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Historia

¿Qué revela Cova Dones sobre el culto femenino en la Roma valenciana?

Cova Dones revela 120 inscripciones latinas, ofrendas y el rastro de un culto femenino romano oculto durante siglos bajo tierra en Valencia.

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arqueóloga mira escritas latinas en una cueva

Una cueva de Millares, en el interior de Valencia, ha conservado durante casi dos milenios los nombres, las ofrendas y las plegarias de mujeres que participaron activamente en un culto romano subterráneo. La última campaña arqueológica en Cova Dones ha permitido documentar al menos 120 inscripciones latinas, la mayoría fechadas provisionalmente entre los siglos I y II d.C.

Los textos se concentran en una sala situada a más de 200 metros de la entrada y están relacionados con una divinidad femenina llamada reverencialmente Domina, «la Señora». En varias inscripciones aparece también la palabra Malaci, una denominación desconocida hasta este hallazgo y cuya interpretación continúa abierta.

No es una anécdota grabada por algún viajero aburrido. El conjunto apunta a un santuario organizado, frecuentado durante años y con una presencia femenina difícil de ignorar. Junto a las palabras han aparecido anillos de bronce, fusayolas, una pulsera, cerámicas y restos animales, materiales que refuerzan la existencia de ceremonias repetidas en el tiempo.

La cueva ya era excepcional antes de esta investigación. En sus paredes se habían identificado más de un centenar de pinturas y grabados paleolíticos con una antigüedad mínima de 24.000 años. Cova Dones reúne así dos mundos separados por milenios: el arte de las primeras comunidades humanas y las plegarias de la Hispania romana.

120 inscripciones que cambian el mapa de la Hispania romana

Los trabajos desarrollados durante la última campaña multiplicaron por ocho el material epigráfico conocido. Hasta entonces se habían identificado unas 15 inscripciones; tras examinar paredes, techos y superficies parcialmente cubiertas, el inventario alcanzó las 120 marcas latinas. La cifra todavía podría crecer conforme avance la documentación.

El volumen convierte a Cova Dones en candidata a ser la cueva santuario con más inscripciones latinas conocida tanto en Hispania como en el antiguo Imperio romano. La prudencia académica obliga a mantener cierto margen mientras continúan las lecturas y comparaciones, pero el tamaño del conjunto ya resulta extraordinario.

La cueva de La Griega, en Pedraza, conservaba 107 firmas romanas, casi todas masculinas. En Millares ocurre algo diferente: numerosos nombres identificados hasta el momento corresponden a mujeres romanas. Ese contraste modifica la forma de interpretar el lugar y también el papel de sus visitantes.

Las inscripciones no son textos monumentales encargados por una autoridad ni proclamas imperiales destinadas a impresionar a la multitud. Son nombres personales, dedicatorias y breves mensajes trazados directamente sobre la roca. Gestos pequeños, íntimos, quizá urgentes. Precisamente por eso resultan tan valiosos.

Roma produjo leyes, acueductos y estatuas de emperadores con expresión de mármol. También produjo personas que descendían a una cueva húmeda para pedir ayuda, agradecer un favor o dejar constancia de su paso. Esa religiosidad cotidiana apenas aparece en los grandes relatos, pero aquí sigue escrita.

Un santuario femenino a 200 metros de la entrada

El espacio ritual se encuentra en una pequeña sala interior, alejada de la luz natural. Para alcanzarla había que recorrer más de 200 metros por la cavidad. El trayecto podía realizarse a pie y no exigía escalar, aunque suponía abandonar progresivamente el paisaje exterior para internarse en un mundo de oscuridad, agua y roca.

Ese aislamiento no parece casual. Las inscripciones están concentradas en una zona concreta y muchas aparecen superpuestas. La distribución sugiere que el lugar era reconocido como un espacio sagrado, no simplemente visitado de manera ocasional por pastores, viajeros o curiosos.

Los investigadores han encontrado varias inscripciones votivas dedicadas a una misma divinidad. El dato refuerza la existencia de un culto específico y continuado. Algunas mujeres escribieron sus nombres en primera persona o encargaron a otra persona que los grabase, posiblemente acompañados por fórmulas de petición o agradecimiento.

