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Ciencia

¿Hongos alucinógenos contra el alzhéimer? El caso que reabre el debate científico

Un caso con psilocibina en una mujer con alzhéimer avanzado reabre el debate médico entre asombro, cautela y nuevas dudas científicas

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Hongos contra el alzhéimer

Una mujer octogenaria con alzhéimer avanzado, años de habla reducida a monosílabos, incontinencia urinaria crónica y una dependencia casi total para las actividades básicas mostró una recuperación funcional llamativa tras recibir una dosis alta de hongos con psilocibina bajo supervisión clínica en Brasil. No se curó. No se borró la enfermedad. No ocurrió ese milagro barato que tanto gusta a internet. Lo que describe el caso es más raro, más incómodo y quizá más interesante: durante días y semanas, una parte de sus capacidades pareció volver a estar disponible. Hablar, caminar mejor, vestirse, sostener la mirada, sonreír, controlar la vejiga. Cosas pequeñas solo para quien no ha visto cómo una demencia avanzada va apagando una casa desde dentro.

El estudio, publicado el 28 de mayo de 2026 en Frontiers in Neuroscience, es un informe de caso, no un ensayo clínico. Esto cambia todo. Una sola paciente no demuestra eficacia, no permite establecer causalidad y no justifica que nadie experimente por su cuenta con setas alucinógenas en una persona vulnerable. Pero sí abre una rendija científica: la posibilidad de que en fases avanzadas de neurodegeneración queden circuitos dormidos, capacidades enterradas bajo la niebla, que determinados estados neuromoduladores puedan activar de forma temporal. La palabra importante es esa: temporal. La otra también: supervisado.

Un caso clínico que parece ciencia ficción, pero no lo es

La paciente descrita por los investigadores Marcos Lago, Mariana Cerveira y Joe Xavier Simonet era una mujer japonesa-estadounidense de más de 80 años con una década de evolución compatible con enfermedad de Alzheimer. En los cinco años previos a la intervención, su deterioro funcional había sido severo: apenas hablaba, necesitaba ayuda constante, sufría incontinencia urinaria crónica, tenía dificultades motoras, problemas de deglución, afecto plano y una interacción social muy limitada. Ese era el punto de partida. No una persona con despistes leves, no un deterioro incipiente, no esa fase en la que todavía se negocia con la enfermedad. Era un alzhéimer avanzado, con el cuerpo y el lenguaje ya muy colonizados por la pérdida.

La primera intervención consistió en una administración oral de 5 gramos de hongos con psilocibina, de la variedad Enigma. Conviene detenerse aquí, porque el matiz importa más que la espuma del titular: no fueron 5 gramos de psilocibina pura, sino 5 gramos de setas que contenían psilocibina, cuya concentración puede variar. Aun así, los propios autores reconocen que se trató de una dosis alta frente a los esquemas habituales de investigación moderna con psilocibina. En lenguaje recreativo se la suele llamar “dosis heroica”, una expresión bastante adolescente para un asunto clínico bastante serio, pero útil para entender la magnitud.

Tras esa primera toma, la mujer presentó una fase aguda intensa: sudoración abundante, sospecha clínica de hipertermia y un estado prolongado parecido a un sueño profundo. No hubo, según el informe, una medición cuantitativa exacta de la temperatura, otro detalle que rebaja el brillo del caso y aumenta la necesidad de prudencia. Aproximadamente 19 horas después, la paciente empezó a hablar de forma espontánea. No una sílaba suelta. No un gesto aislado. Los autores describen varias horas de conversación autobiográfica. Como si una puerta oxidada, durante años inmóvil, cediera de pronto con un crujido.

En los días posteriores aparecieron mejoras en varios dominios: mayor alerta, reconocimiento familiar, deambulación independiente, capacidad para vestirse, iniciativa espontánea y recuperación de la continencia urinaria incluso durante la noche. También se observaron contacto visual sostenido, sonrisa recíproca, más expresividad emocional y cierta recuperación de memoria contextual. Un mes después, la paciente seguía mejor que antes de la intervención, especialmente en la continencia, y recibió una segunda sesión supervisada, esta vez con 3 gramos de hongos con psilocibina.

