Historia
¿Quién era ‘Peixoto’ y por qué irrita el elogio de Otegi?
La muerte de José Manuel Pagoaga Gallastegui, alias ‘Peixoto’, ha reabierto un debate áspero que parecía latente: el lugar que ocupan los viejos dirigentes de ETA en el espacio público y, sobre todo, qué límites tiene su homenaje desde la política. ‘Peixoto’.

La muerte de ‘Peixoto’ reabre el caso de los tres gallegos de 1973 y desata rechazo al elogio de Otegi: contexto, nombres y datos al detalle.
La muerte de José Manuel Pagoaga Gallastegui, alias ‘Peixoto’, ha reabierto un debate áspero que parecía latente: el lugar que ocupan los viejos dirigentes de ETA en el espacio público y, sobre todo, qué límites tiene su homenaje desde la política. ‘Peixoto’, histórico de la retaguardia de la organización en Francia, falleció este diciembre y el coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, le despidió en redes con un mensaje de gratitud que, traducido, venía a agradecerle lo aprendido y “haber puesto la patria por encima de todo”. El gesto activó las alarmas de víctimas y asociaciones memorialistas. No es un rifirrafe menor ni un cruce de declaraciones más: la figura del veterano militante aparece desde hace décadas señalada en relación con la desaparición de tres jóvenes gallegos en 1973 en San Juan de Luz. No hubo condena judicial por aquel crimen, pero los nombres —José Humberto Fouz Escobero, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga— regresan de inmediato cada vez que se pronuncia su alias.
Ese es el núcleo de la polémica. A un lado, un líder político que opta por el reconocimiento afectivo a un referente del universo abertzale; al otro, víctimas y familiares que entienden ese mensaje como un elogio a un dirigente clave de la máquina clandestina y, en su caso, vinculado a uno de los episodios más turbios del terrorismo. La sobrina de Humberto Fouz, Coral Rodríguez Fouz, le reprochó a Otegi la “escasa catadura moral” de homenajear públicamente a quien —sostiene— sabía qué ocurrió con su tío y sus amigos. De fondo, una exigencia concreta, nada retórica: si hay información que ayude a encontrar restos o a reconstruir la verdad, que se aporte. A día de hoy, cinco décadas después, no han aparecido los cuerpos.
Perfil y contexto de un dirigente clandestino
‘Peixoto’ nació en Arrasate/Mondragón (Gipuzkoa) en 1945. Entró joven en la militancia y se asentó en la infraestructura que ETA levantó al otro lado de la frontera, en el suroeste de Francia y en zonas de Bretaña, cuando la presión policial en España empujó a la organización a reorganizarse en suelo galo. Con los años, su nombre se asoció a labores de logística: pisos de acogida para miembros huidos, apoyo a traslados, custodia de materiales, conexión entre comandos y la retaguardia. Un puesto gris en apariencia, pero decisivo en cualquier organización clandestina: sin logística no hay operaciones.
El 23 de enero de 1979, en San Juan de Luz, ‘Peixoto’ sobrevivió a un atentado del Batallón Vasco Español (BVE). Fue un ataque de la llamada “guerra sucia” que lo dejó malherido, con lesiones graves en los ojos. Aquel episodio pasó al relato interno del mundo abertzale como prueba de resistencia. Detrás, sin embargo, la violencia de los setenta no se detuvo. El alias siguió ganando peso como cuadro organizador, un veterano al que se acudía tanto por experiencia como por lealtades forjadas en la clandestinidad.
A finales de los ochenta, su trayectoria quedaría fijada en sumarios franceses. Fue detenido en 1989 en Francia y procesado en 1993 en París por asociación de malhechores, dentro de una instrucción que investigó talleres de explosivos, depósitos y la red de viviendas que garantizaba la operatividad de la organización. No fue una figura pública, no dio grandes discursos, ni ocupó portavocías. Pero era un nombre de peso en la sombra, bien conocido en los archivos policiales y en el ecosistema de apoyo a los presos y huidos.