No puede afirmarse todavía que el santuario estuviera reservado exclusivamente a mujeres. Sí existen evidencias sólidas de que su papel no fue secundario ni decorativo. Participaban en los rituales, entregaban objetos y se dirigían directamente a la divinidad.

En un mundo antiguo explicado demasiadas veces únicamente desde los despachos, los ejércitos y las biografías masculinas, la roca introduce una corrección incómoda. También bastante elocuente: aquellas mujeres no estaban mirando desde una esquina. Eran protagonistas del culto.

Domina y Malaci, el nombre aún por descifrar

En las dedicatorias aparece el término latino Domina, que puede traducirse como «la Señora». No sería necesariamente el nombre propio de la diosa, sino una fórmula reverencial para dirigirse a ella: la dueña del espacio, la soberana de la cueva o la divinidad protectora de quienes entraban.

En varias inscripciones puede leerse Malaci. Los especialistas estudian si se trata de una advocación, un epíteto local o el nombre de una deidad hasta ahora desconocida. También se analiza su posible relación con el agua presente en la cavidad, aunque esa conexión continúa siendo una hipótesis.

La religión romana no fue un bloque uniforme distribuido desde Roma con la eficacia de un formulario administrativo. Junto a Júpiter, Venus o Minerva sobrevivieron dioses locales, cultos familiares y divinidades asociadas a montañas, fuentes, caminos y cuevas.

En las provincias se mezclaban tradiciones romanas, indígenas y mediterráneas. Malaci podría pertenecer a ese paisaje religioso híbrido, donde una divinidad local adoptaba fórmulas latinas sin perder del todo su identidad anterior. Una especie de frontera espiritual, menos ordenada que los manuales.

La repetición del nombre descarta, al menos provisionalmente, que se trate de una lectura accidental. Existía una comunidad que conocía a esa misteriosa Señora, sabía cómo dirigirse a ella y consideraba aquella sala el lugar apropiado para hacerlo. Fuera de la cueva su memoria desapareció; dentro quedó arañada en la piedra.

Anillos, husos y ofrendas junto a las plegarias

Las palabras no estaban solas. El equipo arqueológico ha recuperado fusayolas, anillos de bronce, una pulsera, fragmentos cerámicos y restos de animales. Estos materiales permitirán reconstruir cómo se desarrollaban los rituales romanos y durante cuánto tiempo se utilizó el santuario.

Las fusayolas son pequeñas piezas que servían como contrapeso en los husos empleados para hilar. En el mundo antiguo estaban estrechamente vinculadas al trabajo textil, realizado habitualmente por mujeres. Su presencia podría indicar que se depositaron husos completos como ofrenda.

No eran objetos lujosos de vitrina. Pertenecían al trabajo diario, al tacto de la lana y a las horas repetidas junto al telar. Colocar una herramienta cotidiana ante una divinidad convertía una tarea humilde en un gesto religioso profundamente personal.

Los anillos y la pulsera añaden otra dimensión. Entregar un objeto utilizado sobre el cuerpo suponía renunciar a algo cargado de memoria y valor. Las piezas pudieron acompañar peticiones relacionadas con la salud, la fertilidad, la familia o la protección, aunque vincular cada hallazgo con una petición concreta sería todavía especulativo.

En una campaña anterior apareció también una moneda del emperador Claudio, cuyo reinado transcurrió entre los años 41 y 54. Estaba encajada deliberadamente entre una grieta y una formación del techo, una posición compatible con una ofrenda y difícil de explicar como una simple pérdida accidental.

La moneda ayudó a situar el uso romano del recinto alrededor del siglo I. Junto con las inscripciones y los objetos personales, dibuja una escena bastante nítida: personas que descendían hasta aquella sala, depositaban una ofrenda votiva y dejaban su nombre bajo la protección de la divinidad.

Una historia que comenzó 24.000 años antes

Cova Dones no entró en el mapa arqueológico por los romanos. La cavidad ya era conocida por albergar uno de los conjuntos de arte paleolítico más relevantes del Mediterráneo peninsular. Los primeros estudios sistemáticos identificaron más de un centenar de pinturas y grabados.

Entre las figuras aparecen caballos, ciervas, uros, signos geométricos y líneas realizadas con los dedos o con instrumentos sobre superficies blandas. Una de las peculiaridades del conjunto es el empleo de arcilla roja aplicada directamente sobre la pared, en lugar de otros pigmentos más habituales.

La cueva tiene cerca de 500 metros de recorrido y el principal sector decorado se encuentra a unos 400 metros de la entrada. Se han registrado más de 110 unidades gráficas, entre ellas numerosas representaciones animales. Parte de las superficies continúa pendiente de un análisis exhaustivo.

No todo el interior se ha estudiado con el mismo detalle. La humedad, las formaciones minerales y la dificultad de acceso obligan a trabajar lentamente. Bajo una capa aparentemente anodina puede aparecer una nueva figura, una inscripción o una marca humana. En arqueología, la paciencia también excava.

Muchísimo tiempo después de los artistas paleolíticos, grupos de la Edad del Hierro utilizaron también la cavidad. Luego llegaron los romanos. No existe una línea continua que conecte todas esas ocupaciones ni debe imaginarse una religión ininterrumpida durante milenios.

Lo que sí aparece es una persistencia del lugar. Generaciones separadas por abismos culturales percibieron en aquella oscuridad algo especial. La cueva funcionó como refugio, espacio simbólico y santuario subterráneo, aunque cada sociedad le concediera un significado diferente.

El papel de las mujeres en la religión romana

El hallazgo permite estudiar un ámbito que suele aparecer fragmentado en los documentos antiguos. Las fuentes literarias romanas fueron redactadas mayoritariamente por hombres pertenecientes a las élites, mientras que la actividad religiosa de las mujeres comunes dejó rastros más dispersos: epitafios, objetos, dedicatorias breves y lugares de culto alejados de los centros urbanos.

En Cova Dones, esos rastros aparecen reunidos. Los nombres femeninos, las dedicatorias a Domina, las fusayolas y los adornos de bronce forman un conjunto coherente. No demuestran una sociedad igualitaria —Roma estaba lejos de serlo—, pero sí muestran que las mujeres actuaban como sujetos religiosos.

Tomaban decisiones rituales, entregaban bienes personales y construían una relación propia con la divinidad. No eran únicamente esposas, hijas o madres definidas por la mirada ajena. En aquella sala tenían nombre, voz y presencia. La piedra, menos diplomática que ciertos cronistas, las ha conservado.

También resulta sugerente el nombre tradicional de la cavidad. Cova de les Dones significa «cueva de las mujeres» en valenciano y está documentado desde hace siglos. Los investigadores han planteado que pudiera conservar una memoria remota de la presencia femenina o de antiguas leyendas relacionadas con seres sobrenaturales.

Es una posibilidad atractiva, casi demasiado redonda, pero no está demostrada. Los topónimos también cuentan historias; unas veces conservan recuerdos verdaderos y otras rellenan silencios con leyendas. La coincidencia merece atención, no una sentencia precipitada.

Cova Dones, un archivo humano bajo la roca

El gran valor del descubrimiento no reside únicamente en batir un récord de inscripciones. Cova Dones conserva dentro de un mismo espacio arte paleolítico, modificaciones prehistóricas, materiales de la Edad del Hierro y un santuario romano. La roca funciona como un archivo, aunque sus documentos no estén ordenados.

Quedan por completar la lectura de numerosos textos, la cronología precisa de las distintas fases y el significado definitivo de Malaci. Habrá que establecer también quiénes controlaban el acceso, cómo se organizaban las ceremonias y qué relación mantenía el santuario con las comunidades romanas de los alrededores.

Las próximas investigaciones podrían aclarar si la divinidad estaba relacionada con el agua, la fertilidad, la salud o la protección del hogar. También permitirán saber si el culto tenía un alcance estrictamente local o atraía visitantes de otros asentamientos de la Valencia romana.

Lo confirmado ya basta para cambiar la imagen del lugar. Hace unos 1.900 años, mujeres del territorio valenciano recorrieron la oscuridad de Cova Dones, llegaron a una pequeña sala húmeda y dejaron allí nombres, joyas, herramientas textiles y plegarias grabadas.

La diosa a la que acudieron se desvaneció del recuerdo colectivo. Ellas, en cambio, han vuelto a hablar. No con grandes discursos ni estatuas solemnes, sino mediante incisiones diminutas, objetos cotidianos y un nombre misterioso conservado en las entrañas de una montaña.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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