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¿Por qué Rusia golpea Kiev y Ucrania con drones, misiles y apagones?
Rusia golpea Kiev y Ucrania con drones y misiles, deja muertos y apagones, y empuja a Europa ante una guerra más aérea, larga y dura de fondo

Rusia lanzó en la madrugada del 2 de junio una de sus ofensivas aéreas más intensas de las últimas semanas contra Kiev y varias ciudades de Ucrania, con un balance provisional de al menos 11 muertos y más de un centenar de heridos. La capital ucraniana volvió a despertar entre explosiones, humo, incendios y cortes de electricidad, esa liturgia cruel de una guerra que ya no necesita anunciarse: primero suenan las sirenas, luego tiembla el suelo, después llegan los equipos de rescate. Y, cuando amanece, aparecen las cifras. Siempre demasiado pequeñas para contar lo ocurrido.
El ataque combinó drones y misiles en una oleada de gran escala dirigida contra Kiev, Dnipró, Járkov y otras zonas del país. Las autoridades ucranianas indicaron que Rusia utilizó centenares de drones y decenas de misiles, incluidos proyectiles balísticos y armas de alta velocidad. Moscú, fiel a su manual de guerra y de lenguaje, sostuvo que había ejecutado un “ataque masivo” contra instalaciones militares e infraestructuras vinculadas a la defensa ucraniana. El problema, pequeño detalle sin importancia para la propaganda de cualquier imperio, es que los daños volvieron a aparecer en edificios residenciales, coches calcinados, bloques de pisos abiertos como cajas de cartón mojado y zonas urbanas donde la vida civil insiste en existir.
En Kiev, el impacto más visible se concentró en bloques de viviendas. Las imágenes descritas por los servicios de emergencia y por testigos dibujan una escena que ya resulta demasiado familiar: fachadas arrancadas, incendios en varios puntos de la ciudad, escombros sobre coches aparcados, vecinos saliendo con la ropa de dormir, mascotas, bolsas improvisadas, niños medio dormidos y adultos con la mirada de quien ha comprendido que la noche todavía no ha terminado. En algunos distritos se registraron apagones, y miles de personas buscaron refugio en el metro, convertido desde hace años en una segunda ciudad subterránea: fría, iluminada a ratos, llena de mantas, termos, móviles cargándose y silencios muy densos.
Rusia ha vuelto a golpear Kiev y Ucrania con una ofensiva de gran volumen porque la guerra está entrando en una fase de presión aérea sostenida, donde Moscú intenta desgastar la defensa antiaérea ucraniana, castigar su infraestructura, forzar miedo civil y enviar un mensaje político. Todo a la vez. La guerra moderna, tan tecnológica, tan quirúrgica en los comunicados, sigue oliendo a plástico quemado, yeso roto y gasolina.
Kiev, Dnipró y Járkov: la geografía del daño
Kiev fue el principal símbolo del ataque, pero no el único punto golpeado. En la capital, las autoridades locales informaron de muertos y decenas de heridos, entre ellos menores. Un misil o fragmentos de misil alcanzaron un bloque de viviendas de varias plantas y provocaron derrumbes parciales. Otro edificio quedó dañado por el impacto o por la caída de restos de proyectiles interceptados. Las defensas antiaéreas trabajaron durante horas, pero cuando una ciudad recibe una lluvia de drones y misiles de manera simultánea, el éxito nunca es limpio: se intercepta mucho, sí; también cae metal ardiendo sobre tejados, patios, avenidas y dormitorios.
En Dnipró, ciudad clave del centro-este ucraniano, el balance fue especialmente duro. Varias personas murieron y decenas resultaron heridas tras ataques contra la ciudad y su entorno. Las autoridades regionales hablaron de viviendas dañadas, vehículos quemados y una zona infantil afectada. Entre los muertos figuró un miembro de los servicios de emergencia, alcanzado en lo que Ucrania describe habitualmente como ataques de doble golpe: una primera explosión causa víctimas y una segunda busca dañar a quienes acuden a socorrer. Es una táctica conocida, fea incluso para los estándares de la guerra, que ya es decir.
Járkov, cerca de la frontera rusa y castigada de forma recurrente desde el inicio de la invasión a gran escala, también sufrió impactos de drones y misiles. Hubo heridos, daños en viviendas, garajes y vehículos. La ciudad conoce bien esa condición de frontera viva: demasiado cerca del atacante para respirar, demasiado grande y simbólica para desaparecer del mapa. Járkov resiste con una mezcla de normalidad y sobresalto, como quien pone café mientras escucha artillería de fondo. No es heroísmo de postal; es supervivencia.
