Historia
Qué es Janucá, la fiesta judía de la luz: ¿cómo y cuándo es?

Qué es Janucá: origen, símbolos y fechas; cómo se celebra la fiesta de las luces y por qué se encienden velas, con contexto tras Bondi Beach.
La Janucá —también escrita Hanukkah— es la fiesta judía de las luces, un ciclo de ocho noches que conmemora la rededicación del Segundo Templo de Jerusalén tras la victoria de los macabeos sobre el dominio seléucida en el siglo II a. C. Es una celebración luminosa y muy participativa que se vive sobre todo en el hogar, con el encendido progresivo de una hanukkiá (candelabro de nueve brazos), bendiciones y canciones. No es una solemnidad mayor como Pésaj o Yom Kipur, pero ocupa un lugar central en la cultura judía contemporánea porque combina memoria histórica, identidad religiosa y un simbolismo directo y alegre: encender luz en la oscuridad.
En el calendario hebreo, Janucá cae siempre el 25 de kislev y dura ocho días. En 2025, comienza al anochecer del domingo 14 de diciembre y concluye la noche del lunes 22 de diciembre. El primer día completo será el lunes 15 y la última vela se enciende la tarde-noche del 22. Al tratarse de un calendario lunisolar, la fecha se mueve cada año en el calendario gregoriano, pero la lógica de la fiesta es estable: ocho encendidos, uno más cada jornada, hasta que el candelabro queda lleno de luz. Ese gesto sencillo organiza comidas familiares, reuniones comunitarias y también actos públicos en plazas y edificios, con una intención clara: hacer visible el milagro y la resistencia de una tradición que no se apaga.
Origen histórico: los macabeos, el Templo y una luz que regresa
El trasfondo histórico de Janucá se sitúa en el siglo II a. C., cuando Antíoco IV Epífanes, monarca del imperio seléucida, impuso medidas que afectaron la práctica religiosa judía: prohibiciones de ritos, profanación del Templo de Jerusalén y presiones de helenización. La respuesta fue la revuelta de los macabeos, una familia sacerdotal liderada por Matatías y su hijo Judá, que organizó una resistencia armada y, tras una campaña compleja, recuperó el control del Templo. El momento simbólico llegó con la purificación del santuario y su rededicación (de ahí el término “janucá”, que alude a dedicación), celebrada con un octavario de alegría, música y sacrificios.
La tradición rabínica incorporó a ese núcleo histórico un relato pedagógico que se popularizó en siglos posteriores: el “milagro del aceite”. Según esta memoria, al reconquistar el Templo apenas se halló una pequeña vasija de aceite puro para mantener encendida la menorá —lámpara del santuario— durante un solo día; sin embargo, la llama ardió ocho, el tiempo necesario para preparar un nuevo aceite según la normativa ritual. La combinación de ambos planos —victoria histórica y enseñanza espiritual— explica el ADN de la fiesta: hay acción humana y hay confianza religiosa, hay disciplina y hay sorpresa; en suma, hay luz cuando no parecía posible.
Calendario y cómputo: por qué “baila” cada año
El calendario judío es lunisolar: los meses se rigen por la luna, pero se ajustan al año solar con intercalaciones periódicas. Esa ingeniería hace que las fiestas mantengan su estación (Pésaj en primavera, Sukkot en otoño… y Janucá en el tramo final del año), aunque su fecha gregoriana cambie. Por eso Janucá puede caer a finales de noviembre, a mediados de diciembre o rozar la Navidad. Lo que no varía es la ancla hebrea: 25 de kislev, ocho noches seguidas.
Otro detalle importante: los días comienzan al anochecer. De ahí que se hable de “primera noche” para el encendido inicial y “primer día” para la jornada siguiente. En 2025, la primera vela se enciende la tarde del domingo 14 de diciembre, y la última, la noche del lunes 22. Esta cronología marca también la organización de actos públicos, que suelen empezar poco antes de la puesta de sol para llegar al encendido comunitario a la hora exacta.
Rituales y símbolos: la hanukkiá, el shamash y la pedagogía de la luz
El corazón de Janucá late en torno a la hanukkiá, un candelabro con nueve brazos: ocho representan cada noche de la fiesta y uno —el shamash o “servidor”— sirve para encender las demás velas. Conviene no confundirla con la menorá del Templo, que tenía siete brazos; la hanukkiá nació para señalar el milagro en el ámbito doméstico y comunitario.
El encendido tiene su orden. Se colocan las velas comenzando por la derecha y se encienden de izquierda a derecha, empezando por la vela nueva de cada noche. Antes, se recitan bendiciones que proclaman la santidad del acto y, en la primera noche, se añade el Shehejeianu, la fórmula de gratitud por llegar a un nuevo tiempo de celebración. Muchas familias cantan “Maoz Tzur” tras el encendido; en la liturgia diaria y en la acción de gracias después de comer (Birkat Hamazón), se introduce el párrafo “Al Hanisim” (“por los milagros”), que condensa la historia y su sentido.
