Síguenos

Actualidad

¿Puede Trump perder las midterms tras el caso Pretti?

Las encuestas castigan a Trump tras la muerte de Alex Pretti y la polémica de ICE: datos, vídeos y grietas del GOP ante las midterms de 2026.

Publicado

el

Trump perder las midterms

Las encuestas castigan a Trump tras la muerte de Alex Pretti y la polémica de ICE: datos, vídeos y grietas del GOP ante las midterms de 2026.

Donald Trump puede perder las midterms, sí, y no por una abstracción de “clima político” sino por algo mucho más concreto: cuando un presidente empieza a sangrar en su tema estrella, el resto del cuerpo lo nota. En los últimos días, el desplome de su respaldo a la gestión migratoria se ha convertido en un dato duro —no un rumor— y llega pegado a una imagen que se repite en bucle en los móviles de medio país: Alex Pretti, 37 años, enfermero de UCI, abatido en Minneapolis en un choque con agentes federales en plena oleada de protestas.

El nervio está ahí: inmigración era el terreno donde Trump se sentía más cómodo, casi blindado. Ahora, el marcador se le ha girado con números y con escena, con declaraciones oficiales que chocan con vídeos, con una crisis política que se contagia a su propio partido, y con un detalle que en Estados Unidos pesa como una roca: la mezcla explosiva de “law and order”, armas y policías en la calle.

La muerte de Pretti y el golpe al relato

Minneapolis no es solo un punto en el mapa; estos días funciona como un altavoz. La muerte de Alex Pretti se produce en pleno despliegue de lo que la administración ha llamado Operation Metro Surge, una operación con miles de agentes federales en el área Minneapolis–St. Paul que ha tensado a la ciudad, a su alcalde, al gobernador y a Washington. Trump llevaba semanas usando Minnesota como contraste político contra el liderazgo demócrata del estado; la cosa se le ha dado la vuelta con una rapidez fea, casi física: se nota en la calle, se nota en el Congreso, se nota en el tono de la Casa Blanca cuando intenta frenar la hemorragia.

Lo que enseñan los vídeos y por qué importan tanto

Aquí la clave no es solo “hubo un tiroteo”, sino cómo se vio. Reuters explica que imágenes verificadas muestran a Pretti con un teléfono en la mano, grabando, mientras agentes lo reducen; después, ya en el suelo, se aprecia cómo le retiran un arma de la cintura. Esa secuencia —teléfono, derribo, arma retirada, disparos— perfora el relato que intentó instalarse en las primeras horas: el del manifestante armado que precipita el desenlace. Y cuando un Gobierno tiene que discutir plano a plano lo que todos pueden pausar y repetir, la autoridad se vuelve frágil, como un cristal con una grieta que crece al tocarla.

Reuters añade otro elemento delicado: Pretti era propietario legal de armas, un matiz que cambia el tipo de discusión en EE UU. No es un detalle menor ni un adorno cultural; en términos políticos es dinamita, porque obliga al trumpismo a caminar sobre una cuerda floja: justificar una operación agresiva sin romper con votantes que viven la Segunda Enmienda como identidad, no como argumento.

Noem, Miller y el problema de hablar demasiado pronto

La reacción inmediata del poder también cuenta, y aquí hay nombres propios. Según Reuters, Stephen Miller, arquitecto de la agenda migratoria, llamó a Pretti “terrorista doméstico” y “aspirante a asesino” en redes pocas horas después del tiroteo. Ese tipo de etiqueta, lanzada antes de que la investigación ordene los hechos, no solo polariza: compromete. Porque si los vídeos no acompañan, la frase se convierte en boomerang y abre otra pregunta, aún más corrosiva: ¿se intentó fijar un culpable antes de fijar la verdad?

ABC News informa de que la Casa Blanca y la portavoz Karoline Leavitt han marcado distancia con parte de esas caracterizaciones, mientras se insiste en “dejar que la investigación hable”. También apunta a Kristi Noem como una de las voces que calificaron a Pretti de “terrorista doméstico” sin aportar pruebas en ese primer impulso comunicativo, y sitúa la investigación en manos de organismos federales, con revisión interna incluida. El matiz es importante: no es lo mismo “defender a los agentes” que “condenar al muerto” en caliente. En política, ese milímetro decide semanas.