La novedad no está solo en la lista de ciudades afectadas, sino en la escala combinada del ataque. Rusia ha multiplicado el uso de drones de largo alcance, misiles balísticos, misiles de crucero y, según las autoridades ucranianas, también armas hipersónicas. El objetivo no parece ser únicamente destruir un punto concreto. La lógica es más amplia: saturar radares, obligar a Ucrania a gastar interceptores, detectar brechas en la defensa aérea y convertir la noche en una ruleta. Una ruleta con edificios de viviendas en la casilla equivocada.
El edificio de 24 plantas y la guerra dentro de casa
El dato que se queda pegado a la memoria es el del edificio de 24 plantas dañado en Kiev. No porque sea el único ni porque sea más importante que otros, sino porque resume la guerra en su versión más desnuda: la vida doméstica atravesada por un misil. Un bloque de 24 plantas no es una abstracción militar. Es una suma de cocinas, lavadoras, deberes escolares, plantas en el balcón, vecinos que se saludan poco y ancianos que conocen el sonido exacto del ascensor.
Cuando un misil golpea un edificio así, la discusión sobre objetivos militares empieza a parecer una broma macabra. Rusia insiste en que sus ataques se dirigen contra infraestructuras militares o centros de decisión. Ucrania responde que los impactos y los daños demuestran otra cosa. En el medio quedan los vecinos. Y los cristales. Y los bomberos.
El derecho internacional humanitario no prohíbe cualquier ataque en una guerra, pero exige distinción, proporcionalidad y precaución. Dicho en castellano sin toga: no todo vale, ni siquiera cuando se invoca una necesidad militar. Atacar una infraestructura de defensa no autoriza convertir un barrio entero en una nube de polvo. La discusión jurídica vendrá después, con informes, peritajes, fotografías geolocalizadas y lenguaje seco. La vida, mientras tanto, ya habrá cambiado de sitio.
La versión de Moscú y el viejo truco del objetivo militar
El Ministerio de Defensa ruso afirmó que el ataque fue una operación masiva contra estructuras militares ucranianas y objetivos vinculados a la industria de defensa. Es la fórmula habitual: precisión, defensa, respuesta, centros de decisión. Palabras pulidas como mármol. En el comunicado, la guerra parece un tablero. En Kiev, Dnipró o Járkov, en cambio, parece un portal sin puertas.
La narrativa rusa llega después de días de advertencias. Moscú había anunciado su intención de lanzar ataques “sistemáticos” contra instalaciones en Kiev relacionadas con el Ejército ucraniano y centros donde, según su versión, se toman decisiones militares. También había instado a ciudadanos extranjeros y diplomáticos a abandonar la capital. El mensaje tenía algo de intimidación directa y algo de teatro imperial: avisen a los invitados, apaguen las luces, vamos a bombardear. La civilización, ya tal.
Rusia justifica esta escalada como respuesta a ataques ucranianos contra zonas bajo control ruso o contra territorio ruso. Entre los casos citados por Moscú está un ataque contra una residencia de estudiantes en una zona ocupada de Lugansk, con decenas de muertos, cuya autoría Ucrania niega. Kiev sostiene que sus operaciones apuntan a unidades militares, logística, bases de drones, refinerías y depósitos de combustible empleados por Rusia para sostener la invasión. Como ocurre casi siempre en esta guerra, los relatos no solo compiten: chocan, se contaminan, se usan como munición.
Pero hay una asimetría que no conviene perder entre humo y ruido. Rusia inició la invasión a gran escala en febrero de 2022 y ocupa territorio ucraniano. Ucrania se defiende de esa agresión y, desde hace meses, ha ampliado su capacidad para golpear activos militares, logísticos y energéticos dentro de Rusia o en territorios ocupados. Eso no convierte automáticamente cada ataque ucraniano en legítimo ni cada objetivo en aceptable. La guerra no otorga santidad por decreto. Pero el marco de fondo importa: no es un terremoto, no es una riña vecinal, no es “dos países que se pelean” como si hubieran discutido por una valla. Es una invasión prolongada y cada vez más aérea.
La propaganda rusa se mueve con habilidad en los pliegues del dolor. Usa víctimas en territorio ocupado para justificar nuevas oleadas sobre ciudades ucranianas, habla de terrorismo cuando recibe golpes y de “objetivos militares” cuando los lanza. Nada nuevo bajo el sol negro de la guerra. Lo grave es que esa gramática acaba normalizando lo intolerable: si todo es respuesta, nada es responsabilidad.
