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El vuelo de Amanda Ungaro en el avión de Epstein: lo que vio

Un vuelo de 2002, decenas de jóvenes y una escena que cobró otro sentido tras las investigaciones.

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El Lolita Express
El 'Lolita Express'

Amanda Ungaro tenía 17 años cuando, en junio de 2002, viajó de París a Nueva York en el avión privado de Jeffrey Epstein. Según relató años después, en la aeronave había alrededor de 30 chicas muy jóvenes, algunas de las cuales se sentaban en el regazo del financiero o permanecían junto a él con una familiaridad que le resultó extraña. También contó que, antes de aterrizar, su agente Jean-Luc Brunel intentó que guardara en el bolso un pequeño paquete que ella sospechó que contenía droga.

La brasileña dijo que no sabía quién era Epstein y que el viaje estaba relacionado con su carrera como modelo: en Nueva York tenía previsto asistir a un casting. Su testimonio, publicado en una entrevista con el diario O Globo, describe una escena que entonces no supo interpretar del todo. Lo que vio es un relato personal, no una sentencia judicial sobre cada pasajera ni sobre cada episodio, pero adquiere otro significado a la luz de las investigaciones posteriores contra Epstein y Ghislaine Maxwell.

Un vuelo privado que empezó como una oportunidad de trabajo

Ungaro, nacida en Londrina, Brasil, viajaba acompañada por Brunel, un agente francés del mundo de la moda. Según su versión, él le explicó que irían en un avión privado por invitación de un amigo y su esposa. La joven esperaba llegar a Estados Unidos para participar en una prueba profesional; no conocía al propietario de la aeronave ni, según recordó, tenía información sobre las actividades de Epstein. El contexto que ella entendía era el de un desplazamiento de trabajo, no el de una reunión con un financiero posteriormente acusado de delitos sexuales.

La diferencia entre esa expectativa y lo que encontró a bordo fue inmediata. Ungaro estimó que viajaban unas 30 chicas y dijo que muchas le parecían demasiado jóvenes para ser modelos. En su recuerdo, tenían más aspecto de estudiantes que de profesionales de la moda. No aportó una identificación individual de las pasajeras ni una edad comprobada para cada una; calculó que algunas podían tener entre 14 y 16 años. La cifra y la impresión sobre sus edades forman parte de su testimonio, no de un registro público que permita confirmar quiénes eran todas las jóvenes del avión.

La cantidad de pasajeras también le llamó la atención porque, de acuerdo con lo que contó, no encajaba con el viaje que esperaba. La aeronave podía ofrecer privacidad y comodidad, pero para una adolescente que acababa de subir y no conocía a los demás, el ambiente resultó desconcertante. Ungaro describió que se mantuvo apartada y que la situación le pareció rara desde el principio. Su relato se apoya en esa percepción de extrañeza: no en una investigación que hubiera llevado a cabo entonces, sino en lo que observó durante un trayecto concreto.

Las escenas que describió junto a Epstein y Maxwell

Después de subir al avión, Brunel presentó a Ungaro a Epstein, según la entrevista. El financiero le preguntó su edad y de dónde venía. También conoció a Ghislaine Maxwell, pareja y colaboradora de Epstein, que reaccionó al saber que la adolescente era brasileña. En aquel momento, cuenta Ungaro, no entendía la relevancia de esas personas ni el alcance de las acusaciones que surgirían años después. La presentación que recibió fue la de un amigo de su agente, una explicación que, por sí sola, no le permitía conocer el trasfondo de los adultos a bordo.

La parte más inquietante de su descripción tiene que ver con la proximidad entre Epstein y varias de las jóvenes. Ungaro dijo que algunas se sentaban en el regazo del financiero, se quedaban cerca de él y jugaban a su alrededor. No aseguró que hubiera presenciado una agresión sexual durante el vuelo. Lo que relató fue una conducta que le pareció impropia y una familiaridad que contrastaba con su propia distancia respecto del grupo. Ese matiz importa: describe comportamientos observados, pero no afirma haber visto un delito concreto.

También recordó que Maxwell parecía cómoda en compañía de las chicas, como si ya las conociera. En un momento del trayecto, según Ungaro, Epstein y Maxwell se dirigieron hacia la parte trasera del avión acompañados por algunas de las jóvenes. La exmodelo dijo que no volvió a verlas hasta el final del vuelo. El relato no permite establecer qué ocurrió allí ni durante cuánto tiempo estuvieron fuera de su vista. La ausencia de ese dato no debe rellenarse con conjeturas: lo que puede contarse con seguridad es que Ungaro situó a ambos adultos y a algunas pasajeras en esa zona de la aeronave.

Cuando el ambiente empezó a incomodarla, preguntó a Brunel quiénes eran las chicas y quién era el hombre que les había presentado. Según su recuerdo, el agente le respondió que Epstein era un amigo y que las jóvenes eran modelos. Esa explicación no la convenció, aunque dijo que, por su edad y timidez, no insistió demasiado. La respuesta de Brunel funciona en el relato como una forma de normalizar la situación, pero no permite determinar qué sabía él sobre cada pasajera o sobre las actividades de Epstein en ese momento.

