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¿Se vengó Sánchez de Meloni endureciendo los controles de Schengen?

España e Italia chocan por Schengen tras la crisis de Ceuta: controles en El Prat, reproches políticos y una tensión europea cada vez mayor.

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Sánchez promete justicia y medidas

España e Italia han convertido una crisis migratoria en un pulso político dentro del espacio Schengen. Roma restableció controles fronterizos sobre las conexiones con España después de la entrada masiva de migrantes en Ceuta del 30 de julio. Madrid respondió desde el 8 de agosto con controles temporales en vuelos y enlaces marítimos procedentes de Italia. La consecuencia se nota en aeropuertos como Barcelona-El Prat y Madrid-Barajas, justo en plena temporada alta.

Conviene aclararlo desde el principio porque el lenguaje político ha empezado a correr más deprisa que el jurídico: España e Italia no han abandonado Schengen ni han roto la libre circulación europea. Ambos países han recuperado temporalmente controles en determinadas fronteras interiores, algo que permite la normativa comunitaria en circunstancias excepcionales. Antonio Tajani, ministro italiano de Exteriores, habla de “suspender Schengen”; jurídicamente, la expresión es bastante más aparatosa que lo ocurrido.

El choque, sin embargo, es real. Tajani calificó este domingo de “incomprensible” y “totalmente inaceptable” la respuesta española y defendió que Italia tiene la obligación de proteger sus fronteras ante el posible desplazamiento hacia otros países europeos de personas llegadas irregularmente a Ceuta. El Gobierno español sostiene justo lo contrario: que Roma sobredimensionó el riesgo y que su reacción terminó perjudicando a viajeros españoles que nada tenían que ver con la crisis migratoria.

De Ceuta a los aeropuertos: cómo empezó el conflicto

El origen está a más de 800 kilómetros de Roma. El 30 de julio, Ceuta sufrió una entrada migratoria de dimensiones extraordinarias desde Marruecos. Las autoridades españolas han situado en alrededor de 72.000 las entradas irregulares durante la avalancha, aunque las cifras posteriores sobre cuántas personas continúan en la ciudad no coinciden plenamente entre administraciones. Interior llegó a informar de que unas 70.000 habían regresado a Marruecos, mientras el presidente ceutí, Juan Vivas, calculó el 8 de agosto que todavía permanecían entre 8.000 y 11.000.

Ahí apareció Italia. El Gobierno de Giorgia Meloni decidió recuperar desde el 1 de agosto controles en sus fronteras interiores aéreas y marítimas con España argumentando riesgos para el orden público, la seguridad y los movimientos migratorios secundarios. La medida italiana está planteada como temporal, aunque Roma ha señalado el 15 de agosto como una fecha especialmente sensible ante la posibilidad de nuevas concentraciones de entradas en Ceuta.

Madrid exigió su retirada. Roma se negó. Y la diplomacia veraniega hizo el resto: aquello que había comenzado como una discusión sobre inmigración terminó convertido en una especie de partido de tenis fronterizo. Italia controla llegadas desde España; España controla llegadas desde Italia.

No es exactamente la gran construcción europea que imaginaron los padres fundadores, pero agosto tiene estas cosas.

Qué controles aplica España a los viajeros procedentes de Italia

La respuesta española está recogida en la Orden INT/846/2026, publicada en el BOE el 9 de agosto. Los controles comenzaron a las 00:00 del sábado 8 y podrán mantenerse hasta las 24:00 del 7 de septiembre de 2026. Afectan a vuelos de pasajeros cuyo último aeropuerto de salida esté en Italia y a conexiones marítimas procedentes de puertos italianos.

La norma permite comprobar a las personas que atraviesen esas fronteras interiores aplicando en cada caso el régimen correspondiente a su nacionalidad, situación jurídica y derecho europeo de libre circulación. No establece una prohibición general de entrada ni permite seleccionar viajeros exclusivamente por nacionalidad, origen étnico, religión o apariencia. También obliga a organizar los controles de manera flexible y proporcionada para reducir las esperas.

