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Ciencia

¿Por qué una proteína viral lleva el nombre de Rosalía y «Despechá»?

Rosalía paró su concierto en Boston al conocer RyDEP, la proteína viral inspirada en «Despechá» que desactiva las defensas de las bacterias.

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Rosalía interrumpió su concierto en Boston para reconocer públicamente a Miguel López Rivera, un investigador de Úbeda que trabaja en Harvard y ha participado en la identificación de una proteína viral bautizada como RyDEP. El nombre juega con el apodo Rosy y con Despechá, una de las canciones más conocidas de la artista. Ella localizó al científico entre el público, comentó el hallazgo desde el escenario y terminó dedicándole Sauvignon Blanc. La biología molecular, por una noche, tuvo focos, ovación y estribillo.

La proteína no pertenece al cuerpo humano ni está relacionada con la salud de la cantante. RyDEP procede de un bacteriófago, es decir, un virus que infecta bacterias, y actúa como una herramienta de sabotaje microscópico: destruye las señales químicas con las que ciertas bacterias activan sus defensas antivirales. Dicho sin bata blanca, corta los cables de la alarma antes de que la célula pueda reaccionar.

El estudio que describe la proteína RyDEP está encabezado por López Rivera y fue difundido a finales de mayo de 2026 como un preprint científico, una investigación pública que todavía debe superar el proceso formal de revisión por especialistas. Conviene señalarlo porque la historia ha corrido por las redes con la velocidad habitual de estos tiempos, donde una proteína puede convertirse en celebridad antes de que el manuscrito haya terminado de pasar por todos los filtros académicos.

Eso no resta interés al hallazgo. Al contrario. La investigación básica abre una ventana sobre la guerra diminuta y feroz que mantienen bacterias y virus desde mucho antes de que la humanidad supiera siquiera que existían. Una carrera armamentística sin discursos, sin banderas y sin ruedas de prensa: moléculas contra moléculas, defensas contra disfraces, cerraduras contra ganzúas.

Una pausa en Boston para presentar a «Miguel el científico»

El encuentro ocurrió durante el concierto del 11 de junio de 2026 en el TD Garden de Boston, una de las grandes paradas estadounidenses del Lux Tour. Miguel López Rivera se encontraba entre los asistentes y acabó señalado por la propia artista ante miles de personas. Rosalía explicó, entre risas, que aquel espectador había puesto su nombre a una molécula. La definición era comprensible para un pabellón lleno, aunque científicamente podía afinarse un poco más: se trata de una proteína de un virus bacteriano identificada y caracterizada dentro de una investigación sobre inmunidad bacteriana.

La cantante celebró la historia con una frase que parecía escrita por un guionista con querencia por las batas blancas: «Por el amor de las moléculas». Después le dedicó Sauvignon Blanc, canción incluida en Lux. López Rivera compartió más tarde su entusiasmo por haber subido al escenario y por recibir la dedicatoria. No ocurre todos los días. Los artículos científicos suelen traer gráficos, secuencias y tablas; rara vez incluyen una serenata ante casi 20.000 personas.

El episodio tuvo una segunda carga emocional. El concierto en Boston suponía el regreso de Rosalía a los escenarios después de aplazar tres actuaciones en Florida —dos en Miami y una en Orlando— debido a una emergencia familiar. La artista no reveló detalles y pidió comprensión, recordando que los seres queridos debían situarse por delante de cualquier agenda profesional. Convertir ese silencio razonable en material de especulación sería el deporte habitual de cierta prensa, pero no añade nada a lo ocurrido.

Su reaparición mezcló así dos planos poco previsibles. Por un lado, la fragilidad personal de quien vuelve al trabajo después de un episodio doloroso. Por otro, la alegría casi infantil de descubrir que una canción lanzada al mundo ha terminado adherida al nombre de una proteína. No a un perfume, unas zapatillas o una bebida energética. A una pieza del arsenal de un virus bacteriano. La cultura popular tiene estas curvas.

La anécdota se volvió viral —nunca mejor empleado el adjetivo— porque reúne varios ingredientes que rara vez comparten mesa: una estrella internacional, un joven científico andaluz, Harvard, un virus microscópico y una canción de baile. Pero detrás del encanto del momento existe una investigación bastante más compleja que el titular fácil de la proteína de Rosalía.

Qué es RyDEP y por qué la llaman la proteína «Despechá»

RyDEP es una proteína producida por determinados bacteriófagos. Estos virus no infectan personas, animales o plantas, sino bacterias. Son estructuras biológicas muy simples: transportan material genético, reconocen una célula bacteriana, introducen en ella sus instrucciones y utilizan la maquinaria del huésped para reproducirse. Una ocupación hostil a escala nanométrica.