El paquete que Brunel habría querido que llevara

El vuelo incluyó otro episodio que Ungaro describió como desagradable. Antes de aterrizar en Estados Unidos, ella y Brunel estaban sentados frente a frente, separados por una mesa pequeña. La modelo contó que él lanzó hacia ella un objeto pequeño envuelto en plástico y le pidió que lo metiera en su bolso. Ungaro preguntó qué era y se negó a guardarlo. El contenido del paquete no fue analizado ni identificado en la información disponible, por lo que no puede presentarse como una droga confirmada.

Según su versión, Brunel insistió y volvió a lanzar el objeto hacia ella. Ungaro dijo que, por la forma de actuar del agente y la insistencia, sospechó que podía tratarse de una sustancia ilegal. Tras negarse otra vez, Brunel terminó guardándolo él mismo. La exmodelo no afirmó que supiera con certeza qué contenía el envoltorio; relató una sospecha nacida en ese momento. La distinción entre una impresión y una prueba material es esencial para no convertir un episodio narrado por una testigo en una conclusión que el relato no acredita.

La escena sí aporta una pieza más al recuerdo de un viaje en el que, según Ungaro, se sintió incómoda y quiso salir cuanto antes. La joven dijo que sabía que algo no iba bien, aunque no podía precisar qué. También señaló que entonces no relacionó lo ocurrido con los abusos atribuidos a Epstein, sobre los que todavía no conocía información. La inquietud de una adolescente en un entorno dominado por adultos es una parte central de su relato, aunque no permita reconstruir por sí sola todo lo que sucedió en el avión.

El trayecto terminó en Nueva York, donde Ungaro tenía previsto participar en un casting. La finalidad profesional que ella esperaba ayuda a entender por qué aceptó viajar, pero no convierte automáticamente en legítima cualquier situación que encontrara a bordo. En la industria de la moda, una invitación o un traslado pueden presentarse como parte de una oportunidad laboral; la experiencia relatada por Ungaro muestra la asimetría que puede surgir cuando una menor depende de un agente para acceder a ese circuito. La confianza profesional y la diferencia de edad y poder forman parte del contexto, no son detalles secundarios.

Qué permite afirmar el testimonio y qué queda sin demostrar

Una entrevista puede ofrecer información de primera mano sobre lo que una persona recuerda haber visto, pero no reemplaza una investigación judicial. Ungaro habló de un número aproximado de jóvenes, de edades que estimó por su aspecto, de interacciones con Epstein y de un paquete que creyó sospechoso. No presentó en esa descripción una lista de nombres ni pruebas que identificaran a todas las pasajeras. Su relato debe leerse como un testimonio atribuido y delimitado: ilumina una experiencia, pero no resuelve por sí solo cada cuestión sobre la aeronave o sus ocupantes.

El viaje ocurrió en 2002, varios años antes de que las primeras denuncias públicas contra Epstein empezaran a conocerse en 2005. En 2019, las autoridades federales estadounidenses lo acusaron de tráfico sexual de menores y conspiración para cometer ese delito. Epstein murió en prisión ese mismo año, mientras esperaba juicio. La acusación de 2019 describe cargos contra el financiero, pero su muerte impidió que ese proceso llegara a un juicio y no convierte automáticamente cada recuerdo posterior en una conclusión probada ante un tribunal.

Maxwell sí fue juzgada y condenada en Estados Unidos por delitos vinculados a la captación y explotación sexual de menores; recibió una pena de 20 años de prisión. Ese antecedente cambia el contexto con el que hoy se contempla su presencia en el avión, pero no demuestra por sí mismo qué ocurrió durante el vuelo de Ungaro. La condena de Maxwell y la escena concreta que recuerda la exmodelo son hechos distintos: el primero fue resuelto judicialmente; el segundo sigue siendo una descripción personal de un episodio que ella dice haber presenciado.

Brunel también quedó asociado a las investigaciones sobre el entorno de Epstein. El agente francés fue detenido en 2020 en Francia, donde era investigado por acusaciones de delitos sexuales, y murió en prisión en 2022. La muerte cerró la posibilidad de que aquel proceso penal avanzara hasta una sentencia contra él. En el caso del paquete del avión, además, la información disponible no acredita qué contenía ni establece que el episodio formara parte de una operación criminal concreta.

La relación con los Trump y el regreso de sus acusaciones

El testimonio sobre el avión ha quedado entrelazado con la vida posterior de Ungaro y su relación con Paolo Zampolli, empresario italiano con quien mantuvo una relación durante años y tuvo un hijo. Zampolli era cercano a Donald y Melania Trump, según la información publicada sobre el caso. Ungaro sostuvo que conoció a la pareja presidencial a través de ese vínculo y que coincidió con ellos en actos sociales. Ese entorno explica por qué sus declaraciones actuales se cruzan con la política estadounidense, aunque no añade por sí solo pruebas sobre lo que ocurrió en la aeronave.

