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Por qué Evo Morales convirtió el voto nulo en su apuesta política
El resultado dejó una señal política para Morales, aunque los votos nulos no cuentan para decidir quién gana.

Foto: Xavier Granja Cedeño, vía Wikimedia Commons. Licencia CC BY-SA 2.0.
El voto nulo alcanzó cerca del 19% en las elecciones presidenciales bolivianas del 17 de agosto de 2025 y dio a Evo Morales un resultado con el que reivindicar su vigencia política. El dato, sin embargo, no convierte esos sufragios en votos para el expresidente ni modifica el recuento que determina quién gana: su valor es político y simbólico, no jurídico. Morales impulsó la anulación después de quedar fuera de la papeleta y buscó que la protesta contra su inhabilitación se transformara en una demostración pública de fuerza.
La apuesta también tenía una dimensión interna. El Movimiento al Socialismo (MAS), la fuerza que Morales fundó y encabezó durante años, llegó a los comicios dividido entre facciones enfrentadas, mientras el malestar económico debilitaba al oficialismo. En ese escenario, convocar al voto nulo le permitía mantener un papel central sin competir por la Presidencia: medir cuántas personas seguían respondiendo a su liderazgo y disputar el relato sobre la legitimidad de la elección.
Una protesta que se expresa dentro de la urna
La diferencia entre voto nulo, voto en blanco y abstención no es menor. El voto en blanco consiste en entregar la papeleta sin marcar una candidatura; el nulo se produce cuando la papeleta queda invalidada por las marcas o alteraciones realizadas. La abstención, en cambio, significa no acudir a votar. En Bolivia, donde el sufragio es obligatorio, anular permite participar formalmente en la jornada y, a la vez, rechazar a las opciones disponibles. Es una protesta que no se queda fuera del proceso, aunque tampoco se suma a la elección de un candidato.
Durante la campaña, los partidarios de Morales promovieron distintas formas de invalidar la papeleta, desde marcar varias opciones hasta escribir el nombre del expresidente, que no figuraba entre los candidatos. Pero el sentido del voto nulo no era idéntico para todas las personas: algunos lo entendían como apoyo a Morales y rechazo a su exclusión; otros expresaban descontento con el conjunto de candidaturas. Esa diferencia importa porque el recuento registra papeletas anuladas, no las motivaciones individuales de quienes las depositan.
El resultado nacional, por tanto, no puede leerse como si cada voto nulo fuera una adhesión personal al exmandatario. Sí demuestra que la consigna logró movilizar a un sector considerable del electorado, pero no permite saber por sí sola cuántos votantes actuaron por lealtad a Morales, por rechazo al proceso o por falta de afinidad con los aspirantes. La cifra mide la extensión de una forma de protesta, no una transferencia automática de apoyo político.
Qué significa el 19% y qué queda fuera de esa cifra
Antes de las elecciones, algunos sondeos situaban el voto nulo entre el 10,6% y el 14,6%; las estimaciones citadas para el voto en blanco rondaban el 5%, mientras que más del 13% de los encuestados seguía indeciso. Después de la votación, el nulo llegó a alrededor del 19%, por encima de aquellas previsiones. La diferencia alimentó la interpretación de Morales de que se trataba de un resultado histórico, aunque comparar encuestas y escrutinio exige cautela: una encuesta registra intenciones declaradas, y el voto depositado recoge decisiones tomadas finalmente en la urna.
El dato tampoco equivale a decir que Morales hubiera ganado la elección si hubiese estado en la papeleta. Los votos nulos no se asignan a ninguna candidatura y no compiten con los votos válidos en la definición del resultado. El expresidente pudo presentar la cifra como una señal de respaldo a su liderazgo, pero no convertirla en una victoria electoral oficial. El porcentaje describe el rechazo expresado mediante papeletas invalidadas, no una candidatura alternativa.
Hay, además, una diferencia entre contar votos y atribuirles un significado colectivo. Una parte del electorado podía apoyar el llamado de Morales; otra, coincidir con la protesta por motivos distintos. Incluso entre quienes lo respaldaban, el gesto podía expresar rechazo a la inhabilitación, a las opciones disponibles o a la fractura del espacio político de izquierda. El resultado ofrece una señal política relevante, pero no resuelve por sí solo quiénes componen ese 19% ni qué esperan de un eventual gobierno.
