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¿Quién es Jacques Leveugle, acusado de abusar de 89 menores?

Jacques Leveugle, 79 años, está acusado de abusar de 89 menores en 10 países durante 55 años: el USB que destapó el caso y la investigación.

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Quién es Jacques Leveugle

Jacques Leveugle, 79 años, está acusado de abusar de 89 menores en 10 países durante 55 años: el USB que destapó el caso y la investigación.

Francia ha destapado uno de esos casos que parecen escritos con tinta negra y paciencia enferma: Jacques Leveugle, un francés de 79 años nacido en Annecy en 1946, está investigado por la presunta violación y agresión sexual agravada de 89 menores —adolescentes de 13 a 17 años— durante un periodo que, según la investigación, se extiende de 1967 a 2022, con hechos repartidos entre Francia y una cadena de países que va de Europa al norte de África y de ahí a Asia, América y el Pacífico. La dimensión es tan vasta que la Fiscalía de Grenoble ha optado por una medida poco habitual: hacer público su nombre para que otras posibles víctimas puedan reconocerse y declarar antes de que el tiempo y la ley cierren la puerta.

El detonante no fue una denuncia aislada, sino un hallazgo doméstico que acabó convirtiéndose en prueba central: una memoria USB con un “relato” digital que los investigadores describen como quince tomos densos, escritos por el propio acusado, a modo de inventario. El dispositivo apareció en el entorno familiar y fue entregado a la gendarmería, lo que abrió una investigación que ya ha recogido decenas y decenas de declaraciones y ha permitido identificar, por ahora, a 40 víctimas, aunque los investigadores asumen que puede haber más porque muchos nombres están incompletos o aparecen como apodos.

Una investigación descomunal nacida de una memoria USB

Todo empieza, oficialmente, cuando la memoria USB sale de un cajón y entra en comisaría. Según se ha explicado, fue el sobrino del acusado quien la encontró —en la cronología divulgada, el hallazgo se sitúa en 2023— y quien decidió entregarla a las autoridades al ver el contenido. Lo que había dentro no era un rastro casual ni cuatro notas sueltas: eran textos extensos, ordenados, donde el propio Leveugle hablaba de sus “relaciones” con adolescentes y dejaba pistas sobre identidades, lugares y fechas. A partir de ahí, la maquinaria se activa con la lentitud tensa de los casos grandes: leerlo todo, cruzar datos, llamar puertas, reconstruir un mapa que no cabe en un solo país. Quince tomos no se digieren en una tarde; y esa densidad, paradójicamente, es lo que ha permitido dimensionar el alcance.

El fiscal de Grenoble, Étienne Manteaux, explicó que el material era tan voluminoso que la investigación ha requerido un trabajo largo de lectura, contraste e identificación, y que aun así se toparon con un muro: en muchos pasajes los nombres eran incompletos o sustituidos por sobrenombres, lo que hacía imposible localizar a todas las personas afectadas “por dentro”, sin un llamamiento público. De ahí la rueda de prensa y el gesto, excepcional en Francia, de poner nombre y apellidos al sospechoso. El mensaje era seco: hay urgencia, y el caso necesita que aparezcan más testimonios cuanto antes.

Quince tomos, nombres incompletos, un mapa mundial

Hay algo escalofriante en la idea de un archivo íntimo convertido en prueba: un soporte pequeño, casi ridículo por su tamaño, y dentro una cronología de abusos que abarca casi seis décadas. Ese archivo ha servido para fijar la cifra de 89 víctimas y para situar los hechos entre 1967 y 2022, pero también ha dejado claro el problema: no todo lo escrito es localizable, no todo lo narrado es rastreable, y el tiempo desgasta la precisión como una lija. Aun así, los investigadores han podido trazar un itinerario que atraviesa Alemania, Suiza, Portugal, Marruecos, Argelia, Níger, Filipinas, India, Colombia y Nueva Caledonia, además de Francia, una dispersión que complica la localización de víctimas y exige cooperación y paciencia administrativa.

