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Historia

¿Qué hechos del 25 de julio marcaron la historia de España y el mundo?

El 25 de julio reúne a Santiago, el Ebro, Barcelona 92, Nelson y grandes hitos mundiales que todavía marcan la memoria de España y del mundo.

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Día Nacional de Galicia

El 25 de julio no es una fecha cualquiera en el calendario español. Tal día como hoy se celebra Santiago Apóstol y el Día Nacional de Galicia, pero también se recuerdan episodios que dejaron cicatrices profundas: la derrota de Horatio Nelson en Tenerife, el desembarco estadounidense en Puerto Rico, el comienzo de la batalla del Ebro y la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Una mezcla difícil de encontrar en otra jornada: incienso, pólvora, ruinas y una flecha encendida cruzando el cielo de Montjuïc.

Fuera de España, el 25 de julio también empujó las puertas de la historia. Louis Blériot cruzó por primera vez el canal de la Mancha en avión; el régimen fascista de Benito Mussolini fue derribado; nació Louise Brown, la primera persona concebida mediante fecundación in vitro; Svetlana Savítskaya realizó el primer paseo espacial protagonizado por una mujer y, en 2000, el accidente del Concorde en Gonesse quebró el mito de la aviación supersónica comercial. La fecha salta de la guerra a la ciencia casi sin pedir permiso.

Santiago, Galicia y la España que se cuenta a sí misma

Cada 25 de julio, Santiago de Compostela se convierte en el centro simbólico de una tradición que ha atravesado siglos, fronteras y regímenes políticos. La festividad de Santiago Apóstol, tradicionalmente considerado patrón de España, está unida a la historia del Camino y a la construcción de Compostela como gran destino de peregrinación europea, junto con Roma y Jerusalén. La leyenda sitúa allí los restos del apóstol; la historia documenta lo que vino después: una ciudad levantada alrededor de la fe, el tránsito humano y una ruta capaz de dibujar Europa a golpe de pasos.

La jornada es también el Día Nacional de Galicia, una celebración cultural y política que desborda el ámbito religioso. En el Obradoiro conviven la misa solemne, la ofrenda al apóstol, el vuelo del botafumeiro y una identidad gallega que ha sabido expresarse incluso en épocas en las que hacerlo tenía un precio. No todo cabe bajo el mismo paraguas, claro. Fe, tradición e identidad nacional dialogan, discuten y a veces se miran de reojo. Así funciona la historia cuando sigue viva.

Cuando el 25 de julio cae en domingo se celebra el Año Santo Jacobeo y se abre la Puerta Santa de la catedral compostelana. En 2026 la fecha cae en sábado, de modo que el próximo Xacobeo llegará en 2027. La peregrinación, mientras tanto, no se detiene: botas cubiertas de polvo, mochilas húmedas, bastones apoyados en las fachadas y esa llegada al Obradoiro que convierte una plaza de piedra en un pequeño mapa del mundo.

Tenerife y Puerto Rico: del orgullo al derrumbe imperial

El 25 de julio de 1797, las fuerzas españolas y las milicias canarias dirigidas por el comandante general Antonio Gutiérrez derrotaron en Santa Cruz de Tenerife a una escuadra británica comandada por el contralmirante Horatio Nelson. El marino, que después sería elevado al altar laico de los héroes británicos, intentaba tomar una posición estratégica en las rutas atlánticas. Salió de Canarias derrotado y sin el brazo derecho, amputado tras resultar alcanzado durante el desembarco.

La llamada Gesta del 25 de Julio sigue formando parte de la memoria pública de Santa Cruz. Está en su escudo, en el nombre de una de sus plazas y en las recreaciones históricas que recuerdan la defensa de la ciudad. Tiene algo de ironía que uno de los mayores símbolos del poder naval británico encontrara en Tenerife un muro inesperado, levantado no por una gran armada, sino por fortificaciones locales, artilleros, soldados y vecinos. Nelson descubrió allí que los imperios también tropiezan.

Exactamente 101 años después, el signo se había invertido. El 25 de julio de 1898, durante la guerra entre España y Estados Unidos, las tropas estadounidenses desembarcaron en la bahía de Guánica, en Puerto Rico. El general Nelson A. Miles dirigió una operación que avanzó rápidamente hacia Ponce y otros puntos de la isla, mientras España se aproximaba a una derrota que pondría fin a buena parte de su imperio ultramarino.