En 2026, tras una declaración pública de Melania Trump sobre sus vínculos con Epstein, Ungaro publicó mensajes dirigidos a la primera dama y a Donald Trump. En esas publicaciones amenazó con emprender acciones legales y aseguró que conocía a Melania desde hacía años. También afirmó que la primera dama estaba al tanto de su detención por las autoridades migratorias y que había mantenido contacto con su familia. Son afirmaciones de Ungaro, no hechos confirmados de manera independiente; la atribución resulta especialmente importante en un episodio que incluye acusaciones graves contra personas identificables.

Ungaro también negó formar parte de cualquier plan relacionado con menores y acusó a Melania de haber intentado implicarla. Los mensajes fueron eliminados de la red social X, aunque distintos medios informaron de su autenticidad. Su contenido refleja la escalada pública entre ambas mujeres, pero no constituye una prueba sobre la experiencia de 2002 ni demuestra que los Trump conocieran las conductas que Ungaro dice haber visto. La disputa actual y el testimonio del vuelo son planos relacionados por sus protagonistas, pero no deben confundirse.

La relación de Ungaro con Zampolli terminó en una disputa por la custodia de su hijo. Ella sostuvo que su expareja utilizó sus contactos para influir en su situación migratoria en Estados Unidos; él negó haber pedido que la detuvieran. La exmodelo fue puesta bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y deportada a Brasil. El Departamento de Seguridad Nacional afirmó que tenía la visa caducada y que había sido acusada de fraude, mientras Ungaro dijo que su estatus estaba en transición. Las versiones sobre la intervención de Zampolli y las circunstancias migratorias son contrapuestas y deben atribuirse a quienes las sostienen.

Ese conflicto ayuda a entender por qué las declaraciones de Ungaro aparecieron acompañadas de acusaciones contra figuras políticas y empresariales. También obliga a separar los motivos que puedan estar detrás de una denuncia de la verdad o falsedad de cada afirmación. Que una persona mantenga una disputa judicial no invalida automáticamente su testimonio; tampoco convierte una acusación en un hecho probado. La valoración exige contrastar cada episodio por separado, en lugar de aceptar o descartar todo el relato por la posición pública de quien lo cuenta.

Un recuerdo individual dentro de una trama más amplia

El avión privado aparece en el testimonio como un espacio cerrado, separado del mundo exterior y gobernado por las relaciones entre adultos que disponían de dinero, contactos y autoridad profesional. Para Ungaro, que viajaba con 17 años y dependía de su agente para moverse en el sector, esa diferencia de poder era evidente en la práctica aunque entonces no conociera el trasfondo de Epstein. La escena no necesita adornos para resultar inquietante: una adolescente describe a decenas de pasajeras muy jóvenes y conductas que no supo cómo interpretar.

La importancia de su relato no reside en que permita reconstruir toda la red de Epstein, sino en que agrega detalles de una experiencia que, según ella, vivió directamente. La edad que tenía, el trayecto entre París y Nueva York, la presencia de Brunel y Maxwell, las chicas que se acercaban a Epstein y el objeto que rechazó guardar componen una secuencia concreta. Cada elemento tiene límites distintos: algunos son observaciones que atribuye a su memoria; otros, como la edad de las pasajeras o el contenido del paquete, son estimaciones y sospechas. El rigor consiste en conservar esas diferencias, no en borrar los matices para producir una historia más concluyente.

La trama de Epstein también se entiende a través de intermediarios y entornos que podían hacer pasar por normales situaciones que, vistas desde fuera, resultaban anómalas. En el recuerdo de Ungaro, Brunel explica la presencia de las jóvenes diciendo que eran modelos y presenta a Epstein como un amigo. Esa respuesta no demuestra por sí misma que el agente conociera un delito, pero muestra cómo la adolescente recibió una explicación que no despejó su inquietud. Las palabras que normalizan una situación pueden ocultar su desequilibrio sin aclararlo, sobre todo cuando quien escucha es menor y depende de quien la acompaña.

El caso obliga, por tanto, a sostener dos ideas a la vez. Las acusaciones contra Epstein y la condena de Maxwell establecen un contexto judicial de explotación de menores; el recuerdo de Ungaro aporta una descripción que debe mantenerse en sus términos exactos y no más allá de ellos. El testimonio no cierra el caso ni prueba cada sospecha, pero sí deja una imagen precisa de lo que ella dice haber encontrado en aquel vuelo: un grupo numeroso de chicas muy jóvenes, una cercanía con Epstein que le pareció impropia y un agente que intentó que llevara un paquete que ella no quiso aceptar.

Más de dos décadas después, esa escena se lee bajo una luz que la adolescente no tenía entonces. Ungaro ha contado que no sabía quién era Epstein y que no comprendió el alcance de lo que veía; su relato actual no borra esa incertidumbre inicial ni la transforma retroactivamente en conocimiento. Su valor está en describir la incomodidad antes de que existiera un nombre público para todo lo que podía significar, y en recordar que, detrás de las investigaciones y las disputas políticas, hubo jóvenes que atravesaron espacios controlados por adultos poderosos sin disponer de toda la información.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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