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¿Quién quiere entrar en el ICE? Mensajes extremos y armas

Reclutamiento del ICE, mensajes de invasión y casos reales revelan cómo la campaña de Trump atrae perfiles extremos con placa y arma activas En Estados Unidos se está reclutando para el ICE como si se estuviera fichando para una guerra: anuncios a todo volumen, estética de propaganda.

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Quién quiere entrar en el ICE

Reclutamiento del ICE, mensajes de invasión y casos reales revelan cómo la campaña de Trump atrae perfiles extremos con placa y arma activas

En Estados Unidos se está reclutando para el ICE como si se estuviera fichando para una guerra: anuncios a todo volumen, estética de propaganda, promesas de acción inmediata y un lenguaje que varias cabeceras americanas ya han descrito como una mezcla inquietante de épica patriótica y guiños a subculturas racistas. El objetivo no es pequeño: contratar miles de nuevos agentes y “deportation officers” para acelerar la agenda de deportaciones de la Administración Trump, con una campaña diseñada para “inundar” redes y eventos muy concretos, desde bases militares hasta ferias de armas y deportes de combate.

Lo más llamativo no es solo la magnitud del plan, ni el dinero que se está moviendo, sino lo que se está diciendo para atraer candidatos y lo que algunos candidatos dicen cuando se acercan al mostrador. Medios estadounidenses han ido recopilando frases, consignas y escenas de ferias de reclutamiento donde se habla de “invasión”, “declive cultural”, “enemigos” y “defensa del hogar” con una naturalidad que hiela. Y todo eso, en una agencia cuyos puestos operativos implican placa, autoridad, detenciones y arma reglamentaria tras formación y habilitación. En enero de 2026, además, el debate ya no es teórico: la expansión del dispositivo federal se cruza con episodios recientes de violencia y con una discusión legal y política sobre control, transparencia y responsabilidad.

Un reclutamiento “en modo guerra” para una agencia ya enorme

El plan, tal y como lo han descrito documentos internos revisados por prensa estadounidense, no se parece a una campaña de recursos humanos al uso; suena más a ofensiva publicitaria con mentalidad de mercado. Se habla de “wartime recruitment”, literalmente reclutamiento de tiempos de guerra, y se plantea una inversión de 100 millones de dólares en un año para dominar canales, pantallas y conversaciones, con anuncios segmentados por gustos y hábitos: interés por armas, equipo táctico, contenido “patriótico”, mundo militar, podcasts ideológicos, incluso asistencia a eventos como combates de UFC. La idea es sencilla y brutal: si el objetivo es contratar rápido, se compra visibilidad a lo bestia y se apunta el mensaje a la gente que ya vibra con ese imaginario.

Ahí entra una palabra que en España todavía suena a ciencia ficción publicitaria, pero en Estados Unidos es herramienta estándar: geofencing, una especie de valla digital. Pasas cerca de un lugar, quedas “marcado” por ubicación y te llegan anuncios a la pantalla, al navegador del móvil, a la red social. Según se ha contado en varios medios, el foco del geofencing incluye bases militares, carreras de NASCAR, campus universitarios y ferias de armas y comercio. No es casualidad. Es una manera de decir: “Te he visto, sé por dónde te mueves, te hablo en tu idioma”.

La campaña no se limita a banners. Incluye presupuesto para influencers, creadores con público joven y también perfiles abiertamente pro-ICE o veteranos, con presencia en redes tradicionales y plataformas más afines a audiencias conservadoras. En paralelo, el relato institucional se ha ido cargando de símbolos: Uncle Sam, estatuas, banderas, estética retro de propaganda, frases cortas como puñetazos. El resultado, en conjunto, dibuja un marco mental antes incluso de que haya entrevista: el trabajo no se presenta como una función pública compleja, con límites legales y tareas tediosas, sino como una misión.

Y cuando el trabajo se vende como misión, se atraen misioneros. O mercenarios. O gente que busca una excusa respetable para llevar poder colgado del cinturón. Esa preocupación la han verbalizado antiguos responsables del propio sistema: la exdirectora del ICE Sarah Saldaña ha expresado públicamente su inquietud por la velocidad y el encuadre bélico, precisamente porque el marketing no solo informa, también selecciona temperamentos.

El dinero, el uniforme y la promesa de “acción”

Hay otro gancho menos ideológico y más tangible, con sonido metálico: el dinero. En distintos materiales y coberturas se ha hablado de bonos de entrada de hasta 50.000 dólares, repartidos en varios años, y de ayudas para préstamos estudiantiles de hasta 60.000 dólares. Sumado a salarios que se han situado, según la información publicada, en una horquilla aproximada de 49.739 a 89.528 dólares al año para ciertos puestos, más beneficios y jubilación, la oferta queda con forma de trampolín. Para muchos candidatos es un salvavidas económico con uniforme.