Durante la primera jornada se controló a 199 pasajeros de terceros países en 12 vuelos. Madrid-Barajas concentró 83 comprobaciones en un vuelo procedente de Roma. En Barcelona-El Prat fueron 67 personas llegadas en dos vuelos desde Milán y Roma. Valencia sumó otras 33; Sevilla, 11; y Bilbao, cinco. En Alicante aterrizaron tres vuelos procedentes de Italia sin que se practicaran controles durante el periodo contabilizado.

Es decir, no todos los pasajeros que aterrizan desde Italia están siendo conducidos a una fila interminable de pasaportes. Los primeros datos muestran un dispositivo selectivo, concentrado especialmente en nacionales de países extracomunitarios. Otra cuestión es lo que ocurre cuando el mecanismo coincide con aviones llenos, agosto, colas y temperaturas propias de una sartén.

El Prat pone rostro al conflicto entre España e Italia

Barcelona ha terminado proporcionando la imagen más incómoda de esta disputa. Viajeros sometidos a las nuevas comprobaciones en El Prat soportaron temperaturas cercanas a los 40 grados, una escena que resume bastante bien la distancia entre las decisiones tomadas en los despachos y su aterrizaje —nunca mejor dicho— sobre el pasajero corriente.

El aeropuerto barcelonés fue, junto a Barajas, uno de los principales escenarios del primer día de controles. Ocho agentes participaron allí en las verificaciones de los vuelos llegados desde Roma y Milán. Son operaciones que pueden parecer pequeñas en términos estadísticos, pero suficientes para alterar un desembarque cuando coinciden calor, equipaje, niños, esperas y cientos de viajeros intentando llegar de una vez a la misma puerta.

Y ahí está una parte incómoda del asunto. Los Gobiernos discuten sobre seguridad nacional, soberanía y reciprocidad; el ciudadano descubre la crisis cuando lleva veinte minutos de pie con la maleta y empieza a preguntarse por qué un vuelo entre dos países de la UE vuelve a tener controles policiales a la salida.

Tajani eleva el tono contra Sánchez

Roma considera que la reacción española ha sido desproporcionada. Tajani insistió este domingo en que Italia “no está en contra de España”, sino que pretende evitar movimientos secundarios desde Ceuta hacia otros puntos de Europa. El jefe de la diplomacia italiana vinculó la decisión tanto con la inmigración irregular como con eventuales riesgos de seguridad y defendió mantener la precaución mientras persista la posibilidad de nuevas entradas masivas.

Su discurso, eso sí, fue bastante más allá de los controles aeroportuarios. Tajani volvió a criticar la política española de regularización de inmigrantes y aseguró que puede enviar una señal equivocada hacia el exterior. También sostuvo que Italia, por su posición geográfica, se encuentra particularmente expuesta a movimientos migratorios procedentes del sur de Europa. Son argumentos habituales en el Gobierno de Meloni, que ha hecho del control migratorio una de sus grandes señas políticas.

Madrid contesta que ese razonamiento mezcla fenómenos diferentes. La vicepresidenta tercera, Sara Aagesen, aseguró que ninguna persona llegada a Ceuta había alcanzado la Península y defendió que el espacio Schengen seguía garantizado. El Ejecutivo presenta sus controles a Italia como una respuesta proporcionada destinada también a defender la “dignidad” de los ciudadanos españoles afectados por las medidas italianas.

Aquí empieza la zona gris. Si los controles españoles son necesarios por razones objetivas de seguridad, no deberían depender de que Italia retire antes los suyos. Si son esencialmente una réplica política, el argumento de seguridad queda algo más maltrecho. La orden publicada en el BOE intenta precisamente evitar esa lectura y no menciona una represalia: justifica la medida por la presión migratoria del Mediterráneo central, los desplazamientos secundarios desde Italia y las dificultades italianas en la aplicación de determinadas normas europeas de asilo.

