Tecnología
¿Qué nombre propone Trump para cambiar la inteligencia artificial?
Donald Trump propone tres nombres alternativos para la inteligencia artificial en una encuesta publicada durante un intenso debate sobre sus riesgos.

Resumen
- Trump propone tres nuevos nombres para la inteligencia artificial
- La encuesta plantea Inteligencia Superior, Extrema e Inteligencia Suprema
- No existe un cambio oficial y el término inteligencia artificial sigue vigente
Donald Trump quiere rebautizar la inteligencia artificial. El presidente de Estados Unidos lanzó este sábado 19 de septiembre una encuesta en Truth Social en la que plantea tres alternativas al término que medio planeta resume desde hace años con dos letras: IA. Sus propuestas son Inteligencia Superior, Inteligencia Extrema e Inteligencia Suprema.
Por ahora, sin embargo, no existe ningún procedimiento oficial anunciado para cambiar el nombre de la inteligencia artificial, ni una decisión del Gobierno estadounidense que sustituya esa denominación. Se trata de una encuesta informal publicada por Trump entre sus seguidores, no de una modificación científica, académica o administrativa de la terminología. Dicho de otro modo: la IA sigue llamándose IA.
Trump propone tres nombres para sustituir a la inteligencia artificial
Trump sostuvo en su publicación que muchas personas consideran que la expresión inteligencia artificial resulta imprecisa y poco elegante. Como alternativa presentó Superior Intelligence, Extreme Intelligence y Supreme Intelligence, traducibles como Inteligencia Superior, Inteligencia Extrema e Inteligencia Suprema. Después invitó a participar en una votación para escoger la denominación preferida.
La elección de las palabras no es precisamente neutra. Mientras “artificial” explica el origen humano y tecnológico de estos sistemas, términos como “superior” o “suprema” introducen una idea de jerarquía: sugieren una inteligencia situada por encima de otra. Ahí aparece una diferencia importante entre un nombre llamativo y una definición científica.
La inteligencia artificial es, en realidad, un concepto amplísimo. Incluye sistemas capaces de realizar tareas asociadas a capacidades cognitivas humanas, desde reconocer imágenes hasta procesar lenguaje, encontrar patrones, generar contenidos o adoptar determinadas decisiones a partir de datos. No implica necesariamente una inteligencia general superior a la humana.
Un término nacido mucho antes de ChatGPT
La expresión tampoco llegó con los actuales asistentes conversacionales. John McCarthy acuñó “artificial intelligence” en 1955 mientras preparaba el proyecto académico que desembocaría en el encuentro de Dartmouth del verano de 1956, considerado uno de los momentos fundacionales de la disciplina.
El nombre sobrevivió siete décadas, varios inviernos de la IA, generaciones de ordenadores y una colección bastante generosa de promesas tecnológicas. Ahora que los modelos generativos han llevado la disciplina a millones de hogares y empresas, Trump pone en cuestión precisamente esa etiqueta histórica.
Cambiarla, claro, es otra historia. Una denominación científica no funciona como el nombre de un departamento gubernamental: no existe una autoridad mundial que pueda rebautizar toda la disciplina de un plumazo. Universidades, empresas, organismos internacionales, legisladores y comunidades científicas han construido durante décadas su vocabulario alrededor del concepto de inteligencia artificial.
La encuesta llega en plena discusión sobre los riesgos de la IA
El momento elegido por Trump añade contexto. La propuesta aparece después de varios días especialmente intensos para la industria tecnológica, con investigadores y directivos debatiendo públicamente si el desarrollo de sistemas cada vez más capaces está avanzando más deprisa que los mecanismos destinados a controlarlos.
Responsables y antiguos investigadores de grandes laboratorios han planteado preocupaciones sobre la supervisión de modelos avanzados. Directivos y figuras vinculadas a compañías como Anthropic, OpenAI, Google DeepMind, Microsoft y xAI han participado, con matices diferentes, en el debate sobre cómo reforzar la seguridad y evaluar sistemas cada vez más autónomos.
