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Ciencia

¿El universo está frenando? El error que desmonta el estudio de 2025

El error en la edad de las supernovas que desmonta la supuesta frenada del universo y devuelve el foco al gran misterio de la energía oscura.

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El universo está frenando

El universo no ha pisado el freno. La expansión cósmica continúa acelerándose y el estudio que en 2025 apuntó justo en la dirección contraria se apoyaba en una estimación defectuosa de la edad de las estrellas que originan determinadas supernovas de tipo Ia. Esa es la conclusión del nuevo análisis internacional liderado por la Universidad de Southampton y publicado en junio de 2026 en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society.

La rectificación no es menor. El trabajo de 2025 había sugerido que las supernovas utilizadas durante décadas como balizas para calcular distancias cósmicas cambiaban de luminosidad según envejecían sus progenitoras. Si aquello era cierto, una pieza esencial de las mediciones cosmológicas podía estar sesgada y la expansión del universo quizá ya estuviera desacelerándose. El nuevo estudio sostiene que esa cadena de razonamiento confundía magnitudes distintas, omitía correcciones habituales y exageraba la evolución de la edad estelar. La supuesta frenada desaparece al rehacer las cuentas.

No significa que la energía oscura haya dejado de ser un misterio ni que el modelo cosmológico estándar haya quedado blindado para siempre. La ciencia no funciona con lacre y sello notarial. Significa algo más concreto: esta objeción particular, presentada como una amenaza seria para la expansión acelerada, no resiste una revisión con los métodos que se aplican actualmente a las supernovas. Crisis aplazada, pues. El cosmos sigue alejando las galaxias unas de otras y los físicos continúan sin saber del todo qué demonios empuja ese movimiento.

El universo sigue acelerando, según la nueva revisión

El artículo, titulado Still Accelerating: Type Ia Supernova Cosmology Is Robust to Host Galaxy Age Evolution, fue publicado el 10 de junio de 2026. Lo firma un equipo internacional encabezado por Phil Wiseman, investigador de la Escuela de Física y Astronomía de la Universidad de Southampton, junto con especialistas de instituciones británicas, estadounidenses, australianas y europeas.

Entre los autores aparecen Adam Riess y Brian Schmidt, dos de los tres científicos que recibieron el Nobel de Física de 2011 por descubrir, mediante supernovas lejanas, que la expansión del universo se acelera. El tercer galardonado fue Saul Perlmutter. La presencia de Riess y Schmidt no convierte el estudio en palabra sagrada —los premios Nobel también se equivocan, como cualquier hijo de vecino con despacho y telescopio—, pero sí muestra la relevancia del debate.

El equipo revisó los supuestos fundamentales del trabajo surcoreano publicado en 2025. Su resultado es nítido: las diferencias de luminosidad atribuidas a la edad de las progenitoras son pequeñas, quedan absorbidas en gran medida por las correcciones modernas o nacen de tratar como equivalentes dos edades que no lo son. Una cosa es la edad media de las estrellas de una galaxia; otra, la edad del sistema concreto que acaba explotando.

Ese detalle cambia la película completa. Las supernovas de tipo Ia permiten comparar el brillo real con el brillo observado. Si sabemos cuánto deberían brillar y vemos cuánta luz nos llega, podemos estimar su distancia. Si también medimos cuánto se ha estirado esa luz por la expansión cósmica, reconstruimos cómo ha cambiado el universo con el tiempo. Un pequeño sesgo sistemático, repetido miles de veces, puede torcer una conclusión enorme.

Tras aplicar la estandarización por masa de la galaxia anfitriona y otras correcciones utilizadas en los análisis actuales, la relación entre edad y brillo deja de ser estadísticamente significativa. Dicho sin bata blanca: el efecto que supuestamente engañaba a los astrónomos se encoge hasta dejar de explicar una falsa aceleración cósmica.

La revisión devuelve así el debate a un terreno menos espectacular, pero bastante más sólido. Las mediciones anteriores no quedan invalidadas por un cambio oculto en la luminosidad de estas explosiones estelares. El universo, según los datos disponibles, continúa expandiéndose cada vez más deprisa. La pregunta difícil no era si las supernovas habían engañado a todos, sino qué fuerza sostiene ese comportamiento.

Qué sostuvo el polémico estudio de 2025

La controversia nació con un trabajo dirigido por investigadores de la Universidad Yonsei, en Corea del Sur. Su análisis defendía que las supernovas de tipo Ia no eran tan uniformes como se había supuesto y que su luminosidad estandarizada dependía con fuerza de la edad de sus progenitoras.

