Naturaleza
¿Cómo cinco gatos desataron un desastre ecológico en la isla Marion?
Cinco gatos llegaron a la isla Marion para frenar a los ratones. Décadas después, el ecosistema sigue pagando una cadena de errores humanos.

Cinco gatos domésticos llegaron en 1949 a la remota isla Marion, un territorio subantártico de Sudáfrica, con una misión aparentemente sencilla: reducir los ratones que se habían convertido en una pesadilla para el personal de la estación meteorológica. La solución parecía de manual doméstico —hay ratones, traigamos gatos—, pero en un ecosistema aislado las reglas habituales suelen tener la desagradable costumbre de dejar de funcionar. Los felinos se reprodujeron, se volvieron asilvestrados y encontraron algo bastante más fácil de capturar que los roedores: aves marinas que habían evolucionado sin depredadores terrestres.
La historia, además, necesita una precisión importante. No es que en 2026, 77 años después, alguien haya levantado una piedra y descubierto de repente el desastre. El daño provocado por los gatos se conoce desde hace décadas y los últimos ejemplares fueron eliminados en 1991. Lo inquietante es lo que ocurrió después: los ratones sobrevivieron y, favorecidos por un clima más cálido y seco, acabaron transformándose ellos mismos en depredadores de petreles y albatros. El intento de arreglar una invasión biológica creó otra crisis y dejó a Marion atrapada durante décadas en una especie de partida ecológica de gato y ratón, solo que sin ninguna gracia.
La situación ha llegado a un extremo difícil de imaginar desde un salón europeo: pequeños ratones domésticos atacan de noche a pollos de albatros cientos de veces mayores que ellos y también se han documentado muertes de ejemplares adultos. El Gobierno sudafricano y BirdLife South Africa preparan una gigantesca operación para intentar eliminar todos los ratones de Marion, una intervención que, según la planificación disponible en 2026, podría ejecutarse a gran escala en 2028 o 2029.
Los ratones llegaron antes que los gatos
El primer error humano ocurrió bastante antes de 1949. Los ratones domésticos, Mus musculus, probablemente alcanzaron Marion a comienzos del siglo XIX transportados accidentalmente por barcos de cazadores de focas. Encontraron una isla volcánica fría, húmeda y sin mamíferos terrestres nativos. No era precisamente Benidorm para un roedor, pero tampoco había gatos, zorros ni otros depredadores que pudieran mantenerlos a raya. Se adaptaron.
Cuando Sudáfrica estableció una estación meteorológica en la isla después de anexionarla en la década de 1940, los ratones empezaron a colarse en las instalaciones. En 1949 se introdujeron cinco gatos domésticos para combatirlos. Las reconstrucciones históricas describen un grupo fundacional diminuto; suficiente, sin embargo, para crear una población salvaje enorme unas décadas después.
Marion ofrecía a aquellos gatos algo que ninguna casa podía proporcionarles: miles de aves que anidaban en el suelo o dentro de madrigueras y que no tenían una respuesta defensiva eficaz frente a un mamífero cazador. Para un felino, perseguir ratones entre la vegetación requería trabajo. Entrar en una colonia de petreles era otra cosa.
De cinco gatos a miles de depredadores
En 1975, investigadores de la Universidad de Pretoria calcularon que aquellos cinco animales originales habían dado lugar a 2.139 gatos asilvestrados, con una población que crecía alrededor de un 26% anual. Las estimaciones posteriores situaron el número potencial en torno a 3.400 animales. El impacto sobre las aves era brutal: los gatos mataban aproximadamente 455.000 aves marinas cada año.
La presa principal no eran precisamente los ratones que habían justificado su introducción, sino petreles y otras aves marinas. El petrel buceador común llegó a desaparecer como especie reproductora de Marion durante aquellos años, y las poblaciones de otras aves que anidaban bajo tierra quedaron profundamente reducidas. Estudios posteriores mostraron que las consecuencias ecológicas seguían siendo visibles mucho después de la desaparición de los gatos.
