Historia
Aparecen en Ponferrada los restos del maquis Manuel Girón
El ADN identifica los restos de Manuel Girón en el cementerio del Carmen de Ponferrada, en El Bierzo: 75 años de misterio, memoria y verdad. En Ponferrada, por fin, un nombre que llevaba décadas flotando entre el rumor y el archivo baja a tierra.

El ADN identifica los restos de Manuel Girón en el cementerio del Carmen de Ponferrada, en El Bierzo: 75 años de misterio, memoria y verdad.
En Ponferrada, por fin, un nombre que llevaba décadas flotando entre el rumor y el archivo baja a tierra. El alcalde Marco Morala anunció este jueves 29 de enero de 2026 que los restos de Manuel Girón Bazán han sido identificados, de forma genética y antropológica, entre los cuerpos exhumados en el antiguo cementerio del Carmen. La intervención la ha desarrollado la Asociación científica Sputnik Labrego con el Ayuntamiento, dentro de un proyecto municipal de memoria democrática que lleva años abriendo fosas, revisando papeles y cruzando apellidos con huesos. ([Europa Press][1])
El dato clave, el que corta el aire como una tijera, es la certeza: el equipo coordinado por el historiador Alejandro Rodríguez Gutiérrez sitúa la coincidencia genética en un 99,9%. Traducido sin solemnidad: la ciencia ha dicho “sí” donde durante décadas hubo “puede que” y “seguramente”. Girón, uno de los maquis más famosos del noroeste, pasa de figura oral a identidad verificada, y eso cambia el tablero entero en una comarca donde la posguerra dejó más cicatrices de las que caben en un memorial. ([Cadena SER][2])
Girón antes del mito: un jornalero de Salas de los Barrios
Antes de ser Girón, fue Manuel. Nació el 16 de febrero de 1910 en Salas de los Barrios, una localidad del Bierzo que entonces olía más a viña, tierra removida y jornal que a épica. Su biografía arranca como la de tantos hombres de su generación: trabajo duro, familia humilde, vida pegada al campo… y, en su caso, militancia en la UGT, en ese mundo obrero y rural donde sindicato significaba también riesgo. La guerra lo empuja a una decisión que ya no tiene marcha atrás: en julio de 1936 se echa al monte para huir de la represión y, poco después, se integra en el bando republicano en el frente de Asturias; cae el Frente Norte, se cierra el cerco, y empieza la vida del huido que conoce cada vaguada como si fuese el pasillo de casa. ([Wikipedia][3])
Ahí nace la ambigüedad que lo acompañará siempre, ese juego sucio de etiquetas que en la posguerra era casi un arma: para el régimen, “bandolero”; para quienes lo protegieron, guerrillero; para muchos, directamente héroe. Y conviene decirlo con claridad, sin barniz: el maquis no fue una postal romántica. Fue hambre, nieve, miedo, tiros, delaciones, noches sin lámpara, y una red de apoyos en los pueblos que pagó caro cada gesto. La figura de Girón se entiende en ese paisaje: montes duros, comarcas mineras, Guardia Civil obsesionada con cerrar el “problema”, y una resistencia que, al prolongarse, se convierte también en símbolo.
La guerrilla León-Galicia y el mapa del Bierzo en posguerra
Girón no fue un lobo solitario. Su nombre queda ligado a la Federación de Guerrillas de León-Galicia, considerada la primera gran organización guerrillera antifranquista de posguerra. La reunión fundacional, fijada por la historiografía en abril de 1942 en las peñas de Ferradillo, reunió a veintenas de huidos de procedencias y sensibilidades distintas, y esa mezcla explica mucho: socialistas, comunistas, anarquistas, ugetistas, gente sin etiqueta clara pero con razones de sobra para esconderse. Ferradillo, un punto pequeño en el mapa, se convierte en una especie de capital clandestina, un lugar que todavía hoy suena a contraseña. ([ileon.eldiario.es][4])
La Federación funcionaba con lo que tenía y con lo que podía: grupos móviles en el monte y una trama en el llano, enlaces, apoyos, casas donde una puerta entreabierta valía más que un fusil. En El Bierzo y La Cabrera, ese entramado fue decisivo, y también fue el talón de Aquiles: cada chivatazo reventaba una cadena entera. La represión franquista no perseguía solo al que llevaba arma; perseguía al que dio pan, al que prestó una manta, al que calló cuando lo apretaban. En ese contexto, Girón destaca por liderazgo, por supervivencia y por algo menos tangible: una capacidad para convertirse en relato, para que su nombre circule y crezca incluso donde él no está.
