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¿Se equivocó Trump? Irán resiste y vuelve a amenazar

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Se equivocó Trump

Irán mantiene misiles, presiona Ormuz y complica a Trump: la guerra se alarga, sube el petróleo y deja a Washington sin una victoria nítida.

Irán no se ha derrumbado, y ese es el dato que cambia por completo el relato de estas casi tres semanas de guerra. Desde el 28 de febrero, cuando arrancó la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, Teherán ha seguido lanzando misiles y drones, mantiene capacidad para castigar a Israel y a bases estadounidenses en la región, y además ha dejado claro que no piensa negociar con Washington en las condiciones actuales. El ministro de Exteriores, Abbas Araqchi, lo resumió con una frase muy directa: Irán se considera “estable y fuerte” y dispuesto a resistir “el tiempo que haga falta”. Cuando un país sometido a miles de ataques sigue hablando así, sigue disparando así y sigue condicionando el mercado energético mundial, cuesta sostener que la campaña ha producido el efecto político que Trump vendió al principio.

La contradicción de fondo es bastante evidente. Trump llegó a dar por ganada la guerra en la primera hora, pero este fin de semana ha tenido que pedir a China, Francia, Japón, Corea del Sur, Reino Unido y otros países que ayuden a proteger el estrecho de Ormuz, la arteria por la que circula una quinta parte del petróleo mundial. La respuesta, de momento, ha sido un coro de cautela, silencios y fórmulas diplomáticas muy medidas. Nadie ha ofrecido un compromiso firme. En política exterior, a veces una petición sin respuesta dice más que un bombardeo. Y esta petición suena a eso: a un reconocimiento implícito de que el problema sigue abierto, de que la guerra se alarga y de que Washington necesita más manos de las que preveía.

La cuestión, por tanto, no es si Irán está intacto, porque no lo está. Ha sufrido golpes muy duros, pérdida de infraestructuras, muertos, desplazados y un castigo militar masivo. La cuestión es otra, bastante más incómoda para la Casa Blanca: si Trump calculó mal la capacidad iraní para absorber el daño, seguir causando daño y transformar una operación pensada como demostración de fuerza en una guerra más larga, más cara y más enredada. El simple hecho de que el presidente estadounidense haya endurecido el tono sobre la isla de Kharg, principal centro exportador de crudo iraní, mientras Ormuz sigue bajo tensión y el petróleo continúa disparado, indica que la partida no está ni cerrada ni ordenada.

La guerra no se rompió en el primer golpe

La campaña arrancó el 28 de febrero, en pleno contexto de contactos indirectos entre Estados Unidos e Irán sobre el programa nuclear. Lo que vino después fue una ofensiva aérea intensiva contra miles de objetivos dentro de Irán. Sin embargo, el patrón de las últimas horas desmonta la idea de una parálisis total del aparato iraní. Los Guardianes de la Revolución afirmaron este domingo que habían lanzado más misiles contra Israel y contra tres bases estadounidenses en la región. No es el comportamiento de un enemigo neutralizado; es el comportamiento de un actor castigado, sí, pero aún operativo, aún coordinado y aún decidido a convertir cada golpe recibido en una nueva ronda de presión.

Ese dato encaja con otra cifra decisiva. El Institute for National Security Studies de Israel calcula que Irán ha lanzado cerca de 300 misiles balísticos, muchos con municiones de racimo, además de cientos de drones desde finales de febrero. En paralelo, Israel ha seguido interceptando, respondiendo y negando problemas graves de munición defensiva, pero los proyectiles iraníes han seguido cayendo. Este domingo volvieron a registrarse impactos en el centro de Israel y en el área de Tel Aviv, con daños en 23 puntos distintos y varios heridos, mientras el balance acumulado de muertos en territorio israelí asciende al menos a 12 personas. Cuando la capacidad de castigo persiste después de semanas de bombardeo intensivo, la foto estratégica ya no se parece a una victoria limpia.