Puerto Rico había recibido pocos meses antes una carta autonómica y acababa de estrenar instituciones propias bajo soberanía española. Apenas hubo tiempo para comprobar su alcance. Tras el Tratado de París, la isla quedó bajo control de Estados Unidos. Entre el triunfo de Tenerife y el desembarco de Guánica hay un siglo exacto y una lección incómoda: la gloria imperial envejece deprisa, aunque los discursos oficiales acostumbren a enterarse los últimos.

Del Ebro a Barcelona 92: dos países en una fecha

El siglo XX español dejó dos imágenes opuestas asociadas al 25 de julio. La primera muestra hombres atravesando un río de noche con barcas, pasarelas y el agua hasta el pecho. La segunda, una flecha encendida volando sobre un estadio. Entre ambas escenas transcurrieron 54 años, una dictadura y una transición democrática. Casi una vida completa.

El Ebro, 115 días de desgaste y destrucción

A las 00:15 del 25 de julio de 1938, en una noche sin luna, las fuerzas republicanas comenzaron a cruzar el Ebro entre Mequinenza y Amposta. La operación pretendía sorprender al ejército franquista, aliviar la presión sobre Valencia y demostrar a las democracias europeas que la República todavía conservaba capacidad militar frente al avance del fascismo. El golpe inicial funcionó. Después llegó el infierno.

La batalla del Ebro se prolongó hasta el 16 de noviembre, durante 115 días. Alrededor de 250.000 combatientes participaron en una lucha de desgaste marcada por la artillería, los bombardeos, el calor, la sed y las ofensivas frontales sobre posiciones como las sierras de Pàndols y Cavalls. La República ganó terreno durante las primeras horas, pero no pudo romper definitivamente el frente ni sostener aquella sangría indefinidamente.

El combate terminó con la retirada republicana al otro lado del río y dejó su ejército gravemente debilitado. La campaña de Cataluña comenzó poco después y Barcelona cayó en enero de 1939. En términos territoriales, el frente acabó casi donde había empezado; en términos humanos y políticos, el país quedó mucho más cerca de la derrota republicana y de una dictadura que duraría casi cuatro décadas. Se combatió por cada colina para terminar regresando al mismo río, sólo que con miles de ausencias.

Corbera d’Ebre, Gandesa, la Fatarella y las sierras de la Terra Alta conservan trincheras, refugios y restos de metralla. Hay pueblos que nunca recuperaron del todo su aspecto anterior. El paisaje parece tranquilo. Demasiado. Bajo los pinos y la tierra reseca sigue latiendo uno de los episodios más brutales de la Guerra Civil española.

Cincuenta y cuatro años más tarde, el 25 de julio de 1992, España ofrecía una estampa radicalmente distinta. El Estadio Olímpico de Montjuïc acogía la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, abierta oficialmente por el rey Juan Carlos I. Antonio Rebollo lanzó la flecha encendida que pasó sobre el pebetero y dejó una de las imágenes más reconocibles de la historia olímpica.

Barcelona 92 no fue sólo una competición deportiva. La ciudad recuperó su frente marítimo, transformó barrios, amplió infraestructuras y se presentó ante el mundo como una capital mediterránea moderna. Hubo excesos, operaciones urbanísticas discutibles y facturas que no conviene ocultar bajo la mascota Cobi, pero el cambio fue indudable. Barcelona volvió a mirar al mar después de décadas viviendo parcialmente de espaldas a él.

España terminó los Juegos con 22 medallas: 13 de oro, siete de plata y dos de bronce. Nunca había logrado un resultado semejante. Aquel verano quedaron los triunfos de Fermín Cacho, Miriam Blasco, Daniel Plaza o el equipo femenino de hockey, junto con la aparición del Dream Team estadounidense de baloncesto. También quedó una sensación colectiva, quizá irrepetible, de país capaz de organizar algo grande sin que todo acabara atrapado entre improvisaciones, disputas territoriales y una comisión parlamentaria.

