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¿Qué ver en Girona en otoño y qué excursiones hacer cerca? Las claves

El otoño transforma Girona entre el Barri Vell, las murallas, la Devesa y escapadas a Banyoles, Besalú y la Garrotxa, entre bosque y piedra.

Publicado

el

panorama de Giona en 2026

Imagen: Patronat de Turisme Costa Brava Pirineu de Girona / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

Resumen

  • Girona en otoño combina patrimonio, paseos urbanos y colores de temporada
  • Barri Vell, murallas, Devesa y Sant Daniel concentran lo esencial
  • Banyoles, Besalú y la Garrotxa completan las mejores excursiones cercanas

Girona en otoño reúne casi todo lo que se le puede pedir a una escapada de dos o tres días: un casco histórico que se recorre a pie, murallas con vistas, arquitectura medieval, parques donde el cambio de estación sí se nota y varias excursiones cercanas que llevan, en poco tiempo, de un lago a un hayedo o de un pueblo medieval a la Costa Brava. Septiembre conserva todavía algo del verano; octubre y noviembre cambian el decorado y también el ritmo.

Para una primera visita, lo esencial cabe en una jornada larga: Barri Vell, Catedral, Call judío, Baños Árabes, murallas, casas del Onyar y Devesa. Con un día adicional aparecen dos opciones especialmente redondas en otoño: Banyoles y Besalú para combinar paisaje y patrimonio, o la Garrotxa para buscar bosques caducifolios, volcanes y pueblos como Santa Pau. La provincia permite esos contrastes sin convertir las vacaciones en una procesión de horas dentro del coche.

El Barri Vell, las murallas y el Onyar: Girona se entiende andando

La mejor puerta de entrada sigue siendo el casco antiguo. Girona conserva más de 2.000 años de historia alrededor de la antigua Força Vella romana y de su ampliación medieval, una acumulación de capas que aquí no parece decorado. Las calles suben, se estrechan y de pronto desembocan en una plaza, una escalinata o una torre. No conviene correr: los desniveles ya se ocupan de impedirlo.

La Catedral de Girona domina esa primera impresión. A sus pies empieza una zona donde se concentran Sant Feliu, los Baños Árabes, Sant Pere de Galligants y el Call, la antigua judería. El barrio judío de Girona fue uno de los principales centros de la vida judía medieval en Cataluña y conserva un entramado de callejuelas muy reconocible; el Museo de Historia de los Judíos permite darle contexto a lo que, visto únicamente desde fuera, puede quedarse en una bonita sucesión de piedras.

En otoño hay una ventaja bastante terrenal: caminar por estas pendientes resulta más llevadero que bajo el sol de julio. También cambia la luz. A última hora de la tarde, la piedra gris del Barri Vell, los tejados y las fachadas sobre el Onyar adquieren una tonalidad más suave, menos de postal brillante y más de ciudad vivida.

Las murallas merecen algo más que una fotografía

Subir al antiguo camino de ronda es una de las visitas que más compensan. Los tramos conservados permiten caminar sobre las murallas medievales y carolingias, entrar en algunas torres y observar Girona desde arriba, con la Catedral en primer plano y las montañas cerrando el horizonte cuando el día está limpio. Entre septiembre y mayo, el horario habitual de acceso se extiende de 8 a 21 horas.

El recorrido gana enteros al final de la tarde. Otoño trae días más cortos, claro, pero también cielos que pueden ser muy transparentes después de la lluvia. Calzado cómodo aquí no es una recomendación de catálogo turístico: hay piedra, escaleras y tramos que, mojados, exigen atención.

Los Baños Árabes están prácticamente al lado y completan bien la visita. Pese al nombre, se trata de una construcción románica del siglo XII inspirada en los baños romanos y medievales. Hasta octubre mantienen un horario más amplio y desde noviembre pasan al horario de invierno, un detalle que conviene tener presente cuando las tardes empiezan a encogerse.

Después de tanta piedra aparece el río. Las casas del Onyar, con sus fachadas alineadas sobre el agua, forman la imagen más reconocible de Girona y funcionan como transición entre el núcleo medieval y la ciudad moderna. Los puentes permiten ver cómo cambia la perspectiva en apenas unos metros. El de les Peixateries Velles, asociado a la empresa de Gustave Eiffel, suele llevarse buena parte de las fotografías, aunque la vista más interesante depende bastante de la hora y de la luz.

Desde allí, el parque de la Devesa queda muy cerca. Tiene alrededor de 40 hectáreas y es el gran espacio verde urbano de Girona, con largas avenidas de plátanos que en otoño transforman suelo y copas en una mezcla de ocres, amarillos y marrones. No hace falta buscar un espectáculo alpino: el encanto está precisamente en ese cambio gradual, con hojas secas crujiendo bajo los zapatos mientras el centro histórico sigue prácticamente al lado.

La Devesa enlaza, además, con las Ribes del Ter. Es una buena alternativa cuando el viajero necesita aire después de varias horas de iglesias, museos y calles estrechas. Girona permite eso con bastante naturalidad: pasar de una escalinata barroca a un paseo junto al río sin montar una pequeña expedición logística.

Sant Daniel, la escapada que empieza sin salir de Girona

Hay una forma de encontrar una Girona más rural sin abandonar realmente la ciudad: caminar hacia el valle de Sant Daniel desde Sant Pere de Galligants. El cambio es rápido. Desaparece la densidad urbana, aparecen huertos, caminos, fuentes y pequeñas zonas boscosas, y el itinerario va acercándose al espacio protegido de Les Gavarres.

