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Naturaleza

¿Cómo usan tiburones con sensores para predecir mejor los huracanes?

Tiburones con sensores miden el calor del océano para afinar la intensidad de los huracanes y mejorar unas previsiones cada vez más precisas.

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Reaparece el mayor tiburón blanco del Atlántico

Los tiburones están empezando a desempeñar un papel inesperado en la predicción de huracanes. Investigadores de la Universidad de Delaware están colocando pequeños sensores en algunos ejemplares para medir temperatura, salinidad y profundidad del océano mientras nadan por el Atlántico. Esos datos pueden alimentar modelos oceánicos y meteorológicos y ayudar a calcular mejor algo que sigue siendo especialmente difícil: cuánta fuerza alcanzará un huracán antes de tocar tierra.

La idea no consiste en convertir al tiburón en una especie de meteorólogo con aleta dorsal. Es bastante menos cinematográfica —y mucho más interesante—. Los animales recorren zonas donde obtener observaciones continuas resulta complicado y transportan sensores capaces de describir qué ocurre bajo la superficie del mar. Allí está buena parte del combustible de los ciclones tropicales: una capa de agua cálida cuya energía puede favorecer una intensificación rápida de la tormenta.

Tiburones convertidos en observatorios móviles del océano

El proyecto desarrollado por científicos de la Universidad de Delaware prueba una fórmula sencilla sobre el papel: aprovechar los desplazamientos naturales de determinados tiburones para recopilar información oceanográfica casi en tiempo real.

Los dispositivos empleados son etiquetas electrónicas del tipo CTD. Miden la conductividad eléctrica del agua, relacionada estrechamente con su salinidad, además de registrar temperatura y profundidad. De esta manera, cada inmersión del animal dibuja una especie de radiografía vertical del mar.

Cuando el tiburón vuelve a acercarse a la superficie, el dispositivo puede transmitir los registros mediante una red de satélites. El pez continúa su camino; los científicos reciben una sucesión de perfiles del océano que, combinados con otras observaciones, ayudan a conocer con mayor precisión el estado real del agua.

No todos los tiburones sirven igual. Los investigadores buscan especies con movimientos adecuados para el proyecto y, sobre todo, animales que emerjan con suficiente frecuencia como para que la etiqueta pueda comunicarse con los satélites. Entre los candidatos estudiados aparecen el marrajo dientuso, la tintorera o tiburón azul, el tiburón martillo liso y ejemplares juveniles de tiburón blanco.

El verdadero objetivo está bajo la superficie

Los satélites ofrecen una imagen extraordinaria del océano, pero no pueden observar con el mismo detalle todo lo que ocurre varios metros por debajo. Y para estimar la evolución de un ciclón tropical no basta con conocer la temperatura de la superficie.

Uno de los datos esenciales es el contenido de calor de la capa superior del océano, particularmente de la denominada capa de mezcla. Si esa reserva de agua caliente es profunda, un huracán puede seguir extrayendo energía incluso cuando sus vientos remueven el mar.

Ese detalle cambia bastante las cosas. Una superficie caliente sobre aguas más frías puede enfriarse rápidamente cuando llega una tormenta y mezcla las distintas capas. En cambio, si el calor se extiende a mayor profundidad, el ciclón encuentra una reserva energética mucho más difícil de vaciar.

Por eso conocer la estructura térmica submarina permite ajustar los modelos que intentan anticipar la intensidad de los huracanes. La trayectoria de estas tormentas se ha vuelto considerablemente más predecible durante las últimas décadas, mientras que acertar con precisión cuánto se fortalecerán continúa siendo un reto mayor.

Por qué un tiburón llega donde otros sensores no llegan

La oceanografía moderna ya dispone de satélites, boyas, flotadores autónomos, radares costeros y planeadores submarinos. Los tiburones no vienen a jubilar esa tecnología. Ni falta que hace.

Su atractivo reside en que pueden convertirse en una pieza complementaria dentro de una red mucho más amplia. Los animales se desplazan por el océano siguiendo comportamientos naturales y pueden atravesar regiones en las que la densidad de observaciones es baja. Dicho de otra forma: llevan el termómetro del océano mientras hacen vida de tiburón.

La utilización de animales como plataformas científicas tampoco nace con este experimento. Desde hace años se han instalado sensores en elefantes marinos y otros animales marinos, especialmente en regiones polares donde desplegar equipos convencionales resulta caro y complicado.

Los tiburones ofrecen algunas ventajas particulares. Existen especies ampliamente distribuidas por el Atlántico, algunas realizan grandes migraciones y sus desplazamientos pueden proporcionar perfiles de zonas marinas difíciles de cubrir de manera continua con instrumentos convencionales.

Cinco minutos sobre el barco y de nuevo al mar

El trabajo de campo comienza cuando especies migratorias se aproximan a la costa estadounidense después del invierno. Los equipos navegan aproximadamente 50 a 65 kilómetros mar adentro, despliegan líneas con cebo y esperan a que aparezca un ejemplar adecuado.

Cuando capturan uno, el procedimiento está pensado para ser breve. La etiqueta se fija en la aleta dorsal y la intervención suele completarse en menos de cinco minutos. Los investigadores realizan también una evaluación del estado del animal antes de liberarlo.

No es solo una cuestión de bienestar animal. Un tiburón estresado o lesionado podría modificar su comportamiento y producir datos poco representativos de sus desplazamientos normales. Ciencia y sentido común, por una vez, remando en la misma dirección.