Las bacterias, lejos de ser sacos pasivos de química, poseen sistemas inmunitarios bacterianos sorprendentemente sofisticados. Algunos reconocen la presencia del invasor, otros cortan su material genético y otros activan mecanismos extremos que detienen el crecimiento celular o provocan una especie de suicidio programado. La célula se sacrifica para impedir que el virus complete su reproducción y alcance a las bacterias vecinas. Drástico, sí. También eficaz.

Uno de esos mecanismos de defensa se denomina sistema Thoeris. Cuando detecta una infección, transforma una molécula esencial llamada NAD+ en pequeñas señales químicas, entre ellas variantes del ADP-ribosa cíclico conocidas como 2′cADPR y 3′cADPR. Estas señales inmunitarias funcionan como una sirena de incendio: activan proteínas efectoras que frenan el crecimiento bacteriano y bloquean la expansión del virus.

RyDEP entra justamente ahí. El equipo de Miguel López Rivera comprobó que esta proteína actúa como una glicosidasa, una enzima capaz de romper un enlace químico concreto. En este caso corta la unión entre las unidades de ribosa presentes en las señales cADPR. Al destruirlas, apaga el mensaje de alarma y evita que la defensa Thoeris complete su respuesta.

La imagen cotidiana sería la de un intruso que no intenta derribar una puerta blindada. Prefiere entrar en la central de seguridad, silenciar la alarma y aprovechar las piezas del sistema para recargar su propia batería. RyDEP no solo inactiva la defensa: los productos generados por su actividad pueden contribuir a restaurar NAD+, una molécula fundamental para el metabolismo celular.

No es una proteína humana, un medicamento ni una enfermedad

La popularidad de Rosalía ha provocado algunos titulares ambiguos. Hablar de una proteína con el nombre de la cantante es correcto como aproximación cultural, pero puede crear la impresión de que ha sido descubierta en seres humanos o de que guarda alguna relación médica directa con ella. Nada de eso. RyDEP no es una proteína humana, no procede del cuerpo de Rosalía y tampoco está vinculada a ninguna enfermedad de la artista.

La proteína pertenece al mundo de los virus bacterianos. No modifica genes humanos y tampoco constituye un tratamiento listo para utilizarse. El trabajo se inscribe en el estudio de las relaciones entre bacteriófagos y sistemas de defensa bacterianos, una batalla microscópica en la que cada parte desarrolla herramientas nuevas para adelantarse a la otra.

También sería prematuro presentar el hallazgo como una futura cura contra la resistencia a los antibióticos. Comprender las armas que utilizan los fagos podría resultar útil para desarrollar herramientas biotecnológicas o perfeccionar la llamada terapia con bacteriófagos, que emplea virus para combatir bacterias. Sin embargo, entre una estructura observada en el laboratorio y un tratamiento seguro existe un camino largo, lleno de controles, pruebas y resultados que a veces contradicen la primera intuición.

El estudio, por ahora, aporta conocimiento. Y no es poca cosa. Revela una estrategia viral que no se había descrito con ese grado de detalle: la degradación directa de unas señales inmunitarias bacterianas especialmente estables. Antes se conocían proteínas virales capaces de capturarlas y esconderlas, como una esponja química. RyDEP hace algo más agresivo: las corta y las inutiliza.

La denominación RyDEP fue asociada por López Rivera con Rosy Despechá, un guiño evidente a Rosalía y a la canción publicada en 2022. La ciencia posee una tradición menos solemne de lo que aparenta desde fuera. Los investigadores bautizan genes, proteínas, especies y fenómenos con referencias literarias, personajes cinematográficos, mitos, chistes internos o canciones que han acompañado largas horas de laboratorio.

Esa libertad tiene límites. Un nombre científico debe poder emplearse con precisión y no generar confusiones graves, pero tampoco está obligado a sonar como una matrícula industrial. RyDEP resulta más fácil de recordar que una combinación interminable de números, letras y dominios estructurales; la academia también sabe que un poco de ingenio evita que las páginas se conviertan en cemento fresco.

El vínculo con Despechá posee, además, cierta lógica narrativa. La proteína deja «despechada» a la bacteria: la célula intenta defenderse, produce sus señales de alarma y descubre que el virus ha aprendido a eliminarlas. No es una definición técnica, claro. Es una metáfora. Pero traduce una interacción molecular compleja a una escena comprensible, que es bastante más de lo que logran muchos comunicados científicos redactados como si el lector tuviera un doctorado escondido en el cajón.

