Historia
¿Quién fue Ramón Acín y cómo su legado venció al olvido franquista?
Ramón Acín, maestro y artista asesinado por el franquismo, regresa al primer plano junto a Concha Monrás gracias a una reparación histórica.

Ramón Acín Aquilué fue maestro, periodista, artista de vanguardia, pedagogo libertario y una de las figuras culturales más singulares del Aragón anterior a la Guerra Civil. El 6 de agosto de 1936, apenas tres semanas después del golpe militar contra la Segunda República, falangistas y militares sublevados lo fusilaron en las tapias del cementerio de Huesca. Tenía 47 años. No hubo juicio, sentencia ni delito probado: hubo una ejecución extrajudicial destinada a eliminar a un intelectual incómodo, comprometido con la enseñanza, la cultura popular y el anarcosindicalismo.
Noventa años después, su nombre no solo continúa vivo, sino que ha regresado al lugar del que la dictadura intentó arrancarlo. En abril de 2026, una resolución judicial anuló la sanción económica que el régimen franquista le impuso cuando llevaba casi dos años muerto. Poco después, el Ayuntamiento de Huesca aprobó reconocerlo como Hijo Predilecto, mientras que su esposa, Concha Monrás, asesinada también en 1936, será distinguida como Hija Adoptiva. La reparación llega con nueve décadas de retraso. Las administraciones, ya se sabe, pueden ser lentas; el franquismo, en cambio, fue extraordinariamente puntual para matar.
La historia de Acín no es únicamente la de una víctima de la represión. Reducirlo al paredón sería conceder demasiado poder a quienes lo fusilaron. Fue un creador inquieto, un profesor que desconfiaba de la obediencia ciega, un dibujante de humor afilado y un ciudadano convencido de que la cultura popular debía salir de los salones distinguidos y mezclarse con la calle, con los talleres, con las escuelas. Ahí reside la razón profunda de su vigencia.
El 6 de agosto de 1936 en las tapias de Huesca
Después de que los sublevados tomaran Huesca, Ramón Acín permaneció escondido en su propia vivienda, situada en la calle de Las Cortes. Las fuerzas golpistas registraron repetidamente la casa y sometieron a Concha Monrás a amenazas y agresiones delante de sus hijas, Katia y Sol. Acín terminó saliendo de su escondite y entregándose al escuchar el trato que estaba recibiendo su esposa. Fue detenido y fusilado esa misma noche.
La escena condensa el funcionamiento del terror franquista durante aquellos primeros días: no se buscaba esclarecer responsabilidades, sino desarticular cualquier resistencia y sembrar miedo. Acín era conocido en Huesca, ejercía como profesor de dibujo y había participado activamente en movimientos obreros y libertarios. Su notoriedad cultural no le ofreció protección; probablemente lo convirtió en un objetivo más visible.
Durante años circuló una imagen asociada a sus últimas horas: la de los lápices de colores que llevaba en el bolsillo al morir. Es un detalle pequeño, casi doméstico, frente a la magnitud del crimen. Y, precisamente por eso, permanece. Un maestro frente a un pelotón, con herramientas para dibujar donde otros llevaban fusiles. La historia a veces se explica mejor en esos objetos diminutos.
Concha Monrás, la segunda víctima de una misma persecución
Concha Monrás no fue una simple figura secundaria en la vida de Ramón Acín. Pianista, formada en un ambiente culto e interesada por el esperanto y las ideas emancipadoras, compartió con él el compromiso social y una casa abierta a artistas, estudiantes, trabajadores y maestros. Ambos ofrecían enseñanza gratuita a personas de las clases populares y entendían la cultura como una forma de libertad, no como decoración para las élites.
Tras la detención de su marido, Monrás quedó encarcelada. El 23 de agosto de 1936, diecisiete días después del asesinato de Acín, fue fusilada en las mismas tapias del cementerio junto a otras 94 personas. Katia y Sol quedaron huérfanas. La represión destrozó así una familia y apagó uno de los hogares intelectuales más vivos de la ciudad.