A eso se añade un elemento que, en términos de reclutamiento, es gasolina: el mensaje de “no age cap”, sin límite de edad. En una sociedad donde abundan veteranos, policías retirados, personal de seguridad privada y gente que ha vivido “de lo táctico”, eliminar el techo de edad amplía el campo de pesca. También cambia la psicología del candidato: no es solo “me quedo sin opciones”, es “todavía puedo”. El uniforme como segunda vida, como reinicio.

En ese caldo, las declaraciones que han ido apareciendo en crónicas de ferias y entrevistas suenan a mezcla de fervor y simplificación. Candidatos hablando de patriotismo con frases casi calcadas a un póster: que “es muy patriótico”, que “hay que defender la patria”, que “esto es lo que toca”. El problema no es que alguien quiera un empleo público o que se sienta patriota; el problema es la manera en que ese patriotismo se está empujando hacia una idea de enemigo. Cuando el discurso institucional repite “invasión” y “declive cultural”, el aspirante aprende rápido cuál es la música y empieza a tararearla.

No todo el mundo que se presenta es un fanático. Sería una caricatura barata. Pero la campaña, tal y como está planteada, parece diseñada para seducir a un perfil concreto: personas atraídas por la acción y por una narrativa de choque. La palabra “deportación” se diluye; lo que queda es “defensa”. Y ahí se abre la puerta a algo más feo: la deshumanización como requisito emocional para hacer el trabajo sin fricción moral.

La palabra que lo cambia todo: “deportation officer”

En la conversación pública se mete todo en el mismo saco y se dice “agentes del ICE” como quien dice “policía”. Dentro, la estructura es más específica. Una parte clave del ICE es Enforcement and Removal Operations (ERO), encargada de detención y deportación; otra es Homeland Security Investigations (HSI), más ligada a investigaciones criminales. El gran empuje de contratación apunta, sobre todo, a perfiles operativos vinculados a la ejecución de deportaciones, los llamados deportation officers, con funciones que pueden incluir arrestos, custodia, traslados, operativos y coordinación con otras agencias.

Esa distinción importa por dos razones. La primera, porque el trabajo real suele ser menos cinematográfico de lo que promete un anuncio: hay burocracia, tribunales, órdenes, logística, horas interminables. La segunda, porque hablamos de personal que, en servicio, puede portar arma de fuego y actuar con potestades que, si se combinan con mala formación o con una mentalidad de “guerra”, convierten una mala decisión en tragedia. En enero de 2026, esa posibilidad ya no es abstracta.

“Invasión”, “declive cultural” y memes con doble fondo

El punto más delicado es el lenguaje y los símbolos. A lo largo de 2025 y enero de 2026, distintas publicaciones han descrito cómo cuentas oficiales y piezas de reclutamiento han coqueteado con un estilo que críticos comparan con propaganda autoritaria: mensajes reducidos a consignas, estética de póster, enemigos difusos, orgullo identitario, y un subtexto que no se molesta en disimular demasiado. Un ejemplo especialmente comentado ha sido un cartel con Uncle Sam ante señales de carretera donde aparecen ideas como “Invasion”, “Cultural Decline” y “Homeland”, acompañado de una pregunta dirigida al “American man”. No es solo una metáfora: es una manera de presentar la inmigración como un cruce de caminos moral donde una opción es la catástrofe y la otra, la obediencia al llamado.

Ahí aparece el segundo nivel, el que no se ve a primera mirada. Expertos en extremismo y organizaciones que monitorizan propaganda han advertido de referencias y códigos asociados a literatura y subculturas supremacistas. En enero, por ejemplo, se señaló una publicación desde la cuenta oficial de la Casa Blanca con la pregunta “Which way, Greenland man?”, que una especialista como Heidi Beirich vinculó con el universo conceptual de un libro racista influyente en ambientes neonazis, Which Way Western Man, y con la idea de “Western man” como código para “hombre blanco”. No hace falta que el Estado diga “somos esto” para que el mensaje llegue a quien tiene el oído entrenado: basta con usar el guiño.

En paralelo, otras cuentas gubernamentales han sido criticadas por el uso de eslóganes y tropos que evocan propaganda nazi. El Departamento de Trabajo de Estados Unidos, por ejemplo, fue acusado por líderes sindicales de acercarse a fórmulas retóricas inquietantes con frases del estilo “One Homeland. One People. One Heritage”, que en redes se compararon con consignas históricas del III Reich. Y el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) ha sido objeto de artículos por publicaciones que, según los críticos, imitan letras de canciones ligadas a clubes etnonacionalistas o emplean gráficos y códigos que la ultraderecha reconoce al instante.

