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Keiko Fujimori y López Aliaga, dos derechas ante el poder

Un recuento aún incompleto retrató un país dividido entre la experiencia del fujimorismo y la promesa de ruptura.

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Elecciones en Perú

El recuento parcial de las elecciones peruanas de 2026 situó a Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga en los primeros puestos, con una posible segunda vuelta como escenario inmediato. Cuando se había escrutado el 54% de los votos, Fujimori obtenía el 16,95% y López Aliaga, el 14,39%. Esas cifras describen un corte provisional, no el resultado definitivo de la elección ni el desenlace del balotaje previsto para el 7 de junio: la información disponible permite analizar la disputa y su contexto, pero no confirmar quién acabó ganando.

El pulso entre ambos concentró dos respuestas distintas a un mismo malestar: la inseguridad, el desgaste de las instituciones y la sucesión de gobiernos inestables. Fujimori ofrecía una candidatura con partido, experiencia electoral y una relación conocida con el poder; López Aliaga, una propuesta más confrontativa, conservadora y personalista. La contienda no se reducía a escoger entre dos trayectorias: ponía en primer plano qué tipo de autoridad podía resultar aceptable para un electorado cansado de la incertidumbre.

Un país que llegó a las urnas con desconfianza

La política peruana llevaba años convertida en una secuencia de crisis, investigaciones, enfrentamientos entre poderes y cambios de presidente. Ese historial había erosionado la confianza pública y alimentado la sensación de que ningún Gobierno conseguía asentarse durante mucho tiempo. En ese ambiente, la campaña no giró únicamente en torno a un programa de reformas o a una idea compartida de futuro. La promesa de restablecer el orden ocupó un lugar central, como respuesta a una ciudadanía que asociaba la vida política con la improvisación y el bloqueo.

La inseguridad dio más fuerza a ese reclamo. Extorsiones, homicidios y violencia vinculada al transporte público habían hecho que el delito dejara de percibirse como un problema lejano. En muchos barrios, la cuestión era cotidiana: si el Estado podía proteger a vecinos, comerciantes y trabajadores, y si sus instituciones llegaban antes de que la violencia se normalizara. La preocupación, además, favorece mensajes contundentes. En campaña, las promesas de más vigilancia y castigos más severos pueden resultar más inmediatas que las explicaciones sobre causas estructurales, aunque su impacto real dependa de cómo se conviertan en políticas y se apliquen.

Ese clima no significaba que todo el electorado compartiera las mismas prioridades ni que el país hubiera girado en bloque hacia una sola posición ideológica. El cansancio podía traducirse en demandas de seguridad, pero también en rechazo a las élites, a los partidos tradicionales o a cualquier aspirante que pareciera parte del problema. La fragmentación del voto hizo visible esa mezcla: había una inquietud común por la falta de estabilidad, pero no una respuesta política única. Por eso, el avance de dos candidaturas de derecha no equivale por sí solo a un mandato amplio ni a una adhesión homogénea.

Una primera vuelta marcada por la fragmentación

La papeleta empezó con 36 aspirantes a la Presidencia y quedó en 35 tras la muerte de Napoleón Becerra, candidato del Partido de los Trabajadores y Emprendedores. Con tantas opciones, los votos se repartieron entre numerosas candidaturas y el resultado inicial dejó a los dos primeros muy lejos de una mayoría. El corte del 54% escrutado daba a Fujimori una ventaja de poco más de dos puntos sobre López Aliaga, pero todavía colocaba a Jorge Nieto en el tercer puesto, con el 12,7%. La distancia entre los primeros reflejaba una carrera abierta, no una victoria consolidada.

Ricardo Belmont aparecía en ese mismo avance con el 9,8% y Carlos Álvarez, conocido por su trayectoria como cómico y por presentarse como una figura capaz de endurecer la respuesta contra el delito, alcanzaba el 8,4%. La presencia de varios candidatos con apoyos apreciables ayuda a entender por qué las cifras de los dos primeros no debían leerse como una expresión mayoritaria de apoyo. En una elección muy dispersa, incluso una posición de cabeza puede reunir solo una fracción del electorado. El dato decisivo no era únicamente quién iba primero, sino cuánto voto quedaba fuera de las dos candidaturas dominantes.