El triple crimen de 1973 que nunca se cerró
Para entender el impacto de su muerte en Galicia, hay que volver a la fecha que jamás se olvida: 24 de marzo de 1973. Ese día, tres jóvenes gallegos que residían en Irún —Fouz, 28 años; García Carneiro, 23; Quiroga, 25— cruzaron la frontera a San Juan de Luz para ver “El último tango en París”, película prohibida entonces en España. Se esfumaron. Nunca regresaron. Con los años, investigaciones periodísticas, archivos del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y trabajos académicos fueron consolidando la hipótesis: fueron secuestrados, torturados y asesinados por miembros de ETA, quizá tras confundirlos con policías. Los cuerpos no aparecieron y, por tanto, no existe una sentencia que establezca autorías individuales. En el imaginario social, sin embargo, los nombres de algunos dirigentes —entre ellos, ‘Peixoto’— quedaron asociados a aquel caso.
La historia es bien conocida en Irún y en la diáspora gallega. Se han reconstruido trayectos, horarios, las últimas personas que les vieron con vida, testimonios de posibles discusiones con militantes ebrios en bares cercanos al cine, el traslado a un caserío y la pista que se apaga en una noche de fronteras porosas. Con cada aniversario, la familia Fouz y los allegados de García Carneiro y Quiroga reclaman lo mismo: verdad y restos. No buscan una reparación simbólica; quieren lugares donde llorar. Cincuenta años después, el silencio duele más que el tiempo.
De ahí que el alias de ‘Peixoto’ funcione como cerilla en una habitación cargada. A cada gesto público, la memoria del triple crimen se enciende. No hubo juicio, pero sí memoria documentada y acusaciones directas en informes y testimonios. El campo judicial no lo resolvió; el campo moral —para las familias— hace tiempo que sí.
Qué dijo Otegi y por qué desata rechazo
El 14 de diciembre se hizo pública la muerte del veterano militante. Pocas horas después, Arnaldo Otegi publicó en X un mensaje en euskera de despedida. Expresaba gratitud personal, afecto y, en una frase clave, agradecía a ‘Peixoto’ “haber puesto la patria por encima de todo”. Ese sintagma terminó de encuadrar el mensaje: no era una condolencia privada, sino un elogio político a la trayectoria militante del fallecido. Con esa carga, la reacción de víctimas y de la oposición fue inmediata.
En Arrasate, apareció también una pancarta con la imagen del difunto y la leyenda —en euskera— que, traducida, decía algo así como: “De la desesperanza a la esperanza, gracias por hacer país”. Ese encuadre —“hacer país”— forma parte de la liturgia del entorno abertzale cuando homenajea a veteranos. Para las víctimas, es otra cosa: enaltecimiento de una biografía ligada a la violencia y a crímenes sin esclarecer.
La sobrina de Humberto Fouz, Coral Rodríguez Fouz, difundió un comunicado tan duro como medido: acusó a Otegi de homenajear a quien estaba en el centro de su tragedia familiar, le pidió que aclare si conoce el destino de su tío y de sus amigos y cerró con una frase que explica la dimensión del choque: “Qué asco de patria la que está por encima del derecho a la vida”. Es una frase con destinatario doble: interroga a Otegi, sí, pero también a quienes comparten ese marco semántico —la patria antes que nada— y lo pronuncian sin matices.
Desde el entorno de las víctimas del terrorismo, especialmente COVITE, se reprochó que dirigentes políticos en activo respalden o rodeen actos —pancartas, mensajes— que dignifican a exmiembros relevantes de la organización. En su argumentario, no hay convivencia posible si se naturaliza la glorificación del pasado violento. El choque, por tanto, no se reduce a una discusión sobre libertad de expresión, sino que afecta a la arquitectura de la memoria democrática levantada en Euskadi y en toda España durante la última década.
Detenciones, procesos y lo que la justicia sí probó
Más allá de los símbolos, hay hechos documentados. El arresto en 1989 de ‘Peixoto’ en territorio francés y su procesamiento en 1993 dibujan el perímetro judicial: asociación de malhechores en el marco de una instrucción que investigó fábricas de explosivos, talleres y depósitos vinculados a ETA, así como una red de pisos de acogida en Bretaña. Aquellos procedimientos franceses, con rigor forense y fría parsimonia de archivo, señalan a ‘Peixoto’ como organizador clave de la retaguardia. Esa condición no es un detalle técnico. Sin pisos seguros y sin logística, la maquinaria clandestina no funciona.