¿Todo esto es trolling, provocación, marketing agresivo sin intención ideológica? En ese terreno, la intención es casi lo de menos: el efecto es seleccionar una audiencia y normalizar un marco. Si el Estado juega con fuego simbólico, el humo se le mete en los pulmones a la institución entera.

Del “troleo” a la selección de perfiles

Hay una diferencia entre publicidad dura y publicidad que parece buscar el enfado como combustible. Lo que se ha descrito en la campaña del ICE no se queda en “servicio público”; incorpora el estilo de internet donde la frontera entre broma y amenaza se difumina, ese tono de “te estoy diciendo algo horrible pero con ironía, ¿qué pasa?”. En política, ese truco lleva años funcionando: el mensaje radical viaja con carcasa de meme. En reclutamiento, el riesgo es doble, porque el meme no solo circula, también atrae gente.

La frase “deben venir los patriotas” suena inofensiva si se lee deprisa. Pero cuando se acompaña de “invasión”, “declive cultural”, “recuperar el hogar”, “enemigos a las puertas”, y se distribuye en lugares como ferias de armas o eventos de combate, se convierte en un filtro. No filtra al que quiere hacer un trabajo con legalidad y prudencia; filtra al que se siente llamado por una idea de choque. El uniforme, entonces, no es solo empleo: es identidad.

El caso Laura Jedeed: seis minutos y una oferta “tentativa”

En medio de la discusión, una historia ha servido de lupa. La periodista Laura Jedeed, colaboradora de Slate y veterana del Ejército estadounidense —estuvo desplegada en Afganistán con la 82ª División Aerotransportada—, contó que acudió en agosto de 2025 a un ICE Career Expo en Arlington (Texas), en el Esports Stadium, con intención de entender cómo era el proceso. Salió con una sensación difícil de digerir: que la maquinaria estaba montada para avanzar rápido incluso cuando no debería.

Según su relato, la entrevista fue mínima, con preguntas básicas sobre identidad, edad, experiencia militar o policial y por qué dejó el Ejército. Después habló con un oficial activo y, cuando dijo que preferiría un puesto más de escritorio, la respuesta —siempre según su testimonio— le dejó la frase clavada: el objetivo era poner cuantas más pistolas y placas mejor en la calle. No como metáfora, sino como prioridad.

Días después recibió un correo con lo que se describía como “tentative offer”, una oferta tentativa, y la invitación a entrar en el portal de empleo del Gobierno y completar formularios. En esa documentación se pedían datos como permiso de conducir, declaración sobre violencia doméstica y autorización para comprobación de antecedentes. Ella asegura que no completó esos pasos y que, aun así, el sistema siguió empujando. Tres semanas más tarde recibió instrucciones para un test de drogas; pese a haber consumido cannabis pocos días antes, decidió hacerlo. Y, pasado el tiempo, al entrar en el portal vio algo que interpretó como una oferta final, con fecha de incorporación y un estado que aparecía como “Entered on Duty”, “incorporado al servicio”.

Aquí entra el choque público. El DHS respondió en redes con dureza, calificando la historia de “mentira” y asegurando que una carta de selección tentativa no es una oferta de trabajo; simplemente permite avanzar para revisión, como en cualquier proceso. Jedeed replicó mostrando un vídeo de pantalla donde se aprecia que su candidatura habría alcanzado fases superiores. Slate, a través de su portavoz Katie Rayford, respaldó el reportaje y afirmó disponer de pruebas de que la periodista avanzó más allá de una selección preliminar.

Aun si todo se debiera a un error técnico —y esa posibilidad existe en sistemas administrativos gigantes—, el episodio deja una pregunta incómoda, de las que rascan: si una periodista con un historial público crítico con el ICE pudo llegar hasta ahí, ¿qué margen real hay para que candidatos con perfiles problemáticos, discretos y disciplinados, avancen sin que nadie lo vea a tiempo? El miedo no es que se cuele alguien “raro”; el miedo es que se cuele alguien peligroso con el envoltorio perfecto.

Cuando la prisa se cruza con el arma reglamentaria

La discusión sobre reclutamiento se vuelve urgente cuando se mira la parte operativa: formación, doctrina de uso de fuerza, supervisión y cultura interna. De acuerdo con información publicada, los nuevos agentes deben pasar por un programa básico de formación en un centro en Georgia, con un esquema intensivo de varias semanas. Se ha dicho también que, en etapas anteriores, la formación era más larga e incluía módulos adicionales, como entrenamiento de idioma. Cada recorte de semanas, cada acelerón, es una decisión con consecuencias, porque el trabajo mezcla tensión, incertidumbre y margen de error cero.