El recuento, además, estuvo rodeado de problemas operativos. Se denunciaron retrasos en la distribución del material electoral, fallos técnicos y dificultades relacionadas con la conexión eléctrica. La Oficina Nacional de Procesos Electorales atribuyó parte de las demoras al incumplimiento de la empresa encargada del transporte, mientras las críticas se dirigían también a la capacidad de supervisión de la institución. Hubo ciudadanos que no pudieron votar el día previsto y se habilitó una jornada posterior para que lo hicieran. Las incidencias alimentaron la controversia sobre la organización electoral, pero no constituyen por sí mismas una prueba de fraude.

López Aliaga denunció que se había impedido votar a un número elevado de personas; el presidente provisional José María Balcázar rechazó que hubiera indicios de fraude. La diferencia entre una queja política y una irregularidad demostrada es fundamental, sobre todo en una elección disputada: las acusaciones deben contrastarse con registros y procedimientos, no darse por ciertas por el solo hecho de haber sido formuladas. La demora en conocer resultados puede aumentar la suspicacia, pero también hace más importante distinguir entre errores logísticos, denuncias partidistas y pruebas verificables. La credibilidad del proceso depende tanto de la organización como de la claridad con que se expliquen sus fallos.

Keiko Fujimori: estructura, resistencia y una herencia divisiva

Keiko Fujimori llegó a esta campaña con una ventaja que muchos de sus competidores no tenían: una marca política reconocible, un partido organizado y una base de votantes fiel. Se presentaba por cuarta vez a la Presidencia y llevaba años en el centro de la conversación pública. En un escenario de candidaturas numerosas, esa continuidad es un activo concreto: permite conservar presencia cuando otros nombres aparecen y desaparecen al ritmo de la campaña. Su fuerza no dependía de parecer una recién llegada, sino de convertir el reconocimiento y la organización partidaria en una opción viable de poder.

La misma trayectoria que le da visibilidad también la expone a un rechazo intenso. Su apellido está ligado al de Alberto Fujimori, su padre y expresidente, cuya figura sigue provocando interpretaciones enfrentadas. Para sus simpatizantes, evoca autoridad y la derrota del terrorismo; para sus críticos, autoritarismo, corrupción y vulneraciones de derechos. Keiko no puede separarse del todo de ese legado, y tampoco ha construido su candidatura al margen de él. La herencia familiar actúa a la vez como cimiento y límite: concentra adhesiones firmes, pero activa una oposición difícil de neutralizar.

En campaña, Fujimori buscó asociarse con la seguridad, la gobernabilidad y una gestión reconocible para quienes priorizan estabilidad. Su mensaje no se apoyaba en la novedad, sino en la idea de experiencia: conoce el funcionamiento del Congreso y del partido, y puede relacionarse con los actores que influyen en la política nacional. Sin embargo, esa familiaridad deja abierta una pregunta política legítima: si su conocimiento del poder ayudaría a construir acuerdos o reproduciría los enfrentamientos de etapas anteriores. La experiencia puede ser una garantía de manejo, pero también una memoria de conflictos.

Ese dilema remite al papel del fujimorismo en la inestabilidad que siguió a 2016. Sus opositores recuerdan cómo la fuerza parlamentaria del partido tensó la relación con el Ejecutivo y sostienen que la candidata no puede ofrecer estabilidad sin responder por ese antecedente. Sus partidarios pueden interpretar la misma historia como la capacidad de defender una agenda con firmeza. En una segunda vuelta, el debate no se limitaría a las propuestas de seguridad: también giraría alrededor de qué significa conceder de nuevo influencia a un movimiento con una historia tan controvertida. La candidatura de Fujimori obliga a votar sobre el futuro y, al mismo tiempo, sobre el pasado.

