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Emiratos busca una salida a Ormuz con un nuevo oleoducto

Fuyaira ofrece una salida al crudo emiratí, pero no puede reemplazar el corredor que concentra el comercio del Golfo.

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Emiratos Árabes Unidos acelera un nuevo oleoducto para llevar más crudo hasta Fuyaira y reducir la parte de sus exportaciones que depende del estrecho de Ormuz. La infraestructura, prevista para entrar en servicio en 2027, pretende duplicar la capacidad de salida de ADNOC por ese puerto, situado en la costa del golfo de Omán, al otro lado del paso marítimo más vulnerable del Golfo Pérsico.

La decisión no significa que el país pueda prescindir de Ormuz ni que el nuevo trazado vaya a sustituir las rutas marítimas de la región. Es una apuesta por rebajar un riesgo concreto: que una crisis, un cierre o una amenaza militar deje bloqueada una parte de los ingresos petroleros emiratíes. El objetivo es ganar margen de maniobra, no trasladar todo el comercio del Golfo a una única tubería.

Una salida terrestre frente a un cuello de botella marítimo

Ormuz conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo. En su tramo más estrecho mide alrededor de 54 kilómetros, pero su importancia no se explica solo por la distancia: por ese corredor pasan enormes volúmenes de petróleo y gas que abastecen a los mercados internacionales. En 2025 circularon por allí unos 20 millones de barriles diarios de crudo y productos petrolíferos, cerca de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo.

La concentración de tráfico convierte cualquier episodio de tensión en algo más que un problema para los países ribereños. Si los buques no pueden navegar con normalidad, los compradores buscan cargamentos alternativos, pueden aumentar los costes de transporte y seguros y se altera la percepción de cuánto combustible habrá disponible. El precio no depende solo de que falte petróleo: también reacciona al riesgo de que no llegue a tiempo o de que resulte más caro transportarlo.

La dependencia se extiende al gas natural licuado, en particular a las exportaciones de Catar, que utilizan el estrecho para alcanzar los mercados. En caso de interrupción, no todo ese flujo puede desviarse por oleoductos: el gas licuado necesita instalaciones específicas para procesarlo, cargarlo y transportarlo. Por eso la vulnerabilidad de Ormuz afecta a varios sectores a la vez y no se resuelve con una ruta alternativa para el crudo.

Fuyaira, el puerto que evita el paso más expuesto

Fuyaira ocupa una posición distinta de los grandes puertos emiratíes del golfo Pérsico. Está en la costa oriental del país, frente al golfo de Omán, y los petroleros que salen desde allí pueden incorporarse a las rutas del mar Arábigo sin cruzar el estrecho. Para Abu Dabi, esa ubicación transforma la costa en una puerta de exportación menos dependiente de Ormuz.

Emiratos ya dispone de una conexión terrestre entre los yacimientos de Habshan, en Abu Dabi, y la terminal de Fuyaira. El oleoducto, conocido como Habshan-Fuyaira o Abu Dhabi Crude Oil Pipeline, tiene unos 406 kilómetros y puede transportar hasta 1,8 millones de barriles diarios, según los datos recogidos en el material de referencia. Permite que una parte del petróleo llegue a la costa oriental sin recorrer por mar el tramo más expuesto.

El proyecto West-East Pipeline añade una segunda capa a esa estrategia. El anuncio oficial plantea duplicar la capacidad exportadora de ADNOC a través de Fuyaira y acelerar las obras para que pueda operar en 2027, pero no se han divulgado todos los detalles técnicos ni una cifra completa de capacidad para el nuevo trazado. Duplicar la capacidad por Fuyaira no equivale a duplicar toda la producción nacional: describe una ampliación de la salida disponible por esa terminal.

La infraestructura tampoco aparece aislada. Los planes emiratíes contemplan reforzar el papel de los puertos orientales, entre ellos Fuyaira, Dibba y Khor Fakkan, y mejorar sus conexiones con las zonas productoras y los centros logísticos. También se estudian nuevas instalaciones y conexiones terrestres. Parte de esas iniciativas sigue en fase de evaluación, de modo que no conviene confundir una dirección estratégica con obras ya terminadas o con un calendario cerrado.

La tubería reduce un riesgo, pero no lo hace desaparecer

El oleoducto desplaza parte del recorrido desde el mar hacia tierra. Eso evita que cada barril transportado por esa ruta tenga que cruzar Ormuz, pero introduce otras dependencias: estaciones de bombeo, terminales, almacenamiento y tramos de infraestructura que también pueden sufrir daños o interrupciones. La seguridad mejora al repartir los puntos vulnerables, no al eliminarlos por completo.

Una terminal fuera del estrecho tampoco garantiza que los petroleros naveguen sin peligro una vez cargados. Fuyaira queda fuera del paso, pero sigue formando parte de una región donde las tensiones pueden afectar a puertos, buques, seguros y rutas del golfo de Omán. La diferencia es importante: un riesgo geográfico concentrado se convierte en un conjunto de riesgos distintos, que pueden ser más manejables, pero no dejan de existir.

El cambio tiene además límites físicos. Los buques cisterna pueden mover grandes cantidades de petróleo de manera flexible, mientras que una tubería exige una inversión elevada y una capacidad fija. Incluso si Emiratos amplía su propia salida, no hay una red terrestre capaz de absorber todo el petróleo y el gas que habitualmente cruzan Ormuz. La alternativa sirve como válvula de alivio, no como desvío equivalente.

La Agencia Internacional de la Energía estima que las rutas alternativas existentes en la región pueden redirigir entre 3,5 y 5,5 millones de barriles diarios, frente a los cerca de 20 millones que suelen transitar por el estrecho. La comparación muestra por qué la diversificación importa y, al mismo tiempo, por qué no basta para reemplazarlo. Aunque Emiratos amplíe Fuyaira, el resto de productores no obtiene automáticamente una salida propia.

Una estrategia nacional en un problema regional

La apuesta emiratí protege sobre todo sus propios intereses. Arabia Saudí cuenta con una ruta este-oeste que lleva petróleo desde sus campos orientales hasta Yanbu, en el mar Rojo. Emiratos refuerza su conexión con Fuyaira. En cambio, países como Kuwait, Catar, Baréin e Irak dependen mucho más del paso para sus exportaciones. Las alternativas no se reparten de forma igualitaria: dependen de la geografía, de las infraestructuras existentes y de la inversión que cada Estado pueda sostener.

Arabia Saudí construyó su oleoducto hacia el mar Rojo durante la guerra entre Irán e Irak, cuando los ataques a buques mercantes ya habían demostrado que las rutas marítimas podían convertirse en objetivo. La red, de unos 1.200 kilómetros, ofrece una vía de circunvalación, aunque su capacidad y la de sus terminales no convierten al mar Rojo en una solución ilimitada. Los desvíos también pueden trasladar la presión a otros corredores y puertos.

La experiencia de otros proyectos confirma ese matiz. Irán ha desarrollado un oleoducto desde Goreh hasta Jask, en el golfo de Omán, diseñado para transportar hasta un millón de barriles diarios sin atravesar Ormuz. Sin embargo, las sanciones y las limitaciones de la infraestructura terminal han mantenido su actividad muy por debajo de la capacidad prevista. Construir una tubería no basta: hacen falta instalaciones operativas, acceso a compradores y condiciones políticas que permitan utilizarla.

También se han planteado rutas nuevas o reactivadas para el petróleo iraquí, incluidas conexiones hacia Turquía, Siria o Jordania. Algunas podrían ofrecer acceso al Mediterráneo o al mar Rojo, pero tropiezan con dificultades de financiación, disputas políticas y problemas de seguridad en los territorios que atravesarían. Una ruta alternativa puede reducir la influencia de un punto de paso y, a la vez, aumentar la dependencia de los países de tránsito.

El oleoducto también habla de poder y de seguridad

La urgencia de la obra se entiende mejor en un contexto de ataques y amenazas en la región. Emiratos ha denunciado agresiones contra su territorio e instalaciones, mientras que un petrolero kuwaití atracado en el puerto de Dubái fue alcanzado por un proyectil iraní, según la información de referencia. Cuando los puertos y las infraestructuras energéticas quedan expuestos, la continuidad del comercio deja de ser una cuestión puramente técnica.

Abu Dabi también ha defendido la libertad de navegación en foros internacionales y ha respaldado una resolución de la Organización Marítima Internacional que condenaba el cierre del estrecho. A la vez, ha presionado para impulsar una respuesta internacional y se ha mostrado dispuesto a respaldar medidas destinadas a reabrir el tráfico. La posición tiene una lógica doble: reclamar que Ormuz siga abierto mientras se construyen alternativas para depender menos de él.

Ese equilibrio explica por qué Emiratos puede buscar una salida diplomática y, al mismo tiempo, contemplar opciones de presión militar. La seguridad de la navegación sostiene sus exportaciones, pero una participación directa en un conflicto con Irán también entrañaría riesgos para sus puertos, su población y su economía. La infraestructura reduce parte de la exposición; no elimina las consecuencias de una escalada regional.

La disputa tiene además un componente territorial. Emiratos considera propias las islas de Abu Musa y las Tunb, bajo control iraní desde hace más de medio siglo, y ha visto con buenos ojos que se estudien opciones militares relacionadas con islas estratégicas del golfo Pérsico. Ese desacuerdo añade una dimensión política a la rivalidad por las rutas: el mapa energético y las reclamaciones de soberanía se superponen, aunque el oleoducto hacia Fuyaira no resuelva ninguna de ellas.

Por qué una ruta alternativa no abarata automáticamente la energía

Una mayor capacidad de exportación por Fuyaira puede ayudar a Emiratos a mantener parte de sus envíos si Ormuz sufre una interrupción. Para los compradores, sobre todo en Asia, contar con más opciones puede reducir la posibilidad de que toda la oferta emiratí quede atrapada detrás de un único paso. Pero la tubería no crea por sí sola petróleo adicional ni garantiza que el crudo llegue a un precio menor.

Los mercados valoran el riesgo de suministro a escala global. Si se encarece el transporte, suben las primas de los seguros o los compradores compiten por cargamentos de otros productores, el impacto puede alcanzar a países que no reciben petróleo directamente desde Fuyaira. Europa y España pueden notar la tensión a través del precio internacional, aunque sus compras no dependan de ese puerto de forma directa.

La presión también puede propagarse al gas, al transporte marítimo y a productos cuya fabricación consume energía. El bloqueo de un corredor no se traduce de manera automática en un mismo aumento para todos los bienes, pero puede alterar los costes de producción y las expectativas de inflación. El efecto final depende de cuánto dure la disrupción, de la respuesta de los productores y de la capacidad de los mercados para encontrar suministros alternativos.

Por eso el nuevo oleoducto debe entenderse como un seguro parcial. Su valor puede ser mayor precisamente cuando no se utiliza a plena capacidad: disponer de una salida adicional cambia la posición de Emiratos ante una crisis y reduce el riesgo de que todas sus exportaciones dependan de una ruta marítima. La resiliencia energética no consiste en eliminar cada amenaza, sino en evitar que un único incidente paralice todo el sistema.

El comercio emiratí va más allá del petróleo

La exposición a Ormuz no se limita a los barriles. Dubái depende de Jebel Ali, uno de los grandes centros de contenedores de la región, para importar mercancías y redistribuirlas. Desviar el crudo por una tubería no resuelve por sí mismo el tránsito de contenedores, las importaciones de alimentos ni el movimiento de otros productos que usan los puertos del golfo Pérsico.

Algo parecido ocurre con el aluminio, los productos petroquímicos y el gas natural licuado. Sus cadenas de transporte e instalaciones no son intercambiables con un oleoducto de crudo. Ampliar puertos orientales y conectar esos enclaves con carreteras o ferrocarriles puede diversificar parte de la logística, pero exige tiempo, capital y coordinación. Escapar parcialmente de un riesgo energético es más sencillo que reorganizar todo un sistema comercial.

La geografía impone otra frontera: Fuyaira puede dar a Emiratos una salida propia, pero no está colocada para convertirse en el puerto alternativo de todos sus vecinos. Un oleoducto nacional responde a una estrategia nacional. No soluciona la dependencia de Catar para exportar gas ni la de Irak para sacar la mayor parte de su petróleo desde el sur.

Ese límite ayuda a explicar por qué las infraestructuras alternativas pueden cambiar el equilibrio político sin volver irrelevante el estrecho. Si cada productor consigue más opciones, la capacidad de cualquier potencia para interrumpir los flujos pierde parte de su fuerza. Pero mientras el volumen que necesita atravesar Ormuz siga siendo muy superior a lo que las rutas de circunvalación pueden absorber, el paso continuará teniendo un peso decisivo.

Fuyaira compra margen, no independencia total

El proyecto emiratí combina cálculo económico y lectura geopolítica. Al acelerar una segunda conexión hacia la costa oriental, Abu Dabi busca que un cierre o una crisis no convierta la salida de sus exportaciones en una decisión ajena. La infraestructura también refuerza el papel de ADNOC y de Fuyaira como piezas centrales de la estrategia energética del país.

Ese margen tiene valor para un Estado que aspira a seguir siendo un productor importante mientras diversifica su economía y financia nuevas actividades. Los hidrocarburos continúan aportando ingresos e influencia; asegurar su transporte es, por tanto, parte de la política económica. La transición energética no ha borrado la importancia de los oleoductos: por ahora convive con ellos y con la competencia por vender energía de forma fiable.

Emiratos no puede cerrar el mapa del Golfo a su medida, ni una tubería puede sustituir de golpe una vía por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial y una proporción significativa del gas licuado. Sí puede reducir su vulnerabilidad concreta y ganar opciones cuando aumenta la tensión. En esa diferencia entre independencia absoluta y dependencia menor está el sentido del proyecto: Fuyaira no elimina Ormuz, pero evita que toda la estrategia emiratí pase por él.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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