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¿Qué fallos no tapa el 4-0 de España ante Arabia Saudí en el Mundial?
España goleó a Arabia Saudí, pero mantiene dudas en ataque, defensa y gestión del ritmo antes del examen decisivo ante Uruguay en el Mundial.

Resumen
- El 4-0 mejora la imagen, pero no borra las dudas de España
- Falta gol ante defensas cerradas y solidez cuando el rival aprieta
- Uruguay será la prueba real antes de las eliminatorias del Mundial
El 4-0 frente a Arabia Saudí devuelve color a España, pero no borra las grietas que aparecieron en su estreno mundialista. La selección de Luis de la Fuente continúa dependiendo demasiado del desequilibrio de Lamine Yamal, aún debe demostrar que sabe romper cualquier defensa cerrada sin caer en la circulación estéril y apenas ha sido examinada cuando pierde el balón. Tampoco está resuelto el debate del delantero centro ni se conoce la resistencia real del equipo ante un rival capaz de presionar, correr y castigar.
La goleada fue necesaria, justa y por momentos brillante. No fue, sin embargo, una prueba definitiva de candidatura. Arabia Saudí se descompuso demasiado pronto, ofreció una resistencia limitada alrededor de su área y casi nunca obligó a España a defender hacia atrás. Una victoria puede corregir el ánimo; no siempre corrige el diagnóstico. Para ganar el Mundial 2026, La Roja necesitará repetir la velocidad del primer tiempo de Atlanta cuando enfrente adversarios mucho más incómodos y el partido empiece a quemar.
España hizo lo que debía. Marcó pronto, movió el balón con intención y evitó que el encuentro se convirtiera en otra tarde de pases laterales, ansiedad creciente y portero rival elevado a héroe nacional. Lamine Yamal abrió el marcador en el minuto 10; Mikel Oyarzabal añadió dos tantos antes del 25 y el cuarto llegó al comienzo de la segunda parte, en propia puerta de Hassan Al-Tambakti.
Fue una reacción de equipo grande. También una tarde bastante cómoda.
Una goleada real ante un rival que se rompió demasiado pronto
Arabia Saudí trató de protegerse con cinco defensas y un bloque muy bajo, pero su plan duró diez minutos. El primer gol abrió una grieta psicológica y los dos siguientes derribaron la pared entera. A partir de ahí, España jugó sin la angustia del marcador, encontró espacios entre líneas y pudo gobernar el encuentro como quien conduce por una avenida vacía.
La mejora respecto al empate ante Cabo Verde fue evidente. El balón circuló más deprisa, los laterales dieron amplitud, Dani Olmo apareció por dentro y Oyarzabal abandonó el área para arrastrar centrales. España dejó de acumular posesión y empezó a utilizarla. Parece una diferencia pequeña, casi académica. En el césped es un abismo.
Pedro Porro ofreció profundidad por la derecha, Marc Cucurella ocupó zonas muy altas en la izquierda y Álex Baena alternó la banda con posiciones interiores. Ese movimiento ensanchó la línea defensiva saudí y permitió que Pedri y Olmo recibieran con más tiempo. No hubo una revolución táctica; hubo velocidad, coordinación y futbolistas colocados donde podían hacer daño.
El problema es que Arabia Saudí colaboró con entusiasmo involuntario. Falló en las marcas, perdió balones cerca de su propia área y, después del 3-0, dejó de creer. Su seleccionador, Georgios Donis, admitió que el equipo no tuvo suficiente contundencia en las proximidades del área. La goleada confirma que España sabe castigar errores. Falta comprobar cómo responde cuando el rival apenas los concede.
El empate ante Cabo Verde continúa dentro del expediente
Seis días antes, España había realizado 27 remates y disfrutado de casi tres cuartas partes de la posesión frente a Cabo Verde. El resultado fue 0-0. Mucho balón, poca herida. El guardameta Vozinha realizó siete paradas, pero el problema no fue únicamente su actuación: La Roja tardó demasiado en dotar al juego de anchura, aceleración y desborde.
Aquel partido dejó una señal que el 4-0 no puede borrar. Contra defensas compactas, España corre el riesgo de convertirse en un equipo previsible, con demasiados jugadores esperando el balón al pie y pocos atacando la espalda. La posesión sin cambios de ritmo funciona como una nana para el contrario: le permite respirar, ajustar distancias y defender siempre de frente.