Lo que no existe en el terreno judicial —y conviene subrayarlo— es una condena que atribuya a Pagoaga participación directa en la desaparición de Fouz, García Carneiro y Quiroga. Ahí hay una zona gris que complica el debate público: el relato histórico y periodístico lo señala con insistencia, mientras el expediente penal carece de una sentencia firme que lo certifique. Ese desfase entre verdad judicial y memoria social es exactamente el lugar donde los elogios políticos se vuelven explosivos.
A lo largo de los años, diversas piezas periodísticas y académicas han puesto en contexto su papel: cuadro orgánico, responsable logístico, referente para generaciones posteriores dentro del mundo abertzale. El atentado del BVE de 1979 reforzó su aura de “resistente”, un estatus que en la iconografía militante pesa mucho a la hora de construir mitologías. A ojos de quienes exigen verdad y reparación, esa misma aura blanquea y silencia. Dos mundos que se miran pero no se tocan.
Memoria pública y límites del homenaje
El País Vasco ha recorrido un camino largo desde el cese definitivo de la violencia anunciado por ETA en 2011. Se han multiplicado actos de reconocimiento, guías educativas, políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. La convivencia, con todas sus cicatrices, ha ganado terreno. Pero hay un punto en el que el consenso se resquebraja: el homenaje público a dirigentes o militantes con responsabilidad —probada o señalada— en la maquinaria de la organización.
¿Dónde está el límite? Legalmente, el margen es amplio mientras no se incurra en enaltecimiento del terrorismo tal como lo tipifica el Código Penal. Políticamente, la vara de medir es más alta, sobre todo cuando el homenaje procede de responsables con vocación de gobierno. En ese estándar, un mensaje que agradece a un dirigente histórico haber puesto la patria “por encima de todo” rompe el equilibrio que requieren los pactos de convivencia. Razón sencilla: aún hay familias sin cuerpo, casos sin autor reconocible, capítulos enteros sin verdad.
Las pancartas en calles de Arrasate —“gracias por hacer país”— y los obituarios que adoptan el léxico de la épica vuelven a sembrar la controversia. COVITE lleva años denunciando actos que, a su juicio, dignifican a presos o exmiembros. Cada año elabora recuentos, identifica lemas, convoca a las instituciones. La muerte de ‘Peixoto’ encaja en esa serie de choques: cuando la “cultura de la resistencia” se impone al marco de reparación, la convivencia se resiente.
La cronología mínima para entender qué se discute
El 24 de marzo de 1973 desaparecen Fouz, García Carneiro y Quiroga en San Juan de Luz. Se consolida con el tiempo la hipótesis de secuestro, tortura y asesinato por parte de militantes de ETA. No hay restos, no hay sentencia.
El 23 de enero de 1979, ‘Peixoto’ sobrevive a un atentado del BVE en la misma localidad francesa. Queda gravemente herido en los ojos. Su nombre solidifica dentro del universo abertzale.
En 1989, es detenido en Francia. En 1993, la justicia gala lo procesa por asociación de malhechores, dentro de las investigaciones de talleres y pisos que sostenían la estructura clandestina.
Entre 2018 y 2023, con motivo del cincuentenario del triple crimen, se reavivan informes, actos de recuerdo y demandas de las familias para recuperar restos y romper silencios. La memoria institucional en Euskadi actualiza el caso en materiales didácticos y bases de datos.
En diciembre de 2025, se conoce la muerte de ‘Peixoto’. Otegi le dedica un mensaje de homenaje en X; COVITE denuncia una pancarta de agradecimiento en Arrasate; Coral Rodríguez Fouz acusa al líder de EH Bildu de ensalzar a quien considera clave en la tragedia familiar y le exige información.
No es una sucesión fría. Son puntos de apoyo para entender por qué un simple texto en redes puede detonar una tormenta política y social.
Qué se le pide hoy a Otegi
En el epicentro queda una interpelación directa. A Otegi no se le discute su derecho a despedir a quien consideraba parte de su historia personal y política. Se le pide otra cosa: coherencia con el discurso que EH Bildu ha ido consolidando en materia de convivencia. Cuando la coalición se presenta como actor de gobierno, se espera una gramática pública que acompañe a las víctimas, que evite construir altares simbólicos a dirigentes señalados y que favorezca la verdad en los casos aún abiertos. El triple asesinato de 1973 es uno de ellos.
