Tecnología
¿Cómo afectan las redes sociales al rendimiento de los adolescentes?
Empezar pronto en redes sociales puede afectar las notas, el sueño y la concentración de los adolescentes, según una investigación reciente.

Abrir una cuenta en redes sociales a los 11 o 12 años puede dejar algo más persistente que un historial de vídeos, mensajes y fotografías olvidadas: peores resultados escolares durante la adolescencia. Una investigación realizada con 5.227 estudiantes italianos relaciona el acceso temprano a plataformas como Instagram, TikTok o Facebook con puntuaciones posteriores más bajas en matemáticas y lengua.
La diferencia no es pequeña. Entre quienes comenzaron a utilizar redes sociales al entrar en la educación secundaria, el desfase llegó a equivaler aproximadamente a medio curso escolar respecto a compañeros de características similares que esperaron hasta los 14 o 15 años. El trabajo aporta indicios sólidos, aunque no permite sentenciar que una cuenta de TikTok cause por sí sola una mala nota. La ciencia rara vez funciona con esa comodidad de sobremesa.
Empezar a los 11 años deja una huella medible
El estudio, publicado en agosto de 2026 en la revista Nature Human Behaviour, analizó el recorrido educativo de alumnos de 28 centros del norte de Italia. Los investigadores cruzaron una encuesta sobre hábitos digitales realizada durante el curso 2023-2024 con los resultados obtenidos por los estudiantes en las pruebas nacionales INVALSI, el equivalente italiano a las evaluaciones estandarizadas de competencias.
No se limitaron a preguntar cuánto tiempo pasaban mirando la pantalla, una cifra que suele ser imprecisa y que dice menos de lo que parece. El punto central era otro: a qué edad habían abierto su primera cuenta personal en una red social y cuándo habían recibido un teléfono inteligente propio.
Los alumnos que estrenaron perfil en sexto curso, cuando tenían unos 11 o 12 años, obtuvieron al llegar a octavo puntuaciones 0,22 desviaciones estándar inferiores en italiano y 0,18 inferiores en matemáticas. En décimo, con 15 o 16 años, la brecha se mantuvo en lengua y creció hasta 0,27 en matemáticas. En investigación educativa, diferencias superiores a 0,20 se consideran relevantes; los autores las traducen, de manera aproximada, en seis meses de aprendizaje.
El efecto también apareció entre quienes se incorporaron a las redes en séptimo curso, aunque fue algo menor. Para los que esperaron hasta octavo, los resultados fueron más débiles y menos resistentes a las pruebas estadísticas. Dicho de otro modo: el estudio no identifica una frontera mágica, pero sí dibuja una pendiente bastante incómoda. Cuanto antes comienza la exposición, peor parece evolucionar el rendimiento.
Cómo se compararon alumnos con vidas parecidas
Una asociación sencilla podría engañar. Los adolescentes que entran antes en redes quizá procedan de familias diferentes, reciban menos supervisión o ya obtuvieran notas más bajas en Primaria. Para reducir ese ruido, el equipo utilizó modelos longitudinales de diferencias en diferencias y emparejó a cada usuario temprano con una especie de gemelo estadístico.
Los investigadores tuvieron en cuenta el rendimiento previo, el nivel educativo de los padres, la situación económica familiar, la estructura del hogar, el sexo, la asistencia a educación infantil, el acceso anterior a otros dispositivos y las prácticas de control parental. Después observaron cómo evolucionaban los resultados de cada grupo desde Primaria hasta Secundaria.
Esa metodología es más exigente que comparar las notas actuales de quienes usan mucho y poco el móvil. Permite comprobar si las trayectorias educativas, inicialmente parecidas, comienzan a separarse después de abrir una cuenta. Los datos ofrecen, según los autores, evidencia compatible con un efecto negativo, especialmente cuando se enfrenta a quienes empezaron en sexto o séptimo con quienes esperaron hasta noveno.
Aun así, queda margen para factores no observados. La personalidad, determinados conflictos familiares, la impulsividad o la relación previa con los estudios podrían influir tanto en la entrada temprana en redes como en las notas. El método estrecha el cerco; no convierte una investigación observacional en un experimento de laboratorio.