De la Fuente corrigió buena parte de aquello ante Arabia Saudí. Situó a Lamine desde el comienzo, recuperó a Pedri en una zona de mayor influencia y rodeó a Oyarzabal de futbolistas capaces de intercambiar posiciones. El remedio funcionó. La incógnita es si puede mantenerse cuando el rival tenga mejores centrales, laterales más rápidos y un mediocampo que no se hunda en su propia área.
La dependencia de Lamine Yamal ya resulta demasiado visible
Lamine Yamal no solo aporta regate. Su presencia modifica la geometría del partido. Obliga al lateral contrario a retroceder, atrae una segunda ayuda defensiva y abre un espacio interior para Pedri, Olmo o el delantero. Frente a Arabia Saudí marcó, estiró el campo y convirtió la banda derecha en una amenaza constante durante los 45 minutos que disputó.
Cuando Lamine no juega, o cuando recibe lejos de la portería, España pierde una cantidad notable de veneno ofensivo. Ocurrió ante Cabo Verde hasta su entrada en la segunda parte. El equipo conservaba el balón, pero le faltaba ese instante de desorden que rompe un sistema defensivo bien armado.
Ninguna selección renuncia a explotar a su mejor futbolista. Sería absurdo pedirlo. El riesgo aparece cuando la creatividad colectiva depende de una sola pierna izquierda. En una eliminatoria pueden encerrarlo entre tres jugadores, obligarlo a defender durante largos periodos o simplemente sacarlo del partido mediante una vigilancia feroz. España necesita que Nico Williams, Baena, Yeremy Pino, Porro y Cucurella produzcan también desequilibrio autónomo, no únicamente espacios alrededor de Lamine.
La gestión física añade otra capa. De la Fuente retiró al extremo en el descanso porque el partido estaba decidido y pretende tenerlo preparado para los encuentros de mayor exigencia. La medida fue sensata. A la vez, recordó que su disponibilidad condiciona una parte importante del plan ofensivo. El Mundial es largo y no perdona sobrecargas, golpes ni noches torcidas.
Oyarzabal respondió, pero el debate del nueve sigue abierto
Mikel Oyarzabal firmó una primera parte extraordinaria: dos goles, una asistencia y movimientos constantes fuera del área. Actuó como un falso nueve que aparecía en la banda, bajaba a recibir y dejaba pasillos para la entrada de los extremos. Arabia Saudí nunca decidió si perseguirlo o conservar su línea de cinco. Dudó. Y ahí murió.
Su rendimiento confirma que es una pieza fundamental para De la Fuente. Tiene inteligencia táctica, presión, remate y una relación especial con los partidos importantes. Sin embargo, no resuelve todas las situaciones que España encontrará durante el torneo.
Cuando el contrario defienda con centrales dominantes, cierre las recepciones interiores y conceda únicamente centros laterales, la selección puede necesitar un delantero que fije, gane duelos y ocupe el área de manera permanente. Oyarzabal ofrece movilidad; un nueve clásico ofrece peso. Son herramientas distintas, no credos enfrentados.
Ferran Torres aporta profundidad y Borja Iglesias representa una alternativa más física. Mikel Merino también puede convertirse en rematador de emergencia cuando el partido exige cargar el área. De la Fuente no necesita elegir una única identidad para siempre. Necesita saber cuándo abandonar la primera sin traicionarse.
La segunda parte y la defensa todavía dejan preguntas
España alcanzó el descanso con 3-0 y retiró a Lamine Yamal y Oyarzabal. Era lógico protegerlos. Poco después llegó el cuarto gol y el encuentro quedó completamente resuelto. Desde ese momento, el juego se volvió más espeso, menos sincronizado y por momentos desordenado.
No fue una mala segunda parte. Sería exagerado venderla como alarma. La selección mantuvo el control, concedió muy poco y todavía pudo marcar un quinto tanto, anulado a Ferran Torres por fuera de juego. Pero sí perdió la precisión del primer periodo. Los cambios aportaron piernas, aunque no conservaron el mismo dibujo ofensivo.
De la Fuente reconoció que el partido llegó a desordenarse después del descanso. La frase importa porque las eliminatorias exigen administrar ventajas sin dormirse y perseguir el gol sin romperse. Controlar no significa jugar despacio, del mismo modo que atacar no obliga a convertir cada posesión en una carrera de caballos.
España debe aprender a cambiar el ritmo sin perder su estructura. Habrá noches en las que marque primero y necesite alejar al rival de su portería; otras, quizá la mayoría de las decisivas, en las que tendrá que atacar hasta el minuto 90 sin permitir una transición limpia. Ese equilibrio separa a los equipos atractivos de los campeones.