Lo que realmente volvió: lenguaje, vejiga, gesto y presencia

La parte más llamativa no es solo que hablara. Es que la mejora pareció atravesar varios sistemas a la vez. El lenguaje volvió parcialmente, pero también la marcha, la atención social, la expresividad facial, el humor espontáneo y la continencia. En demencia avanzada, la incontinencia urinaria no es una simple molestia doméstica; es una señal de deterioro profundo, porque implica redes cerebrales relacionadas con la percepción corporal interna, la inhibición ejecutiva y el control frontal. Por eso los investigadores consideran especialmente notable que la paciente recuperara continencia urinaria después de más de cinco años de incontinencia crónica.

Durante la segunda sesión, la mujer no entró en ese sueño profundo prolongado, sino que permaneció verbalmente expresiva. Describió escenas emocionalmente positivas, incluida una imagen de surf con su hijo en una isla tranquila. También apareció una frase espontánea, breve y casi doméstica: “Es agradable venir aquí”. En un informe médico, esas palabras pesan distinto. No son poesía, aunque lo parezcan un poco; son un indicio de reciprocidad emocional en una paciente que antes apenas iniciaba comunicación.

El problema, y es un problema grande, es que el estudio no incorporó monitorización del sueño, electroencefalografía, biomarcadores avanzados, neuroimagen cuantitativa ni escalas cognitivas estandarizadas. Tampoco hubo grupo de control, ni comparación con placebo, ni una repetición del fenómeno en otros pacientes. La ciencia, cuando está bien hecha, no se deja secuestrar por una escena conmovedora. La mira, la apunta, la desmonta y pregunta qué demonios ha pasado. Aquí todavía no lo sabemos.

La psilocibina no revirtió el alzhéimer

El núcleo de la noticia debe quedar limpio, sin incienso: la psilocibina no ha demostrado revertir el alzhéimer. El propio artículo científico advierte que los hallazgos no deben interpretarse como una reversión de la patología. La hipótesis es otra: que algunas capacidades funcionales latentes pueden persistir incluso en neurodegeneración avanzada y hacerse accesibles de forma pasajera bajo determinadas condiciones neuromoduladoras. Dicho de manera menos de laboratorio: quizá el cerebro enfermo no está siempre igual de cerrado; quizá hay momentos en los que alguna habitación vuelve a encender la luz.

Ese matiz separa una noticia científica de un bulo con bata. El alzhéimer sigue siendo una enfermedad neurodegenerativa progresiva. La Organización Mundial de la Salud recuerda que no existe cura para la demencia, aunque sí hay intervenciones, cuidados y fármacos que pueden ayudar a manejar síntomas y mejorar calidad de vida. La enfermedad de Alzheimer es, además, la forma más común de demencia y puede representar entre el 60% y el 70% de los casos.

La medicina actual se mueve en un terreno desigual. Medicamentos clásicos como donepezilo o memantina pueden ayudar en determinados síntomas, pero no reconstruyen el cerebro perdido. Los nuevos anticuerpos antiamiloide, como lecanemab y donanemab, han marcado un cambio de época porque atacan una de las patologías asociadas al alzhéimer temprano, pero su uso está limitado a fases iniciales y exige selección genética, confirmación de placas amiloides, resonancias y vigilancia por riesgo de inflamación o pequeños sangrados cerebrales. En la Unión Europea, Leqembi está autorizado para deterioro cognitivo leve o demencia leve por alzhéimer en pacientes con una o ninguna copia de ApoE4 y placas amiloides confirmadas; Kisunla tiene una indicación igualmente restringida para enfermedad temprana.

La paciente brasileña estaba en otro paisaje clínico. No en la antesala, sino en una habitación muy avanzada de la enfermedad. Por eso el caso golpea tanto. No porque anuncie un tratamiento listo para consulta, sino porque roza una frontera que parecía de cemento: la idea de que en estadios tardíos apenas cabe esperar recuperación funcional significativa. Si ese muro tiene grietas, la investigación querrá mirar dentro. Sin romanticismo. Con instrumentos.

Por qué un psicodélico podría mover algo en un cerebro envejecido

La psilocibina se transforma en psilocina en el organismo y actúa principalmente sobre receptores serotoninérgicos, en especial el 5-HT2A. Traducido: altera la comunicación entre redes cerebrales, modifica patrones de conectividad y puede inducir estados de plasticidad, esa capacidad del sistema nervioso para reorganizarse. Estudios de neuroimagen en humanos han observado que una dosis alta de psilocibina puede desordenar de forma intensa la conectividad funcional del cerebro, con cambios agudos superiores a los observados con metilfenidato y algunas alteraciones que persisten durante semanas.

