Naturaleza
¿Por qué la quinta ola de calor dispara la sequía en Reino Unido?
Reino Unido afronta su quinta ola de calor con hasta 36 ºC, media Inglaterra en sequía, restricciones de agua y presión sobre los alimentos.

Reino Unido vuelve a calentarse y esta vez el problema no termina cuando baja el termómetro. El nuevo episodio de temperaturas extremas, considerado la quinta ola de calor desde mayo, llega con buena parte del territorio exhausto por la falta de lluvia, los ríos menguando y millones de personas sometidas a restricciones de agua. El Met Office prevé que el calor gane fuerza durante la semana y contempla máximas de hasta 36 ºC el jueves en East Anglia y el sureste de Inglaterra.
La sequía se agrava porque no se trata simplemente de unos cuantos días calurosos. Inglaterra y Gales acaban de atravesar un julio excepcionalmente seco, con récords que se remontan al siglo XIX, mientras el calor aumenta la evaporación y dispara la demanda de agua precisamente cuando embalses, ríos, campos y acuíferos tienen menos margen. El impacto ya se nota en la agricultura: cosechas adelantadas, rendimientos menores en varios cultivos, pastos deteriorados y nuevas limitaciones para extraer agua. El temor a que parte de ese coste termine llegando a los alimentos existe, aunque todavía sería prematuro convertirlo en una subida generalizada de precios.
Reino Unido afronta otra semana de calor intenso
El domingo 9 de agosto ha dejado una Gran Bretaña meteorológicamente partida en dos. Mientras Escocia, Irlanda del Norte y algunas zonas septentrionales reciben nubes y lluvia, Inglaterra y Gales permanecen mucho más secas, soleadas y cálidas. El alivio del lunes será relativo. Después, la temperatura volverá a escalar.
La previsión oficial sitúa máximas cercanas a 30 ºC el martes, entre 32 y 34 ºC el miércoles y potencialmente 36 ºC el jueves en puntos de East Anglia y el sureste inglés. También aumentará la humedad, una combinación menos fotogénica que un cielo azul pero bastante más incómoda cuando llega la noche y las viviendas conservan el calor. El Met Office considera probable que amplias zonas de Inglaterra y Gales alcancen los criterios de ola de calor.
Conviene introducir un matiz. El episodio ha sido presentado como la quinta ola de calor desde mayo y la tercera desde julio, pero la numeración puede variar según el criterio empleado y la zona analizada. El propio servicio meteorológico británico habla, más prudentemente, de otra ola de calor. Lo relevante es menos el ordinal que la repetición: el país apenas consigue recuperar humedad antes de que vuelva a calentarse.
Y esa reiteración importa. Mucho.
Un calor que no afecta igual a todo el país
Hablar de Reino Unido a 36 ºC sería tan impreciso como poner un termómetro en Sevilla y atribuir la lectura a toda España. El núcleo más duro del episodio se concentra en el sur y el este de Inglaterra, con Gales también expuesto a temperaturas elevadas.
En el norte la situación es diferente. Newcastle ronda temperaturas mucho más modestas e Irlanda del Norte permanece bajo un patrón más fresco y variable. Conforme avance la semana, el calor se extenderá, pero seguirá existiendo una notable brecha territorial.
Julio dejó un paisaje seco que no es habitual en Gran Bretaña
La imagen quizá resulte más reveladora que una décima de grado: parques tradicionalmente verdes convertidos en extensiones amarillentas, césped quebradizo y terrenos que parecen haber cambiado de estación antes de tiempo. En un país cuya iconografía meteorológica incluye lluvia, paraguas y jardines húmedos, contemplar el suelo pajizo tiene algo de anomalía cultural. Incluso el tópico británico se está quedando sin agua.
Los datos explican el paisaje. Inglaterra registró en julio apenas 6,5 milímetros de lluvia, alrededor del 10 % de su promedio habitual y su julio más seco desde que comienza la serie en 1836. Gales recibió 9,3 milímetros, aproximadamente el 9 % de su media, también un mínimo histórico para julio.