En paralelo a esa cartografía, la investigación ha ido reuniendo declaraciones: se habla de alrededor de 150 personas que han testificado desde que el caso se abrió, una cifra que no equivale automáticamente a víctimas, pero sí da el tamaño del ecosistema del expediente: antiguos conocidos, entornos, posibles afectados, piezas que ayudan a encajar el relato. Aquí no hay una única escena del crimen; hay una sucesión de escenarios, a veces separados por décadas, lo que obliga a reconstruir con fragmentos, con memoria humana, con documentos y con ese archivo digital que, por brutal que resulte, funciona como hilo conductor.

Por qué el fiscal rompió la regla del anonimato

En Francia, quien está bajo investigación formal no suele ser nombrado públicamente. Precisamente por eso llamó tanto la atención la decisión de Manteaux: hizo público el nombre para facilitar que posibles víctimas se reconocieran y acudieran a declarar. La Fiscalía explicó que habían intentado identificar a todos sin exposición pública, pero la documentación no permitía cerrar el círculo. También pesa la variable que nadie esquiva: el acusado tiene 79 años, el caso es muy complejo y la justicia quiere llevarlo a juicio en un plazo razonable; en ese marco, la publicidad no se presenta como espectáculo, sino como herramienta procesal.

Esa llamada a testigos no quedó en lo simbólico. Se habilitó un teléfono específico para recoger información y relatos relacionados con el caso, una infraestructura que suele desplegarse cuando la investigación asume que hay víctimas fuera del radar. Es un detalle importante porque indica que la Fiscalía ya no confía solo en la pesquisa interna: necesita que la sociedad —y sobre todo quienes estuvieron cerca del acusado en distintos momentos— aporte memoria, datos, contexto.

El hombre detrás del expediente: profesor sin título y viajero

La biografía que ha ido emergiendo tiene un rasgo que ayuda a entender el mecanismo: Leveugle se movía en entornos educativos y, según la Fiscalía, se instalaba en cada lugar como orientador, educador o profesor, a menudo cerca de adolescentes vulnerables o en contextos donde la autoridad del adulto se presume. En la información divulgada, aparece como alguien que inició estudios de Literatura pero no los completó y que quiso ejercer la docencia sin llegar a obtener la titulación necesaria; aun así, habría trabajado como educador en distintos países, incluso dando clase sin título en lugares como Argelia, y vinculándose a estructuras de apoyo escolar o instituciones con menores con dificultades. Es una mezcla inquietante: movilidad, acceso y un oficio que, por definición, abre puertas a la intimidad juvenil.

La Fiscalía lo describió como un hombre “culto y carismático”, con un modo de operar basado menos en la amenaza directa que en la aproximación: “seducción intelectual”, ironía, conversación. Aquí el lenguaje importa porque dibuja un tipo de abuso donde el control se construye con tiempo, con prestigio, con una relación que se presenta como especial. De hecho, Manteaux subrayó un matiz que rompe el cliché del abuso rápido y furtivo: dijo que pasaba mucho tiempo con cada joven, que cultivaba el vínculo, que podía incluso ayudarles con dinero —por ejemplo para el carné de conducir— y que ofrecía “estimulación intelectual” o empujones para seguir estudiando. Ese patrón, descrito así, encaja con el concepto de captación: una manipulación que se disfraza de mentoría.

En ese marco aparece una frase del propio acusado que, por lo que revela de su imaginario, se ha repetido en varias crónicas: decía verse como “un antiguo griego dedicado a la educación de jóvenes efebos”. Es una fórmula que intenta envolver lo inadmisible en una pátina clásica, casi estética, como si el léxico pudiera lavar el hecho. No lo lava. Pero sí ayuda a entender la manera en que, presuntamente, se justificaba ante sí mismo: convertir el abuso en “ideal educativo”, el deseo en “cultura”, el poder en “formación”. Es una coartada verbal, de las que hacen daño doble porque confunden y descolocan.

