económicas con una promesa de gradualidad y más recursos para las regiones. Defendió un modelo en el que el Gobierno central y los departamentos administrasen cada uno la mitad de los fondos públicos, además de incentivos fiscales y recortes a los subsidios a los combustibles, pero planteó preservar ayudas para escolares y personas mayores. Ese equilibrio le permitió hablar de cambio sin convertir cada medida en una amenaza inmediata.
También pesó la composición de su candidatura. Edmand Lara, excapitán de la Policía que había ganado notoriedad denunciando presuntos casos de corrupción dentro de la institución, conectó con un electorado atraído por perfiles ajenos a la política tradicional. Su presencia reforzó el mensaje anticorrupción y el componente popular de la fórmula. No basta para atribuirle por sí sola el resultado, pero sí ayuda a entender por qué el binomio pudo proyectar una imagen más amplia que la de un candidato de centro con experiencia parlamentaria.
La diferencia con Quiroga era tanto de propuestas como de estilo. El expresidente defendió una reducción más profunda del gasto estatal, cambios de mayor alcance en la economía y un acercamiento a organismos financieros internacionales. También propuso cerrar el Banco Central y buscar un paquete de financiación de 12.000 millones de dólares, entre otras medidas. Para quienes priorizaban una ruptura rápida con el modelo anterior, ese programa podía resultar atractivo; para otros, evocaba el riesgo de un ajuste brusco. Paz captó mejor a quienes querían salir de la crisis, pero temían el coste social de una terapia acelerada.
La economía, telón de fondo de la elección
La campaña transcurrió en medio de una crisis marcada por dificultades para conseguir combustible y dólares, además de la pérdida de poder adquisitivo y la incertidumbre económica. En ese contexto, las grandes etiquetas ideológicas convivían con problemas muy concretos: el transporte, el coste de los productos, el acceso a divisas y la actividad de pequeños negocios. La economía funcionó como un árbitro silencioso porque cada candidato tenía que explicar no solo qué modelo quería, sino cómo ese modelo podía cambiar la vida cotidiana.
Quiroga ofreció una ruptura más rápida y contundente con la gestión económica del MAS. Su plan apelaba a quienes creían que el deterioro exigía medidas inmediatas, menos gasto público y una mayor apertura a la inversión. Paz, por su parte, combinó la crítica al oficialismo con una propuesta de reorganización estatal y descentralización de recursos. La elección no enfrentó a un candidato que prometía reformas con otro que defendía la continuidad: ambos planteaban cambios, pero discrepaban sobre su velocidad, su alcance y quién debía asumir sus costes.
Ese matiz importa porque el descontento económico no se traduce automáticamente en apoyo a la opción más radical. Una parte del electorado puede querer un cambio profundo y, al mismo tiempo, desconfiar de los recortes o de la posibilidad de que la estabilización recaiga sobre los hogares. La victoria de Paz sugiere que la promesa de renovación resultó más convincente cuando se acompañó de mensajes de protección y reparto territorial, aunque el resultado electoral no demuestra que exista un mandato único sobre cada una de sus medidas.
El mapa regional explica la amplitud del triunfo
Paz venció en seis de los nueve departamentos. Su ventaja fue especialmente amplia en La Paz, donde reunió el 66,03% frente al 33,97% de Quiroga, y también se impuso con claridad en Cochabamba, Oruro y Potosí. Ganó además en Chuquisaca y Pando. No se trató, por tanto, de un triunfo asentado en una sola región: el candidato del PDC construyó una mayoría territorial que abarcó el altiplano y varios departamentos de los valles y del oriente.
Quiroga conservó tres plazas decisivas. Venció en Santa Cruz con el 61,50% de los votos del departamento, en Beni con el 54,03% y por un margen estrecho en Tarija, donde alcanzó el 50,31%. Santa Cruz fue su gran bastión, pero la magnitud de esa victoria no bastó para compensar el desempeño de Paz en los departamentos más poblados. La clave del mapa fue la combinación entre una ventaja muy fuerte de Paz en La Paz y victorias en otras cinco regiones, frente a la concentración de Quiroga en tres.
La geografía también ayuda a corregir una lectura demasiado simple de la elección como un duelo entre el altiplano y el oriente. Aunque Santa Cruz se inclinó con claridad por Quiroga, Paz no quedó reducido a un voto regional; y aunque consiguió resultados sólidos en el occidente, su triunfo se extendió más allá de una única identidad territorial. La segunda vuelta reunió preferencias distintas bajo cada candidatura y mostró que la frontera política ya no coincidía de forma automática con el mapa tradicional del MAS y sus adversarios.
El desgaste del MAS y los límites del voto nulo
El oficialismo llegó a las elecciones debilitado por la ruptura entre las corrientes vinculadas a Evo Morales y Luis Arce. Morales no pudo presentarse y respaldó el voto nulo, mientras Arce descartó buscar la reelección y el MAS concurrió con Eduardo del Castillo. Andrónico Rodríguez, que había sido considerado una figura emergente de la izquierda, compitió por separado. La división dispersó a un espacio político que durante años había articulado una parte central de la vida electoral boliviana.
En la primera vuelta, Del Castillo obtuvo el 3,17% según los resultados detallados, mientras Rodríguez alcanzó el 8,51%. Esos datos reflejan la pérdida de capacidad del MAS para ordenar por sí solo el voto de la izquierda, aunque no significan que todo ese electorado desapareciera. En la segunda ronda, muchos antiguos votantes del oficialismo tuvieron que elegir entre dos candidatos opositores, votar en blanco o anular la papeleta. La fractura del campo político que había dominado el país dejó de ser un asunto interno del MAS y pasó a influir en la elección nacional.
