Síguenos

Actualidad

¿Qué reprocha Ernesto Ekaizer a Felipe VI por la crisis de Ceuta?

Ekaizer cuestiona la indignación de Felipe VI por Ceuta, el silencio sobre Marruecos y la batalla política abierta tras la crisis fronteriza.

Publicado

el

Los novios de Felipe VI

Ernesto Ekaizer ha cargado contra Felipe VI por expresar su “indignación” ante la crisis de Ceuta sin aclarar hacia quién iba dirigida. El periodista considera que el mensaje de la Casa Real dejó flotando una ambigüedad demasiado gruesa: no señaló a Marruecos, no mencionó a Mohamed VI y tampoco precisó si la crítica alcanzaba a la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez.

Ese es el centro de la polémica. Ekaizer no cuestiona que el Estado deba proteger Ceuta y Melilla, sino que el jefe del Estado empleara una palabra de fuerte contenido político sin identificar responsabilidades. Durante su intervención en Malas Lenguas, en RTVE, lanzó la frase que ha incendiado la discusión: “¿Con quién está indignado el rey?”. Después planteó dos posibilidades: con Mohamed VI o con Sánchez.

La reacción llega después de que Felipe VI manifestara su “gran preocupación e indignación” por los graves acontecimientos registrados en Ceuta y, en menor medida, en Melilla. Zarzuela reclamó medidas para impedir que una tragedia semejante volviera a producirse y recordó que “el Estado debe velar por su seguridad”. El comunicado, solemne y rotundo, tenía sujeto, verbo y gravedad institucional. Le faltaba, sin embargo, el destinatario de la reprimenda.

La declaración de Felipe VI que abrió la polémica

El mensaje del rey fue difundido el sábado 1 de agosto, después de varios días de crisis fronteriza. Felipe VI aseguró haber seguido los acontecimientos con preocupación y trasladó palabras de ánimo y firmeza a las dos ciudades autónomas. También pidió medidas capaces de mostrar “de forma unida, clara y determinante” el apoyo del resto de España a las poblaciones de Ceuta y Melilla.

Durante esas jornadas, el monarca mantuvo conversaciones con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo; y los presidentes de Ceuta y Melilla. El comunicado situó a la Corona en su terreno habitual durante una emergencia: respaldo institucional, apelación a la unidad y contacto con las principales autoridades.

Pero la palabra indignación no es exactamente un ramo de flores protocolario. Expresa enfado, rechazo y, de manera inevitable, la existencia de una conducta reprochable. Al no precisar quién había provocado ese sentimiento, el mensaje permitía lecturas opuestas. Podía entenderse como una crítica a la insuficiente protección estatal, como una censura implícita a Marruecos o como una condena general de la tragedia humana. Todo cabía. Quizá demasiado.

Una indignación sin destinatario explícito

La Casa Real no culpó al Ejecutivo español, pero tampoco hizo referencia directa a las autoridades marroquíes. No habló de una decisión deliberada de Rabat, de una relajación de los controles fronterizos ni de una utilización política de los movimientos migratorios. Se limitó a reclamar que el Estado garantizara la seguridad y evitara nuevos episodios semejantes.

Esa omisión sostiene la crítica de Ekaizer. El periodista interpreta que, en un escenario dominado por las acusaciones contra Sánchez, la frase podía acabar incorporada al discurso de quienes responsabilizan exclusivamente al Gobierno español. No porque Zarzuela lo dijera de forma expresa —no lo hizo—, sino porque dejó un espacio en blanco que cada partido podía rellenar con su rotulador favorito.

Qué reprocha realmente Ernesto Ekaizer al rey

Ekaizer planteó en televisión si Felipe VI estaba indignado con Mohamed VI, al que los monarcas suelen dirigirse mediante fórmulas fraternales de cortesía, o con Pedro Sánchez. También amplió el foco hacia las condiciones sociales que empujan a ciudadanos marroquíes y subsaharianos a arriesgar la vida para alcanzar territorio europeo.

Su reproche contiene tres capas distintas. La primera es diplomática: Marruecos no aparece nombrado. La segunda es política: la declaración puede interpretarse como una amonestación al Ejecutivo. La tercera es humanitaria: hablar solo de seguridad deja en penumbra la pobreza, la falta de expectativas y la desesperación que alimentan estas rutas.

Ekaizer comparó la política migratoria de Sánchez con la respuesta de Angela Merkel durante el éxodo sirio y sostuvo que el rey “se ha equivocado” al emitir un mensaje susceptible de coincidir con las críticas de dirigentes conservadores y de extrema derecha. Según su planteamiento, Felipe VI no debía quedar situado junto a quienes atacaban al Gobierno, sino que “tiene que estar con la unidad nacional”.

Conviene separar los hechos de su interpretación. El mensaje del rey no acusó a Sánchez ni respaldó las posiciones de Feijóo, Santiago Abascal, Giorgia Meloni o Donald Trump. Esa conexión pertenece al análisis de Ekaizer. Es una lectura política legítima y discutible, pero no demuestra cuál era la intención concreta de Felipe VI.

