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Mundial 2026: las bajas y convocatorias que marcaron la previa

Las ausencias confirmadas y las dudas físicas explicaron por qué algunas plantillas partían con más margen que otras.

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Quién llega mejor al Mundial 2026

La previa del Mundial 2026 dejó un contraste claro: algunas selecciones tenían plantillas capaces de absorber una ausencia de peso y otras dependían mucho más de que sus figuras llegaran sanas. Brasil afrontaba la baja de Rodrygo y Éder Militão; Argentina perdía a Juan Foyth y Joaquín Panichelli, y México no podía contar con el portero Luis Malagón. En otras selecciones, como España, Uruguay y Argentina, el estado físico de jugadores importantes seguía bajo observación. La profundidad de la convocatoria, además del parte médico, separaba a los equipos mejor preparados de los más vulnerables.

La fotografía que sigue corresponde a la información disponible en la etapa previa al torneo, no a una evaluación de los resultados posteriores. El Mundial se disputó del 11 de junio al 19 de julio en Estados Unidos, México y Canadá, con 48 selecciones, 12 grupos y una fase eliminatoria ampliada. Ese formato aumentaba el valor de los relevos: avanzar exigía sostener el nivel durante más partidos, viajes y cambios de ritmo. Una baja podía pesar menos en una plantilla larga, pero el desgaste acumulado amenazaba a todas.

Las ausencias que alteraban el equilibrio de las favoritas

Brasil llegaba con nombres suficientes para aspirar lejos, pero con dos huecos importantes en defensa y ataque. Rodrygo quedó fuera tras sufrir una rotura del ligamento cruzado y del menisco en marzo, mientras que Éder Militão también fue descartado por una lesión muscular que requería varios meses de recuperación. No eran ausencias intercambiables: Rodrygo aportaba movilidad y desequilibrio en el frente ofensivo; Militão, potencia y experiencia en el centro de la zaga. El reto de Carlo Ancelotti consistía en recomponer funciones, no solo sustituir nombres.

La situación de Neymar añadía otra incógnita, aunque el material disponible no permitía dar por confirmada una baja. Su condición física estaba bajo seguimiento, en una selección que también contaba con Vinícius, Martinelli, Matheus Cunha y Endrick entre sus opciones ofensivas. La diferencia importa: una lesión confirmada obliga a rehacer el plan, mientras que una duda deja abiertas varias alternativas, pero dificulta fijar roles y cargas de trabajo. En Brasil, el talento seguía siendo abundante; la continuidad física, menos segura.

Argentina tenía una base consolidada bajo Lionel Scaloni, con Emiliano Martínez, Cristian Romero, Nicolás Otamendi, Rodrigo De Paul, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Lautaro Martínez y Julián Álvarez como referencias. Sin embargo, Juan Foyth, lesionado en el tendón de Aquiles en enero, y Joaquín Panichelli, afectado por una lesión de ligamentos, aparecían entre las bajas. La atención también se posaba sobre Messi y Romero, aunque la información previa describía la evolución del defensor como favorable y no permitía tratar su ausencia como segura. La preocupación argentina no era una alarma uniforme, sino distinguir entre bajas cerradas y situaciones todavía abiertas.

Francia conservaba una de las convocatorias más profundas, una ventaja valiosa ante cualquier contratiempo, pero Hugo Ekitike no llegaría por una lesión de tobillo con una recuperación estimada en cerca de nueve meses. España seguía la evolución de Lamine Yamal y Mikel Merino, mientras que Nico Williams también aparecía bajo vigilancia en la relación de la previa. No se podía dar por hecha su ausencia: la incertidumbre estaba en si alcanzarían el torneo y en qué condiciones competirían. Para una selección que basa parte de su juego en el desequilibrio por banda, esa diferencia podía cambiar la forma de atacar.

Inglaterra debía asumir que Jack Grealish no participaría tras sufrir una fractura por estrés en el pie. Serge Gnabry confirmó que no llegaría con Alemania por un problema muscular, otra pérdida para un equipo con renovación y talento ofensivo, pero sin margen para ignorar cada baja. En los dos casos, el problema era distinto: no se trataba de esperar una recuperación de última hora, sino de ajustar el reparto de minutos y responsabilidades en la convocatoria. La lista larga ayuda, aunque no reproduce automáticamente las características del jugador ausente.

Las dudas médicas y el margen para cambiar una convocatoria

La lista definitiva no convertía en inamovible cada nombre. Según la normativa recogida en la información de referencia, cada selección podía inscribir entre 23 y 26 futbolistas, con al menos tres porteros. Un jugador de campo de la lista definitiva podía ser reemplazado por otro de la provisional si sufría una lesión grave o una enfermedad, pero el cambio debía hacerse como máximo 24 horas antes del primer partido del equipo. Para los guardametas existía una excepción: uno podía ser sustituido por lesión o enfermedad grave durante cualquier momento de la fase final. La posibilidad de reemplazo tenía límites concretos y no equivalía a una segunda convocatoria abierta.

México concentraba la atención sobre el cierre de su lista. Javier Aguirre debía anunciarla el 1 de junio, y la FIFA tenía previsto publicar las convocatorias oficiales de las 48 selecciones el 2 de junio. La información previa situaba a 28 jugadores en concentración y señalaba que aún había puestos disputados, con Alejandro Gómez, Kevin Castañeda, Alexis Vega y César Huerta entre quienes podían aspirar a entrar. No todos los nombres estaban confirmados como integrantes del grupo final, por lo que era importante separar la prelista de la convocatoria oficial. Una candidatura periodística o una plaza probable no equivale a una inclusión definitiva.

La lesión de Luis Malagón sí figuraba como una baja confirmada para México después de una cirugía en el tendón de Aquiles. La portería, por tanto, debía organizarse sin una de las opciones que aparecían en la planificación inicial, mientras la disputa por los últimos lugares se resolvía por separado. Esa combinación muestra por qué una convocatoria tiene dos planos: cubrir la ausencia segura y decidir qué jugadores ofrecen el mejor equilibrio para el torneo. El límite de 26 plazas obligaba a ponderar especialistas, alternativas y estado físico.

Las dudas de otras selecciones también tenían grados distintos. Cristian Romero sufría un problema en la rodilla y su presencia dependía de la evolución; Estevão arrastraba una lesión muscular; Giorgian de Arrascaeta había sido operado de la clavícula y llegaba al límite de los plazos descritos. Son casos que no deben confundirse con los descartes confirmados. Si un futbolista se recupera, pero llega sin ritmo o con restricciones, puede estar disponible sobre el papel y no ofrecer todavía su rendimiento habitual. La disponibilidad médica y la preparación competitiva no son exactamente lo mismo.

Las selecciones con más recursos para absorber una baja

Francia partía con un margen notable por la amplitud de sus opciones, bajo Didier Deschamps. Maignan, Saliba, Upamecano, Konaté y Koundé daban alternativas defensivas; Kanté, Tchouaméni y Zaïre-Emery cubrían distintos perfiles en el medio, y Mbappé, Dembélé, Olise, Barcola, Cherki y Thuram ofrecían variedad arriba. La lesión de Ekitike reducía una opción, pero no deshacía por sí sola el plan general. La fortaleza francesa estaba en poder sustituir perfiles sin reconstruir toda la estructura.

España tenía recursos técnicos en el centro del campo, con Rodri, Pedri, Gavi, Fabián y Zubimendi, y alternativas ofensivas como Dani Olmo, Ferran y Oyarzabal, además de Lamine Yamal y Nico Williams si estaban disponibles. El entrenador Luis de la Fuente debía equilibrar la juventud y el estado físico de varias piezas con una forma de jugar que utiliza amplitud y velocidad. La incertidumbre no anulaba la calidad de la plantilla, pero podía afectar a la elección de titulares y al modo de administrar los minutos. Su margen dependía tanto de los relevos como de la disponibilidad de sus extremos.

Inglaterra, dirigida por Thomas Tuchel, reunía a Pickford, Reece James, Stones, Guéhi, Rice, Bellingham, Mainoo, Saka, Kane, Watkins, Rashford y Gordon. La baja de Grealish no borraba esa profundidad, aunque el estado físico de James y Stones también merecía atención. Portugal, con Roberto Martínez, sumaba a Diogo Costa, Rúben Dias, Cancelo, Nuno Mendes, Bernardo Silva, Bruno Fernandes, Vitinha, João Neves, Cristiano Ronaldo, Rafael Leão, João Félix y Gonçalo Ramos. En ambos casos, la abundancia de nombres elevaba el techo, pero no resolvía automáticamente cómo repartir el balón y los minutos. Una plantilla larga es una ventaja cuando el seleccionador encuentra funciones claras para sus alternativas.

Alemania, con Julian Nagelsmann, mantenía una base de experiencia y juventud en Manuel Neuer, Kimmich, Rüdiger, Tah, Musiala, Wirtz, Goretzka, Havertz, Sané y Woltemade, aunque Gnabry era una baja confirmada. Países Bajos combinaba a Van Dijk, Aké, Dumfries, Timber, De Jong, Gravenberch, Reijnders, Gakpo y Depay; la disponibilidad de Memphis y Jurrien Timber era motivo de vigilancia en el material previo. Bélgica dependía de que Courtois y De Bruyne llegaran con continuidad, alrededor de jugadores como Onana, Tielemans, Doku, Lukaku y Trossard. En estas selecciones, la calidad individual convivía con preguntas sobre el ritmo y la condición física.

Argentina y Brasil también contaban con alternativas de primer nivel, pero no de la misma manera. Argentina tenía un bloque acostumbrado a jugar junto y varias opciones en el centro del campo y la delantera; Brasil conservaba un caudal ofensivo amplio, aunque las bajas de Rodrygo y Militão afectaban zonas concretas. Colombia, por su parte, se presentaba con Camilo Vargas y Ospina, Daniel Muñoz, Davinson Sánchez, Lucumí, Lerma, Richard Ríos, James Rodríguez, Jhon Arias, Luis Díaz, Jhon Córdoba y Cucho Hernández. La diferencia entre tener estrellas y tener recambios funcionales podía hacerse visible en una eliminatoria cerrada.

Un segundo grupo de aspirantes con perfiles muy distintos

Marruecos ya no llegaba como una sorpresa tras su semifinal de 2022. Walid Regragui contaba con Bono, Hakimi, Mazraoui, Aguerd, Amrabat, Ounahi, El Khannouss, Brahim Díaz, Rahimi y El Kaabi, aunque el estado de Hakimi y Brahim se consideraba relevante. Croacia volvía a apoyarse en Livakovic, Gvardiol, Modric, Kovacic, Pasalic, Perisic, Kramaric y Budimir; el interrogante principal era el desgaste de sus futbolistas veteranos. La experiencia podía sostener a ambas, pero también hacía más importante gestionar el esfuerzo.

Uruguay reunía a Valverde, Bentancur, Ugarte, De Arrascaeta, Pellistri, Darwin Núñez y Luis Suárez como opciones posibles, con Marcelo Bielsa al mando y las situaciones de Araujo, Darwin y De Arrascaeta entre los aspectos físicos a seguir. Colombia tenía una combinación de músculo, pausa y velocidad por las bandas que la hacía peligrosa, aunque el ritmo de James era un factor relevante. Ecuador, con Sebastián Beccacece, presentaba una generación joven y dinámica alrededor de Piero Hincapié, Pervis Estupiñán, Moisés Caicedo, Willian Pacho, Kendry Páez, Enner Valencia y Gonzalo Plata. Las tres selecciones tenían potencial, pero sus dudas no eran idénticas: unas dependían de recuperar piezas y otras de afinar la eficacia ofensiva.

Estados Unidos, anfitrión dirigido por Mauricio Pochettino, contaba con Turner, Dest, Ream, Richards, Robinson, Adams, McKennie, Christian Pulisic, Reyna, Weah, Balogun, Pepi y Haji Wright; Adams y Reyna merecían atención por su historial físico. Canadá, bajo Jesse Marsch, esperaba apoyarse en Alphonso Davies, Jonathan David, Tajon Buchanan, Stephen Eustáquio, Cyle Larin y Maxime Crépeau, con Davies como principal vigilancia. México, anfitrión junto a ambos países, tenía nombres como Ochoa, Montes, Edson Álvarez, Johan Vásquez, Luis Chávez, Fidalgo, Santi Giménez, Raúl Jiménez, Quiñones y César Huerta en la planificación previa. Para los anfitriones, el desafío combinaba presión ambiental con decisiones de convocatoria y forma física.