En enero de 2026 han circulado reportes sobre problemas de profesionalidad y sobre reclutas que habrían llegado a fases de entrenamiento o incorporación sin filtros completos, en un contexto donde la presión por contratar es enorme. Ese tipo de noticias, cuando aparecen, suelen venir acompañadas de la frase que más daño hace a una institución: “no sabemos exactamente quién está dentro”. Y si el reclutamiento se presenta como guerra, la tentación de aceptar a quien se ofrece como “combatiente” crece.

Hay otra capa: el mensaje público de apoyo cerrado desde la cúpula. Cuando ocurre un incidente grave, la respuesta institucional marca cultura. Si la consigna es “todo se hizo bien” sin abrir preguntas, el incentivo interno es no cuestionar, no corregir, no parar. Y en cuerpos armados, esa dinámica puede convertirse en costumbre.

Minneapolis como síntoma: Renée Good y Alex Pretti

La conversación explotó aún más por lo ocurrido en Minnesota. El 7 de enero de 2026, en Minneapolis, una mujer de 37 años, Renée Good, murió por disparos de un agente del ICE, identificado en informaciones posteriores como Jonathan Ross. Las autoridades federales sostuvieron que la mujer intentó atropellar al agente; la defensa de la familia y otras voces señalaron que los vídeos disponibles sugieren otra cosa, que el coche se estaba apartando. El caso ha derivado en una batalla legal compleja: abogados de la familia, como Antonio Romanucci, han explicado que demandar al Gobierno federal es un laberinto, con obstáculos como la inmunidad y la “discretionary function exception”, aunque existen vías como la Federal Tort Claims Act y la discusión sobre si una actuación que viola derechos constitucionales queda fuera de esa protección.

Pocos días después, el 24 de enero de 2026, murió también Alex Pretti, un hombre de 37 años, enfermero, por disparos de agentes federales de inmigración en otra intervención en Minnesota, y el caso abrió otra guerra de versiones. En ambos episodios, más allá del detalle concreto, se instaló una idea corrosiva: el despliegue federal se está haciendo en un clima de tensión máxima, con vídeos virales, protestas y disputas sobre pruebas y transparencia. Si a ese paisaje se le añade un reclutamiento acelerado, la combinación suena a receta para el desastre.

En España, donde la discusión sobre inmigración existe pero el modelo policial y judicial es diferente, estas escenas se leen con distancia, casi como si fueran de otro planeta. Pero el mecanismo es reconocible: cuando una institución armada se expande deprisa y se alimenta de una narrativa de choque, el riesgo de excesos, errores y abusos sube. No por destino, sino por estadística y por cultura.

Una agencia más grande, una discusión más áspera

Todo esto ocurre en un momento en que la Administración Trump ha apostado fuerte por convertir inmigración y deportaciones en eje central de su política interna. El ICE, el DHS y otras agencias se mueven con un mandato político claro: más detenciones, más operaciones, más presencia. Y cuando un mandato político empuja, el reclutamiento se convierte en herramienta ideológica aunque se disfrace de “necesidad operativa”. La campaña no solo busca cubrir plazas; busca consolidar un relato, fabricar un “nosotros” y un “ellos” lo bastante pegajoso como para que el debate quede atrapado ahí.

Por eso los guiños a subculturas racistas, reales o percibidos, son tan tóxicos. No se trata de una guerra cultural abstracta. Se trata de quién se siente invitado a entrar y con qué mentalidad entra. Cuando el Estado coquetea con símbolos que la ultraderecha reconoce, el mensaje no viaja solo a los moderados; viaja, con precisión quirúrgica, a quienes llevan años esperando una señal de legitimidad. Y a partir de ahí, el reclutamiento deja de ser “contratar empleados”: pasa a ser construir una fuerza.

En el fondo, la pregunta que queda flotando no es cuántos se fichan, ni cuánto cuesta el anuncio, ni cuántas solicitudes entran por la puerta. La pregunta es otra, más incómoda, casi física: qué pasa cuando se pone una placa en el pecho de alguien que ha sido atraído por el lenguaje de guerra, por la idea de invasión, por el deseo de mando, por el subtexto del meme, por la promesa de “acción” sin freno. La institución puede responder con protocolos y cursos, sí, pero los protocolos no borran una cultura si esa cultura se está alimentando desde arriba.

En enero de 2026, Estados Unidos está viendo los bordes de esa apuesta: campañas de reclutamiento agresivas, críticas por estética y mensajes, dudas sobre filtros, un caso de contratación discutida que deja mal sabor, y episodios de violencia que convierten el debate en algo con nombres y fechas. El ICE puede crecer y profesionalizarse; también puede crecer y deformarse. La diferencia, en gran parte, está en lo que se tolera en el reclutamiento: qué se dice, a quién se seduce y qué tipo de persona se celebra cuando levanta la mano y pide entrar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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