El voto nulo bajó de 1.371.049 papeletas en la primera ronda a 317.847 en la segunda; los votos en blanco pasaron de 172.835 a 49.769. En octubre se emitieron 6.771.811 votos, con una participación del 85,32% sobre un padrón de 7.936.515 personas. La reducción de nulos y blancos coincide con una contienda más concentrada entre dos candidatos, pero no permite concluir que todos quienes habían anulado antes se decantaran por Paz. El llamado al voto nulo no impidió que se definiera un ganador ni se computó como apoyo a ninguna candidatura: solo los votos válidos determinaban el resultado.
Las alianzas de segunda vuelta no fueron automáticas
Tras quedar fuera de la carrera, Samuel Doria Medina aceptó su derrota y expresó su apoyo a Paz. Ese respaldo era políticamente relevante: había terminado tercero con casi una quinta parte de los votos válidos en agosto. Sin embargo, una declaración de apoyo no equivale a una transferencia completa de votantes. Quienes habían elegido a Doria Medina podían compartir algunas propuestas económicas con Quiroga, preferir el tono de Paz o decidir no participar. Los pactos entre dirigentes orientan la campaña, pero no convierten el voto ciudadano en propiedad de los candidatos.
Otros respaldos se repartieron de forma menos uniforme. Algunas figuras y grupos que habían competido en la primera ronda se acercaron a Quiroga; Luis Fernando Camacho, en cambio, se mantuvo neutral y APB Súmate anunció que no apoyaría a ninguno de los dos. Esa distribución hacía especialmente importante la capacidad de cada aspirante para convencer a personas que no se sentían representadas por los acuerdos de las cúpulas. La victoria de Paz indica que pudo ampliar su apoyo más allá de su electorado inicial, aunque los resultados agregados no permiten asignar con precisión cada nuevo voto a un endoso concreto.
La campaña también expuso una paradoja: ambos candidatos necesitaban presentarse como alternativa al ciclo del MAS, pero tenían que convencer a votantes que no compartían una misma idea de lo que debía venir después. Quiroga apeló a una ruptura más nítida y a su experiencia como expresidente; Paz ofreció una renovación menos asociada a la política tradicional, reforzada por Lara y por su propuesta de descentralización. El balotaje se decidió, en parte, porque la oposición no votó como un bloque homogéneo, y Paz logró reunir una combinación más amplia de preferencias.
Una mayoría electoral sin control absoluto del Parlamento
La elección presidencial no otorgó a Paz una mayoría legislativa equivalente. En la votación parlamentaria celebrada junto con la primera ronda, el Partido Demócrata Cristiano consiguió 16 de los 36 escaños del Senado y 49 de los 130 puestos de la Cámara de Diputados. Libre obtuvo 12 senadores y 39 diputados, mientras Unidad logró siete senadores y 26 diputados. El partido del presidente electo quedó como la primera fuerza, pero lejos de la mayoría absoluta, que requiere 19 escaños en el Senado y 66 en Diputados.
Ese reparto obliga a distinguir entre ganar la Presidencia y disponer de libertad para gobernar sin negociar. Las reformas económicas, los cambios fiscales y la redistribución de recursos entre el centro y las regiones necesitan respaldo político e institucional. El resultado presidencial aporta legitimidad para impulsar un programa, pero no elimina la necesidad de acuerdos con otras fuerzas. Una Asamblea fragmentada puede moderar los planes, retrasarlos o transformarlos durante la negociación.
La falta de una mayoría propia también vuelve más importante el tono con el que el nuevo Gobierno trate a sus adversarios y a los gobiernos regionales. La propuesta de compartir fondos públicos con las regiones podía servir como punto de partida para esos acuerdos, pero debía concretarse en decisiones legislativas y presupuestarias. El margen electoral de Paz fue amplio; su margen parlamentario, en cambio, exigía pactos. Esa diferencia condicionaba desde el inicio la posibilidad de convertir las promesas de campaña en políticas efectivas.
Qué significa el resultado para el nuevo ciclo político
La victoria de Paz terminó con dos décadas de gobiernos del MAS y confirmó una alternancia presidencial por medio de una segunda vuelta inédita en Bolivia. El cambio no implica que el electorado se haya desplazado de manera uniforme hacia la derecha ni que el antiguo espacio oficialista haya dejado de existir. Los votos de primera ronda, el desempeño regional de Paz y la fragmentación legislativa dibujan una sociedad política más diversa, donde las identidades partidistas ya no garantizan por sí solas una mayoría.
También deja una señal sobre la forma en que se construyen hoy las mayorías. El rechazo a la gestión saliente fue importante, pero no bastó para determinar qué candidato recibiría el voto de cambio. Pesaron la percepción de riesgo, la credibilidad económica, la personalidad de las fórmulas y la posibilidad de que las reformas preservaran ciertos apoyos sociales. El ganador no fue simplemente quien prometió romper con el pasado, sino quien convenció a más votantes de que podía hacerlo sin precipitar una ruptura incontrolada.
La distancia de casi diez puntos entre Paz y Quiroga cerró la incertidumbre electoral, pero no resolvió las tensiones que la originaron: la crisis económica, el desgaste institucional y la división de los partidos. Paz asumió la Presidencia el 8 de noviembre de 2025 para un mandato que se extiende hasta el 8 de noviembre de 2030. Su desafío consiste en transformar una coalición electoral amplia en acuerdos duraderos. La prueba de la victoria no está solo en el recuento de votos, sino en la capacidad de gobernar un país que eligió cambiar sin entregar a un solo partido todas las llaves del poder.

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