Esto no significa que “repare” un cerebro con alzhéimer. Mucho cuidado con ese salto mortal. La plasticidad no es una varita mágica; es más bien una ventana. Puede abrir posibilidades, también riesgos. En un cerebro joven y sano, alterar redes funcionales puede medirse con resonancia y describirse como reorganización. En un cerebro anciano, frágil, con neurodegeneración avanzada, la misma alteración podría provocar respuestas imprevisibles. El caso brasileño salió bien según el seguimiento descrito, sin efectos adversos persistentes graves, pero eso no convierte el procedimiento en seguro para otros pacientes.

La explicación más sugerente es que la psilocibina no habría creado capacidades nuevas, sino facilitado el acceso temporal a funciones residuales. Como levantar, durante un rato, una persiana que parecía sellada. Los autores hablan de modulación de redes cerebrales a gran escala y de posible reintegración funcional de sistemas neuronales todavía presentes. La palabra “posible” debería ir en negrita mental. Posible, no probado.

El entusiasmo psicodélico y sus trampas

La investigación con psicodélicos ha salido del sótano cultural en el que la encerraron durante décadas. La psilocibina se estudia para depresión, ansiedad, sufrimiento existencial en enfermedad grave y, más recientemente, problemas de salud mental asociados al deterioro cognitivo. Hay ensayos piloto en marcha que evalúan si la psilocibina, administrada en un entorno supervisado, puede reducir depresión y mejorar calidad de vida en personas con deterioro cognitivo leve o alzhéimer temprano.

Esa línea de investigación tiene sentido. La depresión, la ansiedad y el aislamiento pueden empeorar la vida de una persona con deterioro cognitivo y castigar también a quienes la cuidan. Si una intervención breve, controlada y acompañada pudiera aliviar esa carga, sería un hallazgo valioso aunque no frenara la patología de base. La mejora de calidad de vida no es un premio menor. En demencia, a veces, una tarde tranquila vale más que un biomarcador elegante.

Pero el mercado de la esperanza es un mercado peligroso. Basta una noticia con una anciana que vuelve a hablar para que algunos vendan cápsulas, retiros, promesas y salvación en frasco opaco. La psilocibina no es un suplemento de herbolario, ni una ocurrencia para probar en casa con un familiar enfermo, ni una “medicina natural” por el simple hecho de venir de un hongo. La cicuta también es natural, y nadie la recomienda para merendar. En España, las sustancias estupefacientes y psicotrópicas están sometidas a control por sus riesgos y por la necesidad de limitar su uso a fines médicos y científicos regulados.

La diferencia entre investigación y experimento casero

La diferencia entre un contexto clínico y una decisión doméstica no es decorativa. En investigación se controlan dosis, entorno, consentimiento, seguimiento, criterios de exclusión, medicación concomitante, riesgos cardiovasculares, estado psiquiátrico, fragilidad física y soporte durante la experiencia. En una casa, con un paciente anciano desorientado, la misma sustancia puede convertirse en una ruleta: agitación, caídas, crisis de angustia, descompensaciones, interacciones farmacológicas, delirium. El caso brasileño incluyó supervisión y consentimiento escrito del tutor legal; aun así, los propios autores lo presentan como observación generadora de hipótesis, no como protocolo terapéutico.

También pesa la ética. Una persona con alzhéimer avanzado no puede consentir del mismo modo que un adulto sano en un ensayo de depresión. Su vulnerabilidad obliga a subir el listón, no a bajarlo. El tutor legal puede autorizar, pero la medicina no debe confundir autorización con barra libre. En demencia, el cuerpo del paciente no puede convertirse en campo de pruebas para el entusiasmo de familiares desesperados, terapeutas visionarios o clínicas con decoración de madera clara y discurso de renacimiento interior.

Lo que falta para saber si esto sirve de algo

Para que la psilocibina pueda considerarse una vía real en alzhéimer hacen falta ensayos clínicos aleatorizados, con muestras suficientes, criterios diagnósticos robustos, biomarcadores, escalas cognitivas y funcionales, seguimiento prolongado y registro riguroso de efectos adversos. Haría falta saber qué pacientes podrían beneficiarse, en qué fase, con qué dosis, bajo qué acompañamiento, con qué exclusiones y durante cuánto tiempo. Haría falta comparar con placebo, porque la demencia también fluctúa y porque el ojo humano, cuando quiere ver mejora, a veces ilumina de más.