La encuesta que duele: el desplome en inmigración

El dato que ha dejado a la vista el tamaño del problema no es un editorial ni un trending topic: es un sondeo. La encuesta de Reuters/Ipsos publicada el 26 de enero retrata un retroceso claro en el apoyo a Trump en inmigración: 39% aprueba su gestión y 53% la desaprueba, el nivel más bajo desde su regreso a la Casa Blanca, y además con comparación directa con el arranque del mandato, cuando el respaldo era notablemente superior. En paralelo, 58% de los encuestados cree que ICE “ha ido demasiado lejos” en su ofensiva, con un reparto que explica por qué esto es electoralmente serio: alrededor de seis de cada diez independientes lo ven así. Y, por si faltaba un termómetro general, la aprobación global del presidente cae a 38%, empatando mínimo de su mandato actual, con bajada desde el sondeo anterior.

Hay un dato que parece pequeño y en realidad es una bisagra: pese a todo, más encuestados siguen diciendo que los republicanos tienen mejor enfoque en inmigración que los demócratas (37% frente a 32%). O dicho de otra forma: Trump se debilita, sí, pero el partido aún retiene una ventaja cultural en el tema… aunque cada punto que se desplaza hacia el “se han pasado” convierte esa ventaja en un suelo resbaladizo. El electorado puede pensar “prefiero una frontera controlada” y a la vez “no quiero ver a agentes enmascarados disparando en una acera”. Las dos cosas caben en la misma cabeza. Y en unas midterms, eso decide distritos.

Minnesota como campo de pruebas: cuando la crisis se vuelve nacional

En Washington se habla de “agenda”; en Minnesota estos días se habla de presencia. Reuters cuenta que Trump, Walz y el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, han buscado una desescalada tras llamadas telefónicas, con un cambio de tono respecto a semanas de intercambio agrio. Trump ha dicho que estaba “en una sintonía parecida” con Walz; Walz, por su parte, ha hablado de una llamada “productiva” y de la posibilidad de reducir agentes, además de exigir que el estado pueda investigar con sus propios medios. Frey ha llegado a señalar que algunos agentes empezarían a marcharse. Este giro suena pragmático, sí, pero también suena a algo que en política se detecta rápido: control de daños.

En el centro aparece otro nombre con peso operativo y simbólico: Tom Homan, el “zar de la frontera” que Trump decide enviar a Minnesota para tomar el mando, mientras se abre ruido interno sobre el papel del jefe de la Patrulla Fronteriza Gregory Bovino, figura polémica en el despliegue. Reuters describe ese juego de sillas —quién manda, quién se va, quién niega que se vaya— como parte del intento de bajar la temperatura. Pero incluso si bajas la temperatura, la foto ya existe: dos ciudadanos estadounidenses muertos en enero en Minneapolis en el contexto de operaciones federales y protestas, y un estado peleando por preservar pruebas e investigar sin interferencias. Eso no se borra con una llamada “muy buena”.

La grieta republicana: cuando te chirrían tus propios bloques

Una de las señales más interesantes no ha venido de los demócratas, que tienen un incentivo natural para atacar; ha venido de dentro. Reuters relata la salida de Chris Madel de la carrera por la gobernación de Minnesota, denunciando el despliegue como un desastre y diciendo, en esencia, que se ha hecho casi imposible ganar una elección estatal con esta música de fondo. AP subraya el contexto: Madel era abogado y había ofrecido asesoría legal a un agente implicado en el caso anterior; aun así rompe con la línea nacional y habla de miedo entre ciudadanos, especialmente “los de color”, y de detenciones con base en el aspecto. Si un republicano decide inmolar su campaña por no cargar con esa mochila, es porque cree que la mochila pesa más que el apellido del presidente.

El frente inesperado: la Segunda Enmienda, pero enfadada

Y aquí entra el giro más incómodo para Trump: el choque con el mundo proarmas. Reuters cuenta que, tras el tiroteo, han surgido críticas de grupos de derechos de armas —incluida la NRA en el debate público— ante insinuaciones de que llevar un arma a una protesta no estaría amparado o sería ilegítimo. Se cita a responsables y estrategas republicanos señalando lo torpe que sería alienar al lobby de las armas, uno de los pilares históricos del partido. La portavoz Leavitt llega a sugerir que portar un arma y encontrarte con fuerzas del orden implica “asumir riesgo”, una formulación que, traducida al idioma de parte de esa base, suena a “tu derecho depende del contexto”. Y eso, en ese ecosistema, es gasolina.