El recorrido circular por Sant Daniel atraviesa el antiguo núcleo y continúa por un paisaje de campos y bosque mediterráneo. Es una excursión especialmente apropiada para el otoño, cuando la temperatura invita a caminar y el terreno tiene otra textura después de las primeras lluvias.

Quien quiera alargar la jornada puede continuar hacia Sant Miquel. La ruta asciende atravesando Sant Daniel y zonas de Les Gavarres hasta un punto elevado con panorámicas sobre el entorno de Girona, el Empordà y, con buena visibilidad, los Pirineos. Es una Girona distinta a la del puente de postal: más silenciosa, de caminos de tierra y olor a vegetación húmeda.

Banyoles y Besalú, una excursión muy fácil de combinar

Con un día libre fuera de Girona, Banyoles y Besalú forman una pareja difícil de mejorar. El lago de Banyoles permite empezar con naturaleza y terminar después entre piedra medieval. El recorrido completo alrededor del estanque ronda los 7 kilómetros y atraviesa diferentes zonas de vegetación, miradores y pequeñas construcciones junto al agua. En otoño, los reflejos y la luz baja hacen buena parte del trabajo.

Besalú cambia radicalmente el escenario. Su puente fortificado, levantado durante la Edad Media y reconstruido a lo largo de los siglos, conduce a uno de los conjuntos históricos mejor conservados de Cataluña. Dentro aparecen la iglesia de Sant Vicenç, Sant Pere, calles porticadas y uno de los elementos más singulares: el mikvé, el baño ritual relacionado con la antigua comunidad judía.

No hace falta convertir ambos lugares en una carrera. Una mañana en Banyoles y una tarde en Besalú funciona porque ofrecen experiencias muy distintas y están dentro del mismo corredor geográfico. También existe una etapa del GR 1 que une Banyoles con Besalú en unos 15 kilómetros, opción mucho más interesante para quien prefiera hacer el trayecto caminando y disponga de transporte para regresar.

La Garrotxa, cuando el otoño deja de ser una palabra bonita

Para ver el cambio de estación con más intensidad hay que seguir hacia la Garrotxa. El Parque Natural de la Zona Volcánica reúne decenas de conos volcánicos y coladas antiguas hoy cubiertas por encinares, robledales y hayedos. Entre sus puntos más conocidos están el volcán Croscat, Santa Margarida y la Fageda d’en Jordà, probablemente el lugar que mejor encaja con la imagen clásica del otoño gerundense.

La Fageda d’en Jordà crece sobre un terreno formado por antiguas coladas volcánicas, circunstancia que ya la hace peculiar. Cuando avanza octubre y las condiciones meteorológicas acompañan, el hayedo cambia de tonalidad y el suelo se cubre de hojas. Conviene asumir, eso sí, que la naturaleza no trabaja con calendario editorial: el momento de máximo color varía cada año según temperaturas, lluvias y viento.

Muy cerca está Santa Pau, cuyo núcleo medieval permite completar la excursión sin cambiar de comarca. También aquí aparece uno de los placeres menos sofisticados y más serios del otoño: comer caliente después de caminar. La gastronomía de la zona entra en temporada de setas, guisos y productos de montaña, una combinación bastante más convincente cuando fuera empieza a refrescar.

Finales de octubre: Girona cambia con las Fires de Sant Narcís

Quien viaje a finales de octubre encontrará una ciudad diferente. En 2026, las Fires de Sant Narcís se celebran del 23 de octubre al 1 de noviembre, diez días en los que Girona entra en modo de fiesta mayor con actividades culturales, conciertos, cultura popular, mercados y programación repartida por distintos espacios de la ciudad.

Es una buena fecha para quien quiera ambiente y vida en la calle; menos adecuada para quien busque una escapada casi silenciosa. La zona de La Copa vuelve a tener un peso importante en la programación y la plaza de la Independència acoge durante las fiestas un mercado de alimentación artesana. El Barri Vell, mientras tanto, sigue ahí, pero comparte protagonismo con gigantes, música y actos populares. Girona deja durante unos días de ser únicamente una ciudad para visitar y vuelve a parecer, sencillamente, una ciudad ocupada por sus vecinos.

Fuera de esas fechas, octubre mantiene un equilibrio bastante agradecido. Hay más calma, las temperaturas suelen facilitar las caminatas y todavía es posible combinar patrimonio, terrazas y excursiones sin entrar plenamente en el ritmo del invierno.

Una ciudad pequeña con un otoño sorprendentemente grande

Girona funciona especialmente bien en esta estación porque no obliga a elegir entre ciudad y naturaleza. Por la mañana pueden recorrerse el Call y las murallas; unas horas después, caminar entre los plátanos de la Devesa o adentrarse en Sant Daniel. Con otra jornada aparecen Banyoles, Besalú y la Garrotxa. Incluso la Costa Brava queda lo bastante próxima para cambiar bosque por Mediterráneo cuando el tiempo acompaña.

Ese es quizá su verdadero atractivo otoñal. No necesita una única visita espectacular que justifique el viaje. Tiene muchas piezas pequeñas, cercanas entre sí, que encajan sin demasiado esfuerzo: piedra húmeda, hojas bajo los pies, campanas, puentes sobre el Onyar, un plato caliente tras una caminata. Girona en otoño se disfruta precisamente así, con menos prisa y dejando algún hueco en el programa para desviarse del camino previsto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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