Los hechos: 89 víctimas entre 1967 y 2022 y la carrera contra la prescripción

El corazón del caso está en la cronología y en la cifra. La investigación sitúa los hechos desde 1967 hasta 2022, con menores de 13 a 17 años y una cifra de 89 víctimas obtenida a partir de los escritos hallados. A día de hoy, 40 están identificadas, y dos tercios serían de nacionalidad francesa, aunque muchas agresiones se habrían producido fuera del territorio francés. Es una geometría extraña: víctimas francesas, hechos en el extranjero, un acusado que se desplaza y se instala, y un archivo que lo registra como si fuera un cuaderno de viaje.

Los países citados en la investigación forman un corredor muy amplio: Alemania, Suiza, Portugal, Marruecos, Níger, Argelia, Filipinas, India, Colombia y Nueva Caledonia, además de Francia. Esa lista no es decoración; es un problema judicial real. Cada localización añade dificultades de verificación, de identificación y de cooperación, sobre todo cuando los hechos son antiguos y la documentación escolar o administrativa ha cambiado o se ha perdido. Y, además, está la variable legal más incómoda: los hechos anteriores a 1993 están prescritos, lo que significa que pueden quedar fuera del castigo penal aunque sirvan para comprender el patrón y el alcance del comportamiento investigado. La Fiscalía, de hecho, ha insistido en que esos episodios importan para armar el cuadro completo, incluso si no todos terminan en condena.

Aquí entra el elemento que marca el ritmo del relato público: el reloj. Manteaux habló de urgencia por la edad del acusado y por la complejidad del caso, y situó un horizonte operativo: si se quiere un juicio en un plazo razonable, el procedimiento necesita cerrarse con celeridad, con la vista puesta en 2026 como año clave para no eternizar la instrucción. No es solo un deseo de eficiencia; es una realidad jurídica y humana: cuanto más se alarga un caso así, más se erosionan recuerdos, más se dispersan testigos y más difícil se vuelve atar la prueba con la firmeza que exige un tribunal.

En el plano humano —sin caer en discursos abstractos— hay otro factor inevitable: muchos abusos a menores se denuncian tarde, a veces décadas después, por vergüenza, miedo, confusión o simple supervivencia. Cuando el expediente aparece medio siglo después del primer hecho, la justicia se enfrenta a un dilema: tiene el deber de investigar, pero también límites temporales que no siempre encajan con el tiempo emocional de las víctimas. Por eso la Fiscalía ha empujado un llamamiento público, casi como quien enciende una luz en una habitación grande y pide que, quien pueda, señale una esquina concreta.

Detención, control judicial y vuelta a prisión preventiva

En la cronología procesal hay matices que conviene fijar con claridad, porque no es un simple “lo detuvieron y ya”. Leveugle fue detenido en febrero de 2024 en Vizille, cerca de Grenoble, y quedó bajo investigación formal por violación y agresión sexual agravada contra menores. En aquel momento, fue colocado en detención provisional, pero más tarde pasó por un régimen de control judicial muy estricto que, según la Fiscalía, no respetó, lo que llevó a que volviera a quedar en prisión preventiva desde abril de 2025. En febrero de 2026, por tanto, el acusado continúa encarcelado a la espera de juicio dentro de un procedimiento que intenta avanzar sin que el calendario lo descarrile.

También se ha subrayado que Leveugle no tenía antecedentes penales antes de esta investigación y que, ante la policía, habría admitido que los escritos encontrados son “la expresión de la realidad”, reconociendo la gravedad de lo descrito. Ese punto es relevante no porque “cierre” el caso —la justicia no se construye a base de frases sueltas— sino porque el archivo no aparece como una prueba externa ajena, sino como material que el propio acusado no niega de plano. Y eso refuerza por qué la investigación se ha centrado tanto en el contenido de esos quince volúmenes: son, en la práctica, el andamiaje del relato acusatorio.