Austria, conducida por Ralf Rangnick, proponía presión alta con Pentz, Schlager, Alaba, Danso, Lienhart, Laimer, Sabitzer, Baumgartner, Arnautovic y Gregoritsch; Alaba era una pieza especialmente observada. Suiza, bajo Murat Yakin, ofrecía estructura con Kobel, Akanji, Elvedi, Ricardo Rodríguez, Xhaka, Freuler, Zakaria, Ndoye, Embolo y Okafor, y la pegada de estos dos últimos condicionaba su potencial. Turquía, con Vincenzo Montella, tenía talento en Çalhanoglu, Arda Güler, Yıldız, Demiral, Aktürkoğlu y Ünder, pero necesitaba convertir esa calidad en continuidad colectiva. El orden táctico podía acercar a estas selecciones a las favoritas; una baja clave podía estrechar rápidamente su margen.

Senegal mantenía experiencia con Mendy, Koulibaly, Lamine Camara, Pape Matar Sarr, Sadio Mané, Ismaïla Sarr, Iliman Ndiaye y Nicolas Jackson. Costa de Marfil juntaba potencia y técnica con Kossounou, Ndicka, Singo, Seko Fofana, Kessié, Sangaré, Adingra, Amad Diallo y Nicolas Pépé. Ghana, dirigida por Carlos Queiroz, podía apoyarse en Kudus, Partey, Iñaki Williams, Jordan Ayew, Salisu, Djiku y Semenyo, aunque la continuidad táctica era una cuestión importante. Las selecciones africanas presentaban recursos físicos y ofensivos, pero necesitaban que las piezas principales llegaran disponibles y coordinadas.

Egipto tenía en Mohamed Salah su referencia, junto con El Shenawy, Hegazy, Hamdi Fathi, Trézéguet, Mostafa Mohamed y Omar Marmoush. Argelia podía contar con Mahrez, Bennacer, Aouar, Gouiri, Bensebaini y Mandi, con el estado de Bennacer como un punto de atención. República Democrática del Congo reunía a Mbemba, Tuanzebe, Masuaku, Wan-Bissaka, Sadiki, Pickel, Bongonda, Bakambu y Wissa; su combinación de defensa experimentada y atacantes veloces le daba opciones para competir. En estos equipos, la disponibilidad de sus líderes podía pesar más que en las plantillas con dos recambios por puesto.

La profundidad también se mide lejos de las grandes potencias

Japón se presentaba con una estructura reconocible, entre cuyos nombres estaban Zion Suzuki, Tomiyasu, Itakura, Endo, Kamada, Doan, Kubo, Ueda, Maeda y Nakamura; la condición de Tomiyasu era una preocupación por su importancia defensiva. Corea del Sur contaba con Kim Min-jae, Hwang In-beom, Lee Kang-in, Hwang Hee-chan y Son Heung-min, además de Cho Gue-sung, y necesitaba que sus referentes llegaran sanos. Irán tenía a Beiranvand, Ezatolahi, Jahanbakhsh, Taremi, Ghayedi y Ali Alipour, con el delantero Taremi como figura decisiva para el ataque. La jerarquía de sus líderes era un activo, pero también concentraba el coste de cualquier ausencia.

Australia proponía un equipo físico alrededor de Mat Ryan, Harry Souttar, Jackson Irvine, Craig Goodwin, Riley McGree y Nestory Irankunda. Nueva Zelanda podía apoyarse en Chris Wood, Cacace, Stamenic, Garbett, Sarpreet Singh, Boxall y Bindon; la disponibilidad de Wood condicionaba buena parte de su amenaza ofensiva. Paraguay, dirigido por Gustavo Alfaro, juntaba a Gustavo Gómez, Junior Alonso, Balbuena, Alderete, Almirón, Villasanti, Cubas, Diego Gómez, Enciso y Sanabria, con el estado de Enciso entre las cuestiones a vigilar. Para estas selecciones, perder a un atacante central o a un organizador podía obligar a cambiar el plan completo.

Noruega volvía a una Copa del Mundo con Erling Haaland y Martin Ødegaard como ejes, acompañados por Nyland, Ryerson, Ajer, Berge, Aursnes, Nusa, Bobb y Sørloth. Suecia también tenía una delantera poderosa, con Isak y Gyökeres, y nombres como Lindelöf, Bergvall, Svanberg y Elanga; el estado de Isak era especialmente relevante. República Checa dependía en parte de Schick, junto con Coufal, Krejčí, Souček, Provod, Hložek y Kuchta. La presencia de goleadores de primer nivel elevaba las expectativas, pero no anulaba el riesgo de una recuperación incompleta.