Durante demasiado tiempo, el recuerdo público se concentró en Ramón y dejó a Concha en una penumbra injusta. Esa posición empieza a corregirse mediante estudios, actos memorialistas y espacios como la Biblioteca Conchita Monrás, creada en Huesca para recuperar su trayectoria personal y política. La memoria también tiene sus desigualdades: incluso entre quienes fueron perseguidos, las mujeres quedaron a menudo detrás del apellido del marido.
El artista que dejó unas pajaritas en medio del parque
Ramón Acín nació en Huesca en 1888 y desarrolló una obra difícil de encerrar en una sola etiqueta. Pintó, esculpió, realizó caricaturas, escribió artículos, diseñó carteles y participó en las corrientes de vanguardia que recorrían Europa. Su creación más reconocible continúa siendo la Fuente de las Pajaritas, instalada en 1928 en el parque Miguel Servet de Huesca.
Aquellas figuras de chapa, geométricas y ligeras, parecen dos animales de papel que hubieran decidido no doblarse nunca más. Se convirtieron en un símbolo de Huesca y, con el paso del tiempo, también en emblema de su autor. Cada aniversario de su asesinato, las pajaritas reaparecen en homenajes y actos ciudadanos. Los monumentos suelen aspirar a parecer eternos; Acín consiguió algo más raro: que una obra juguetona sobreviviera al régimen solemne y marcial que quiso borrarlo.
También mantuvo una estrecha relación con Luis Buñuel. Tras obtener parte de un premio de lotería, empleó dinero propio para financiar Las Hurdes, tierra sin pan, la película rodada por el cineasta aragonés en 1933. Aquel documental, áspero y discutido, mostró la miseria de una comarca abandonada por las instituciones. Acín no figuró simplemente como mecenas adinerado: respaldó una obra coherente con su preocupación por la pobreza, la desigualdad y la dignidad humana.
Una pedagogía enemiga de las cabezas agachadas
Su trabajo como profesor ocupó buena parte de su vida. Desde 1916 enseñó dibujo en la Escuela Normal de Maestros de Huesca, donde defendió una educación libre alejada del autoritarismo, basada en la observación, la creatividad y el contacto con la realidad. No concebía al alumno como un recipiente vacío al que llenar de datos, sino como una persona capaz de pensar por sí misma.
Ese planteamiento resulta menos extravagante en 2026 que en una España marcada entonces por la rigidez académica, la disciplina vertical y el peso de la Iglesia en la enseñanza. Acín apostaba por una escuela más abierta, con acceso a la cultura para los hijos de las familias trabajadoras. Era una idea pedagógica y, al mismo tiempo, política: enseñar a pensar supone aceptar que el estudiante podría terminar discrepando del maestro, del Gobierno o del cura.
Su periodismo participaba del mismo impulso. Escribía con ironía, denunciaba la injusticia social y utilizaba el dibujo como un pequeño estilete contra el poder. No practicaba la neutralidad ornamental. Se comprometía. En tiempos tranquilos eso puede costar amistades; tras un golpe de Estado, podía costar la vida.
La dictadura siguió castigándolo después de muerto
El asesinato de Ramón Acín no puso fin a la persecución franquista. El 20 de julio de 1938, cuando llevaba casi dos años enterrado, el Tribunal de Responsabilidades Políticas le impuso una multa de 20.000 pesetas. El sancionado estaba muerto, pero su patrimonio y su familia seguían disponibles. La burocracia represiva tenía esas sutilezas: fusilar primero, abrir el expediente después y pasar la factura a los huérfanos.
Estas sanciones económicas no fueron trámites aislados. Formaban parte de una estructura dirigida a arruinar, estigmatizar y excluir socialmente a los vencidos. A la violencia física se añadían las incautaciones, las depuraciones profesionales, los expedientes y las multas. El castigo debía prolongarse en las siguientes generaciones y dejar una mancha administrativa allí donde ya había una ausencia familiar.