El problema no parece ser solo el tiempo de pantalla
La escena resulta familiar: un adolescente abre el libro, recibe una notificación, mira el teléfono, responde a un mensaje, enlaza con un vídeo y regresa al ejercicio varios minutos después. O cree regresar. La atención no funciona como una bombilla que recupera de inmediato toda su intensidad; se parece más a una mesa llena de papeles que hay que volver a ordenar.
El estudio señala como posible mecanismo la presencia invasiva del teléfono en distintos momentos del día. Los usuarios más precoces tendían a consultarlo con mayor frecuencia durante los deberes, en el centro educativo, antes de acostarse y nada más despertarse. Esa conducta se relacionó, a su vez, con peores resultados en lengua y matemáticas.
La explicación no pasa necesariamente por imaginar que todo el contenido consumido sea nocivo. Puede bastar con que la sucesión de alertas, vídeos breves y conversaciones fragmente el tiempo de estudio. Cada interrupción parece diminuta, casi inocente. Juntas forman una lluvia fina que termina calando: menos concentración sostenida, más multitarea y mayor dificultad para trabajar con problemas largos.
El índice utilizado para medir hasta qué punto el móvil se infiltraba en la vida cotidiana explicó entre el 33% y el 47% de la relación observada en matemáticas, y entre el 15% y el 34% en italiano. No explica todo el resultado, pero ocupa una parte considerable del mapa. La atención fragmentada aparece como una pieza central.
También surgen dos sospechosos habituales: el tiempo desplazado y el sueño. Una hora de redes no siempre sustituye directamente a una hora de estudio; a veces invade ratos más pequeños, retrasa el comienzo de los deberes o alarga la noche. El efecto termina siendo parecido. El día conserva sus 24 horas —de momento— y el algoritmo no regala ninguna.
La supervisión familiar mostró una relación positiva con las competencias académicas, aunque explicaba una proporción limitada de la brecha. Los estudiantes que habían comenzado antes estaban menos acostumbrados a que sus padres conocieran o acompañaran su actividad digital. Acompañar no equivale a espiar, pero dejar a un menor solo frente a sistemas diseñados para prolongar su permanencia tampoco parece una gran conquista de la autonomía.
Más suspensos, menos confianza y una excepción en inglés
La investigación no encontró únicamente diferencias en las pruebas estandarizadas. Los usuarios tempranos mostraban una probabilidad mayor de repetir curso, menos opciones de terminar la secundaria obligatoria con una calificación excelente y niveles inferiores de autoeficacia académica, es decir, una confianza menor en su propia capacidad para aprender y resolver las tareas escolares.
Este último dato merece atención. Las notas no son solo una fotografía de conocimientos; también modelan la percepción que un estudiante tiene de sí mismo. Un adolescente que acumula dificultades puede acabar interpretándolas como una incapacidad personal, cuando detrás quizá existe una rutina de interrupciones constante. El teléfono vibra, la concentración se rompe, el ejercicio sale peor y la siguiente tarde se afronta con menos seguridad. Un círculo bastante menos divertido que cualquier vídeo de quince segundos.
La elección posterior entre bachillerato, formación técnica u otros itinerarios apenas cambió de manera clara, según el estudio. Sin embargo, los autores advierten de que la muestra no incluía suficientemente a algunos de los casos más vulnerables, como alumnos que habían abandonado los estudios, repetido varios cursos o seguido determinadas vías de formación profesional. El impacto real en el conjunto de la población podría ser distinto e incluso mayor.
Los investigadores no detectaron una caída significativa en las competencias de inglés. Es una excepción llamativa y, por el momento, sin explicación demostrada. Su hipótesis es que la exposición cotidiana a canciones, vídeos, expresiones, comentarios y creadores anglófonos podría proporcionar cierto aprendizaje informal del idioma.
Eso no convierte el desplazamiento infinito en una academia británica. La familiaridad con palabras y estructuras sencillas puede ayudar en una prueba, pero no sustituye la comprensión profunda, la expresión escrita o el estudio sistemático. Sí recuerda algo esencial: las redes sociales no son una sustancia uniforme. Importan la edad, la intensidad, el contenido, el contexto y la manera de utilizarlas.
Una conversación con amigos, un tutorial de física y cuarenta vídeos consecutivos elegidos por un algoritmo caben bajo la misma etiqueta de tiempo de pantalla. Meterlos en el mismo saco produce titulares cómodos y explicaciones pobres. La novedad de este trabajo consiste precisamente en apartarse del contador de minutos y fijarse en la precocidad y el hábito adquirido.