Rafael López Aliaga y la política de la confrontación

Rafael López Aliaga, empresario de 65 años y exalcalde de Lima, construyó un perfil distinto. Su presencia pública mezcla conservadurismo moral, defensa de medidas de mano dura y una retórica que presenta la confrontación como señal de autenticidad. También ha convertido el apodo Porky, nacido como una burla, en parte de su identidad política. Frente a una política percibida como distante, esa forma de hablar puede transmitir cercanía a quienes están enfadados con las instituciones. Su principal recurso es la capacidad de traducir la protesta en una imagen de acción inmediata.

Su discurso incluye posiciones religiosas conservadoras, oposición al aborto y al matrimonio igualitario, y ataques a sectores que agrupa bajo el término caviares. El lenguaje no solo describe diferencias ideológicas: traza una frontera entre quienes, según él, representan al país real y quienes formarían parte de una élite desconectada. Esa división moviliza a partidarios que sienten que sus preocupaciones son ignoradas, pero también puede reducir el espacio para el diálogo con quienes quedan situados en el campo adversario. La fuerza movilizadora de la polarización puede convertirse en un obstáculo cuando llega el momento de gobernar.

La comparación con Donald Trump aparece por el modo en que López Aliaga presenta al empresario como alguien capaz de entrar en un sistema averiado y arreglarlo con decisiones tajantes. No significa que las instituciones de Perú y Estados Unidos funcionen igual; la semejanza está en la puesta en escena del líder que promete romper las reglas de una política supuestamente agotada. Su paso por la alcaldía limeña también quedó asociado a controversias sobre contratos, deudas, litigios y decisiones de gestión. El episodio de los trenes usados procedentes de Estados Unidos resumió esa discusión: para sus detractores, fue una iniciativa mal ejecutada; para sus simpatizantes, un intento de actuar frente a la parálisis. La pregunta de fondo es si el gesto de decisión se sostiene en una gestión eficaz.

En seguridad, López Aliaga defendió propuestas especialmente duras, entre ellas abandonar la Corte Interamericana de Derechos Humanos, imponer castigos máximos para determinados delitos, construir cárceles en zonas remotas de la selva y establecer controles para extranjeros en situación irregular. Estas ideas expresan una prioridad política clara, pero también abren un debate sobre sus efectos, su viabilidad y su compatibilidad con las garantías jurídicas. La distancia entre una promesa electoral y una política aplicable no es un detalle técnico: determina qué límites tendría el Estado al ejercer su autoridad. Una respuesta contra el delito también debe medirse por el respeto a los derechos y por su capacidad de producir resultados.

Su perfil religioso y sus declaraciones públicas han contribuido a una candidatura muy reconocible, aunque también divisiva. La pertenencia al Opus Dei forma parte de la biografía política que se ha difundido sobre él, mientras que sus choques con sectores del sur andino muestran que su estilo no despierta la misma recepción en todo el país. El respaldo puede ser intenso allí donde se ve en él a alguien dispuesto a imponer orden; el rechazo, igualmente marcado, aparece entre quienes perciben su discurso como una amenaza o una provocación. La intensidad de una base electoral no garantiza por sí sola la capacidad de sumar apoyos más amplios.

Dos derechas, dos maneras de ofrecer autoridad

Fujimori y López Aliaga coincidían en poner la seguridad y el orden en el centro, pero su manera de presentarlos era distinta. Ella ofrecía una derecha con aparato partidario, experiencia electoral y vínculos construidos dentro de las instituciones. Él representaba una derecha más insurgente en el tono, apoyada en la confrontación cultural y en la promesa de sacudir un sistema que considera fallido. La diferencia no era simplemente de temperamento: afectaba a cómo cada uno imaginaba el ejercicio del poder. Una candidatura apelaba a la restauración de una estructura conocida; la otra, a la ruptura con lo que denunciaba como decadente.

Ese contraste también explica que puedan atraer a votantes preocupados por el mismo problema y, aun así, ofrecerles respuestas diferentes. Quien prioriza previsibilidad puede valorar el partido y la experiencia de Fujimori, aunque le inquiete el historial del fujimorismo. Quien considera agotada la política tradicional puede sentirse más atraído por el estilo de choque de López Aliaga, aunque le preocupen sus propuestas maximalistas. Ninguna de esas preferencias elimina las contradicciones de cada candidatura. El apoyo a la autoridad no es una autorización automática para cualquier forma de ejercerla.