Algunos relatos sobre el descubrimiento han descrito también la estructura de la proteína como semejante a una castañuela. La comparación resulta vistosa y muy española, aunque no constituye la esencia del hallazgo. En biología estructural importa cómo se pliega una proteína, dónde se une a otras moléculas y qué zonas forman su centro activo. Que la silueta recuerde a un instrumento puede ayudar a contarla; no explica por sí sola lo que hace.

Cómo burla RyDEP las defensas de las bacterias

Los sistemas inmunitarios bacterianos han transformado la visión tradicional de los microorganismos. Durante décadas, el relato escolar presentaba a las bacterias como organismos sencillos y a los virus como poco más que cápsulas con genes. La realidad es bastante más barroca. Ambos mantienen una competición evolutiva en la que cada innovación defensiva favorece la aparición de una nueva estrategia de ataque. Pura evolución, pero con una intensidad que no se ve a simple vista.

Thoeris es una de esas barreras. Cuando reconoce la infección, produce señales derivadas del NAD+, una coenzima imprescindible en multitud de procesos metabólicos. Las señales viajan dentro de la célula y activan una respuesta que puede frenar el crecimiento o desencadenar la muerte bacteriana. El objetivo no es salvar necesariamente al individuo, sino impedir que el fago construya cientos de copias de sí mismo.

Las moléculas 2′cADPR y 3′cADPR son muy estables. Esa resistencia resulta útil para la bacteria porque mantiene activa la alarma, pero plantea un problema para el virus. Si no logra neutralizarlas, la infección queda bloqueada. Hasta ahora se habían observado proteínas de fagos que funcionaban como esponjas: se unían a esas moléculas y las secuestraban para que no alcanzaran su objetivo.

RyDEP trabaja de otra manera. Rompe el enlace ribosa-ribosa de las señales cADPR y las transforma en productos incapaces de continuar la señal inmunitaria. Es la diferencia entre esconder una carta y pasarla por una trituradora. En ambos casos el mensaje no llega; en el segundo, ya no puede recuperarse.

Los experimentos descritos en el manuscrito incluyen análisis bioquímicos y análisis estructural para comprobar la actividad de la proteína. Los investigadores estudiaron su unión con 3′cADPR después del corte y observaron cómo el centro activo acomoda la molécula. No se limitaron, pues, a detectar una correlación: reconstruyeron el mecanismo por el que la enzima reconoce su objetivo y lo descompone.

El proceso permite también aprovechar los fragmentos resultantes para recuperar NAD+. Esta parte añade una vuelta interesante al sabotaje. El fago no solo desarma la respuesta inmunitaria; puede favorecer la restauración de una reserva necesaria para el metabolismo celular que la bacteria había consumido para defenderse. El invasor limpia el campo de minas y recoge después el metal.

La investigación encontró asimismo variantes de proteínas relacionadas con RyDEP que no cortan las señales, sino que las capturan. Una misma familia estructural puede haber evolucionado hacia dos soluciones: degradar o secuestrar. La naturaleza rara vez desperdicia un molde útil. Lo retoca, cambia unos aminoácidos, altera una cavidad y obtiene otra herramienta.

Una semejanza inesperada con los receptores de rianodina

El análisis estructural reveló una similitud con una región de los receptores de rianodina, grandes proteínas presentes en animales que participan en el control del calcio celular y en procesos como la contracción muscular. La semejanza afecta a un dominio estructural, pero no implica que RyDEP sea un receptor de rianodina ni que cumpla la misma función en las bacterias.

Este matiz importa. Las proteínas pueden compartir pliegues o arquitecturas parciales aunque actúen en contextos completamente distintos. La evolución reutiliza formas eficaces del mismo modo que la ingeniería emplea bisagras en puertas, cajas y máquinas diferentes. Que dos objetos tengan bisagra no los convierte en el mismo objeto. Aquí existe parentesco estructural, no identidad funcional.

La coincidencia permite ampliar el mapa de una familia de dominios proteicos y sugiere que estas estructuras poseen una versatilidad mayor de la conocida. En los fagos, ciertos dominios proteicos pueden haberse adaptado para reconocer y manipular señales inmunitarias. En animales, regiones emparentadas forman parte de proteínas gigantes relacionadas con el flujo de calcio.