Los materiales utilizados para instalar los dispositivos están diseñados para deteriorarse progresivamente, de forma que la etiqueta termine desprendiéndose. El trabajo se realiza bajo protocolos institucionales de cuidado animal.

Del tiburón al modelo que sigue el huracán

El recorrido de la información tiene varias etapas. El sensor registra cómo cambian la temperatura y otras propiedades del agua a medida que el tiburón desciende y asciende; después transmite los datos cuando existen condiciones para establecer una comunicación por satélite.

Esas mediciones pueden incorporarse posteriormente a modelos oceanográficos que reconstruyen el estado del mar. A su vez, estos modelos aportan información a las herramientas empleadas para estudiar y pronosticar los ciclones tropicales.

Aquí está el matiz importante. El tiburón no detecta un huracán ni anuncia dónde tocará tierra. Aporta observaciones que permiten representar mejor el océano del que la tormenta obtiene su energía. Cuanto menos se parezca el mar virtual del ordenador a una caricatura y más al océano verdadero, mejores posibilidades existen de calcular qué hará el ciclón.

La intensidad sigue siendo el gran quebradero de cabeza

La intensidad de los huracanes continúa siendo uno de los apartados más delicados de la predicción. Una tormenta puede experimentar cambios rápidos cuando atraviesa aguas especialmente cálidas, corrientes oceánicas profundas o determinadas estructuras térmicas.

La NOAA utiliza desde hace años planeadores submarinos autónomos para cubrir parte de ese vacío de información. Estos vehículos miden temperatura, salinidad y presión y envían perfiles que ayudan a corregir los modelos oceánicos.

Entre 2018 y 2025, la red coordinada durante las temporadas de huracanes acumuló más de 936.000 perfiles submarinos y 603 despliegues de planeadores. Es una cantidad enorme de información, pero el océano también lo es. Ahí está el problema.

Para la temporada de 2026 estaba prevista una nueva campaña con alrededor de 26 planeadores específicos para huracanes en el Atlántico y otros seis en el Pacífico, además de decenas de vehículos empleados en misiones diferentes que también pueden suministrar información aprovechable.

El experimento con tiburones entra precisamente en ese ecosistema científico. No pretende sustituir una red por otra, sino comprobar si los animales pueden rellenar algunos huecos y aportar observaciones móviles adicionales allí donde cada perfil de temperatura cuenta.

De Carolina del Norte a Massachusetts

Los investigadores de Delaware trabajan con tiburones que se desplazan frente a la costa este de Estados Unidos. El interés meteorológico es evidente: una representación más precisa del océano en esa región puede contribuir a afinar las previsiones de intensidad cuando un ciclón avanza hacia zonas pobladas.

Entre Carolina del Norte y Massachusetts se extiende un enorme corredor costero donde viven millones de personas y se concentran puertos, viviendas, redes energéticas, infraestructuras y actividades económicas expuestas a tormentas tropicales.

Un pequeño error en la previsión de intensidad deja de ser un asunto académico cuando un huracán está cerca de tierra. Puede influir en decisiones sobre evacuaciones, cierre de instalaciones, preparación de los servicios de emergencia o protección de infraestructuras.

Eso explica la obsesión científica por observar mejor el océano. El viento ocupa los titulares, pero debajo hay una masa de agua almacenando y redistribuyendo energía de manera continua. Medir ese calor con precisión ayuda a comprender qué tiene realmente debajo un ciclón cuando avanza.

De animal temido a inesperado aliado científico

Hay una curiosa inversión cultural detrás del proyecto. Durante décadas, el imaginario popular convirtió al tiburón en amenaza veraniega por excelencia. El cine hizo el resto; después llegaron imitaciones de toda clase y hasta tornados cargados de escualos. Hollywood nunca ha sido particularmente tímido.

La realidad científica resulta menos espectacular y bastante más útil. Un tiburón con un pequeño sensor sobre la aleta puede recorrer kilómetros de océano mientras recoge datos de temperatura y salinidad que de otro modo serían difíciles de conseguir.

El experimento todavía debe demostrar hasta qué punto estas observaciones pueden incorporarse regularmente a los sistemas operativos de predicción. También habrá que valorar la cantidad, continuidad y calidad de los registros obtenidos frente al coste y la complejidad del marcado.

Pero el principio tiene sentido: combinar animales, satélites, boyas y vehículos autónomos para construir una imagen más completa del mar. Ninguna tecnología puede observar por sí sola un océano inmenso, profundo y constantemente cambiante.

Un océano mejor medido puede cambiar el pronóstico

La mejora de las previsiones de huracanes no depende de encontrar un sensor milagroso, sino de reducir poco a poco las zonas ciegas del océano. Los tiburones podrían convertirse en una de esas piezas inesperadas: criaturas capaces de desplazarse por el mismo mar cuyo calor determina, en parte, la energía disponible para una tormenta.

Cuantos más datos fiables entren en los modelos, mejor representada estará esa compleja frontera entre océano y atmósfera. Y ahí puede aparecer la diferencia entre saber que llega un huracán y entender, con mayor precisión, con qué fuerza puede alcanzar la costa.

De momento, los tiburones siguen haciendo exactamente lo que llevaban millones de años haciendo: nadar, sumergirse, buscar alimento. Solo que algunos transportan ahora un pequeño laboratorio electrónico sobre la espalda. La meteorología, a veces, encuentra sus mejores instrumentos donde menos cabía esperarlos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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