Unai Simón fue casi un espectador frente a Arabia Saudí. El rival apenas consiguió progresar con pases y solo generó un remate a puerta. Pau Cubarsí y Aymeric Laporte jugaron la mayor parte del encuentro mirando hacia el campo contrario, con Rodri protegiendo las pérdidas y los laterales instalados muy arriba.
Es una buena noticia, aunque insuficiente para valorar la solidez defensiva. La línea española todavía debe enfrentarse a delanteros capaces de atacar el espacio detrás de los laterales, mediapuntas que reciban a la espalda de Rodri y extremos que conviertan una pérdida sencilla en una ocasión de gol.
La defensa de España comienza mucho antes de los centrales. Empieza en la presión de Oyarzabal, continúa con la reacción de Pedri y Olmo tras perder la pelota y termina con la colocación de Rodri. Si una de esas piezas llega tarde, el equipo queda expuesto en metros abiertos. La llamada defensa preventiva —los jugadores que permanecen preparados mientras el resto ataca— será decisiva cuando el rival no se limite a despejar.
El balón parado puede decidir lo que el juego no resuelva. Las grandes selecciones suelen quedar eliminadas por detalles bastante menos románticos que una combinación de veinte pases: un córner, una segunda jugada, una falta lateral. España provocó el cuarto gol ante Arabia Saudí mediante una acción a balón parado, pero no tuvo que defender demasiadas situaciones similares.
Cubarsí y Laporte ofrecen lectura y salida limpia; no forman, sin embargo, una pareja construida únicamente para dominar por arriba. Rodri, Merino y Oyarzabal ayudan a compensarlo. La coordinación defensiva será más importante que los centímetros. En las eliminatorias, donde el margen se estrecha como una puerta vieja, una marca perdida puede borrar 89 minutos de superioridad.
Para ganar el Mundial habrá que dominar varios partidos distintos
La mejor España mezcla posesión, presión alta, amplitud y aceleración. Cuando esas cuatro piezas aparecen juntas, el equipo resulta difícil de soportar. Frente a Arabia Saudí funcionaron desde el primer minuto. Contra Cabo Verde, en cambio, hubo balón sin suficiente velocidad ni amenaza exterior.
El Mundial obligará a vivir escenarios opuestos. Rivales replegados, selecciones que presionan arriba, partidos físicos, prórrogas, marcadores adversos. La Roja no puede depender de que todos acepten un duelo de talento y circulación. Algunos intentarán convertir el césped en barro, cortar el ritmo y jugar con la ansiedad española.
Para llegar al título, España necesita mejorar la definición cuando domina, sostener la intensidad después de las sustituciones, proteger mejor los espacios a la espalda de sus laterales y disponer de una solución ofensiva cuando Lamine sea encerrado. También deberá rebajar cierta irritación frente a las críticas. El orgullo sirve para activar las piernas; rara vez sirve para leer mejor un partido.
De la Fuente posee una plantilla profunda. Pedri, Rodri y Fabián pueden cambiar la altura del centro del campo; Nico y Lamine abren defensas; Olmo y Baena encuentran espacios interiores; Oyarzabal, Ferran y Borja plantean ataques distintos. El material está ahí. La cuestión no es cuántos buenos jugadores tiene España, sino cuántas respuestas puede construir con ellos.
Uruguay pondrá el espejo que Arabia no pudo sostener
España lidera el grupo H con cuatro puntos después del empate ante Cabo Verde y la goleada frente a Arabia Saudí. El próximo encuentro contra Uruguay servirá para decidir el primer puesto y, sobre todo, para medir la madurez futbolística de La Roja frente a un adversario de mayor intensidad.
La selección de Marcelo Bielsa llega después de empatar sus dos primeros partidos, pero cuenta con capacidad física, presión adelantada y centrocampistas preparados para disputar cada metro. No ofrecerá el mismo tiempo para pensar ni la misma fragilidad defensiva de Arabia Saudí. Será un partido más áspero, con duelos y espacios detrás de la primera presión.
Ahí empezará una evaluación más fiable. España ya ha demostrado que puede reaccionar, golear y recuperar su fútbol reconocible. Le queda probar que también sabe resistir, improvisar y ganar cuando el partido no le ofrece comodidad. El 4-0 limpia el cristal. No convierte todavía el reflejo en una copa.

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