Ahí aparece uno de los atractivos reales del trabajo, más allá del nombre de Rosalía. Estudiar una proteína viral diminuta puede iluminar principios generales sobre el modo en que las proteínas reconocen moléculas, modifican señales y evolucionan para ocupar funciones nuevas. La investigación básica avanza a menudo así: observa una rareza en un rincón microscópico y descubre que la pieza encaja en un dibujo bastante mayor.

De Úbeda a Boston, con escala en una guerra microscópica

Miguel López Rivera es un investigador predoctoral natural de Úbeda, Jaén, vinculado al programa de Ciencias Biológicas y Biomédicas de Harvard y al laboratorio dirigido por Philip J. Kranzusch. Su trabajo se centra en la interacción entre virus y defensas celulares, un terreno que ha ganado enorme relevancia a medida que se descubren nuevos sistemas inmunitarios en bacterias.

La imagen pública del científico continúa atrapada, demasiadas veces, entre dos caricaturas: el genio solitario que grita eureka y el técnico anónimo que mueve líquidos transparentes de un tubo a otro. La realidad es más colectiva y menos cinematográfica. Un descubrimiento como el de RyDEP exige hipótesis, cultivos, purificaciones, ensayos enzimáticos, análisis de estructuras, controles negativos, repeticiones y colaboración entre científicos. Mucha paciencia. Bastante café.

López Rivera figura como primer autor de un manuscrito firmado junto a otros investigadores. Ese orden suele indicar una contribución central al trabajo experimental y a la preparación del estudio, aunque la ciencia moderna rara vez cabe en una sola biografía. El resultado pertenece al equipo. La anécdota de Boston, en cambio, tuvo un protagonista claro porque Rosalía lo encontró entre el público y decidió convertir durante unos minutos el escenario en una ceremonia de reconocimiento.

La escena posee un valor que va más allá del brillo simpático. La ciencia suele aparecer en la conversación pública cuando hay una crisis, una epidemia, un temor o una promesa médica. Casi siempre entra por la puerta de urgencias. Que una multitud escuche hablar de proteínas, virus bacterianos y moléculas porque una cantante ha sentido curiosidad ofrece otra relación con el conocimiento: menos solemne, menos temerosa, incluso juguetona.

Tampoco conviene exagerar. Una dedicatoria musical no modifica presupuestos de investigación, no arregla la precariedad de los jóvenes científicos ni sustituye una política pública seria. El aplauso dura unos segundos; los experimentos, años. Pero la visibilidad cuenta. Un adolescente de Úbeda, Barcelona o Boston puede descubrir a partir de ese vídeo que los laboratorios no son un decorado distante y que detrás de una sigla extraña existe alguien que escucha canciones mientras intenta comprender cómo actúa un virus.

Rosalía ha construido buena parte de su carrera mezclando lenguajes que parecían condenados a vivir separados: flamenco y electrónica, tradición religiosa y cultura digital, melodías populares y producción experimental. La historia de RyDEP añade un cruce especialmente improbable. Pop y microbiología, una pareja que sobre el papel sonaba a reunión organizada por error y que, sin embargo, funcionó.

Cuando una molécula entra en la cultura popular

El hallazgo científico seguirá su propio camino. Otros especialistas examinarán el manuscrito, reproducirán los experimentos, discutirán interpretaciones y decidirán cuánto resiste cada afirmación. Ese es el proceso normal. El conocimiento fiable no nace terminado; se pule bajo objeciones, pruebas y desacuerdos. La revisión por pares no garantiza una verdad eterna, pero obliga a que los datos soporten miradas menos entusiastas que las de un concierto.

RyDEP ya ha conseguido, entretanto, algo poco frecuente: que miles de personas sepan que las bacterias poseen sistemas inmunitarios y que los virus han desarrollado proteínas para engañarlos. La explicación puede haber comenzado con un juego de palabras, pero conduce a una idea profunda. Incluso una célula minúscula vive rodeada de amenazas, señales, trampas y decisiones químicas.

En Boston, todo aquello se comprimió en una pausa breve. Una cantante señaló a un científico, el público aplaudió y empezó a sonar una canción. Bajo esa escena ligera había millones de años de evolución y meses de trabajo experimental. Las moléculas no escucharon la dedicatoria, naturalmente. Pero, por una noche, dejaron de ser invisibles.

La historia funciona porque conserva las dos escalas. En una está Rosalía, enorme bajo las luces del TD Garden. En la otra, una proteína tan pequeña que solo puede entenderse mediante instrumentos, modelos y paciencia. Entre ambas apareció Miguel López Rivera, un investigador de Úbeda que llevó Despechá desde las pistas de baile hasta la biología estructural. La ciencia también sabe apropiarse de un buen estribillo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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