Reducir la elección a quién es mejor borraría el criterio con que cada votante evalúa riesgos y prioridades. La capacidad de negociar, la firmeza frente al delito, la estabilidad institucional y la protección de derechos pueden pesar de manera desigual. Además, los resultados parciales no permiten deducir qué opinaba todo el país: las cifras conocidas situaban a los primeros candidatos en porcentajes relativamente bajos y el voto seguía repartido entre muchas opciones. El liderazgo en una primera vuelta fragmentada mide una ventaja, no necesariamente un consenso nacional.

Una campaña de ataques y propuestas bajo presión

El debate presidencial mostró hasta qué punto la contienda estaba atravesada por la desconfianza. En una de sus jornadas, Keiko Fujimori, López Aliaga y Marisol Pérez Tello debían abordar educación, innovación y tecnología, además de empleo, desarrollo y emprendimiento. Sin embargo, las intervenciones derivaron pronto en acusaciones sobre decisiones políticas, responsabilidades de Gobierno e investigaciones. El intercambio retrató una campaña en la que los candidatos no solo competían por presentar soluciones: también trataban de fijar quién debía cargar con la culpa del deterioro. La confrontación desplazó por momentos la discusión sobre cómo ejecutar las propuestas.

Pérez Tello cuestionó la responsabilidad de sus rivales en la inestabilidad y en el funcionamiento del Congreso. López Aliaga respondió con acusaciones contra la exministra, mientras Fujimori rechazó lo que consideró afirmaciones falsas y criticó la manera en que se había planteado el ataque. Pérez Tello, a su vez, negó tener una investigación por el caso Odebrecht y señaló investigaciones que, según ella, afectaban a otros actores. Como esas afirmaciones se produjeron en medio de un debate electoral, deben entenderse como acusaciones cruzadas, no como hechos probados por el mero hecho de haber sido pronunciadas. La disputa política no sustituye la comprobación judicial o documental.

El episodio resulta revelador porque la agenda del debate incluía asuntos capaces de influir directamente en la vida cotidiana, desde la educación hasta el empleo y la innovación. Pero la campaña devolvía una y otra vez la atención a los agravios, las investigaciones y la responsabilidad por las crisis. Esa dinámica puede ser eficaz para marcar diferencias ante los votantes, aunque deje menos espacio para explicar prioridades, financiación o plazos de ejecución. En una elección con tantos aspirantes y poco margen para captar atención, el ataque funciona como un atajo narrativo; el desafío es que la política no se quede en la acusación y pueda explicar cómo se gobernaría.

El reto de convertir votos en gobernabilidad

El corte parcial del escrutinio situó la segunda vuelta entre Fujimori y López Aliaga como el escenario previsto para el 7 de junio. Aun así, los datos disponibles no permiten afirmar cuál fue el resultado definitivo de la primera ronda ni quién ganó después el balotaje. La diferencia importa: una fotografía del recuento mientras aún se contabilizaban votos no debe confundirse con el cierre oficial del proceso. Las cifras de 16,95% y 14,39% corresponden al avance del 54% escrutado citado entonces, y deben leerse con esa cautela temporal.

En una segunda vuelta, el reto de Fujimori habría sido ampliar su respaldo más allá del electorado que ya conocía y apoyaba al fujimorismo. Su apellido podía consolidar una base, pero también activar un rechazo capaz de unir a votantes que no compartían una alternativa común, aunque coincidieran en su oposición a ella. Para López Aliaga, el problema sería distinto: trasladar la energía de la protesta a una mayoría más amplia y moderar un estilo que podía movilizar a los convencidos, pero alejar a quienes buscaban seguridad sin una confrontación permanente. El balotaje exige sumar a quienes no votaron por cada candidato en la primera vuelta.