El problema afectaba al corazón mismo de la medición. Las supernovas más distantes pertenecen, en general, a épocas más tempranas del universo, cuando las poblaciones estelares eran más jóvenes. Si su brillo hubiera evolucionado de manera importante con la edad, parte de la aparente aceleración cósmica podría ser un espejismo: no veríamos objetos más débiles porque estuvieran más lejos de lo esperado, sino porque aquellas explosiones antiguas eran distintas.

El estudio llevó esa hipótesis bastante lejos. Al corregir los datos según el supuesto efecto de edad, sus autores encontraron indicios de que la energía oscura se debilitaba y de que el universo podría haber entrado ya en una fase de expansión desacelerada. La propuesta rozaba una inversión histórica. Durante décadas, el relato aceptado había sido que la gravedad frenó inicialmente la expansión y que, varios miles de millones de años después del Big Bang, una componente de presión negativa comenzó a dominar y aceleró el alejamiento de las galaxias.

El trabajo recibió atención porque coincidía, al menos en apariencia, con otros resultados que apuntaban a una energía oscura variable. El instrumento DESI había reforzado en marzo de 2025 indicios de que esa componente quizá evolucione con el tiempo. Pero una coincidencia de dirección no equivale a una confirmación mutua. Los métodos, los datos y las hipótesis eran diferentes.

El titular más llamativo era irresistible: el universo podía estar frenando. También era prematuro. Antes de reescribir el destino del cosmos había que comprobar si el reloj utilizado para fechar las estrellas estaba bien ajustado. Ahí apareció la grieta. No en una observación exótica tomada al borde del universo visible, sino en la forma de traducir la edad global de una galaxia a la historia concreta de una supernova.

El error estaba en la edad de las supernovas

El nuevo artículo identifica varios problemas, no un simple decimal mal colocado. El principal consiste en confundir la edad de una galaxia con la edad de la progenitora de una supernova. Una galaxia es una ciudad de estrellas: contiene poblaciones formadas en épocas distintas, con masas, composiciones y trayectorias muy variadas. Calcular la edad media de esa ciudad no revela automáticamente cuánto tiempo vivió el sistema concreto que terminó en una explosión termonuclear.

Las supernovas de tipo Ia se producen cuando una enana blanca —el remanente compacto de una estrella parecida al Sol— sufre una reacción termonuclear descontrolada. Puede ocurrir en sistemas donde acumula materia de una compañera o en fusiones de dos enanas blancas, entre otros canales todavía discutidos. Entre el nacimiento de las estrellas y la explosión puede transcurrir un intervalo muy desigual: desde decenas o cientos de millones de años hasta varios miles de millones.

El estudio de 2025 tomó relaciones observadas entre propiedades de la galaxia anfitriona y el brillo corregido de la supernova, y las trasladó a la edad de la progenitora. Para el equipo de Wiseman, ese salto no está justificado. La progenitora siempre será más joven que la galaxia que la contiene, y la relación entre ambas edades cambia con el desplazamiento al rojo, la historia de formación estelar y el modelo utilizado para calcular cuánto tarda una supernova en explotar.

La cuestión puede resumirse con una imagen doméstica. Saber que un edificio tiene cien años no permite deducir que la bombilla que acaba de fundirse también los tenga. Quizá se instaló ayer, quizá lleva una década. El inmueble condiciona el entorno, pero no ofrece por sí solo la fecha de fabricación de cada pieza. En cosmología, donde una diferencia minúscula de brillo puede alterar la reconstrucción de miles de millones de años, esa confusión sale cara.

La edad de las galaxias tampoco se obtiene leyendo una etiqueta. Se calcula mediante modelos que comparan su luz, su composición química, el ritmo de formación de estrellas y la mezcla de poblaciones jóvenes y antiguas. Cada estimación arrastra incertidumbres. Convertir esa cifra en la edad precisa de la progenitora de una supernova multiplica los supuestos y puede crear una correlación más rotunda de lo que realmente permiten los datos.

La masa de la galaxia ya corrige parte del efecto

Los análisis modernos no tratan todas las supernovas como bombillas idénticas recién salidas de fábrica. Ajustan su luminosidad según la forma de la curva de luz, el color, los sesgos de selección y determinadas propiedades de la galaxia anfitriona. Una de las correcciones habituales tiene en cuenta la masa estelar de la galaxia, que se correlaciona con su edad, su contenido de polvo y su historia de formación estelar.

Según la revisión de 2026, el trabajo anterior no incorporó de manera adecuada esa estandarización por masa al evaluar la relación entre brillo y edad. Cuando se usa la compilación Pantheon+ y se aplican las correcciones habituales, la pendiente que vinculaba edad y luminosidad se reduce y pierde significación. El efecto no desaparece de toda la astrofísica de las supernovas, pero deja de sostener la conclusión cosmológica extraordinaria que se había construido encima.