El episodio se convirtió en uno de los ejemplos clásicos de una idea básica de la ecología insular: introducir un depredador para controlar otra especie invasora puede resultar desastroso cuando ese depredador descubre presas nativas más abundantes, accesibles y vulnerables. La naturaleza no firma contratos de exclusividad.
La larga campaña para eliminar los gatos
Cuando quedó claro el tamaño del problema, sacar miles de gatos de una isla montañosa, húmeda y azotada por el viento resultó bastante más complicado que llevar allí cinco.
En 1977 comenzó una de las fases más controvertidas y singulares de la operación. Se liberaron gatos infectados con el virus de la panleucopenia felina, altamente contagioso entre estos animales. La enfermedad redujo con rapidez la población, pero no consiguió eliminarla. Después llegaron trampas, distintos cebos y una intensa campaña de caza nocturna.
A partir de 1986, equipos especializados recorrieron Marion durante la noche utilizando focos y armas. Los últimos ejemplares fueron mucho más difíciles de localizar que los primeros, una constante en cualquier programa de erradicación de especies invasoras: cuando quedan miles, encontrar uno es sencillo; cuando quedan dos, la isla entera parece diseñada para esconderlos.
El último gato fue capturado en julio de 1991. La operación pasó a considerarse uno de los grandes éxitos internacionales en la eliminación de mamíferos invasores de una isla de gran tamaño. Algunas aves reaccionaron favorablemente y el éxito reproductivo de determinadas especies mejoró. El petrel buceador común incluso volvió a ser detectado reproduciéndose en Marion décadas más tarde.
Pero quedaba un huésped: los ratones.
Sin gatos, los ratones empezaron a cambiar la isla
Sería demasiado sencillo atribuir la explosión posterior de ratones únicamente a la desaparición de los gatos. Las investigaciones apuntan a algo bastante más complejo. El cambio climático ha hecho Marion más cálida y seca durante las últimas décadas, reduciendo una de las principales limitaciones naturales para los roedores: sus durísimos inviernos.
Con más noches secas y una temporada reproductiva más prolongada, las densidades estivales aumentaron espectacularmente. Entre finales de la década de 1970 y el periodo 2008-2011, los máximos estivales en zonas bajas crecieron alrededor de un 430%. Una estimación situó la población en aproximadamente 1,8 millones de ratones.
Al mismo tiempo fueron disminuyendo muchos de los invertebrados de los que se alimentaban. Los estudios científicos han señalado daños importantes sobre su biomasa y sobre procesos ecológicos tan poco fotogénicos como esenciales: el reciclaje de nutrientes, la descomposición de materia orgánica o el funcionamiento de los suelos. Marion no estaba perdiendo únicamente pájaros; estaba cambiando por debajo de sus patas.
Cuando un ratón empieza a comerse un albatros
Las primeras señales compatibles con ataques de ratones a pollos de albatros aparecieron a comienzos de este siglo. Para 2015, las cámaras nocturnas mostraban ataques cada vez más frecuentes: los roedores subían sobre las aves y mordían zonas del cuello, cabeza y espalda donde las plumas ofrecían menor protección.
La escena resulta desconcertante porque un albatros errante puede ser cientos de veces mayor que un ratón. Pero el tamaño sirve de poco cuando la presa carece de una conducta defensiva desarrollada frente a ese enemigo. Los albatros evolucionaron para sobrevivir a tormentas oceánicas, recorrer distancias inmensas y criar en islas sin mamíferos depredadores. Un ratón que mordiera repetidamente durante la noche no formaba parte de su mundo evolutivo.