La familia Fouz lleva años reclamando información concreta. No quiere comunicados; necesita datos: dónde buscar, quién habló, qué se hizo aquella noche. El mensaje de Otegi, por su contenido y por su momento, fue percibido como un paso en sentido contrario. Podía haber optado por la contención: un pésame sobrio, sin adjetivos. Eligió un elogio que convirtió un obituario en un acto político.
El liderazgo consiste también en medir la carga de las palabras. En un país donde las cicatrices del terrorismo están vivas, invocar la patria “por encima de todo” en la despedida de un dirigente histórico de ETA implica alinearse con un relato que no repara a las familias que siguen esperando huesos y verdad. En resumen: no es una polémica de salón; es una cuestión de responsabilidad pública.
Una discusión que vuelve porque nada está del todo cerrado
La desaparición de los tres gallegos es un vacío que organiza, todavía hoy, el debate en torno a la memoria del terrorismo. Cada aniversario, cada hallazgo, cada obituario relevante devuelve a la primera línea los mismos nombres y las mismas preguntas. El alias de ‘Peixoto’ siempre estuvo ahí, a caballo entre el archivo judicial, el relato periodístico y la memoria militante. Su fallecimiento no cambia ese mapa; lo ilumina.
También reaparece el viejo desfase entre memoria institucional y memoria de las víctimas. Las instituciones han avanzado en marcos pedagógicos y reconocimientos; los familiares, en cambio, piden hechos: información, mapas de búsqueda, señalamientos. En esa grieta, los homenajes de dirigentes políticos son dinamita. No porque estén prohibidos, sino porque descosen el tejido de confianza que costó años, y lágrimas, coser.
Los nombres propios ayudan a entenderlo. José Manuel Pagoaga Gallastegui fue detenido y procesado por su papel en la logística de ETA en Francia; sobrevivió a un atentado del BVE; su alias aparece vinculado históricamente a la desaparición de Fouz, García Carneiro y Quiroga. Arnaldo Otegi, hoy referente de una coalición con opciones de gobierno, optó por despedirlo con un agradecimiento público que lo eleva a ejemplo. Coral Rodríguez Fouz respondió con una acusación clara y una exigencia concreta: información.
No hay misterio. Lo que irrita no es la muerte de un dirigente viejo ni el duelo íntimo de quienes lo trataron; lo que irrita es la decisión política de santificar su biografía en abierto, sin una sola referencia al dolor que esa biografía proyecta sobre tres familias que todavía esperan. Y que esperan desde 1973.
Lo que convendría no perder de vista
Los hechos que sostienen la controversia son claros y conviene fijarlos sin hipérboles. ‘Peixoto’ fue un nombre clave en la retaguardia de ETA en Francia; detenido en 1989, procesado en 1993 por su papel en talleres y pisos de la organización; herido en 1979 por el BVE. Su alias está ligado desde hace medio siglo al triple crimen de San Juan de Luz, un caso sin sentencia ni restos. Otegi eligió agradecer públicamente su trayectoria, con una frase —“la patria por encima de todo”— que choca con los estándares mínimos de empatía que se reclaman a quien aspira a gobernar. Y una víctima, Coral Rodríguez Fouz, le recordó en voz alta lo que debería ser obvio: que ninguna patria está por encima del derecho a la vida.
Nada impide a EH Bildu seguir construyendo su espacio en la política institucional; sí hay algo que estorba esa construcción: la intermitencia entre el lenguaje de la convivencia y la liturgia del homenaje. En casos como este, no caben las dos cosas a la vez. La convivencia se escribe con hechos verificables y palabras medibles. Una línea de texto puede parecer poca cosa. Aquí no lo fue.
Una verdad elemental suele abrirse paso en el ruido: hay familias que aún esperan oír dónde buscar a Fouz, García Carneiro y Quiroga. Ese es el punto de apoyo que faltó en el mensaje de despedida. Sin esa pieza, cualquier elogio a un dirigente histórico sonará, una y otra vez, a provocación. Y la discusión —inevitable— volverá a empezar.

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