La posibilidad de sorpresas tampoco desaparecía con un recuento incompleto y una diferencia estrecha. La fragmentación, las incidencias logísticas y la presencia de varios aspirantes con apoyos relevantes hacían especialmente importante esperar al cómputo final antes de hablar de un resultado cerrado. El proceso había recibido críticas por retrasos y dificultades técnicas, un contexto que podía intensificar la disputa política sobre la legitimidad. Pero la prudencia no equivale a insinuar irregularidades sin pruebas: significa separar lo conocido de lo que todavía debía confirmarse. En una elección disputada, la paciencia con el recuento es parte de la confianza democrática.

Un Congreso fragmentado detrás de la Presidencia

La elección presidencial era solo una parte del poder que se renovaba. La jornada también servía para elegir vicepresidentes y renovar el poder legislativo, cuyo equilibrio condicionaría la capacidad del próximo Ejecutivo para aprobar medidas y sostener acuerdos. La gran cantidad de candidaturas hacía plausible una legislatura sin una fuerza cercana a la mayoría, un escenario que obligaría a negociar. Ese Parlamento podía convertirse en un contrapeso necesario o en un nuevo foco de bloqueo, según la disposición de sus integrantes a construir alianzas. Ganar la Presidencia no garantiza disponer de una mayoría que permita gobernar.

La historia reciente había mostrado el coste de una relación hostil entre el Ejecutivo y el Congreso. La confrontación puede paralizar decisiones, acelerar crisis y desgastar a instituciones que ya tienen poca confianza pública. En ese marco, la experiencia parlamentaria de Fujimori podía ser presentada como una ventaja para negociar, aunque sus críticos recordaran que esa fuerza se utilizó antes para tensar la relación con el Gobierno. López Aliaga, por su parte, podía reivindicar una voluntad de ruptura, pero esa misma disposición al choque planteaba dudas sobre cómo construiría acuerdos con un Legislativo diverso. La gobernabilidad depende tanto de las mayorías como de la forma de relacionarse con quienes discrepan.

La sucesión de mandatarios y la dificultad de completar periodos de Gobierno habían convertido la estabilidad en algo más que un eslogan de campaña. Las instituciones necesitan continuidad para abordar problemas que no se resuelven con una orden inmediata, mientras que una política atrapada en la confrontación obliga a empezar de nuevo una y otra vez. En ese sentido, la elección planteaba una paradoja: los candidatos podían ganar apoyo prometiendo medidas enérgicas, pero su capacidad para cumplirlas dependería de pactos, normas y equipos que rara vez caben en un mitin. El país no solo necesitaba una figura fuerte, sino un sistema capaz de sostener decisiones.

La autoridad que Perú considera posible

La disputa entre Fujimori y López Aliaga condensó una tensión más amplia que la competencia entre dos biografías. Una parte del electorado podía inclinarse por una fuerza política conocida, con estructura y experiencia; otra, por una candidatura que se presentaba como respuesta frontal al hartazgo. Ambas opciones se apoyaban en la demanda de orden, pero no ofrecían el mismo equilibrio entre continuidad, ruptura y confrontación. La pregunta política de fondo era qué clase de autoridad parecía menos arriesgada para un país acostumbrado a las crisis.

El miedo a la inseguridad ayuda a explicar el atractivo de las promesas duras, pero no resuelve el problema de cómo se mide su eficacia ni qué límites deben respetar. Una política de seguridad no puede evaluarse solo por la contundencia del lenguaje: también importan su aplicación, sus consecuencias y la protección de derechos. Del mismo modo, la experiencia partidaria no basta para garantizar estabilidad si reproduce enfrentamientos que debilitan las instituciones. La firmeza y la gobernabilidad no son sinónimos, y la ruptura tampoco asegura una solución.

Los resultados parciales conocidos retrataron una elección fragmentada y un avance de dos candidaturas de derecha, no una sociedad unificada alrededor de un proyecto. La contienda dejó al descubierto el desgaste de la política, la centralidad de la seguridad y la dificultad de transformar el enfado en acuerdos duraderos. Sin datos finales sobre el balotaje en la información disponible, el desenlace no puede darse por sentado. Lo que sí se veía era el dilema que atravesaba la campaña: Perú buscaba una autoridad capaz de durar, pero también debía decidir cuánto estaba dispuesto a sacrificar en nombre del orden.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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