También resulta posible interpretar el comunicado en sentido contrario: como una llamada al conjunto del Estado, no únicamente al Gobierno, para reforzar la protección de dos territorios españoles sometidos a una presión extraordinaria. La expresión “de forma unida” parece precisamente concebida para evitar la guerra partidista. Otra cosa es que lo consiguiera. En España, pedir unidad suele ser el disparo de salida para comprobar quién acusa primero al vecino de romperla.

Mohamed VI, el gran nombre ausente

La falta de una mención a Marruecos pesa especialmente por el precedente de mayo de 2021. Entonces, alrededor de 8.000 personas entraron en Ceuta después de que Rabat mostrara su malestar por la hospitalización en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario. Un ministro marroquí llegó a vincular públicamente la relajación de los controles con aquella decisión española.

Ese recuerdo convierte cualquier silencio diplomático en material inflamable. España necesita la cooperación marroquí para controlar una frontera exterior de la Unión Europea, combatir las redes de tráfico y gestionar los retornos. Marruecos, a su vez, conoce el valor estratégico de esa colaboración. Es una relación con alfombra roja en la superficie y placas tectónicas debajo.

Ekaizer apunta precisamente hacia esa incomodidad. Su pregunta no pretende averiguar una emoción privada del monarca, algo imposible, sino subrayar que el comunicado evitó identificar al actor exterior cuya actuación constituye una parte inevitable del debate.

Lo que puede hacer Felipe VI ante una crisis fronteriza

Felipe VI puede expresar preocupación, mantener contactos institucionales, representar la continuidad del Estado y trasladar apoyo a Ceuta y Melilla. Su intervención posee peso simbólico y político, aunque no tenga capacidad ejecutiva para ordenar despliegues policiales, negociar retornos o dirigir la política exterior.

La Constitución define al rey como jefe del Estado y símbolo de su unidad y permanencia, con la función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Sus actos se encuentran sujetos al marco constitucional y, con carácter general, al refrendo de las autoridades responsables. La gestión de la frontera, la seguridad operativa y las relaciones con Marruecos corresponden al Gobierno.

Por eso, cuando el monarca afirma que “el Estado” debe actuar, no está dictando una orden. Está emitiendo una señal institucional. Y las señales importan, sobre todo cuando la maquinaria política busca apropiarse de cada palabra. La Corona habla poco; cuando eleva el tono, las sílabas pesan como piedras.

La crítica de Ekaizer se mueve en ese terreno. No acusa al rey de haber adoptado una medida contraria al Gobierno, sino de haber elegido una formulación que podía ser utilizada contra él. Para el periodista, la neutralidad exigía mayor precisión. Para los defensores del comunicado, nombrar directamente a Marruecos habría supuesto introducir al monarca en una disputa diplomática que corresponde administrar al Ejecutivo.

Ceuta, la tragedia que queda detrás de las palabras

La controversia televisiva no debe ocultar la dimensión de lo ocurrido. Más de 50.000 personas cruzaron desde Marruecos durante la entrada masiva iniciada el jueves, aunque la mayoría regresó en las horas posteriores. El balance oficial había ascendido este domingo a por lo menos 72 fallecidos vinculados al episodio, mientras más de un millar de personas habían necesitado atención médica.

La ciudad sufrió jornadas de miedo, saturación de los servicios y enorme presión sobre las fuerzas de seguridad. La Asociación Unificada de Guardias Civiles denunció turnos interminables, falta de relevos, carencias de avituallamiento y ausencia de apoyo psicológico estructurado para agentes que participaron en rescates de cadáveres, incluidos menores. También reclamó una respuesta coordinada y un mando claro ante futuras emergencias.

En ese escenario, las palabras seguridad, soberanía y control fronterizo no son abstracciones. Tampoco lo son los cuerpos recuperados del agua, las familias que buscan a desaparecidos o los vecinos que intentan recuperar una normalidad quebrada en cuestión de horas.

Reducirlo todo a una pelea entre monárquicos, republicanos, Gobierno y oposición sería una cómoda frivolidad madrileña. Ceuta no es un decorado situado al otro lado del Estrecho. Es una ciudad española y europea donde confluyen la presión migratoria, los intereses diplomáticos de Marruecos, la fragilidad social y una frontera que funciona como termómetro —y a veces como arma— de las relaciones bilaterales.

Una palabra demasiado abierta para una crisis tan concreta

Ernesto Ekaizer reprocha a Felipe VI haber pronunciado una condena sin precisar a quién condenaba. Considera que esa ambigüedad podía acercar al rey al relato de la derecha contra Pedro Sánchez y que la Corona debía haber situado con más claridad su mensaje en la defensa de la unidad institucional, la responsabilidad marroquí y la dimensión humana de la crisis.

La declaración real, sin embargo, no culpó expresamente al Gobierno. Reclamó protección para Ceuta y Melilla, apoyo del conjunto de España y medidas que impidan una nueva tragedia. Su prudencia diplomática evitó señalar a Marruecos, pero abrió la puerta a la disputa doméstica. Una puerta bastante ancha, visto lo visto.

La polémica no nace únicamente de lo que Felipe VI dijo, sino de lo que dejó sin decir. La indignación llegó desde Zarzuela con toda su solemnidad, pero sin dirección postal. Y Ekaizer, bolígrafo en mano, decidió escribir el destinatario en público.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído