Historia
¿Qué santo se celebra este 20 de junio? La historia de San Silverio
San Silverio protagoniza el santoral del 20 de junio: su vida, el destierro, el martirio y el legado que todavía guarda la Iglesia católica.

El santoral católico del 20 de junio sitúa en primer plano a San Silverio, papa y mártir del siglo VI. Fue el pontífice número 58 de la Iglesia católica y ocupó la silla de Pedro durante apenas unos meses, suficientes para quedar atrapado entre el Imperio bizantino, el poder ostrogodo y una disputa religiosa que olía bastante más a palacio que a incienso. Terminó depuesto, desterrado y muerto después de soportar graves penalidades.
No es, sin embargo, el único nombre de la jornada. El calendario también recuerda a San Juan de Matera, fundador de la congregación monástica de Pulsano; a Santa Florentina, religiosa hispana vinculada a la gran familia eclesiástica de la Sevilla visigoda; y a figuras como San Metodio de Olimpo, San Novato y el beato Dermicio O’Hurley. Los santorales varían según el calendario general, las tradiciones locales y las fuentes consultadas. La santidad, al parecer, tampoco cabe en una sola casilla.
San Silverio, el papa que no se inclinó ante el poder
Silverio nació en Frosinone, en la actual región italiana del Lacio. Era hijo de San Hormisdas, quien había estado casado antes de recibir las órdenes sagradas y llegó a ser papa entre los años 514 y 523. La biografía familiar resulta llamativa: padre e hijo ocuparon el pontificado, aunque separados por varios sucesores y en una época en la que el celibato eclesiástico todavía atravesaba un largo proceso de regulación.
Cuando Silverio fue elegido papa, en junio de 536, apenas era subdiácono. Su ascenso contó con el apoyo de Teodato, rey de los ostrogodos, circunstancia que pesaría después como una piedra atada al tobillo. Italia era entonces un territorio fracturado, con Roma convertida en premio militar y símbolo político. Los ostrogodos dominaban buena parte de la península mientras el emperador Justiniano intentaba recuperar desde Constantinopla los antiguos dominios occidentales del Imperio romano.
Aquella elección no tuvo nada de plácida. Era una decisión religiosa tomada bajo la sombra de ejércitos, embajadores y gobernantes que consideraban el papado una pieza más del tablero. Silverio recibió una Iglesia acosada por divisiones doctrinales y una Roma que esperaba el ruido de las armas. No precisamente el mejor despacho para estrenarse.
De Frosinone a una Roma sitiada
El nuevo papa comenzó su pontificado cuando la guerra gótica ya se extendía por Italia. A finales de 536, las tropas bizantinas comandadas por el general Belisario entraron en Roma. Los ostrogodos respondieron sitiando la ciudad durante meses, cortando suministros y tratando de recuperar una capital que seguía conservando un inmenso valor estratégico.
Silverio tuvo que gobernar entre murallas, hambre y sospechas, rodeado de cambios de lealtad. Su figura quedó atrapada en una paradoja difícil de resolver: había llegado al pontificado con respaldo ostrogodo, pero debía convivir con el ejército bizantino que controlaba Roma. Cada gesto podía interpretarse como una traición. Cada silencio, también.
En paralelo latía una controversia teológica de enorme importancia. La corte imperial quería aliviar el conflicto con los partidarios del monofisismo, corriente que defendía una única naturaleza en Cristo tras la encarnación, frente a la doctrina establecida en el Concilio de Calcedonia sobre sus naturalezas divina y humana. El debate tenía hondura religiosa, sí, pero también fronteras, alianzas y una considerable cantidad de ambición imperial.
Bizancio, los godos y una acusación decisiva
La emperatriz Teodora, esposa de Justiniano, protegía a Antimo, antiguo patriarca de Constantinopla depuesto por el papa Agapito I. Según la tradición histórica, la emperatriz presionó a Silverio para que rehabilitara a Antimo. El pontífice se negó.
Ese rechazo lo enfrentó a una de las personas más influyentes del Imperio bizantino. Teodora no era una figura ornamental encerrada entre mosaicos dorados. Intervenía en política, religión y nombramientos; sabía mover los resortes de Constantinopla y contaba con aliados en Roma. Entre ellos aparecía el diácono Vigilio, representante papal en la capital imperial y futuro sucesor de Silverio.
Poco después, el papa fue acusado de mantener correspondencia secreta con los ostrogodos para facilitarles la entrada en Roma. La autenticidad de las cartas utilizadas contra él ha sido puesta en duda desde hace siglos. Algunas tradiciones sostienen que fueron falsificadas; otras consideran que el proceso estuvo, como mínimo, condicionado por las necesidades políticas de los bizantinos. La justicia del siglo VI no llevaba venda: miraba de reojo al palacio.
Belisario ordenó que Silverio compareciera ante su esposa, Antonina, cercana a Teodora. Allí se le despojó de sus vestiduras pontificias, se le impuso un hábito monástico y se anunció que dejaba de ser papa. Vigilio ocupó después la sede romana. La sucesión quedó sellada antes de que la verdad tuviera tiempo siquiera de quitarse el polvo del camino.
El exilio, el martirio y una muerte envuelta en sombras
Silverio fue enviado primero a Patara, en Licia, territorio situado en la actual Turquía. El obispo de aquella ciudad conoció su caso y protestó ante el emperador Justiniano, advirtiendo de que un papa había sido apartado sin un proceso justo. El emperador ordenó que regresara a Italia y que las acusaciones fueran examinadas de nuevo.
El retorno no significó la libertad. Silverio acabó bajo el control de sus adversarios y fue trasladado a una pequeña isla del archipiélago de las Pontinas, identificada generalmente con Palmarola, cerca de Ponza. Allí permaneció aislado, privado de autoridad y sometido a condiciones extremas.
Murió en 537, probablemente el 2 de diciembre, aunque su festividad se celebra el 20 de junio. Las fuentes antiguas no permiten reconstruir con absoluta certeza la causa inmediata de la muerte. La tradición habla de hambre, malos tratos y agotamiento; el Martirologio Romano señala de forma más prudente que falleció consumido por las penalidades del destierro.
San Silverio no murió atravesado por una espada en una plaza pública ni fue ejecutado mediante una sentencia formal. Su martirio se entiende como consecuencia de las privaciones padecidas por defender una decisión de conciencia y negarse a someter una cuestión religiosa a las exigencias de la corte imperial.
La palabra mártir procede del griego y significa testigo. En su caso, el testimonio no quedó condensado en una escena grandiosa, sino en algo más áspero: pérdida del cargo, difamación, soledad y abandono en una isla. Un martirio sin música épica. Solo viento, roca y silencio.
Su culto arraigó con especial fuerza en Ponza y en varias localidades italianas. En Frosinone, su ciudad natal, comparte veneración con San Hormisdas. La iconografía suele representarlo con vestiduras papales, palma de martirio o señales del destierro, como recuerdo de un pontificado breve que adquirió significado precisamente después de ser destruido.
El mensaje de San Silverio: conciencia frente a obediencia
La historia de Silverio plantea una tensión que sigue siendo reconocible casi quince siglos después: qué ocurre cuando el poder exige obediencia a cambio de seguridad. Su biografía no ofrece una cómoda leyenda de buenos impecables y villanos de teatro. Había sido elegido bajo influencia ostrogoda, gobernó rodeado de intereses cruzados y terminó aplastado por una maquinaria política superior a él.
Su legado se encuentra en la negativa a convertir la doctrina en moneda de negociación. Silverio pudo haber evitado el enfrentamiento aceptando la rehabilitación de Antimo. Eligió no hacerlo. Esa decisión puede leerse desde la fe, pero también desde una perspectiva institucional: la autoridad religiosa intentaba conservar un espacio propio frente a un Imperio acostumbrado a ordenar incluso aquello que pertenecía a la conciencia.
También deja una advertencia sobre la acusación política utilizada como herramienta de derribo. Una carta dudosa, una sospecha conveniente y una sentencia dictada bajo presión bastaron para apartar a un pontífice. Cambian los sellos, las túnicas y los palacios; el mecanismo, por desgracia, envejece bastante bien.
El mensaje atribuido a su vida no consiste en buscar el sufrimiento ni en convertir la intransigencia en virtud automática. Habla de algo más incómodo: mantener ciertos límites morales cuando ceder parece la opción razonable, rentable y segura. Silverio perdió casi todo. Su nombre, sin embargo, sobrevivió a quienes prepararon su caída.
Los otros santos recordados el 20 de junio
El santoral de esta fecha también concede un lugar destacado a San Juan de Matera, conocido como Juan de Pulsano. Nació en el sur de Italia durante el siglo XI y eligió una vida de pobreza, retiro y disciplina monástica. Tras pasar por distintos monasterios y sufrir acusaciones injustas, fundó cerca del monte Gargano la congregación de Pulsano, integrada después en la tradición benedictina. Murió en 1139 y quedó asociado a la vida eremítica, la perseverancia y la reconstrucción de la reputación frente a la calumnia.
En España tiene especial relevancia Santa Florentina, nacida en Cartagena durante el siglo VI y hermana de San Leandro, San Isidoro y San Fulgencio. La familia tuvo una influencia decisiva en la Iglesia hispana del periodo visigodo. Florentina abrazó la vida religiosa, llegó a dirigir comunidades femeninas y recibió de su hermano Leandro un tratado sobre la formación de las vírgenes consagradas.
Su memoria se conserva con particular intensidad en la Archidiócesis de Sevilla. Frente a las turbulencias palaciegas de Silverio, Florentina representa otra forma de legado: estudio, vida comunitaria y transmisión cultural en una época donde los monasterios actuaban como pequeñas lámparas encendidas entre guerras, epidemias y derrumbes políticos.
También aparecen en los martirologios San Metodio de Olimpo, obispo y escritor cristiano de los primeros siglos; San Novato, vinculado a la antigua comunidad romana; y el beato Dermicio O’Hurley, arzobispo irlandés torturado y ejecutado en Dublín en 1584 por mantenerse fiel al catolicismo durante el reinado de Isabel I.
No existe, pues, una contradicción cuando un calendario destaca a San Silverio y otro coloca en primer plano a San Juan de Matera o a Santa Florentina. El santoral reúne diversas conmemoraciones y cada Iglesia local puede dar mayor relieve a quienes están vinculados con su historia. Silverio, Juan, Florentina, Metodio o Dermicio celebran su onomástica este 20 de junio según las distintas tradiciones reconocidas.
Una conciencia intacta en medio de las ruinas
San Silverio gobernó poco y sufrió mucho. Su pontificado no dejó grandes concilios, edificios monumentales ni documentos capaces de llenar bibliotecas. Dejó una escena más desnuda: un hombre apartado del poder por resistirse a una orden que consideraba incompatible con su deber religioso.
El 20 de junio recuerda esa firmeza, pero también la fragilidad de las instituciones cuando los intereses políticos se disfrazan de procedimiento legítimo. Silverio fue papa, prisionero y desterrado en menos de un año. El poder que lo derribó parecía inmenso; su memoria resultó más duradera.
Junto a él, San Juan de Matera, Santa Florentina y los demás nombres del santoral componen un mosaico de vidas muy distintas. Un pontífice entre imperios, un monje entre montañas, una abadesa en la Hispania visigoda. Los separan siglos y paisajes, pero los une una misma idea: la dignidad no siempre vence en el momento. A veces pierde, queda sola, parece borrada. Luego regresa.

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