El equipo también comparó supernovas cercanas en galaxias pasivas, dominadas por estrellas viejas, y en galaxias con formación estelar activa. Al estudiar objetos en anfitrionas de masa similar, no encontró una diferencia significativa en el brillo estandarizado. Si la edad fuese el gran sesgo oculto propuesto en 2025, esa huella debería aparecer con claridad. No aparece.

La nueva investigación calcula, además, que la diferencia media de edad entre las progenitoras de supernovas cercanas y lejanas había sido exagerada entre tres y cinco veces. El modelo anterior hablaba de una brecha cercana a 5.000 millones de años. Wiseman y sus colegas consideran que esa estimación nace, en buena medida, de intercambiar la edad de la galaxia por la del sistema progenitor y de adoptar una distribución de tiempos de retraso poco realista.

El estudio de Southampton contrastó también las predicciones del modelo de 2025 con las observaciones del Dark Energy Survey. La evolución esperada del llamado escalón de masa —una pequeña diferencia de brillo asociada a la masa de la galaxia— no coincide con la señal observada. El modelo que debía explicar la supuesta frenada cósmica termina generando otra predicción que los datos no respaldan.

Por qué las supernovas de tipo Ia son tan importantes

Las supernovas de tipo Ia no son velas estándar perfectas; son velas estandarizables. Sus explosiones alcanzan luminosidades enormes y presentan curvas de luz con patrones que permiten corregir diferencias entre unas y otras. Tras esos ajustes, sirven como puntos de referencia para calcular distancias a galaxias remotas. Son faros, sí, pero faros calibrados con paciencia, estadística y una cantidad nada poética de controles instrumentales.

A finales de la década de 1990, dos equipos independientes observaron que las supernovas lejanas aparecían más débiles de lo esperado en un universo cuya expansión estuviera frenándose por la gravedad. La explicación que mejor encajaba era desconcertante: durante los últimos miles de millones de años, la expansión se había acelerado. El hallazgo condujo al Nobel de Física de 2011 y consolidó la idea de la energía oscura.

Desde entonces, las mediciones han mejorado. Se corrigen el polvo, el color, la anchura de la curva de luz, la selección de objetos, la calibración entre instrumentos y las propiedades de las galaxias anfitrionas. También se combinan las supernovas con otras huellas del cosmos, como el fondo cósmico de microondas y las oscilaciones acústicas de bariones, una especie de regla estadística impresa en la distribución de las galaxias.

Las supernovas cubren una parte concreta de la historia cósmica y permiten medir cómo cambió la velocidad de expansión en distintos momentos. El fondo cósmico ofrece una fotografía del universo primitivo; las oscilaciones acústicas aportan una regla de longitud; las explosiones estelares funcionan como indicadores de distancia. Cuando instrumentos distintos cuentan una historia parecida, la confianza aumenta. Cuando discrepan, empieza el trabajo interesante.

El nuevo estudio no afirma que las supernovas sean inmunes a todos los errores. Reconoce dependencias ambientales, incertidumbres sobre los mecanismos de explosión y posibles limitaciones en la estandarización. Lo que rechaza es convertir una correlación compleja en una corrección directa por edad y, desde ahí, declarar que la aceleración cósmica era una ilusión.

Tampoco todas las supernovas de tipo Ia nacen necesariamente del mismo modo. Los astrónomos continúan investigando cuánto pesa cada canal de formación y cómo influyen la composición química, la metalicidad o el entorno local. Esa diversidad exige cautela, pero no invalida automáticamente su uso cosmológico. La medicina conoce diferencias entre pacientes y aun así puede medir una fiebre; la astronomía hace algo parecido, solo que el termómetro está a miles de millones de años luz.

La energía oscura sobrevive, pero continúa sin rostro

La expansión acelerada se atribuye a la energía oscura, nombre elegante para una ignorancia bien medida. En el modelo cosmológico estándar, conocido como Lambda-CDM, esa componente se representa mediante la constante cosmológica, una densidad de energía asociada al propio espacio. Al expandirse el universo, la materia se diluye; la constante cosmológica, en cambio, mantiene su densidad y acaba dominando la dinámica.

El modelo encaja de forma notable con observaciones muy distintas, pero no explica qué es físicamente esa energía. Su valor observado resulta diminuto comparado con algunas predicciones de la física cuántica. También cabe la posibilidad de que la energía oscura no sea constante, de que exista un campo dinámico o de que la gravedad se comporte de forma diferente en escalas cosmológicas.