Lo que el estudio demuestra y lo que todavía no
Los resultados son sólidos para la muestra analizada, pero no autorizan a proclamar que cualquier adolescente con redes sociales esté condenado a perder medio curso. El trabajo estudia alumnos de Lombardía y reconstruye la edad de apertura de las cuentas mediante recuerdos declarados años después. Aunque esos datos se cruzaron con expedientes longitudinales y numerosos controles, alguna imprecisión es inevitable.
Tampoco permite separar completamente el efecto de las redes del teléfono inteligente. En esas edades, disponer de un móvil propio y abrir perfiles sociales suelen ocurrir casi al mismo tiempo. Los autores decidieron estudiar esa exposición combinada porque eran muy pocos los alumnos que utilizaban redes sin un dispositivo personal.
Hay otro matiz. Los estudios anteriores habían encontrado, en general, asociaciones pequeñas entre el uso total de redes y el rendimiento académico. Los efectos se volvían más claros cuando el consumo era problemático. La nueva investigación sugiere que la edad de inicio puede importar más que el número aislado de horas, porque combina la duración acumulada de la exposición con una etapa especialmente sensible del desarrollo.
No todos los adolescentes responden igual. Una personalidad impulsiva, una situación familiar complicada o una baja motivación escolar pueden amplificar el efecto; un entorno estable y unas rutinas bien asentadas pueden amortiguarlo. El promedio estadístico señala una tendencia colectiva, no escribe el boletín de notas de cada menor.
España ya vive conectada antes de la adolescencia
El debate no queda lejos. Un estudio de UNICEF España publicado en 2025, elaborado con la participación de casi 100.000 niños y adolescentes, indicó que el 92,5% estaba registrado en al menos una red social y el 75,8% utilizaba tres o más. El primer móvil propio llegaba, de media, a los 10,8 años; a los 12 ya lo tenía el 76%.
La realidad cotidiana corre, por tanto, bastante más deprisa que las condiciones de edad escritas en las plataformas. En España, el consentimiento autónomo para el tratamiento de datos personales se sitúa actualmente en los 14 años, mientras que el Gobierno anunció en febrero de 2026 su intención de impedir el acceso a redes sociales a los menores de 16. A comienzos de agosto, la medida seguía dentro del debate legislativo y dependía de mecanismos eficaces de verificación de edad. No es todavía una prohibición plenamente vigente.
La investigación italiana dará argumentos a quienes defienden retrasar el primer perfil, pero no resuelve por sí sola el debate legislativo. Verificar edades sin invadir la privacidad es complejo, y una prohibición formal puede trasladar el uso a cuentas falsas, dispositivos ajenos o servicios peor supervisados. El viejo método de marcar una casilla afirmando que uno ha cumplido 18 años posee aproximadamente la robustez de una puerta dibujada en la pared.
También conviene evitar que toda la responsabilidad caiga sobre las familias. Los padres pueden establecer horarios, acompañar y retrasar la compra del primer teléfono, pero compiten con plataformas que conocen cada movimiento del usuario y afinan sus recomendaciones segundo a segundo. La educación digital importa; el diseño de las aplicaciones, también.
La edad de entrada ya no parece un detalle menor
Durante años, la discusión sobre adolescentes y pantallas ha oscilado entre el apocalipsis tecnológico y una complacencia algo perezosa. Ni todos los móviles arruinan la infancia ni toda preocupación adulta es una antigualla moral. Este estudio introduce una medida concreta en medio del ruido: comenzar antes se relaciona con aprender menos después, sobre todo en matemáticas y lengua.
El resultado no exige demonizar internet. Sí obliga a dejar de tratar la apertura de una cuenta a los 11 años como un rito inevitable, comparable a estrenar mochila o cambiar de zapatillas. Las redes comerciales no son una plaza pública neutral; están construidas para competir por la atención y convertir cada segundo de permanencia en datos, publicidad y beneficio.
Retrasar la entrada no garantiza buenas notas. Tampoco basta con retirar el teléfono y esperar que aparezcan, por generación espontánea, el gusto por las ecuaciones o la pasión por la sintaxis. Pero entre un adolescente que puede concentrarse durante media hora y otro que mira la pantalla cada pocos minutos existe una diferencia silenciosa. No siempre se ve en casa. Meses después, aparece impresa en un examen.

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