El sur de Inglaterra ofrece la cifra más llamativa: solo 1,9 milímetros durante todo julio, un 3 % de lo normal. Fue, provisionalmente, el mes más seco registrado allí desde 1836, no únicamente el julio más seco. Diecinueve condados terminaron el mes con un milímetro de precipitación o menos.
El conjunto de Reino Unido tuvo 28,9 milímetros, un 35 % de su promedio: su tercer julio más seco registrado y el más seco desde 1868. Al mismo tiempo, fue el segundo julio más cálido tanto para Reino Unido como para Inglaterra y el más cálido registrado en el sur inglés por temperatura media. Sol, calor y ausencia de agua; el cóctel se explica solo.
Media Inglaterra está oficialmente en sequía
El término sequía tampoco es aquí una licencia retórica. La Environment Agency declaró a finales de julio en situación oficial de sequía aproximadamente la mitad de Inglaterra, con siete áreas afectadas, entre ellas East Anglia, Londres y Hertfordshire, el valle del Támesis, Hampshire y la isla de Wight, Devon y Cornwall, West Midlands y Wessex.
Las autoridades describen en varias zonas una sequía de desarrollo rápido, alimentada por dos factores que se refuerzan mutuamente: lluvias extraordinariamente escasas y temperaturas elevadas. El agua desaparece del suelo con rapidez, la vegetación pierde humedad y la demanda doméstica y agrícola crece.
A finales de julio, el 78 % de los ríos ingleses se encontraba en niveles clasificados como inferiores a lo normal o peores, mientras aproximadamente una sexta parte estaba en niveles excepcionalmente bajos para esa época del año. Algunos cauces, incluido el Támesis a la altura de Reading, se aproximaban a mínimos históricos estacionales.
Los embalses también iban perdiendo volumen y las restricciones habían dejado de ser algo lejano. Siete compañías de agua habían introducido prohibiciones temporales de determinados usos para unos 23 millones de clientes, cerca del 40 % de la población de Inglaterra. El clásico veto a llenar piscinas, lavar coches o regar con manguera vuelve así al vocabulario cotidiano de un país que durante décadas pudo permitirse bromear con su exceso de lluvia.
El campo empieza a pagar la factura
Donde la falta de agua deja menos espacio para bromas es en las explotaciones agrícolas. El último balance de la Environment Agency señala que los agricultores británicos afrontan la cosecha más temprana en dos décadas, empujada por semanas de calor y sequedad. Las primeras evaluaciones apuntan a menores rendimientos en trigo, cebada de primavera, avena y pastos, aunque la situación varía mucho entre regiones y cultivos.
La horticultura presenta un dibujo más extraño. Algunas producciones de frutos rojos han conseguido buenos resultados, mientras que la campaña de ensaladas terminó alrededor de dos semanas antes de lo habitual. Los ganaderos, entretanto, sufren el escaso crecimiento de la hierba y en determinados casos están recurriendo antes de tiempo a reservas de forraje destinadas al invierno.
También hay un problema menos visible en el supermercado pero decisivo en el campo: conseguir agua para regar. El último balance oficial contabiliza 1.534 restricciones sobre licencias de extracción. En East Anglia, 302 usuarios se enfrentan a limitaciones que supondrán para la mayoría una reducción del 50 % del volumen que pueden extraer. Los depósitos agrícolas están bajos.
La National Farmers’ Union advierte de que los efectos atraviesan casi todos los sectores. En la ganadería lechera, por ejemplo, el calor y el estrés de los animales han contribuido a reducir la producción; la organización cifra en 18,5 millones de litros la leche perdida en las últimas semanas. En agricultura extensiva, los productores informan de problemas tanto de rendimiento como de calidad, mientras el suelo excesivamente seco complica incluso la preparación de la próxima siembra.
¿Puede la sequía terminar encareciendo los alimentos?