Trump ha adoptado una posición distinta frente a buena parte de esas advertencias. Durante la misma semana rechazó las peticiones de nuevas barreras regulatorias y sostuvo que frenar el desarrollo estadounidense de la IA podría favorecer a China. La discusión se ha convertido así en una cuestión de competencia tecnológica entre Estados Unidos y China, además de seguridad.
Del debate sobre el nombre a una nueva “AI Force”
La encuesta no ha sido el único movimiento de Trump relacionado con la tecnología. Este mismo sábado anunció que pretende nombrar a un nuevo asesor de inteligencia artificial y crear una denominada “AI Force”, aunque no explicó todavía qué estructura tendría, cuáles serían exactamente sus competencias ni cómo se pondría en marcha.
El planteamiento encaja con la orientación expresada por su Administración: favorecer el crecimiento rápido del sector y recurrir principalmente al marco jurídico existente cuando aparezcan usos ilegales o daños, antes que levantar un nuevo entramado regulatorio específico. Los defensores de una supervisión más intensa consideran insuficiente ese enfoque; sus partidarios argumentan que una regulación prematura podría lastrar la innovación estadounidense.
Detrás de esa discusión hay bastante más que semántica. Estados Unidos y China compiten por posiciones de liderazgo en una tecnología con aplicaciones económicas, científicas y militares, mientras las empresas invierten cantidades enormes en centros de datos, chips y nuevos modelos. La carrera por la IA se ha convertido también en política industrial y geopolítica.
“Superior” no significa lo mismo que “artificial”
Desde un punto de vista técnico, las propuestas de Trump plantean otro problema: describen cosas diferentes.
Llamar a algo inteligencia artificial indica que se trata de capacidades desarrolladas mediante sistemas creados por seres humanos. Llamarlo inteligencia superior afirmaría o, como mínimo, insinuaría una relación de capacidad respecto a otra inteligencia. Y eso no sirve para describir por igual desde un sencillo sistema de recomendación hasta los modelos generativos más avanzados.
Existe, de hecho, un vocabulario específico para hablar de distintos grados hipotéticos de capacidad. Conceptos como inteligencia artificial general o superinteligencia aparecen en discusiones científicas y tecnológicas para referirse a escenarios mucho más concretos. Convertir “Inteligencia Suprema” en denominación general del sector mezclaría bajo una misma etiqueta tecnologías muy distintas.
La cuestión lingüística tiene su gracia: llevamos décadas discutiendo qué significa exactamente “inteligencia” y Trump ha decidido empezar por el adjetivo. Pero el problema de fondo sigue intacto.
El nombre cambia poco frente al debate de fondo
La encuesta de Trump tiene capacidad para generar conversación porque toca una expresión que ya forma parte del lenguaje cotidiano. IA aparece en teléfonos, buscadores, hospitales, oficinas, colegios, laboratorios y mercados financieros. Es una marca cultural además de una categoría tecnológica.
Pero la discusión que atraviesa Estados Unidos durante estas semanas es bastante más tangible. Una encuesta de AP-NORC realizada entre 3.424 adultos estadounidenses en julio encontró que el 53 % estaba muy o extremadamente preocupado por el impacto ambiental de la IA, frente al 41 % registrado el año anterior, y aproximadamente seis de cada diez apoyaban limitar la construcción de nuevos centros de datos.
A la preocupación por el consumo eléctrico y de agua se suman los interrogantes sobre empleo, ciberseguridad, responsabilidad jurídica, desinformación y control de sistemas autónomos. Son cuestiones distintas y todavía abiertas, con desacuerdos relevantes entre investigadores, empresas y responsables políticos.
Así que, al menos por ahora, Inteligencia Superior, Inteligencia Extrema e Inteligencia Suprema son propuestas de Donald Trump, no nuevos nombres oficiales de la IA. La expresión acuñada por McCarthy en 1955 conserva su sitio. Setenta años después, quizá suene menos grandilocuente que las alternativas. También tiene una ventaja bastante elemental: todo el mundo sabe de qué estamos hablando.