La inhabilitación cambió el papel de Morales
Morales no pudo presentarse a las elecciones tras una decisión del Tribunal Constitucional que limitó la posibilidad de ejercer la Presidencia a dos mandatos. El expresidente gobernó entre 2006 y 2019, durante tres periodos, y sostuvo que debía poder volver a competir. La resolución judicial cerró su inscripción y dejó su nombre fuera de la papeleta. A partir de ahí, su campaña dejó de buscar votos para una candidatura propia y pasó a concentrarse en demostrar que conservaba capacidad para movilizar a sus seguidores aun sin ocupar un lugar oficial en la contienda.
Ese cambio le ofrecía una manera de seguir presente en una elección que, de otro modo, podía relegarlo. Al convocar a anular, podía presentarse como el referente de quienes consideraban injusta su exclusión y mantener la disputa sobre las reglas del proceso. La estrategia no eliminaba la decisión judicial ni habilitaba una candidatura posterior; servía para disputar su interpretación en el terreno político. La barrera legal no desaparecía, pero Morales intentaba impedir que también lo apartara de la conversación pública.
La convocatoria tenía asimismo un coste potencial. Si el nulo no alcanzaba una cifra significativa, sus adversarios podían señalar que el liderazgo del expresidente ya no tenía la capacidad de arrastre que reivindicaba. Si crecía, en cambio, podía exhibirlo como una fuerza organizada que no dependía de tener candidato propio. El resultado cercano al 19% le proporcionó un argumento para defender esa segunda lectura, aunque no pruebe que su influencia sea uniforme en todo el país ni que ese respaldo se traduzca en poder institucional.
La fractura del MAS convirtió el nulo en voto de castigo
El MAS llegó a la elección lejos de la unidad que había caracterizado sus años de hegemonía. La disputa entre Morales y el presidente Luis Arce quebró la organización y enfrentó a los llamados evistas con los arcistas. A la división se sumó la aparición de figuras vinculadas a ese mismo espacio, entre ellas Eduardo del Castillo, candidato del oficialismo, y Andrónico Rodríguez, presidente del Senado y dirigente cocalero que había sido considerado cercano a Morales. La pelea no era solo por una candidatura, sino por quién podía reclamar la representación de la izquierda y del movimiento popular.
En ese contexto, el llamado al voto nulo también permitía a Morales marcar distancia con antiguos aliados. La consigna podía funcionar como voto de castigo contra candidaturas surgidas del MAS, incluso cuando sus aspirantes compartían parte de la historia política del movimiento. Rodríguez, en particular, quedó en una posición incómoda al competir con un proyecto propio, mientras los seguidores del expresidente podían interpretar esa decisión como una ruptura. La papeleta anulada reunía así dos mensajes: rechazo a la exclusión de Morales y negativa a entregar automáticamente el voto a quienes habían ocupado su espacio.
La división debilitaba la capacidad del partido para ordenar el comportamiento de sus bases. Antes, la marca del MAS podía reunir corrientes distintas bajo una misma estructura; con la ruptura, cada facción debía demostrar que conservaba organización, militancia y respaldo territorial. El voto nulo se convirtió en una forma de medir esa obediencia fuera de las candidaturas y de las listas legislativas. Para Morales, el resultado servía como señal de que una parte de sus seguidores seguía dispuesta a responder a su convocatoria, aunque no bastara para reconstruir por sí sola la unidad partidaria.
El Chapare ofrece organización, pero no representa a todo el país
El Trópico de Cochabamba, y en particular el Chapare, es uno de los principales bastiones políticos y sindicales de Morales. Allí, las redes de organizaciones cocaleras y las Seis Federaciones le proporcionan una estructura de movilización que no depende únicamente de la campaña electoral. Asambleas, radios comunitarias y vínculos sindicales ayudan a transmitir consignas y a coordinar acciones. La fuerza de esa red permite convertir una decisión individual en un gesto colectivo visible.
Pero el peso de la consigna varía según el territorio y el electorado. En El Alto, por ejemplo, hubo partidarios que vieron la anulación como una forma de expresar su identidad indígena y el rechazo a que Morales quedara fuera. Otros votantes de la misma ciudad, en cambio, rechazaban que el expresidente utilizara la elección para medir su propia vigencia. También hubo personas que anularon porque no se sentían convencidas por ningún candidato, sin que eso supusiera respaldar a Morales. Un mismo resultado puede reunir motivos distintos y hasta enfrentados.