La posibilidad existe, pero conviene separar riesgo de certeza. Una menor cosecha no se traduce automáticamente en una subida equivalente en la caja del supermercado. Entre el campo y la etiqueta del precio hay contratos, importaciones, existencias, costes energéticos, distribución, competencia entre cadenas y márgenes comerciales. Es una tubería económica bastante más larga de lo que parece.
Lo que sí aumenta es la presión sobre los costes de producción. Si un agricultor obtiene menos cereal por hectárea, necesita más riego, compra alimento adicional para el ganado o pierde parte de la producción por calor, su estructura de costes empeora. Cuando la misma situación afecta simultáneamente a numerosos productores, la capacidad de absorber esas pérdidas disminuye.
La NFU lleva semanas reclamando medidas para aumentar la disponibilidad y el almacenamiento de agua, precisamente porque considera que la sequía está haciendo la producción británica más cara y más arriesgada. Productores, distribuidores y consumidores siguen con atención la evolución de los cultivos. De ahí al titular de que los precios se disparan todavía falta camino; anticiparlo como un hecho sería poner el carro delante del tractor.
El problema no desaparece con una tormenta
Puede llover durante unas horas y seguir habiendo sequía. Parece contradictorio, pero no lo es. Después de una pérdida prolongada de humedad, una tormenta localizada apenas modifica el nivel de grandes embalses, acuíferos o cuencas fluviales. Parte del agua, además, puede correr rápidamente sobre terrenos resecos en lugar de infiltrarse.
Eso explica por qué las autoridades británicas insisten en la necesidad de precipitaciones sostenidas y generalizadas, no solo de algún chaparrón. La previsión para la segunda mitad de agosto mantiene una división probable entre un norte más expuesto a lluvias y un sur donde el tiempo continuará predominantemente seco, soleado y cálido durante algunos periodos. Las cantidades de lluvia podrían seguir siendo escasas en determinadas zonas.
La consecuencia ecológica ya aparece en los registros. La Environment Agency ha contabilizado desde comienzos de 2026 134 incidentes relacionados con la sequía y el tiempo seco, entre ellos episodios de proliferación de algas, mortandad de peces y problemas derivados de caudales bajos. El calor y la sequedad también han favorecido incendios en distintos puntos del país.
Hay otra paradoja: un país puede sufrir restricciones de agua y, pocos días después, inundaciones locales causadas por una tormenta violenta. No son fenómenos incompatibles. Un suelo muy seco absorbe peor precipitaciones extremadamente intensas; recibir mucha agua de golpe no equivale a recuperar meses de déficit.
Un verano británico que empieza a cambiar de aspecto
Reino Unido conoce bien los veranos frescos y lluviosos. También ha tenido sequías históricas, incluida la célebre de 1976. Lo distinto está en la frecuencia con la que el calor intenso reaparece y en la combinación de episodios cálidos con periodos prolongados de escasa precipitación.
Los registros meteorológicos muestran que los periodos cálidos se han hecho más largos durante las últimas décadas y que, conforme aumenta la temperatura global, los veranos más calurosos y secos ganan probabilidades en Reino Unido. Eso no significa que cada semana de 35 ºC pueda atribuirse aisladamente al cambio climático como quien identifica una matrícula; significa que el escenario de fondo favorece extremos térmicos más altos y frecuentes.
Julio de 2026 ofrece una fotografía especialmente clara. Inglaterra y Gales tuvieron su julio más seco de la serie histórica, el sur de Inglaterra registró su mes más seco conocido y las temperaturas permanecieron muy por encima de lo habitual. Ahora llega otra subida del termómetro antes de que el terreno haya tenido ocasión de recuperarse.
Ahí está el verdadero problema. No son únicamente los 36 ºC que puedan aparecer esta semana en un mapa del sureste inglés. Es lo que encuentran al llegar: ríos debilitados, embalses descendiendo, campos sedientos y una agricultura que ya ha empezado a gastar reservas. El calor pasa. La falta de agua, bastante menos deprisa.

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