La alarma aumentó todavía más en 2023, cuando investigadores documentaron por primera vez muertes de albatros errantes adultos provocadas por ratones. Eso cambia mucho el cálculo demográfico: en aves de vida muy larga, perder adultos reproductores puede resultar más grave para la población que perder una determinada proporción de pollos. En la colonia donde se detectaron aquellos ataques, el éxito reproductivo cayó al 28%, frente a aproximadamente un 61% para el conjunto de la isla.
Las autoridades y organizaciones conservacionistas estiman que numerosas especies reproductoras de Marion están amenazadas por los roedores. Las cifras exactas varían según el criterio y la actualización utilizada, pero el proyecto considera que alrededor de una veintena de especies de aves podrían sufrir desapariciones locales si la presión continúa.
La operación para dejar Marion sin ratones
Sudáfrica prepara el último capítulo de una historia iniciada involuntariamente hace dos siglos. El proyecto Mouse-Free Marion, desarrollado junto con BirdLife South Africa, pretende erradicar por completo Mus musculus de aproximadamente 30.000 hectáreas. No reducir su número. No controlarlo durante algunos años. Eliminarlo.
La diferencia es enorme. Una campaña de control puede asumir que sobrevivan miles de individuos. Una erradicación fracasa si queda una población capaz de reproducirse. Tratándose de ratones, una sola hembra fecundada puede acabar convirtiendo años de planificación y decenas de millones en una nota al pie bastante cara.
Durante 2025 se realizaron ensayos con cebos en una superficie limitada para comprobar que los ratones los consumían incluso bajo las peculiares condiciones meteorológicas de Marion. La planificación publicada en febrero de 2026 contempla otro gran ensayo aéreo en 2027, sobre cerca de 1.000 hectáreas y distintos tipos de terreno, antes de abordar toda la isla.
Seis helicópteros y cientos de toneladas de cebo
La operación definitiva está prevista, si se cumplen financiación, autorizaciones y pruebas técnicas, para 2028 o 2029. El plan contempla transportar hasta Marion aproximadamente 600 toneladas de cebo rodenticida y seis helicópteros, que volarían siguiendo rutas controladas mediante GPS para cubrir el terreno con franjas solapadas. Las cuevas, túneles de lava y edificios de la estación necesitarían tratamiento terrestre específico.
El producto previsto contiene brodifacoum, un anticoagulante utilizado internacionalmente en operaciones de erradicación de roedores. El despliegue se realizaría durante el invierno austral, cuando hay menos aves marinas presentes y los ratones disponen de menos alimento natural. Incluso así, los responsables reconocen que pueden producirse daños colaterales sobre algunas aves residentes; precisamente por eso los ensayos y evaluaciones previas ocupan años.
La escala no tiene precedentes para una erradicación de ratones realizada de una sola vez en una isla de estas dimensiones. Y existe un precedente incómodo: una operación en la isla de Gough no consiguió eliminar todos los ratones. Marion intenta aprender de aquel fracaso antes de lanzar una intervención que difícilmente podría repetirse poco después.
Marion conserva la memoria de nuestras buenas intenciones
La historia de los cinco gatos funciona porque parece una fábula, pero precisamente ahí está la trampa. Los gatos no fueron malvados y los ratones tampoco lo son. Fueron colocados por seres humanos en un ecosistema que no estaba preparado para ellos. Primero de manera accidental, luego con una intervención deliberada que pretendía corregir el problema anterior.
Marion muestra también algo menos pesimista. Eliminar los gatos permitió que algunas poblaciones de aves empezaran a recuperarse; una especie de petrel que había desaparecido de la isla volvió décadas después. La restauración ecológica existe. Solo que suele ser mucho más lenta, cara y complicada que introducir cinco animales desde un barco.
Setenta y siete años después de aquella decisión aparentemente inocente, la isla sigue pagando la factura. Esta vez serán helicópteros, científicos, cientos de toneladas de cebo y años de vigilancia los que intenten corregirla. Cinco gatos cabían en unas cajas. El daño que desencadenaron terminó ocupando una isla entera.

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