Una pirueta jurídica elegante. También bastante evidente.

Qué significa realmente suspender los controles de Schengen

Schengen no significa que los Estados hayan renunciado para siempre a vigilar sus fronteras interiores. El Código de Fronteras Schengen permite recuperar controles cuando exista una amenaza grave para el orden público o la seguridad interior. Deben ser excepcionales, temporales, necesarios y proporcionados. Las instituciones europeas supervisan las notificaciones y pueden examinar la justificación de las medidas.

Por eso resulta más exacto hablar de restablecimiento temporal de controles fronterizos que de “fin” o “suspensión” de Schengen. El ciudadano italiano mantiene su derecho europeo de libre circulación en España y el español conserva el suyo en Italia. Lo que desaparece provisionalmente en determinadas rutas es la expectativa habitual de atravesar una frontera interior sin una inspección.

Y tampoco es una anomalía exclusivamente hispano-italiana. En agosto de 2026 existen controles interiores temporales en varios países europeos, entre ellos Alemania, Francia, Austria, Países Bajos, Suecia, Noruega y Polonia, por motivos que van desde la inmigración irregular hasta el terrorismo o el crimen organizado. Schengen lleva años conviviendo con excepciones. El problema comienza cuando la excepción deja de parecer excepcional.

Una pelea europea que va mucho más allá de Sánchez y Meloni

El enfrentamiento refleja dos formas distintas de abordar la inmigración, pero sería demasiado cómodo reducirlo al socialista Pedro Sánchez frente a la conservadora Giorgia Meloni. Europa entera lleva años buscando un equilibrio difícil entre libre circulación, protección de fronteras exteriores, derecho de asilo y seguridad.

La crisis de Ceuta simplemente ha llevado esa contradicción hasta el extremo. Italia teme que una entrada masiva en territorio español termine irradiándose hacia otros países de Schengen. España replica que ese desplazamiento no se ha producido y que convertir una hipótesis en restricciones para millones de viajeros abre una puerta peligrosa. Bruselas recuerda, mientras tanto, algo bastante menos espectacular: los controles solo pueden mantenerse mientras resulten necesarios y proporcionados.

También hay política doméstica. Meloni ha construido buena parte de su identidad gubernamental sobre la defensa de fronteras estrictas. Sánchez sostiene una visión migratoria distinta y ha defendido las regularizaciones como una herramienta vinculada a la integración social y a las necesidades del mercado laboral español. Cuando estas dos políticas chocan en medio de una crisis como la de Ceuta, el pasaporte se convierte rápidamente en argumento electoral.

El riesgo es evidente. La reciprocidad tiene una lógica diplomática sencilla —tú me controlas, yo te controlo—, pero Schengen nació precisamente para escapar de esa lógica. Cada barrera interior puede justificarse aisladamente y, aun así, la suma de todas acabar erosionando uno de los símbolos más concretos de la integración europea.

Schengen aguanta mientras la confianza entre socios se resiente

España mantendrá, salvo cambio de criterio, sus controles sobre conexiones italianas hasta el 7 de septiembre. Italia insiste en que sus medidas son temporales y mantiene controles sobre determinadas conexiones aéreas y marítimas con España. Las dos capitales dejan abierta la posibilidad de retirarlos antes si desaparecen las circunstancias que los motivaron.

La verdadera noticia, por tanto, no es que España e Italia hayan roto Schengen. No lo han hecho. Es que dos socios centrales de la Unión Europea han recurrido a sus excepciones fronterizas en pleno enfrentamiento político y migratorio, trasladando buena parte del coste práctico a los viajeros.

Ceuta encendió la mecha. Roma reaccionó. Madrid respondió. Y en El Prat, mientras Sánchez y Meloni discutían sobre la Europa sin fronteras, algunos pasajeros volvieron a encontrarse con algo que creían perteneciente al pasado: un policía esperando al bajar del avión. Con casi 40 grados alrededor, por si la metáfora necesitaba temperatura.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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