El mundo también giró un 25 de julio

Aviación, ciencia y poder

El 25 de julio de 1909, el francés Louis Blériot despegó de Calais en un frágil monoplano Blériot XI y cruzó el canal de la Mancha hasta las proximidades de Dover. Recorrió unos 36 kilómetros sobre el agua y completó el primer cruce del canal en avión. La hazaña duró poco más de media hora, pero cambió la percepción pública de la aviación: aquellas máquinas de madera, tela y alambres ya no eran juguetes temerarios. Podían unir países. También bombardearlos, como Europa comprobaría poco después.

En 1943, con los aliados avanzando por Sicilia y la guerra inclinándose contra el Eje, el régimen fascista italiano fue derribado. Benito Mussolini, que gobernaba desde 1922, perdió el poder el 25 de julio y fue detenido. Italia continuó atrapada en la guerra, pero el dictador que había llenado plazas, uniformes y balcones descubrió una regla bastante constante: las multitudes desaparecen con sorprendente rapidez cuando el poder deja de parecer eterno.

El 25 de julio de 1984, la cosmonauta soviética Svetlana Savítskaya se convirtió en la primera mujer que realizó una actividad extravehicular, lo que popularmente llamamos un paseo espacial. Habían pasado 21 años desde el vuelo de Valentina Tereshkova, primera mujer en el espacio. Savítskaya salió de la estación Salyut 7 y rompió otra frontera que durante demasiado tiempo se había presentado como naturalmente masculina. Naturalmente, ya se sabe, suele significar que alguien decidió las normas antes de que llegaran los demás.

Louise Brown y una revolución silenciosa

A las 23:47 del 25 de julio de 1978 nació en Oldham, cerca de Manchester, Louise Brown, la primera bebé concebida mediante fecundación in vitro. Su nacimiento fue posible gracias al trabajo de Robert Edwards, Patrick Steptoe y Jean Purdy, aunque durante años la contribución científica de esta última recibió bastante menos reconocimiento. Nada nuevo bajo la bata blanca.

La llegada de Louise Brown abrió una vía médica que ha permitido nacer a millones de personas y transformó la reproducción asistida, la embriología y la idea misma de familia. Aquello que parte de la prensa llamó con torpeza “bebé probeta” era, sencillamente, una niña sana. La revolución entró en el mundo llorando, como hacen casi todas las personas al nacer, sin saber que llevaba décadas de debates científicos, religiosos y éticos sobre los hombros.

La aviación regresó a la fecha con su rostro más oscuro el 25 de julio de 2000. El vuelo 4590 de Air France, operado por un Concorde, se estrelló en Gonesse poco después de despegar del aeropuerto Charles de Gaulle rumbo a Nueva York. Murieron los 100 pasajeros, los nueve tripulantes y cuatro personas que se encontraban en tierra.

La investigación determinó que un neumático pasó sobre una lámina metálica caída de otro avión. Los fragmentos golpearon la estructura y desencadenaron un incendio bajo el ala izquierda. El aparato no consiguió ganar altura ni velocidad y cayó sobre un hotel. La tragedia no retiró inmediatamente al Concorde, pero destruyó su aura de invulnerabilidad. El avión que parecía anticipar el futuro empezó a pertenecer, desde aquel momento, al pasado.

El calendario no olvida, aunque nosotros sí

El 25 de julio reúne varias Españas y varios mundos. Está la España peregrina que llega a Compostela; la que derrotó a Nelson; la que perdió Puerto Rico; la que se desangró junto al Ebro y la que, décadas después, contempló una flecha de fuego sobre Barcelona. Ninguna anula a las demás. Todas forman parte del mismo país, con sus orgullos, relatos interesados y heridas mal cosidas.

También es la fecha de un avión de tela cruzando el canal de la Mancha, del derrumbe de Mussolini, de una niña nacida gracias a una técnica revolucionaria, de una mujer flotando en el espacio y del Concorde convertido en una columna de fuego. La historia no avanza en línea recta. Da saltos, retrocede, acelera y a veces tropieza con una pequeña pieza de metal abandonada sobre una pista.

Tal día como hoy, el 25 de julio recuerda que una fecha puede contener devoción y ciencia, derrota y celebración, memoria democrática y nostalgia imperial. El calendario sólo marca números. Somos nosotros quienes decidimos qué hacemos con ellos: convertirlos en estatuas cómodas o mirarlos de frente, con todos sus matices, incluso cuando la imagen no sale favorecida.

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