Entre las selecciones con menos experiencia mundialista, Cabo Verde y Curazao debutaban con la ventaja psicológica de no cargar con el mismo historial de expectativas. Cabo Verde disponía de Vozinha, Logan Costa, Jamiro Monteiro, Kevin Pina, Ryan Mendes, Garry Rodrigues y Dailon Livramento. Curazao, con Dick Advocaat, tenía a Eloy Room, Bazoer, Brenet, Bacuna, Chong, Gorre, Kuwas y Locadia. Jordania, también debutante, se apoyaba en Yazan Al-Arab, Noor Al-Rawabdeh, Mousa Al-Tamari y Ali Olwan, con Jamal Sellami como seleccionador. Para estos equipos, la cohesión del grupo podía compensar una diferencia de nombres, aunque no sustituía la experiencia de torneo.

Uzbekistán llegaba con Fabio Cannavaro y una generación encabezada por Khusanov, Fayzullaev, Masharipov, Urunov, Sergeev y Shomurodov; su debut añadía una incógnita competitiva, no una baja confirmada. Haití, dirigida por Sébastien Migné, podía contar con Placide, Duverne, Delcroix, Bellegarde, Nazon, Pierrot, Isidor y Casimir, en un grupo descrito como exigente. Irak, con Graham Arnold, tenía entre sus referencias a Aymen Hussein, Ali Jasim, Zidane Iqbal, Rebin Sulaka y Jalal Hassan. La ausencia de una alerta médica decisiva no garantizaba resultados, pero sí permitía preparar el torneo con mayor continuidad.

Panamá, con Thomas Christiansen, llegaba con más experiencia que en 2018 y una base formada por Mosquera, Murillo, Córdoba, Godoy, Carrasquilla, Bárcenas, Ismael Díaz, Waterman y Fajardo; Carrasquilla estaba bajo vigilancia tras una lesión reciente. Qatar, dirigido por Julen Lopetegui, conservaba un bloque reconocible con Barsham, Pedro Miguel, Tarek Salman, Abdulaziz Hatem, Almoez Ali y Akram Afif. Sudáfrica, bajo Hugo Broos, contaba con Ronwen Williams, Mokoena, Appollis, Rayners, Mofokeng, Makgopa y Lyle Foster. La continuidad del bloque era una ventaja, aunque el estado de algunos atacantes seguía influyendo en las posibilidades de cada equipo.

La mejor llegada no se decide solo en la enfermería

Con la información previa disponible, Francia aparecía entre las selecciones mejor protegidas frente a las bajas por la profundidad de su plantilla. Inglaterra, Portugal y España también tenían recursos para redistribuir minutos, aunque afrontaban distintos interrogantes físicos. Brasil conservaba un enorme potencial, pero las ausencias confirmadas de Rodrygo y Militão afectaban posiciones importantes. Argentina mantenía la solidez de un bloque campeón, con bajas concretas y nombres relevantes cuya situación debía seguirse sin confundir una duda con un descarte. La comparación más útil no era contar lesionados, sino medir qué funciones quedaban sin reemplazo claro.

El nuevo formato reforzaba esa lectura. Con más selecciones y una ronda adicional de eliminación directa, no bastaba con reunir once titulares de alto nivel: hacían falta alternativas capaces de sostener la intensidad y responder a partidos de distinto tipo. Los viajes entre sedes, los cambios de clima y la acumulación de minutos convertían el banquillo en parte del plan, no en un apéndice. La profundidad podía transformar una lesión puntual en un problema manejable o en una grieta estructural.

También había que separar tres preguntas: quién estaba lesionado, quién podía llegar a recuperarse y quién estaría en condiciones de competir a su nivel. Las listas provisionales, los últimos cortes y las sustituciones permitidas por la normativa mantenían abierto ese escenario durante la previa, pero no eliminaban los plazos médicos ni la necesidad de elegir entre 23 y 26 futbolistas. En consecuencia, cualquier balance de las convocatorias debía tratarse como una fotografía temporal. La selección mejor situada era la que combinaba talento, alternativas y certezas físicas, no necesariamente la que acumulaba más estrellas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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