Fuera de sus bastiones, la consigna debía competir con otras respuestas al malestar: votar por una candidatura opositora, respaldar a una figura de izquierda distinta, dejar la papeleta en blanco o abstenerse. Para quienes querían apartar al MAS del poder, anular podía parecer menos eficaz que concentrar el voto en una opción con posibilidades. Para quienes no confiaban en ninguna candidatura, en cambio, la papeleta inválida ofrecía un modo de cumplir con el sufragio obligatorio sin dar apoyo a nadie. El alcance del nulo dependía tanto de la fidelidad a Morales como del rechazo a las alternativas disponibles.
La economía dio combustible al descontento
La campaña transcurrió en un clima marcado por la preocupación por los precios, la disponibilidad de combustibles, la presión sobre las reservas y la dificultad para acceder a dólares al tipo de cambio oficial. Ese malestar golpeaba al Gobierno de Arce y alimentaba la sensación de que la etapa de estabilidad económica asociada a los años de bonanza se había debilitado. La protesta electoral encontró terreno en una vida cotidiana donde las dificultades económicas eran más inmediatas que las disputas internas del partido.
Morales podía aprovechar ese descontento sin asumir la responsabilidad directa de la gestión del Gobierno. El nulo permitía a sus seguidores castigar al oficialismo sin respaldar a la oposición y, al mismo tiempo, mantener la distancia respecto a candidatos que habían surgido de la izquierda. Esa combinación resultaba especialmente útil para un dirigente que buscaba conservar influencia mientras su antiguo partido estaba dividido. La papeleta anulada ofrecía una salida a quienes se sentían decepcionados con el Gobierno, pero no querían cambiar de campo político.
Eso no significa que todas las dificultades económicas se tradujeran en apoyo a Morales ni que el voto nulo expresara un programa compartido para resolverlas. La inflación de las preocupaciones materiales puede reunir a votantes que después discrepan sobre las políticas, las candidaturas y el rumbo del país. El malestar ayuda a explicar por qué una consigna de rechazo puede crecer, pero no determina qué alternativa de gobierno prefieren quienes la siguen. La protesta puede ser amplia precisamente porque no obliga a acordar una solución común.
El nulo no anula las elecciones ni altera quién gana
En la normativa electoral boliviana, los votos nulos y en blanco quedan fuera del cómputo de votos válidos con el que se define el resultado presidencial. Para ganar en primera vuelta, una candidatura necesita más del 50% de los votos válidos o, como mínimo, el 40% y una ventaja de 10 puntos porcentuales sobre la segunda. Si nadie cumple esas condiciones, la legislación contempla una segunda vuelta. El porcentaje de sufragios anulados no sustituye esos requisitos ni crea un umbral que invalide automáticamente la elección.
Por eso, la idea de que un nulo superior al resultado de los candidatos obligaría a repetir los comicios no corresponde a las reglas descritas por la autoridad electoral. El Tribunal Supremo Electoral rechazó esa interpretación durante la campaña: los votos nulos y blancos tienen valor estadístico, pero no se suman para determinar al ganador. La cifra puede ser políticamente llamativa y aparecer en el debate posterior, pero no tiene capacidad para revocar por sí misma el resultado ni para abrir una nueva convocatoria.
Existe, no obstante, un efecto aritmético indirecto que puede generar confusión. Si algunos votantes que habrían elegido una candidatura pasan a anular, el total de votos válidos se reduce. Como los porcentajes de los candidatos se calculan sobre ese total, una candidatura puede aumentar su porcentaje relativo sin haber recibido más votos en términos absolutos. No es una bonificación para quien encabeza el recuento ni un efecto exclusivo de la campaña de Morales: es la consecuencia matemática de calcular porcentajes sobre una base menor.
Una cifra útil para el relato, no una mayoría alternativa
Morales podía utilizar el resultado para sostener que la elección no representaba a una parte importante del país y que su exclusión había dejado fuera a sus seguidores. Un porcentaje elevado de votos nulos ofrece material para esa argumentación, sobre todo en un contexto de división partidaria y desgaste económico. Pero la legitimidad jurídica de la elección no se decide contando nulos como si fueran votos a favor de una candidatura ausente. El debate sobre la representación social y el cómputo legal pertenecen a planos distintos.
La distinción no vuelve irrelevante el dato. Un resultado de alrededor del 19% puede condicionar la discusión sobre el origen político de un nuevo Gobierno, alimentar las críticas de sus adversarios y convertirse en una medida de movilización para Morales. El ganador oficial puede tener el respaldo necesario conforme a la ley y, aun así, enfrentarse a un sector que considere que la elección no lo representa. Pero ese argumento exige interpretar el contexto y no solo señalar una cifra. Un porcentaje de nulos puede erosionar la percepción de consenso sin invalidar el mandato electoral.
También conviene separar legitimidad electoral de popularidad. La primera se establece mediante las reglas y los resultados reconocidos por el sistema; la segunda depende de cómo la ciudadanía valore al Gobierno y de si este consigue responder a sus demandas. Un presidente puede cumplir los requisitos legales y afrontar una oposición social intensa; también puede invocar una victoria formal sin convencer a quienes votaron en contra o anularon. La protesta influye en el clima político, pero no reemplaza el escrutinio ni demuestra por sí sola una mayoría social alternativa.
Un antecedente que explica la fuerza simbólica del gesto
El voto nulo ya había adquirido visibilidad en Bolivia antes de la campaña de Morales. En las elecciones judiciales de 2011 y 2017, una parte considerable del electorado anuló su papeleta para expresar rechazo a unos comicios sin competencia partidaria convencional y a la percepción de que la justicia estaba politizada. Aquellos votos no tumbaron el proceso, pero dejaron una referencia reconocible: invalidar la papeleta podía convertirse en una forma pública de protesta. Morales retomó un gesto que ya formaba parte de la memoria política del país.
La diferencia en esta ocasión estaba en quién promovía la consigna y en qué buscaba medir. En las elecciones judiciales, el nulo se dirigía contra la forma de seleccionar autoridades; en 2025, el llamado partía de un expresidente excluido de la contienda y servía, además, para mostrar la capacidad de convocatoria de su propio movimiento. El símbolo era conocido, pero su uso tenía un objetivo más personal y partidario. La anulación podía denunciar una falta de representación y, a la vez, funcionar como una prueba de lealtad a un líder.
Ese doble significado explica por qué el resultado puede ser interpretado de maneras distintas sin que una lectura borre necesariamente la otra. Para algunos votantes, fue una protesta democrática contra la ausencia de Morales; para otros, un rechazo general a los candidatos; y para el expresidente, una cifra capaz de sostener su relato de vigencia. La elección no permite reducir todos esos motivos a uno solo. El voto nulo es una categoría electoral precisa, pero una expresión política heterogénea.
El día después depende de lo que Morales haga con el resultado
La cifra obtenida le ofrece a Morales un recurso para permanecer en la discusión, aunque no le devuelve una candidatura ni garantiza que sus seguidores continúen unidos. Su influencia dependerá de si puede convertir la movilización electoral en organización política, de cómo evolucione la fractura del MAS y de la relación que establezca con quienes comparten su rechazo al resultado, pero no necesariamente su liderazgo. El nulo demuestra capacidad de convocatoria en una jornada; no asegura control permanente sobre ese electorado.
La oposición y los sectores que compitieron contra el MAS también deben leer el resultado sin simplificaciones. No pueden atribuir automáticamente cada voto nulo a un apoyo personal a Morales, pero tampoco tratar una cifra cercana al 19% como ruido irrelevante. Ignorarla dejaría fuera una señal de desafección; presentarla como una victoria electoral paralela confundiría la protesta con el recuento oficial. El dato importa porque puede influir en el debate público, no porque cambie quién recibió los votos válidos.
Al final, el nulo expresa una paradoja política: puede ser una forma poderosa de decir que una parte del electorado no se siente representada y, al mismo tiempo, carecer de efecto directo sobre quién ocupa la Presidencia. Morales se aferró a esa distancia entre el resultado legal y su lectura social para mantenerse en escena tras quedar fuera de la papeleta. El 19% le dio un argumento para reivindicar presencia, pero no una victoria formal. Su apuesta consistía en transformar una casilla vacía de candidato en una señal de fuerza para el día después.

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