La ubicación de la hanukkiá no es un detalle menor. Siempre que sea posible, se coloca en un lugar visible hacia el exterior —una ventana, junto a la puerta— para cumplir con el principio de pirsumei nisa, “publicitar el milagro”. La llama, pequeña pero insistente, se asoma a la calle. Cuando la seguridad o la discreción lo aconsejan, también se coloca hacia el interior; la prioridad es encender y transmitir.
Janucá no impone restricciones laborales como otras festividades. Eso la hace especialmente familiar y accesible: el ritual dura unos minutos, puede repetirse en la diáspora al final de la jornada, convoca a niñas y niños, y deja espacio para cenas y encuentros sin imposiciones estrictas. El tono es claramente festivo y doméstico.
Cómo se encienden las velas, paso a paso (sin prisas, con sentido)
El protocolo —que tantas casas han memorizado— admite variaciones de costumbre, pero hay un esqueleto común. Primero, se prepara la hanukkiá con las velas correspondientes a la noche (una en la primera, dos en la segunda, y así hasta ocho). Segundo, se enciende el shamash y se recitan las bendiciones (dos cada noche, tres en la primera). Tercero, con el shamash se prende la vela nueva —la más a la izquierda— y después las demás, avanzando hacia la derecha. En algunos hogares se cantan estrofas de Maoz Tzur o piezas tradicionales en yidis, hebreo, ladino o la lengua del país; en otros, se deja un silencio breve para mirar la llama. Ese minuto de contemplación forma parte del rito tanto como la palabra.
La duración mínima recomendada para las velas es que ardan al menos media hora después de la puesta de sol. En lugares fríos —o con corrientes— se ajustan los materiales: velas o aceite con mechas, uno y otro con sus propios sabores sensoriales. A partir de ahí, empieza lo que muchas familias llaman “la segunda parte de Janucá”: comer, charlar, jugar.
Sabores, juegos y voces: aceite en la mesa, risas en torno a la peonza
Si la historia habla de aceite, la mesa lo celebra. En mundos ashkenazíes, la estrella son los latkes, tortitas de patata —a veces con cebolla, a veces con zanahoria— que se fríen y se sirven con compota de manzana o crema agria. En la tradición sefardí y mediterránea brillan las sufganiot, berlinas o rosquillas rellenas de mermelada, crema pastelera o chocolate. Hay también versiones del bimuelos y otros dulces fritos en aceite que viajan desde el Magreb hasta los Balcanes, con especias y acentos locales. La cocina de Janucá es un mapa de la diáspora.
El dreidel —o sevivón— pone juego a la velada. Es una peonza con cuatro letras hebreas: nun, guímel, hei y shin (en Israel, pe en lugar de shin). Ese acrónimo recuerda que “un gran milagro sucedió allí” (o “aquí”, si estás en Israel). La mecánica es simple y algo traviesa: se juega con monedas de chocolate —gelt— o pequeñas fichas; según la letra que caiga, el jugador gana todo, la mitad, una o nada. Entre giro y giro, la historia de Janucá vuelve a contarse sin solemnidad, con el humor que dan las sobremesas.
No faltan canciones. Las familias han cantado “Maoz Tzur” durante siglos; en los últimos decenios han surgido versiones en formas y estilos muy diversos, desde coros tradicionales hasta arreglos contemporáneos. En muchas escuelas judías —y en no pocas públicas— se trabaja Janucá como patrimonio cultural, con talleres de manualidades, presentaciones musicales y encuentros entre generaciones.
Del salón a la calle: encendidos públicos y vida comunitaria
Aunque el encendido doméstico es el núcleo irrenunciable, las últimas décadas han visto crecer los encendidos públicos en plazas, ayuntamientos, universidades y espacios culturales. Suelen organizarse a partir de redes comunitarias —con un papel relevante de movimientos como Chabad o asociaciones locales— y congregan a familias, vecinos, autoridades y curiosos. El guion es reconocible: música breve, algunas palabras, hanukkiá monumental y reparto de sufganiot o dulces.
Ese salto al espacio público responde a una intuición central de la fiesta: “publicitar el milagro”. En sociedades abiertas, la visibilidad de Janucá funciona como pedagogía cívica: recuerda la libertad de culto, combate clichés e invita a compartir una ceremonia breve y amistosa. También exige organización: horarios coordinados con la puesta de sol, permisos, accesos, planes de seguridad proporcionados. La vida comunitaria se ensancha a la vista de todos.
Significado teológico y cívico: la resiliencia hecha rito
Janucá no impone ayuno ni prohíbe trabajar; su vocabulario no es la restricción, sino la resiliencia. Una llama que crece de una en una noche, la memoria de un Templo que vuelve a la vida, la celebración de una identidad religiosa sin crisparse. Ese equilibrio explica la vigencia de la fiesta en la diáspora y en Israel. Para algunas personas, Janucá es ante todo historia; para otras, es milagro; para tantas, es comunidad. En todos los casos, el gesto es el mismo: encender.
En términos de práctica religiosa, se insiste en la idea de “hiddur mitzvá”, embellecer el precepto. De ahí que muchas familias busquen hanukkiot con diseños cuidados, que el canto se haga con mimo, que se procure que las velas ardan el tiempo debido, que se invite a vecinos y amistades. La belleza de la forma no es un adorno caprichoso: ayuda a que el rito enseñe y permanezca.
Variantes, costumbres locales y pequeñas preguntas prácticas
Como en todo ciclo festivo vivo, hay variantes. Algunas familias encienden con aceite porque conecta mejor con el Templo; otras eligen velas por comodidad. Unas cantan piezas tradicionales en hebreo; otras prefieren repertorio en ladino o en la lengua del país. Hay hogares que colocan la hanukkiá en el alféizar de la ventana y otros que, por seguridad o por vecindad, la sitúan en el interior. Todo cabe dentro de una gramática común.
Surgen también preguntas prácticas cada año: ¿y si alguien llega tarde a casa? ¿Se puede encender después de la hora habitual? La respuesta, a grandes rasgos, es que la mitzvá se mantiene mientras haya gente despierta y la luz pueda cumplir su función de visibilizar el milagro. ¿Qué pasa con los niños pequeños? Janucá es, por diseño, una escuela amable: participan desde muy pronto, encienden con ayuda, juegan, cantan y aprenden a reconocer el ritmo de la fiesta. ¿Hay regalos? En muchas comunidades se han popularizado pequeños obsequios a lo largo de los ocho días, una práctica moderna que varía según el país y la familia.
Fechas de 2025 y cómo se integran en la vida cotidiana
La edición de 2025 es canónica en su coreografía: primera vela la tarde del domingo 14 de diciembre, primer día completo el lunes 15 y última vela la noche del lunes 22. En ciudades del hemisferio norte, el invierno añade su propio telón de fondo, y ese contraste —frío fuera, calor de velas dentro— multiplica el efecto simbólico. En el hemisferio sur, Janucá coincide con el verano y la vida al aire libre; de ahí el auge de encendidos en playas, parques y plazas.
Para quienes trabajan o estudian, el ritual encaja en la rutina: llegar a casa, preparar la hanukkiá, bendecir, encender, cantar y sentarse a la mesa. Muchas instituciones judías programan conciertos, mercadillos y charlas sobre historia y tradiciones; escuelas y sinagogas organizan actividades con niños y mayores, y no faltan iniciativas solidarias —recaudaciones, recogida de alimentos— que conectan la luz de Janucá con la ayuda concreta a quienes la necesitan.
Cultura, arte y memoria: de las vitrinas a las ventanas
La iconografía de Janucá ha generado un universo visual propio: hanukkiot de plata en vitrinas antiguas, diseños contemporáneos en cerámica, vidrio o metal, arte gráfico con velas estilizadas y carteles de encendidos públicos. En la literatura y el cine, la fiesta aparece como telón de fondo de escenas domésticas, momentos de reencuentro o giros de trama que necesitan una luz; en la música, desde coros sinagogales a propuestas pop, el repertorio se renueva sin romper su esqueleto.
En los últimos años, museos y centros culturales han dedicado exposiciones a hanukkiot históricas, con piezas que cuentan la diáspora en sus materiales y sus formas: una base yemení junto a un diseño vienés del XIX, una pieza de Fez junto a otra de Odesa. Es un patrimonio que pasó de generación en generación y que hoy dialoga con objetos nuevos, impresiones en 3D, materiales sostenibles y creatividades locales. Todo sirve para contar la misma historia: ocho noches, una luz que crece.
Ocho noches, un mensaje que no pierde vigencia
La utilidad contemporánea de Janucá no se mide solo en calendario; se mide en gestos. Encender, compartir una mesa, jugar con una peonza, cantar juntos, recordar una victoria improbable y un aceite que duró más de lo esperado. Son acciones pequeñas que, sumadas, producen una memoria robusta y una comunidad reconocible. Y esa es la razón por la que, año tras año, el ciclo no se desgasta: enseña a mirar la luz cuando los días son más cortos —o cuando el ánimo lo es— y a hacerla visible.
En 2025, con el calendario ya marcado entre el 14 y el 22 de diciembre, Janucá vuelve a proponer su itinerario sin estridencias: preparar la hanukkiá, bendecir, encender, mirar, cantar, comer y, si toca, jugar. La fuerza de su fórmula está en la constancia: una vela hoy, dos mañana, ocho al final. Lo que parecía poco, alcanza. Lo que parecía débil, permanece.
Lo esencial de Janucá cabe en una imagen: una llama pequeña encendida con cuidado, multiplicándose durante ocho noches hasta llenar el candelabro. Ese crecimiento ordenado, sin prisas, es lección y rito a la vez. Historia de resistencia, memoria de un Templo que se reabrió, alegría de una casa que se llena. Y un calendario claro para 2025: primera vela el 14 de diciembre al anochecer, última vela el 22. Entre medias, el rumor de las cocinas, los coros improvisados, la risa alrededor del dreidel y el brillo de una tradición que —sin imponerse— ilumina.
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Este artículo se ha elaborado con información de fuentes oficiales y contrastadas. Fuentes consultadas: RTVE, Centro Sefarad-Israel, Federación de Comunidades Judías de España, National Geographic, Reuters.