En paralelo corre otra investigación, independiente del bloque principal, por los dos homicidios que el acusado dijo haber cometido. Según lo divulgado, habría asfixiado con una almohada a su madre, enferma terminal, en 1974, y habría hecho lo mismo con su tía, de 92 años, en la década de los noventa, justificándolo ante los investigadores como actos “legítimos” y diciendo que él querría lo mismo al final de su vida. Que esa causa vaya por separado no le quita gravedad; simplemente responde a cómo se organiza la instrucción cuando hay hechos distintos, épocas distintas y pruebas que requieren un tratamiento propio.

Hay un detalle que aparece en algunas reconstrucciones y que ilustra la tensión del expediente: la Fiscalía explicó que, respecto a la tía, el acusado habría dado un relato concreto de circunstancias y motivación. Ese tipo de precisiones, aunque no sustituyen la prueba, indican que la investigación no está ante un “no sé, no recuerdo”, sino ante una narrativa articulada que ahora debe enfrentarse a la verificación judicial. En un caso tan grande, cada afirmación es un pasillo que hay que recorrer con linterna: buscar corroboración, buscar contradicción, buscar contexto.

El calendario que aprieta a la justicia francesa

Este caso se ha convertido en noticia en Francia no solo por la cifra de 89 menores y el periodo de 55 años, sino por la combinación explosiva de tres elementos: un acusado con movilidad internacional, un archivo digital escrito por él mismo y una justicia que trabaja con el tiempo en contra. El fiscal Manteaux lo resumió con una idea sencilla: había que sacar el nombre a la luz porque el expediente estaba chocando con la imposibilidad de identificar a todos sin ayuda externa. Y, como medida concreta, se habilitó un canal específico para recoger testimonios y datos relacionados con Leveugle, un signo de que la investigación asume que hay capítulos que todavía no han salido de la sombra.

En el trasfondo, la instrucción se enfrenta a un problema clásico de los delitos cometidos contra menores y prolongados en el tiempo: la prescripción puede dejar fuera parte de los hechos, y aun así esos hechos siguen siendo esenciales para entender el patrón, la serialidad y el modo de operar. No se trata de convertir el expediente en literatura negra ni de cargarlo de metáforas; se trata de explicar por qué una parte del daño puede quedar sin respuesta penal completa, aunque el relato judicial intente reconstruirlo todo. Por eso la Fiscalía insiste tanto en el plazo, en la urgencia, en no dejar que el caso se pudra en trámites: hay una ventana procesal y hay que atravesarla.

El comandante Serge Procédès habló de “caso clásico de crimen en serie”, y la expresión, aplicada a un hombre que actuaba desde posiciones de educador o profesor, es un recordatorio incómodo: la serialidad no siempre lleva máscara de monstruo evidente; a veces lleva chaqueta de intelectual, tono amable, referencias culturales y una apariencia funcional. En este caso, según la acusación, la herramienta habría sido el prestigio, el acceso cotidiano y la construcción de vínculos largos, casi como si el abuso necesitara primero un prólogo de confianza. Esa lógica, descrita así, explica por qué el expediente no se limita a “dónde y cuándo”, sino a “cómo”: cómo alguien podía entrar en la vida de un adolescente, quedarse, moldear, controlar.

Y ahora queda lo más difícil, lo menos cinematográfico: convertir ese mapa inmenso en hechos jurídicamente sólidos, uno por uno, con nombres completos, fechas aproximadas, escenarios verificables, testimonios sostenibles, peritajes cuando proceda. La Fiscalía ha puesto fecha emocional al asunto —2026 como horizonte de cierre razonable— y ha puesto nombre al acusado para abrir compuertas. Lo que ocurra después ya no depende de un USB ni de una rueda de prensa, sino de la fricción real de los tribunales: pruebas, contradicciones, plazos, derechos, y una idea que sobrevuela todo el caso sin necesidad de adornos: cincuenta y cinco años son demasiado tiempo para que el silencio siga ganando.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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