Irán, además, nunca ha necesitado ganar como una superpotencia para conservar valor militar y político. Su doctrina regional juega a otra cosa: resistir, dispersar capacidades, usar la presión económica, abrir varios frentes y convencer al rival de que cada paso adicional costará más de lo previsto. No tiene que dominar el aire para condicionar la guerra; le basta con seguir lanzando ataques, mantener vivo el miedo sobre las infraestructuras energéticas y hacer que el adversario cambie su discurso de “esto está hecho” por otro mucho menos vistoso, más áspero, más administrativo: “necesitamos ayuda para reabrir Ormuz”. Esa deriva, por sí sola, ya apunta a un error de cálculo político, aunque Estados Unidos siga siendo militarmente superior.

Ormuz sigue siendo el gran músculo de Teherán

El lugar donde mejor se ve que Irán sigue teniendo palancas no está en Teherán ni en Tel Aviv, sino en el mar. El estrecho de Ormuz se ha convertido otra vez en el cuello del sistema energético mundial. El paso está efectivamente cerrado para la mayor parte del tráfico marítimo global desde que comenzó la ofensiva del 28 de febrero, aunque algunos buques iraníes y determinadas embarcaciones extranjeras han seguido cruzando. Teherán mantiene una posición calculada: el estrecho estaría abierto para todos salvo para Estados Unidos y sus aliados, una fórmula que mezcla presión militar, selección política y mensaje propagandístico. Irán no necesita cerrar cada metro de agua para generar una crisis; le basta con que el mercado crea que puede hacerlo.

En las últimas horas, ese poder de intimidación ha saltado además a las costas del Golfo. Arabia Saudí, Kuwait y Baréin han informado de nuevos ataques con misiles o drones, un día después de que Irán pidiera evacuar tres grandes puertos de Emiratos Árabes Unidos, en la primera amenaza directa a activos no estadounidenses de un país vecino desde el inicio de la guerra. Teherán acusa a Emiratos, sin aportar pruebas públicas, de haber servido como plataforma para los ataques del viernes sobre Kharg, y ha advertido de que responderá contra infraestructuras petroleras, económicas y energéticas vinculadas a Estados Unidos si siguen golpeando su red exportadora. Ese salto cualitativo importa mucho: ya no se trata sólo de castigar a Washington o a Israel, sino de recordar a todo el Golfo que la guerra puede entrar por la puerta de su propia economía.

La señal más gráfica de ese riesgo ha sido Fuyaira, uno de los grandes centros mundiales de repostaje y carga fuera de Ormuz. El puerto quedó afectado por las andanadas del sábado y reanudó operaciones el domingo, pero el episodio ha confirmado hasta qué punto incluso los nodos considerados relativamente protegidos están dentro del radio de inestabilidad. Analistas financieros sitúan como instalaciones especialmente vulnerables a Ras Tanura y Abqaiq en Arabia Saudí, dos nombres que en el mercado del petróleo suenan como campanas de alarma. Cuando el conflicto empieza a rozar esa geografía, ya no estamos ante una guerra periférica: estamos ante un sobresalto que toca el corazón mismo del suministro energético mundial.

El petróleo convierte el conflicto en una factura mundial

Los números del crudo son, en realidad, otro parte de guerra. El Brent y el West Texas Intermediate han subido más de un 40% en lo que va de marzo y han alcanzado niveles que no se veían desde 2022, con el barril rondando los 100 dólares. La Agencia Internacional de la Energía ha activado una liberación extraordinaria de 411,9 millones de barriles de reservas de emergencia, una intervención de escala histórica. Y no se trata sólo de una maniobra simbólica: la oferta mundial de petróleo podría caer 8 millones de barriles diarios en marzo, mientras los productores de Oriente Medio han recortado al menos 10 millones por las alteraciones del conflicto. Esto no es ya un asunto geopolítico abstracto; es una crisis que entra por la refinería, por la aseguradora, por el transporte y, en cuestión de días, por casi cualquier economía.

Ahí aparece otra de las grietas del plan de Trump. La idea inicial parecía bastante clara: golpear muy fuerte, quebrar la capacidad iraní y restaurar la disuasión sin desencadenar un incendio prolongado en el mercado energético. Lo que ha salido, de momento, es otra cosa: Irán sigue golpeando, Ormuz sigue estrangulando el comercio y la comunidad internacional ha tenido que abrir la despensa estratégica del petróleo para evitar un choque todavía mayor. Cuando una guerra obliga a soltar cientos de millones de barriles de reserva para estabilizar el mercado, lo que queda en pie no es un relato de control, sino una imagen de contención de daños. Y eso, para un presidente que hizo de la fuerza una marca personal, pesa bastante.

Trump prometió control y se encontró con desgaste

La administración Trump insiste en que el conflicto puede terminar en semanas. El secretario de Energía, Chris Wright, dijo este domingo que espera el final de la guerra en las próximas semanas y una posterior relajación de precios. El propio Trump ha mantenido que la guerra acabará pronto, pero al mismo tiempo ha endurecido su discurso sobre Kharg, ha dicho que no está preparado para cerrar un acuerdo en estos momentos y ha llegado a deslizar nuevos golpes contra la isla “por diversión”, una expresión tan brutal como reveladora del clima verbal que rodea la operación. Washington ha dejado de lado, además, los intentos de mediación de aliados de Oriente Medio para abrir conversaciones. Es decir, se promete una salida rápida mientras se apartan las vías que podrían acortarla.

En el frente interno, el coste empieza a verse. Trump aparece más irritado con la cobertura mediática, cuestionado por el encarecimiento de la energía, por el castigo de los mercados y por una guerra cuya utilidad no está sabiendo explicar de forma convincente. El problema no afecta sólo a los demócratas, que ven una ventana política de cara a las legislativas de noviembre; también toca a parte de su propio espacio, donde algunos apoyos empiezan a preguntarse cómo encaja esta guerra larga con el viejo discurso trumpista contra las aventuras exteriores. La imagen del presidente se complica además por el contraste entre su promesa de control total y la realidad de una operación que ha causado ya al menos 13 muertes entre militares estadounidenses.

Ese balance humano tiene nombres. El Pentágono identificó a los seis aviadores fallecidos en el accidente de un KC-135 sobre Irak, mientras apoyaban las operaciones contra Irán: John A. Klinner, Ariana G. Savino, Ashley B. Pruitt, Seth R. Koval, Curtis J. Angst y Tyler H. Simmons. El siniestro, según el Departamento de Defensa, no fue causado por fuego enemigo ni amigo, pero subraya otra verdad bastante seca: incluso cuando no mueres por un misil, la guerra te alcanza. Y en una campaña presentada casi como exhibición de superioridad tecnológica, esos nombres recuerdan que la factura militar no se mide sólo por objetivos destruidos, sino también por cuánto tiempo eres capaz de sostener el esfuerzo sin que la erosión política empiece a morder en casa.

Los aliados escuchan, pero no se lanzan

El otro punto delicado para Trump está fuera de Estados Unidos. China ha pedido estabilidad en el suministro energético y desescalada. Corea del Sur ha dicho que “toma nota” y que revisará la situación con cuidado. Reino Unido estudia opciones con sus socios, pero subraya que la manera más segura de reabrir Ormuz es terminar la guerra. Francia trabaja en la idea de una eventual misión internacional de escolta, aunque insiste en que sólo tendría sentido cuando las circunstancias lo permitan. Y Alemania, por boca de su ministro de Exteriores Johann Wadephul, ha sido más clara todavía: no contempla convertirse próximamente en parte activa del conflicto. Ese mosaico no es una coalición. Es prudencia. A ratos, distancia.

La escena tiene algo casi irónico. Trump empezó prometiendo que la Marina estadounidense escoltaría petroleros en la zona; sin embargo, esos escoltas todavía no se han materializado y el mensaje del fin de semana ha sido que esto debería haber sido “un esfuerzo de equipo”. La frase no es menor. Lo que deja ver es que la Casa Blanca comprende que el problema de Ormuz no se resuelve sólo con voluntad retórica y que un bloqueo o una amenaza persistente sobre ese corredor exige músculo multinacional, legitimidad política y una coordinación que hoy no existe. Incluso en la Unión Europea se ha abierto la discusión sobre ampliar la misión Aspides, hasta ahora centrada en el mar Rojo, hacia Ormuz. El simple hecho de que se piense en ello ya demuestra que el conflicto ha dejado de ser un duelo bilateral y se ha convertido en una perturbación sistémica.

Una región cada vez más ancha y más cara

Mientras Washington habla de semanas, la región sigue acumulando muertos, desplazados y daños que ya desbordan cualquier parte militar limpio. En Irán, el Comité Internacional de la Cruz Roja sitúa por encima de 1.300 el número de fallecidos, y las cifras oficiales iraníes incluyen 223 mujeres y 202 niños entre las víctimas. Hay además más de 100.000 personas reubicadas dentro del país. En los países del Golfo, los ataques iraníes han matado al menos a una docena de civiles, en su mayoría trabajadores migrantes. En Israel, el balance confirmado se mantiene en 12 muertos por fuego iraní. En Líbano, donde Hezbolá abrió otro frente y la respuesta israelí ha sido muy dura, el Ministerio de Salud cifra en 820 los fallecidos y en más de 800.000 los desplazados internos en apenas diez días. Son números que, sumados, explican por qué la guerra ya supera ampliamente los 2.000 muertos en la región.

Ese ensanchamiento del conflicto explica también el tono cada vez más alarmado de actores internacionales que no suelen hablar a la ligera. La Organización Mundial de la Salud ha liberado 2 millones de dólares en fondos de emergencia para países de la zona. El papa León XIV ha endurecido su llamado a un alto el fuego inmediato. Y, en paralelo, el golpe económico se ha colado en la gran política energética: la Administración Trump ha concedido una exención temporal de 30 días sobre determinadas sanciones al petróleo ruso para aliviar la falta de oferta, una decisión que se interpreta como un balón de oxígeno indirecto para Vladímir Putin en plena guerra de Ucrania. Es decir, el conflicto con Irán no sólo reordena Oriente Medio; también trastoca equilibrios que parecían ir por otro carril. La guerra abre puertas por donde luego entra de todo.

La victoria que Washington todavía no puede enseñar

A estas alturas, Irán no ha derrotado a Estados Unidos ni a Israel. Decir eso sería falsear la relación de fuerzas. Pero también sería falsear la realidad afirmar que Trump ha impuesto una victoria clara. Lo que se ve es un país castigado que sigue disparando, una red regional que sigue produciendo inestabilidad, un estrecho de Ormuz que continúa bajo presión, unos aliados que escuchan pero no se comprometen y una Casa Blanca obligada a combinar triunfalismo verbal con peticiones de apoyo internacional. En una guerra así, el problema no es sólo militar. El problema es de resultado político, de capacidad para ordenar el escenario después del golpe inicial. Y ahí es donde el cálculo de Trump empieza a parecer menos infalible de lo que sugieren sus discursos.

Quizá ese sea el verdadero núcleo de la historia. Trump no subestimó la potencia de su propio ejército; probablemente subestimó la capacidad de Irán para impedir una victoria rápida, compacta y rentable. Ha logrado sobrevivir al primer vendaval, ha demostrado que aún puede castigar a varios adversarios a la vez y ha colocado a la economía mundial frente a un grifo medio cerrado que nadie se atreve a dar por reabierto. Esa combinación basta para cambiar el clima de la guerra. Irán sigue en pie, y no como mera reliquia del primer bombardeo, sino como actor capaz de seguir marcando el precio del conflicto. Ahí, justo ahí, es donde empieza a tomar forma la posibilidad de que Trump se haya equivocado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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