Por eso el nuevo trabajo evita celebrar una victoria definitiva. Desmontar el sesgo de edad propuesto en 2025 no convierte la constante cosmológica en una sustancia encontrada dentro de un tarro. La aceleración continúa respaldada por las supernovas, pero la causa profunda permanece desconocida. Una vez comprobada la solidez de las mediciones, los investigadores pueden volver a preguntarse qué es la energía oscura, en lugar de discutir si la señal original era ficticia.

El estudio de 2026 refuerza una parte de la historia —la aceleración medida con supernovas no desaparece al corregir adecuadamente sus entornos—, pero no demuestra que la energía oscura será inmutable para siempre. Confundir ambas cosas sería repetir el vicio que alimentó algunos titulares de 2025: convertir una pieza de evidencia en un veredicto sobre todo el cosmos.

DESI mantiene abierto otro frente del debate

Con datos de sus tres primeros años, DESI cartografió cerca de 15 millones de galaxias y cuásares y encontró que, al combinar sus mediciones de oscilaciones acústicas de bariones con el fondo cósmico y distintos conjuntos de supernovas, ciertos modelos con energía oscura variable ajustaban mejor que la versión más simple de Lambda-CDM.

La preferencia estadística dependía de la combinación de datos y se situaba por debajo del umbral de cinco sigmas que la física suele exigir para hablar de descubrimiento. Era más que una insinuación, pero menos que una sentencia. El resultado no decía que el universo hubiera empezado a frenarse ni que las supernovas estuvieran mal calibradas; sugería que el parámetro que describe la presión de la energía oscura quizá cambie con el tiempo.

La revisión de Southampton reduce una posible conexión entre ambos debates. El estudio de 2025 pretendía que una fuerte corrección por edad acercaba las supernovas a un universo no acelerado. El nuevo análisis sostiene que esa corrección está sobredimensionada y que sus predicciones chocan con mediciones del Dark Energy Survey sobre cómo evoluciona el llamado escalón de masa de las galaxias anfitrionas.

Aun así, las señales de DESI no se evaporan por decreto. Proceden de otra estrategia observacional y deberán ponerse a prueba con más datos y mejores calibraciones. DESI completó en 2026 su cartografiado principal, aunque los primeros resultados cosmológicos con el conjunto completo de cinco años se esperan para 2027.

También entrarán en escena el Observatorio Vera C. Rubin y el telescopio espacial Nancy Grace Roman, capaces de multiplicar las muestras de supernovas y estudiar sus entornos con una precisión inédita. No resolverán el misterio con una sola fotografía, pero ampliarán el mapa: más galaxias, más explosiones y una vigilancia mucho más fina de los posibles errores sistemáticos.

La cosmología está entrando en una etapa incómoda y fértil. El modelo dominante sigue funcionando, aunque algunas costuras merecen atención. Los próximos datos podrán reforzar la constante cosmológica, señalar una energía oscura dinámica o revelar que las discrepancias actuales eran una mezcla de azar estadístico y calibraciones imperfectas. De momento, ninguna opción ha ganado el juicio.

El cosmos recupera su velocidad, no sus respuestas

La noticia esencial es firme: no hay pruebas sólidas de que la expansión del universo se esté desacelerando a causa del efecto de edad propuesto en 2025. El nuevo estudio concluye que las supernovas de tipo Ia siguen siendo herramientas fiables para la cosmología actual, siempre que se utilicen las correcciones modernas y no se confunda la historia de una galaxia con la edad del sistema estelar que explota dentro de ella.

La rectificación también ofrece una lección menos espectacular y bastante más valiosa. Las afirmaciones extraordinarias no se vuelven falsas por incomodar al consenso, ni verdaderas por resultar fascinantes. Deben sobrevivir a las comprobaciones. El trabajo surcoreano planteó una objeción ambiciosa; el equipo internacional la sometió a pruebas adicionales y encontró que sus pilares eran demasiado débiles. Así avanza la ciencia, con menos trompetas de las que sugieren los titulares y más hojas de cálculo de las que admitiría cualquier película.

La hipótesis de 2025 no fue inútil. Obligó a examinar de nuevo una de las herramientas centrales de la cosmología y a precisar mejor qué se está midiendo cuando se habla de la edad de una supernova. Una propuesta puede terminar refutada y aun así mejorar el conocimiento. Ese detalle, poco amigo del espectáculo, distingue la investigación de la propaganda: aquí una rectificación no se esconde bajo la alfombra, se publica.

El universo, mientras tanto, continúa expandiéndose a un ritmo acelerado. Las galaxias remotas se alejan, la luz se estira durante su viaje y las supernovas siguen marcando distancias como fogonazos en una noche que dura miles de millones de años. Hemos recuperado la confianza en la regla con la que medimos el escenario. Lo que todavía ignoramos es quién, o qué, empuja las paredes.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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