Drones, hipersónicos y defensas al límite
El ataque encaja en una tendencia clara: la guerra de Ucrania se ha convertido en un duelo de alcance, saturación y resistencia aérea. Rusia lanza oleadas grandes para agotar las defensas. Ucrania intercepta un porcentaje elevado de drones, pero sufre mucho más con los misiles balísticos e hipersónicos, que dejan menos margen de reacción. Una cosa es derribar un dron lento, ruidoso, casi torpe en comparación con un misil moderno. Otra es parar un proyectil que cae a velocidades extremas y cambia el cálculo de segundos a parpadeos.
Las autoridades ucranianas indicaron que Rusia lanzó centenares de drones y decenas de misiles durante la ofensiva. Según la Fuerza Aérea ucraniana, una parte muy considerable fue interceptada o neutralizada, pero hubo impactos en decenas de localizaciones. Esta es la aritmética cruel de la defensa aérea: puede ser eficaz y, al mismo tiempo, insuficiente. Basta con que unos pocos misiles atraviesen el escudo para que haya muertos, edificios reventados y una ciudad entera sin dormir.
Kiev lleva meses pidiendo más sistemas antiaéreos, especialmente baterías capaces de interceptar misiles balísticos. Los Patriot estadounidenses, los sistemas europeos y los interceptores disponibles se han convertido en algo más que material militar: son tiempo comprado para una ciudad. Cada misil interceptado es un bloque que no cae, una escalera que sigue en pie, una ambulancia que no sale. Suena simple. No lo es. La producción, el suministro, la política interna de los aliados y el cansancio occidental pesan casi tanto como los radares.
Rusia, por su parte, parece haber asumido que la cantidad también es estrategia. Drones baratos para saturar, misiles caros para perforar, ataques nocturnos para quebrar la vida civil, objetivos energéticos para multiplicar los efectos. La palabra apagón no describe solo la falta de luz. En Ucrania significa hospitales con generadores, ascensores detenidos, ancianos bajando escaleras oscuras, calefacción incierta cuando hace frío y neveras que dejan de ser neveras. La guerra energética no siempre mata al instante, pero enferma la vida cotidiana.
La paradoja es que esta sofisticación técnica convive con una brutalidad primitiva. Drones, algoritmos, guiado de precisión, satélites, inteligencia electrónica… y el resultado final puede ser una madre limpiando sangre del pasillo. La modernidad bélica tiene esa desfachatez: presume de precisión mientras produce escenas medievales.
Kursk, refinerías y la frontera que arde por los dos lados
Mientras Rusia golpeaba Ucrania, varias regiones rusas también informaron de ataques ucranianos con drones. Entre ellas aparecieron zonas fronterizas como Kursk, además de Belgorod, Krasnodar o áreas vinculadas a infraestructuras energéticas. Las autoridades rusas aseguraron haber derribado decenas de drones y comunicaron daños en algunos puntos. En Kursk, región fronteriza con Ucrania y convertida desde hace tiempo en parte del perímetro caliente de la guerra, se notificaron ataques contra vehículos o localidades cercanas a la línea de tensión.
La guerra ya no cabe dentro de Ucrania, aunque Ucrania siga siendo su víctima principal. Desde hace meses, Kiev ha intensificado sus golpes contra refinerías, depósitos, estaciones de bombeo y nodos logísticos rusos. La lógica es clara: si Rusia usa su profundidad territorial para producir, mover y abastecer la maquinaria de guerra, Ucrania busca que esa profundidad deje de ser cómoda. El frente ya no es solo una línea de trincheras; es una red de combustible, ferrocarriles, radares, bases de drones y fábricas.
Esto no significa que todos los ataques más allá de la frontera sean iguales ni que desaparezca la obligación de proteger a civiles. Importa cómo se golpea, qué se golpea y con qué efectos. Pero sí revela una transformación estratégica: Ucrania intenta llevar el coste de la guerra al sistema logístico ruso. La retaguardia rusa, durante mucho tiempo relativamente protegida, ya no es una habitación cerrada. Tiene ventanas. Y algunas están ardiendo.
Moscú denuncia esos ataques como terrorismo. Kiev los presenta como operaciones militares contra la infraestructura que alimenta la invasión. Entre ambas versiones hay una batalla política, pero también una realidad material: refinerías rusas han sufrido incendios, paradas parciales y daños en instalaciones relevantes. Crimea, bajo control ruso desde 2014, ha afrontado problemas de suministro de combustible en distintos momentos por la presión sobre rutas y depósitos. La guerra de drones ha convertido la energía en un frente flexible, lleno de pequeñas explosiones que acaban teniendo consecuencias grandes.