La traición de 1951 y el “hombre que murió cuatro veces”
El 2 de mayo de 1951, Girón muere de la forma más sorda y más eficaz: una traición. Según los relatos que han ido fijando los investigadores y la prensa local con el tiempo, lo abatió por la espalda José Rodríguez Cañueto, un infiltrado vinculado a la estrategia antiguerrillera. Ocurrió en las Puentes de Malpaso, en el entorno de Molinaseca, y a pocos metros estaba su compañera de aquellos años, Alida González, que acabaría detenida. No es una muerte de película; es la típica muerte diseñada para que no haya épica, para que el mito no tenga escena gloriosa, solo polvo y silencio. ([elbierzo.eldiario.es][5])
Y, sin embargo, la leyenda ya venía lanzada. A Girón se le atribuye el apodo de “el hombre que murió cuatro veces” porque las autoridades franquistas lo dieron por muerto hasta en tres ocasiones antes de la definitiva, entre errores de identificación, cadáveres confundidos y reconocimientos forzados que también formaban parte del terror: si un familiar “reconocía” un cuerpo, podía cortar torturas, frenar represalias, ganar una mínima tregua. En el archivo y en la memoria oral aparecen fechas como 1940, 1945 y 1949 vinculadas a esas “muertes” oficiales, y lo importante aquí no es el morbo del número, sino lo que revela: la persecución fue tan intensa que el régimen necesitaba matarlo incluso cuando no podía, necesitaba certificar su fin para mandar un mensaje. ([elbierzo.eldiario.es][5])
Tras su muerte real, la guerrilla del noroeste entra en una fase final, cada vez más acorralada. Algunos optan por salir del país, otros caen, y queda el poso: historias contadas en voz baja, anécdotas que se deforman, escenas que quizá ocurrieron y quizá no, pero que muestran un hecho básico, muy berciano y muy humano: en determinados pueblos, decir Girón era decir resistencia, pero también miedo, porque pronunciar un nombre podía costar caro.
De la fosa del Carmen al ADN: cómo se llegó a la certeza
El proyecto municipal y el trabajo científico
Lo que se anuncia ahora no nace de un golpe de suerte, sino de un trabajo largo, con calendario y barro. El Ayuntamiento de Ponferrada y Sputnik Labrego llevan desde 2021 impulsando proyectos de localización, exhumación e identificación de víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, con financiación pública y una metodología que combina archivo, arqueología y laboratorio. En el cementerio del Carmen se hicieron campañas arqueológicas en septiembre de 2023, octubre de 2023, mayo de 2024 y septiembre de 2024, y de ahí salieron, al menos, restos correspondientes a 11 víctimas que no habían sido trasladadas a Montearenas. En 2025 el foco pasó a la identificación: extracción de muestras, localización de familiares, cruces genéticos, y un nombre que aparece donde nadie lo esperaba. ([Europa Press][1])
En esa cadena hay varios protagonistas con bata y sin bata. La parte arqueológica se realizó con apoyo de Tempos Arqueólogos; la antropología física la ha trabajado la bioantropóloga Laura González-Garrido, en colaboración con el área de Antropología física de la Universidad de León; y los contrastes genéticos se han realizado con participación de Fundación Tecnalia Research & Innovation. También hay política municipal, claro, porque sin estructura administrativa no se abren fosas: el Ayuntamiento ha encuadrado el proyecto a través de su servicio de Patrimonio, Museos y el área del Castillo de los Templarios, con la concejalía competente encabezada por Iván Alonso, primer teniente de alcalde. ([Europa Press][1])
Genética y antropología, explicado sin bata
Cuando se habla de identificación genética y antropológica no se está diciendo “se parece”. Se está diciendo otra cosa, más fría y más sólida. La genética compara perfiles de ADN de los restos con muestras de familiares y calcula la probabilidad de parentesco; la antropología física, por su parte, mira el esqueleto como si fuese un documento: sexo biológico probable, edad aproximada, rasgos, lesiones, señales de vida dura, y también coherencia con el contexto de enterramiento. En el caso de Girón, el dato del 99,9% implica que la coincidencia con la línea familiar es abrumadora, y que el resto de indicios encajan con lo que se sabe del lugar, la época y el tipo de sepultura. La ciencia no convierte a nadie en héroe ni en villano, pero sí permite algo básico: dejar de discutir sobre un cuerpo equivocado.
