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¿Por qué Quequé se retira de los medios tras Adamuz?

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Quequé se retira de los medios tras Adamuz

Foto: Wiki

Quequé para Hora Veintipico en la SER tras la polémica por la parodia a Nacho Abad y las críticas ligadas al accidente ferroviario de Adamuz.

Quequé, nombre artístico de Héctor de Miguel, ha anunciado una retirada temporal de la escena mediática y un parón en ‘Hora Veintipico’ (Cadena SER) después de días de polémica por una parodia sobre Nacho Abad en pleno debate social por el accidente ferroviario de Adamuz. Lo explica como una decisión que venía rumiando, acelerada por “lo acontecido en las últimas horas”, y la envuelve en dos ideas que se repiten: desgaste personal y defensa cerrada de su equipo.

En su comunicado, entre líneas de agradecimiento y autoparodia, hay una frase que ha corrido casi tan rápido como los clips: no tiene “madera de héroe” y “no le apetece ser un mártir”. Pide disculpas si lo emitido estos días ha molestado, insiste en que la intención fue hacer comedia con lo que rodeaba la desgracia y niega de forma tajante haber faltado al respeto a las víctimas; en paralelo, asume que, a estas alturas, cualquier gesto se mide con lupa y que él ya no está para convertirse en símbolo de nada.

El parón anunciado: Quequé se aparta y deja ‘Hora Veintipico’

La noticia no llega en frío. Llega con el eco de una semana rara, de esas que se mastican en redes como si fueran pipas: tragedia, tertulia, indignación, vídeos recortados, respuestas en caliente. En ese contexto, Héctor de Miguel publica su texto y deja claro que el descanso no es un “me voy para siempre”, pero tampoco un “vuelvo mañana”. Es un freno. Y cuando un comunicador frena así, con un comunicado largo, con ese tono de “hasta aquí”, la pregunta inevitable se queda flotando: qué ha pasado exactamente para que el humorista que presume de aguantar tormentas decida, ahora, bajarse del escenario.

En su carta repasa 25 años de trayectoria y los lugares por donde ha pasado: radio, teatros, televisión, bares, redes. Se presenta como alguien que llegó “sin estudios ni padrinos” y que, entre bromas, ha vivido de hablar en público lo justo para “madrugar lo menos posible”. Esa forma de contarlo —ligera en la superficie, con cansancio debajo— es parte del personaje y, a la vez, una pista del momento. En el mismo texto, agradece a la Cadena SER el apoyo, recuerda etapas anteriores y señala ‘Hora Veintipico’ como “el mejor programa” que ha hecho, precisamente el que ahora deja en pausa.

Hay otro detalle importante: no se limita a decir “me voy”, sino que protege el trabajo colectivo. En su explicación aparece una defensa de quienes hacen el programa con él, como si la retirada fuese también un parapeto para que el golpe no se lo lleven otros. Y ahí, sin pronunciarlo con solemnidad, se asoma una realidad conocida por cualquiera que haya visto cómo se cocina el ruido en internet: cuando un clip prende, el incendio busca nombres propios, y el nombre más visible suele ser el que termina chamuscado.

La parodia de Nacho Abad que encendió la mecha

En el centro de la polémica está un clip viral en el que Quequé parodia al periodista Nacho Abad y lo hace desde el registro clásico del programa: caricatura, espejo deformante, el gesto exagerado que pretende subrayar una idea. El propio El País recoge que ese fragmento se movió con fuerza y fue señalado por críticos como una burla “en pleno luto” por la tragedia de Adamuz; el humorista, por su parte, sostiene que lo que hicieron fue reírse de lo que había alrededor, del ruido, del contexto, no de las víctimas. Es la frontera que él dibuja… y la que muchos no aceptan.

Del plató de Cuatro al gag en la SER

La parodia no aparece de la nada. Se alimenta de una secuencia previa que también corrió por redes: Nacho Abad viviendo un momento de tensión en ‘En boca de todos’ (Cuatro) con un invitado del ámbito ferroviario que pedía prudencia y respeto mientras se debatían posibles causas del siniestro. El invitado, según esos relatos, termina cortando la conexión por “respeto a las víctimas”; Abad se enciende y suelta la frase que se convirtió en titular: “A mí no me da lecciones ni Dios”, rematándola con una defensa de horas de directo y contacto con víctimas.

A la vez, se suma otra pieza que enciende la conversación: la crítica a cómo algunos formatos televisivos convirtieron la tragedia en espectáculo, con imágenes delicadas y debates a gran volumen. En Público, por ejemplo, se menciona el malestar por la emisión de imágenes sensibles (pixeladas, sí, pero discutibles) en ‘Código 10’, y ese clima de reproche público es el caldo en el que un sketch satírico encuentra gasolina.

En ese punto se cruzan dos lógicas que chocan como trenes en vía única: la del humor que busca señalar una manera de narrar el dolor y la de una parte del público que interpreta que, en ciertos momentos, la risa llega tarde o llega donde no debe. Quequé intenta explicar que su dardo iba al entorno —al tono, a la impostura, a lo que él considera sobreactuación o moralina de plató— y no a quienes han perdido a alguien. Quien lo compra, lo compra; quien no, no. Y así, en cuestión de horas, el debate deja de ser “qué se vio en televisión” y pasa a ser “qué se puede parodiar cuando hay muertos recientes”.

Hay una frase que se repite en titulares porque es redonda y porque suena a defensa con filo: si la parodia “escoció”, fue porque el “dardo” dio en la diana. Traducido a lenguaje de calle: si te pica, algo habrá. Esa idea también es gasolina: a quienes se sintieron insultados les parece una provocación; a quienes lo defienden, una forma de decir que la sátira cumple su función cuando incomoda.

Adamuz, Gelida y el mapa del desastre

El problema de fondo, el que hace que todo lo demás pese más, es que Adamuz no es un tema abstracto. Es un lugar, una fecha, unos vagones, un recuento de muertos y heridos, familias esperando noticias, teléfonos ardiendo. El 18 de enero se produjo el choque entre un tren Iryo y un Alvia en el entorno de Adamuz (Córdoba), con un balance de 45 fallecidos, según la información difundida en esos días. Y cuando una tragedia tiene ese tamaño, cualquier gesto público alrededor se vuelve más frágil: lo que en otra semana sería “humor sobre televisión”, aquí se percibe como “humor con la tragedia”, aunque el objetivo declarado no sea ese.

El debate, por cierto, no se quedó solo en Adamuz. En los mismos días se habló también de un accidente en Rodalies que alimentó la conversación sobre seguridad ferroviaria y tratamiento mediático del suceso. Público lo cita como parte del contexto de críticas a la cobertura televisiva y a la forma de debatir en plató cuando aún hay investigación abierta.

La pista del carril fracturado y la cadena de minutos

En Adamuz, mientras la discusión pública se calentaba, la investigación seguía su ritmo, que suele ser desesperante para quien busca certezas rápidas. En los avances que fueron trascendiendo, la hipótesis con más peso señalaba una fractura de carril en una zona de soldadura como posible desencadenante del descarrilamiento del Iryo, con una secuencia posterior: el tren se sale, invade la vía contraria y se produce el choque. Los primeros informes apuntaban a indicios compatibles con esa fractura previa al paso del convoy, y a la necesidad de análisis adicionales para confirmarlo con cálculos y pruebas.

Lo que ya se sabe y lo que no

Hay datos que ayudan a entender por qué los expertos piden calma y por qué el “por qué” no cabe en un tuit. Se habla de marcas en ruedas, de deformaciones del carril, de un tramo concreto —unos centímetros que, en una vía, pueden significar la diferencia entre rutina y catástrofe— y de un encadenamiento de tiempos muy preciso: qué trenes pasaron antes, a qué hora, qué señales quedaban registradas, qué parte del material sufrió primero. Todo eso, leído en frío, suena a mecánica; vivido en caliente, es un país mirando a un punto de metal y preguntándose cómo puede romperse la confianza de un sistema por una fisura. Y mientras ese rompecabezas se arma, las tertulias intentan rellenar huecos con palabras, a veces con prudencia, a veces con exceso.

Ese exceso es, precisamente, lo que convierte a figuras como Abad en objeto de crítica y a satíricos como Quequé en blanco de reproches. Porque en el mismo espacio público conviven el informe técnico que tarda semanas, la cámara que necesita contenido hoy, la red que quiere culpables ya, y la comedia que trabaja con el presente inmediato. La mezcla puede ser explosiva: el dato aún no está, pero la emoción ya se desbordó.

Cuando el micrófono se apaga

La retirada de Quequé no cierra nada, aunque parezca un portazo. Deja un hueco real en ‘Hora Veintipico’, un programa que se había consolidado como uno de los formatos más reconocibles de humor político y social en radio y redes, y deja también una señal sobre el momento mediático: hay semanas en las que un chiste no es un chiste, es un titular; una parodia no es un sketch, es un bando; y un comunicado personal se lee como declaración de guerra o rendición, según quién lo comparta.

En su texto, el humorista intenta una salida que no sea ni derrota ni desafío: se disculpa por las molestias, reivindica el trabajo hecho, denuncia que se le atribuyan intenciones que niega (“están mintiendo”, viene a decir sobre quienes aseguran que faltó al respeto) y se baja del foco porque el cuerpo se lo pide. Ahí está la clave, más terrenal que épica: fatiga, ruido, exposición. La misma red que aúpa un clip puede triturar una carrera en un fin de semana, y ese mecanismo —impersonal, repetitivo, casi automático— no necesita razón; le basta con velocidad.

Queda, también, la fotografía más incómoda de estos días: el país entero discutiendo sobre un presentador, un humorista y un plató mientras, en paralelo, se van confirmando detalles de una tragedia ferroviaria que exige respuestas, responsabilidades y reformas. Dos conversaciones que deberían ir separadas y, sin embargo, se mezclaron como tinta en agua: el duelo y el show, el informe técnico y el grito, la prudencia y el “yo llevo nueve horas en directo”, el gag y el corte de conexión “por respeto”. En medio, Adamuz como nombre propio que pesa, no como etiqueta.

Quequé se retira temporalmente y, con ese gesto, convierte el foco en otra cosa: ya no es solo “lo que dijo”, sino “qué pasa cuando lo que se dice, en radio o en televisión, se convierte en prueba moral inmediata”. A veces el silencio funciona como freno de mano. Otras veces es solo el sonido que queda después de un frenazo: ruedas contra hierro, chispas, y un tramo de conversación pública que se sigue escribiendo sin él.


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Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, Cadena SER, Público, AS, El Confidencial.

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