El riesgo, evidente, es la escalada. Cada golpe en territorio ruso alimenta la narrativa de represalia del Kremlin; cada bombardeo ruso sobre ciudades ucranianas refuerza la convicción de Kiev de que debe golpear más lejos. Es el mecanismo de una puerta giratoria con metralla. Entra una justificación, sale un ataque. Entra otra, sale otro. Y así, hasta que alguien decida que el lenguaje de la fuerza no puede ser el único idioma disponible. De momento, no parece haber muchos traductores.
Europa escucha la alarma, aunque a veces finja dormir
El ataque sobre Ucrania volvió a activar alarmas más allá de sus fronteras. Polonia, miembro de la Unión Europea y de la OTAN, movilizó cazas para proteger su espacio aéreo durante la ofensiva rusa. No es un gesto menor. Cada gran oleada de misiles cerca del flanco oriental europeo recuerda que la guerra no se queda quieta en el mapa porque Bruselas lo desee mucho. La geografía tiene poca paciencia con la retórica.
Europa vive esta guerra en dos planos. En uno, proporciona ayuda militar, financiera y humanitaria a Ucrania, sostiene sanciones contra Rusia y repite que la seguridad del continente se decide también en Kiev. En otro, convive con cansancio social, tensiones presupuestarias, elecciones, miedo a la escalada y una tentación vieja: mirar a otra parte cuando la factura se vuelve incómoda. Es humano. También peligroso.
La ofensiva rusa llega en un momento en que los esfuerzos diplomáticos no han logrado un alto el fuego estable. Las conversaciones, los contactos indirectos y las presiones internacionales siguen sin traducirse en una pausa real de los ataques. La administración estadounidense mira además a otros frentes globales, Oriente Próximo entre ellos, mientras Ucrania insiste en que sin defensa aérea suficiente cualquier negociación parte de una debilidad sangrante. No se negocia igual bajo techo que bajo drones.
La ONU ha advertido del aumento de víctimas civiles y del riesgo de que la guerra siga fuera de control. Desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, las cifras verificadas superan los 15.000 civiles muertos en Ucrania, incluidos cientos de niños, y los propios organismos internacionales admiten que el número real probablemente es mayor. La estadística, cuando se repite mucho, pierde filo. Conviene devolverle peso: 15.000 no es una cifra. Son nombres que ya no contestan.
Para España y para el resto de Europa occidental, la guerra de Ucrania puede parecer a veces una noticia lejana, otro incendio en la pantalla entre política nacional, precios, fútbol y calor. Pero no lo es. Afecta a la seguridad energética, al gasto militar, a la política de defensa europea, al equilibrio con Estados Unidos, a la arquitectura de fronteras y a una pregunta más antigua que todos los comunicados: qué hace una democracia cuando una potencia decide que los mapas se corrigen con misiles.
La noche que Europa no debería normalizar
La ofensiva rusa contra Kiev y otras ciudades ucranianas no cambia por sí sola el curso completo de la guerra, pero sí confirma su dirección más inquietante. Rusia apuesta por ataques masivos, nocturnos, combinados, capaces de saturar defensas y golpear la moral civil. Ucrania resiste, intercepta, repara y responde ampliando sus operaciones contra la logística rusa. Entre ambos movimientos, la guerra se ensancha. No siempre avanza en kilómetros; a veces avanza en alcance, en miedo, en fatiga.
Kiev ha vuelto a pasar una noche bajo misiles. Dnipró ha contado muertos. Járkov ha sumado heridos. Kursk y otras regiones rusas han notificado ataques. Los comunicados hablan de objetivos, sistemas, interceptaciones y daños. Está bien. Hay que contarlo. Pero debajo de esa capa técnica late lo esencial: la guerra sigue devorando vidas civiles y estrechando el espacio de la política. Cada oleada aérea hace más difícil imaginar una salida limpia, aunque precisamente por eso sea más necesario exigirla.
La tentación es acostumbrarse. Ver otra explosión sobre Kiev como quien ve llover en noviembre. Un error moral y también estratégico. Las democracias no pierden solo cuando son derrotadas militarmente; pierden antes, cuando aceptan que la brutalidad se vuelva paisaje. Rusia lo sabe. Ucrania también. Europa debería recordarlo sin necesidad de que una sirena suene en su propia calle.

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