La dictadura construyó después su propio relato: los sublevados aparecían como salvadores y los asesinados eran presentados como delincuentes o enemigos de España. Ramón Acín, Concha Monrás y tantos otros desaparecieron de manuales, instituciones y homenajes oficiales. No bastaba con quitarles la vida; había que expropiarles la biografía.
Una reparación judicial que desmonta la condena franquista
El 7 de abril de 2026, el Tribunal de Instancia número 5 de Huesca declaró nula de pleno derecho la sanción impuesta a Ramón Acín en 1938. La resolución consideró que aquella multa se había acordado sin garantías y con el propósito de continuar la persecución ideológica de la familia después de su asesinato.
El procedimiento fue promovido por familiares de las víctimas mediante la jurisdicción voluntaria y contó con la intervención de la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria Democrática. Ramón Acín, Concha Monrás y el juez Juan Llidó Pitarch, fusilado también el 23 de agosto de 1936, quedaron inscritos en el Censo Estatal de Víctimas, así como en el inventario de incautaciones y sanciones económicas de la dictadura.
No se trata de reabrir una guerra, como repite con frecuencia cierta retórica política de guardarropa. La guerra terminó hace décadas; lo que seguía abierto era la falsa condena dictada por quienes habían ganado mediante las armas. La Ley de Memoria Democrática reconoce el derecho de las víctimas a la reparación y obliga a las administraciones a preservar lo ocurrido para impedir que la violencia política y el totalitarismo queden reducidos a una nota al pie.
El 28 de mayo, el pleno del Ayuntamiento de Huesca aprobó, con los votos del PSOE y del PP, conceder a Acín el título de Hijo Predilecto y a Monrás el de Hija Adoptiva. Vox y un concejal no adscrito rechazaron la iniciativa, mientras el PP criticó la forma en que se había presentado, aunque terminó apoyándola. Incluso una reparación institucional tan elemental —honrar a dos vecinos asesinados sin juicio— consiguió producir una discusión partidista. España no siempre tropieza dos veces con la misma piedra; a veces la convierte en atril.
La memoria que no logró fusilar el franquismo
El reconocimiento institucional importa, pero la recuperación de Ramón Acín y Concha Monrás empezó mucho antes y desde abajo. Familiares, investigadores, asociaciones, docentes y entidades culturales conservaron documentos, organizaron homenajes y mantuvieron sus nombres fuera del cajón del olvido. La Fundación Ramón y Katia Acín trabaja precisamente para preservar y difundir la obra del artista y los valores compartidos por su entorno familiar.
El Museo de Huesca custodia parte de su legado, las Pajaritas siguen en el parque y diferentes iniciativas educativas acercan su figura a nuevas generaciones. Ya no es únicamente el hombre asesinado en agosto de 1936. Es el profesor que defendió otra escuela, el dibujante que incomodó al poder, el escultor que dio a Huesca uno de sus símbolos y el mecenas que ayudó a Buñuel a filmar la pobreza que casi nadie deseaba mirar.
Concha Monrás recupera también su propio espacio: el de una mujer culta, comprometida y represaliada por sus ideas, no solamente por ser esposa de Ramón. Nombrarla es deshacer otra parte del borrado. La memoria democrática no consiste en embellecer a las víctimas ni en fabricar santos laicos, sino en devolverles los hechos, los nombres y la dignidad que les fueron arrebatados.
Noventa años después, los verdugos ocupan el lugar que les corresponde en los archivos y Ramón Acín continúa hablando desde un aula, una película, una hemeroteca y dos pajaritas metálicas bajo los árboles de Huesca. El franquismo consiguió matarlo. Lo que no pudo hacer —aunque lo intentó con fusiles, expedientes y décadas de silencio— fue decidir para siempre cómo sería recordado.

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