El informe brasileño reconoce limitaciones importantes: caso único, ausencia de polisomnografía, falta de electrofisiología cuantitativa, ausencia de biomarcadores de neuroimagen y no utilización de escalas cognitivas estandarizadas. Tampoco puede descartarse por completo que hubiera fluctuaciones espontáneas propias de la enfermedad u otros factores no capturados. Este tipo de honestidad metodológica no enfría la noticia; la salva. La convierte en ciencia preliminar, no en propaganda con bata.

Hay, además, una pregunta incómoda sobre la dosis. La primera administración fue muy alta para los estándares clínicos actuales, y eso dificulta trasladar el hallazgo. En ensayos modernos con psilocibina se han empleado dosis controladas, a menudo en torno a 25 miligramos de psilocibina sintética, no gramos de hongo con potencia variable. No es una diferencia menor: la seta es un organismo, no una jeringuilla milimétrica.

La investigación futura tendrá que decidir si busca efectos sobre síntomas emocionales, sobre funciones cognitivas, sobre autonomía diaria o sobre redes cerebrales. Son objetivos distintos. Mejorar depresión en alzhéimer temprano no es lo mismo que recuperar lenguaje en demencia avanzada. Reducir ansiedad no es igual que restaurar continencia. Meterlo todo en el mismo saco sería cómodo, vendible y científicamente torpe.

Un hallazgo pequeño en una enfermedad gigantesca

La demencia no es solo una enfermedad del paciente. Es una mudanza lenta de toda la familia hacia otro país, uno con horarios rotos, lenguaje menguante y una burocracia emocional insoportable. Por eso cualquier señal de recuperación, aunque dure poco, tiene una potencia enorme. Que una persona vuelva a mirar, a sonreír, a caminar con más soltura o a decir algo propio puede cambiar el aire de una casa entera. No cura. Pero pesa.

El caso de Brasil merece atención precisamente porque no encaja bien en el relato habitual. No ofrece una solución limpia, ni una píldora inmediata, ni un titular tranquilizador. Presenta una anomalía: una paciente muy deteriorada que, tras una intervención psicodélica de alta intensidad, mostró mejoras funcionales transitorias en dominios donde casi nadie esperaba gran cosa. La ciencia avanza a veces así, con un dato raro sobre la mesa y muchos expertos alrededor intentando no enamorarse demasiado de él.

La prudencia no debe confundirse con desprecio. Ser cauteloso no es decir que no pasó nada. Pasó algo, según el informe: algo suficientemente llamativo para publicarse, discutirse y estudiarse mejor. Pero tampoco conviene vestirlo de revolución. La historia de la medicina está llena de tratamientos que brillaron en observaciones iniciales y se apagaron al llegar a los ensayos. En alzhéimer, ese cementerio de promesas médicas es especialmente grande.

La grieta que merece ser investigada

La psilocibina acaba de entrar, con este caso, en una conversación delicada: la de las capacidades que quizá sobreviven escondidas en cerebros muy dañados. No como una cura secreta esperando bajo un sombrero de hongo, sino como una pista sobre la arquitectura del deterioro. Tal vez algunas funciones no desaparecen de golpe; tal vez quedan bloqueadas, inaccesibles, separadas por redes que ya no coordinan bien. Tal vez ciertos estados cerebrales permiten, durante un tiempo, que esas piezas se toquen de nuevo.

Eso sería importante aunque nunca se convirtiera en un tratamiento masivo. Ayudaría a entender mejor la demencia avanzada, a pensar nuevas formas de intervención y a medir la diferencia entre daño irreversible y función silenciada. La paciente brasileña no es una prueba definitiva. Es una señal. Una chispa. Y las chispas, en ciencia, no se adoran: se aíslan del ruido, se protegen del viento y se comprueba si de verdad pueden encender algo.

Si te interesa el tema, echa un vistazo a otro interesante estudio realizado en China, sobre el uso de ultrasonidos contra el alzhéimer. Además, ya se estudió el posible utilizo de la fotónica para su diagnosis precoz. ¡Feliz lectura!

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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