El detalle que remata la paradoja es cruel: Pretti, según Reuters, no tenía el arma en la mano en los vídeos verificados. Se le ve con el móvil, se le reduce, se le retira el arma de la cintura. La administración necesita defender a sus agentes; los proarmas necesitan defender la idea de que un ciudadano con permiso no se convierte por defecto en una amenaza. Entre ambas cosas, el trumpismo puede quedarse sin una frase cómoda.

¿Puede perder las midterms? Sí, y así se empieza a dibujar

Las midterms no son un referéndum puro, pero se parecen. Se vota con enfado, con fatiga, con bolsillo, con la sensación de “esto se nos está yendo de las manos”. Y, sobre todo, se vota por acumulación: una semana es un vídeo; la siguiente, una encuesta; la siguiente, un candidato que se baja del barco; la siguiente, una pelea presupuestaria que amenaza con apagar el Gobierno.

Reuters describe cómo líderes demócratas, con Chuck Schumer al frente, han insinuado bloquear financiación ligada a Seguridad Nacional si no se revisa el marco de ICE y CBP, con una fecha límite presupuestaria que asoma (finales de enero) y la sombra de un cierre parcial. Ese tipo de pulso no solo endurece la conversación nacional: obliga a republicanos de distritos competidos a elegir bando ante una cámara, y a veces eligen mal. Porque en distritos suburbanos —los que cambian la mayoría de la Cámara— la palabra “caos” pesa; y en la historia reciente de Estados Unidos, “caos” se paga.

A Trump no le basta con mantener a su base, que hoy sigue mayoritariamente con él; necesita evitar que los independientes se le escapen como jabón mojado. Y el sondeo de Reuters/Ipsos es explícito en el grupo clave: si seis de cada diez independientes creen que ICE ha ido demasiado lejos, el problema ya no es moral ni estético; es aritmético. En la Cámara, un puñado de distritos decide todo. En el Senado, el mapa puede ser más favorable a los republicanos según qué estados toquen, pero la erosión en el ambiente nacional te obliga a gastar recursos donde no querías y a defender lo indefendible en entrevistas locales, que es donde mueren las carreras políticas: un plató pequeño, una presentadora insistente, un vídeo que no se va.

Y hay un factor adicional, silencioso pero letal: la credibilidad institucional. Reuters señala que el Departamento de Justicia aún no había abierto investigación sobre los agentes y las circunstancias “como es práctica estándar” en este tipo de tiroteos, y que Minnesota acusa al Gobierno federal de obstaculizar a investigadores estatales, con batalla judicial por la preservación de pruebas. Cuando la discusión pública pasa de “qué política migratoria” a “quién controla la evidencia”, ya no estás debatiendo una medida: estás debatiendo el Estado. Eso moviliza a unos y asusta a otros. Y el miedo, en política, rara vez favorece al que manda.

El precio político de una bala en Minneapolis

A estas alturas, la pregunta que flota no es si Trump puede seguir con su agenda —puede, tiene palancas y partido— sino cuánto le cuesta cada vuelta de tuerca. El caso Pretti condensa varios dolores a la vez: un episodio mortal en una ciudad donde el despliegue federal ya era polémico; una disputa inmediata entre versiones oficiales y vídeos; un choque con el ecosistema proarmas; y, encima, un marcador de opinión pública que deja a Trump por debajo de 40% en inmigración, justo ahí donde quería presumir. Si el trumpismo buscaba una narrativa simple (“mandato para deportar, mano dura, orden”), se ha encontrado con una narrativa más enrevesada y más dañina: “mano dura” convertida en mano torpe, y “orden” convertido en escena de confrontación.

Trump ha intentado girar hacia la desescalada con llamadas a Walz y Frey, moviendo a Homan, y dejando que portavoces hablen de investigaciones. Pero la política estadounidense, cuando huele sangre, no se conforma con gestos: quiere responsables, quiere expedientes, quiere cámaras corporales funcionando, quiere fechas. Reuters ha contado incluso cómo la administración había propuesto recortar o “adelgazar” el programa de cámaras corporales de ICE en su petición presupuestaria, un detalle que, en este contexto, suena a mala idea en el peor momento posible.

Las midterms están aún a meses, sí, y la memoria política a veces es corta. Pero algunas imágenes no caducan rápido: un memorial improvisado, una ciudad en tensión, un vídeo que contradice una acusación pronunciada demasiado pronto. Y luego están los números, fríos, sin poesía: 39%, 53%, 58%, 38%. En Washington se puede sobrevivir a una mala semana; a una suma de malas semanas, no siempre.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído