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¿Quién era Hilda Farfante, el grito que venció al olvido?
Hilda Farfante muere a los 96 años y deja intacto el grito de una hija que nunca encontró a sus padres fusilados.

Hilda Farfante ha muerto a los 96 años, después de una vida atravesada por una herida de esas que España suele guardar en cajones con olor a madera vieja: la desaparición de sus padres, Balbina Gayo y Ceferino Farfante, dos maestros republicanos fusilados en Asturias al comienzo de la Guerra Civil. No se ha comunicado una causa médica concreta de su fallecimiento. Lo que sí queda claro es el motivo por el que su nombre vuelve con fuerza: Hilda fue una de las voces más reconocibles de la memoria democrática, una mujer que convirtió el dolor familiar en una forma de resistencia civil.
Nacida en Besullo, en el concejo asturiano de Cangas del Narcea, Hilda tenía apenas cinco años cuando la represión franquista le arrancó a su madre y a su padre en septiembre de 1936. Ella no los recuperó nunca. Ni sus cuerpos, ni una tumba, ni ese mínimo gesto de normalidad que consiste en llevar flores a un lugar exacto. Su biografía, por eso, no es solo la de una maestra; es también la de una niña que creció con el hueco de una cuneta dentro de casa, y que muchos años después encontró una forma brutalmente sencilla de explicar lo inexplicable: un grito.
La muerte de Hilda Farfante y la pregunta que deja abierta
Hilda Farfante falleció el 13 de mayo de 2026, a los 96 años. La noticia ha sacudido especialmente a quienes han seguido durante décadas la lucha de los familiares de víctimas del franquismo por localizar restos, abrir fosas, limpiar expedientes y rescatar nombres. En las primeras informaciones conocidas no se detalla una causa médica específica; el dato firme es su edad, su fallecimiento y la dimensión pública de su figura. A veces la muerte llega con parte médico. Otras, con biografía. En este caso, pesa más la segunda.
Su vida se había convertido en una especie de archivo oral. Hilda no hablaba de memoria histórica como quien coloca una etiqueta administrativa en una carpeta. Hablaba de su madre detenida cuando iba a abrir la escuela, de su padre saliendo a buscarla, de tres niñas separadas, del miedo aprendido demasiado pronto. España tiene una peligrosa habilidad para suavizar las palabras: represión, paseo, desaparición, depuración. En la vida de Hilda Farfante esas palabras tenían barro, frío, hambre, lobos, noches en el monte y silencio en la mesa.
Murió sin haber conseguido localizar los restos de sus padres. Ese dato, desnudo, resume casi un siglo. No es una nota secundaria. Es el centro. Hilda pasó buena parte de su vida reclamando una sepultura digna para Balbina Gayo y Ceferino Farfante, pero la búsqueda no obtuvo el resultado que ella esperaba. La historia española, tan dada al mármol cuando le conviene, sigue teniendo demasiadas familias sin piedra, sin inscripción, sin coordenadas.
Una niña de Besullo marcada por dos fusilamientos
Hilda Farfante Gayo nació en 1931, en Besullo, una parroquia asturiana que parece escrita para una novela rural: casas contadas, paisaje duro, inviernos serios y una tradición educativa poco común. Aquel lugar llegó a ser conocido como “el pueblo de los maestros”, una rareza luminosa en una España donde la escuela era para muchos niños una puerta estrecha, casi un lujo. Sus padres pertenecían a ese mundo: el de la enseñanza entendida como ascensor social, como herramienta de dignidad, como pequeña revolución con tiza.
Balbina Gayo era maestra y directora. Ceferino Farfante también era maestro. Ambos estaban vinculados a la educación republicana, aquella que quería llevar cultura a zonas rurales donde el Estado solía llegar tarde, mal o con uniforme. La Segunda República no fue un paraíso, claro; ningún tiempo histórico lo es. Pero para miles de maestros y maestras significó una promesa concreta: libros, aulas, alfabetización, ciudadanía. Y eso, para los enemigos de la libertad, siempre ha sido peligrosísimo. Mucho más que un fusil, a veces.
En septiembre de 1936, la vida de Hilda se rompió. Su madre fue detenida cuando iba a abrir la escuela. Su padre, al conocer la noticia, fue a buscarla. Hay en ese gesto algo casi insoportable: un hombre que sale a intentar salvar a su mujer y termina arrastrado al mismo destino. A Balbina la mataron. A Ceferino también. Con horas de diferencia, con una crueldad burocrática y aldeana, de esas que luego se tapan con palabras frías en documentos oficiales. Hilda recordaría durante años una imagen que condensa todo: su madre no llevaba armas, llevaba la llave del colegio.
Después vino la huida. Hilda y sus hermanas tuvieron que escapar con familiares, esconderse, pasar noches en el monte. La infancia, en vez de patio, se volvió intemperie. La dictadura no solo mató a personas; reorganizó la vida de los supervivientes alrededor del miedo. Separó hermanas, cambió casas, dictó silencios. Hay heridas que no sangran en público porque han aprendido a hacerlo hacia dentro.
El grito que sustituyó al discurso
El momento que convirtió a Hilda Farfante en símbolo llegó en el año 2000, durante un homenaje en Cangas del Narcea a represaliados de la Guerra Civil. La habían invitado a decir unas palabras. Ella quería hablar, ordenar el dolor, convertirlo en discurso, hacer lo que se hace en los actos públicos: subir, respirar, leer, bajar. Pero no pudo. Según relató después, “me salió un grito”. Y ese grito, que no era teatro ni consigna, se quedó.
Desde entonces, aquel gesto fue entendido como una especie de himno de los desaparecidos del franquismo. No un himno musical, sino algo más primitivo. Una voz sin partitura. Hilda gritaba por sus padres, por las viudas, por los hijos, por quienes callaron durante décadas porque hablar podía costar el trabajo, la casa, la reputación o algo peor. El franquismo tuvo muchos instrumentos: tribunales, cárceles, cunetas, depuraciones, sermones, expedientes. También tuvo un arma más silenciosa: obligar a las víctimas a vivir como si nada hubiera ocurrido.
La fuerza de Hilda estaba precisamente ahí. No construyó su figura pública desde la grandilocuencia, sino desde una verdad casi doméstica. Una hija quería encontrar a sus padres. Una maestra quería que se supiera quiénes fueron. Una anciana no quería morir dejando a los suyos en una cuneta. No hay que adornarlo demasiado. El caso ya viene con toda la pólvora moral incorporada.
Aquel grito funciona todavía porque España sigue discutiendo cosas que otros países democráticos asumieron con menos pudor: que una dictadura no es una opinión, que un fusilamiento no se lava con el paso del tiempo, que la reconciliación no consiste en pedir silencio a las víctimas para no incomodar a los herederos simbólicos de los verdugos. La equidistancia, cuando hay desaparecidos, suele tener los zapatos muy limpios. Demasiado.
Maestra como sus padres, memoria como herencia
Hilda Farfante se hizo maestra. No fue un detalle biográfico menor, sino una forma de continuidad. Sus padres fueron asesinados siendo maestros; ella eligió la misma profesión, como quien recoge una herramienta caída en mitad del camino. La escuela, para la familia Farfante-Gayo, no era un decorado: era el lugar donde se jugaba una idea de país. Una España con niños leyendo, mujeres enseñando, adultos aprendiendo, pueblos comunicados con el mundo. Una España menos obediente, en definitiva.
Durante la dictadura, como tantos hijos de represaliados, Hilda vivió con miedo. El miedo no siempre grita. A veces se sienta a comer. A veces baja la voz cuando pasa alguien por la calle. A veces enseña a los niños a no preguntar demasiado. Esa fue una de las grandes victorias del franquismo cotidiano: lograr que la víctima también administrase su propio silencio. El castigo no terminaba con el asesinato; continuaba en la familia, en el apellido, en la sospecha.
Ya en democracia, Hilda intensificó su lucha por la memoria de sus padres y de tantas otras víctimas. Participó en charlas, homenajes, actos públicos y espacios educativos. Su testimonio fue especialmente valioso porque no hablaba desde la teoría, sino desde la experiencia directa de una huérfana de la represión. Y eso tiene una textura distinta. Cuando alguien explica la historia desde una cátedra, aporta estructura; cuando la cuenta alguien que tuvo que huir de niña, aporta temperatura.
También fue una de las voces recogidas en el documental Las maestras de la República, una obra que ayudó a rescatar el papel de aquellas educadoras que defendieron una escuela pública, moderna y democrática. El documental ganó el Goya al mejor documental y contribuyó a situar en primer plano una evidencia que durante mucho tiempo se narró con sordina: las maestras republicanas no fueron personajes secundarios, sino protagonistas de un proyecto cultural que la guerra y la dictadura intentaron arrasar.
La búsqueda de Balbina Gayo y Ceferino Farfante
Uno de los grandes dolores de Hilda Farfante fue no encontrar nunca los restos de sus padres. Hubo intentos de búsqueda, prospecciones y reclamaciones, pero ninguna llegó al resultado deseado. La familia siguió señalando posibles lugares, reconstruyendo testimonios, persiguiendo rastros quebrados por el tiempo. Buscar una fosa ochenta años después no es solo una tarea técnica. Es pelear contra la tierra removida, las obras, los silencios interesados, los testigos muertos, los papeles incompletos y la resignación institucional, esa niebla.
En 2020, ya muy mayor, Hilda escribió al Gobierno para reclamar ayuda en la localización de sus padres. La frase que quedó grabada fue devastadora: “la voz se me está apagando”. No era una metáfora literaria; era una urgencia vital. También dejó otra idea imposible de leer sin una punzada: “no quiero dejarlos en la cuneta”. Ahí está todo. La memoria democrática, cuando se baja del BOE y pisa la tierra, consiste en eso: sacar a alguien de una cuneta, devolverle un nombre, entregarle una tumba, permitir que una hija cierre una escena que empezó cuando tenía cinco años.
La Ley de Memoria Democrática, aprobada en 2022, reforzó el marco público de reconocimiento y reparación a las víctimas del golpe militar, la Guerra Civil y la dictadura. Ese mismo año, Hilda participó en el primer gran homenaje oficial del Estado a las víctimas del franquismo. Recibió una ovación. Al salir, dijo una frase breve, casi de niña cansada y aliviada: “tengo el corazón lleno”. Pero el reconocimiento institucional, aunque necesario, llegó tarde para muchas cosas. La ovación no encontró a Balbina. El aplauso no sacó a Ceferino del barranco.
España se ha movido en esta materia con una lentitud desesperante. Hay avances, sí. También retrocesos, debates deformados, manipulaciones y ese cansancio inducido con el que algunos pretenden convertir la memoria en una manía de ancianos. Hilda desmontaba esa trampa con su sola presencia. No pedía venganza. Pedía verdad. No pedía privilegios. Pedía una sepultura. No pedía reabrir heridas; recordaba que había heridas que nunca fueron atendidas, que es otra cosa.
Frases, recuerdos y pequeñas escenas de una vida enorme
La biografía de Hilda Farfante está llena de escenas pequeñas que explican más que muchos discursos. Recordaba a su madre bailando con un vestido de flores. Recordaba a su padre haciendo gestos ante un espejo porque tenía que dar una charla. Esos detalles importan porque rescatan a Balbina y Ceferino del destino habitual de las víctimas: quedar reducidas a cifras, fechas o categorías políticas. Antes de ser fusilados, fueron personas. Una mujer que bailaba. Un maestro que ensayaba. Un matrimonio con tres hijas. Una casa. Una escuela.
También queda la imagen de las niñas huyendo al monte. Cuatro noches, frío, miedo, lobos. La España negra no siempre está en los cuadros; a veces está en una criatura que aprende demasiado pronto que su apellido puede ser una amenaza. Hilda y sus hermanas fueron separadas después. Cada una vivió con distintos familiares. Esa dispersión familiar fue otra forma de violencia. Menos visible que el disparo, pero duradera.
Entre sus frases más recordadas está aquella promesa de seguir gritando mientras le quedara voz. Con los años, cuando ya intuía que quizá no llegaría a ver encontrados los restos de sus padres, trasladó esa responsabilidad a los nietos. La idea era sencilla: seguir gritando. No gritar por ruido, ni por odio, ni por liturgia política. Gritar para que el silencio no volviera a ganar. En un país donde tantas veces se ha confundido moderación con amnesia, Hilda eligió la voz desnuda.
Su figura incomodaba porque no encajaba en la caricatura. No era una agitadora profesional ni una pieza de museo. Era una maestra asturiana, hija de maestros asesinados, que hablaba con la autoridad moral de quien ha perdido lo irrecuperable y aun así no ha renunciado a pedir justicia. Eso desarma bastante. Frente a ella, las excusas sonaban pequeñas, como monedas falsas sobre una mesa.
Un grito que todavía abre la tierra
El legado de Hilda Farfante no cabe solo en la palabra memoria. Es más concreto: verdad, escuela, dignidad y transmisión. Verdad, porque insistió en nombrar lo ocurrido sin barnices. Escuela, porque su vida enlaza con la tradición de los maestros republicanos represaliados por creer que enseñar era cambiar el mundo, aunque fuera desde una pizarra humilde. Dignidad, porque buscó una tumba para sus padres hasta el final. Transmisión, porque entendió que el olvido no llega de golpe; llega cuando una generación deja de contar.
Su muerte coincide con un momento incómodo: una parte de la sociedad española, sobre todo entre jóvenes alejados de los testimonios directos, se relaciona con el franquismo como si fuera una discusión abstracta, casi estética, sin carne. Hilda Farfante devuelve carne al debate. Pone una niña de cinco años en el centro. Pone una llave de escuela. Pone una madre fusilada. Pone un padre que fue a buscarla. Pone tres hermanas separadas. Pone décadas de búsqueda. Después de eso, la nostalgia autoritaria queda bastante fea. Como un traje planchado encima de una fosa.
También deja una advertencia para las instituciones. La memoria democrática no puede depender solo de la resistencia biológica de quienes sobrevivieron. Muchos ya han muerto. Otros están muriendo. Si el Estado llega cuando las voces se apagan, llega, sí, pero llega tarde. La reparación no consiste únicamente en homenajes, placas y discursos; exige investigación, recursos, continuidad y voluntad. La tierra no se abre con buenas palabras.
Hilda Farfante no encontró a sus padres, pero consiguió algo que tampoco es menor: impedir que los enterraran dos veces. La primera, en la cuneta y el barranco. La segunda, en el olvido. Contra esa segunda muerte se levantó su grito. Y ahí seguirá, áspero, asturiano, incómodo, necesario. Como una puerta de escuela abriéndose en mitad de la noche.

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