Y aquí aparece una de las razones por las que esta noticia tiene tanta potencia local: durante años, Ponferrada vivió con una versión asumida sobre el paradero de Girón. En 1979, ya en democracia, se autorizó una exhumación para trasladar supuestos restos al cementerio de Montearenas; ante la dificultad de localizar a la familia, un vecino, Alfonso Yáñez, los custodió durante años y acabaron recibiendo sepultura en 1997, con una lápida que lo honraba. Esa historia, conocida en la comarca, funcionó como cierre simbólico. La identificación actual reabre el expediente de manera inevitable: si Girón estaba en el Carmen, ¿qué se enterró entonces en Montearenas?, ¿de quién eran esos restos?, ¿qué parte fue error, qué parte fue buena fe, qué parte fue la confusión típica de un país que dejó demasiados muertos sin nombre? ([elbierzo.eldiario.es][5])
La respuesta completa no cabe en un titular, y tampoco se resuelve en una tarde, pero el propio proyecto municipal ha ido marcando un rumbo: poner certeza donde había neblina, y, a partir de ahí, dar sepultura digna a las víctimas localizadas. Morala, en su valoración institucional, ha insistido en dos ideas que no son decorativas: la necesidad de un conocimiento histórico “certero” y el peso humano, el de familias que durante décadas han cargado con ausencias sin explicación y con duelos mal hechos. No es retórica: en estas historias, un nombre en una caja puede ser el final de una espera de generaciones. ([Europa Press][1])
Memoria y posguerra
La identificación de Manuel Girón Bazán en Ponferrada no es solo un asunto de memoria y hueso; es también una pieza que recoloca el relato de la posguerra en El Bierzo con una precisión que molesta y alivia a la vez. Molesta, porque obliga a revisar certezas asumidas, incluso homenajes bienintencionados; alivia, porque ya no todo depende de la versión más repetida o del testimonio más insistente. Girón seguirá siendo discutido, como se discute a casi todos los personajes que se mueven entre la resistencia y la violencia de un tiempo extremo, pero desde este 29 de enero de 2026 hay algo que deja de ser opinable: sus restos han aparecido donde nadie los estaba mirando, en el cementerio del Carmen, y el mito, por una vez, tiene coordenadas.
En el fondo, la noticia tiene una imagen poderosa, casi doméstica: un nombre que vuelve, no desde una estatua, sino desde una fosa excavada con paciencia, pincel y guantes. En un lugar como Ponferrada, donde el pasado no es un capítulo cerrado sino una capa más del paisaje, identificar a Girón es como encender una luz en un cuarto que llevaba años a oscuras: no cambia lo que ocurrió, pero permite verlo mejor. Y verlo mejor, en este caso, significa algo concreto y nada abstracto: verdad histórica, reparación y una sepultura que, por fin, corresponde a quien dice corresponder. ([Europa Press][1])

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