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Historia

La masacre de Nankín: qué pasó y por qué China la recuerda

Una matanza documentada, cifras discutidas y un recuerdo que continúa pesando en la política de Asia oriental.

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Qué es la masacre de Nankín

Foto de Moriyasu Murase, dominio público (Public Domain).

La masacre de Nankín fue una campaña de asesinatos, violaciones, saqueos e incendios cometida por el Ejército Imperial japonés tras la toma de la entonces capital china, el 13 de diciembre de 1937. La violencia se prolongó durante unas seis semanas y afectó a civiles y prisioneros de guerra. Las estimaciones de muertos oscilan, según los criterios de recuento, entre más de 100.000 y más de 300.000; China fija la cifra oficial en 300.000. La existencia de los crímenes está respaldada por testimonios y documentación, aunque su alcance exacto continúa siendo objeto de controversia.

China no la recuerda solo como un episodio de la guerra. Desde 2014, cada 13 de diciembre celebra un día nacional de conmemoración de las víctimas, y las ceremonias enlazan el duelo con una advertencia contra el militarismo y el revisionismo histórico. Esa memoria vuelve a cobrar peso cuando aumentan las tensiones entre Pekín y Tokio, pero no convierte por sí sola cada aniversario en una señal de conflicto: también expresa una herida colectiva y una disputa sobre cómo se cuenta el pasado. El recuerdo de Nankín es, a la vez, memoria de las víctimas y parte de la política contemporánea china.

La caída de la capital abrió seis semanas de terror

La ofensiva japonesa llegó después de la batalla de Shanghái, una campaña especialmente cruenta que precedió al avance hacia el interior de China. Nankín, centro político de la República de China, cayó el 13 de diciembre de 1937. El gobierno de Chiang Kai-shek se había retirado y las fuerzas chinas quedaron en desorden; numerosos soldados se quitaron el uniforme y buscaron refugio entre la población. La retirada dejó a combatientes atrapados dentro de la ciudad y a civiles expuestos a una ocupación que pronto se convirtió en violencia generalizada. La derrota militar explica el contexto inmediato, pero no justifica los crímenes cometidos después de la toma.

En las semanas siguientes, tropas japonesas ejecutaron a prisioneros y a hombres considerados sospechosos de ser soldados disfrazados, a menudo sin comprobar quiénes eran. También hubo asesinatos de civiles de distintas edades, violaciones masivas, robos e incendios. Los cuerpos aparecieron en calles, fosas y junto al río Yangtsé; algunos fueron quemados o arrastrados por la corriente, lo que complicó desde el principio cualquier recuento. La violencia no se limitó a un único lugar ni a una sola forma de crimen.

La batalla había comenzado meses antes, en el marco de la segunda guerra sino-japonesa, iniciada en 1937 y prolongada hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. La ocupación de Shanghái precedió al avance japonés hacia Nankín, mientras las fuerzas chinas retrocedían hacia el interior. La ciudad fue bombardeada antes de su caída y miles de personas huyeron; otras quedaron atrapadas por el caos de la retirada y por la destrucción de caminos y recursos. La masacre fue parte de una guerra de conquista, no un episodio aislado de violencia urbana.

La Zona de Seguridad y las pruebas de los testigos

En medio de la desbandada, un grupo de residentes extranjeros organizó una Zona de Seguridad para proteger a civiles. El comité, encabezado por el empresario alemán John Rabe, delimitó un área en la que se refugiaron decenas de miles de personas. La cifra que aparece en los relatos sobre la población protegida ronda los 200.000, aunque las condiciones cambiaron a medida que llegaban nuevos desplazados. Los miembros del comité registraron agresiones y reclamaron ante las autoridades japonesas, a menudo con recursos muy limitados. El refugio ofreció protección parcial, no una garantía de seguridad frente a toda incursión.

Rabe, Minnie Vautrin y otros observadores dejaron diarios, cartas e informes que permiten reconstruir lo ocurrido día a día. Vautrin, misionera estadounidense, trabajó para proteger a mujeres y niñas en espacios de acogida; Rabe documentó saqueos, ataques y cuerpos en las calles. También se conservaron fotografías y filmaciones, entre ellas imágenes realizadas por el misionero John Magee. Sus registros no resuelven por sí solos cada debate estadístico, pero aportan una prueba contemporánea del patrón de violencia. La abundancia de testimonios independientes dificulta presentar la matanza como una invención posterior.

La historia de Rabe suele llamar la atención por una paradoja: era miembro del Partido Nazi alemán y, al mismo tiempo, desempeñó una función humanitaria en Nankín. Ese dato no borra ni explica por sí solo su actuación; muestra, más bien, que la ayuda a la población atrapada dependió de personas concretas dentro de una situación política y militar extrema. Los diarios publicados después de la guerra se convirtieron en una fuente central para conocer la vida en la ciudad ocupada. La memoria de quienes protegieron a civiles convive con la documentación de quienes presenciaron los crímenes.

Por qué las cifras de víctimas no coinciden

No existe una cifra única aceptada por todos los estudios, en parte porque los recuentos no siempre miden lo mismo. Cambia el resultado si se considera solo el área urbana o también sus alrededores, si se limita el período a las primeras semanas o se amplía hasta principios de 1938, y si se cuentan únicamente civiles o también prisioneros y soldados rendidos. La destrucción de cuerpos, las fosas y los desaparecidos añaden dificultades. La diferencia entre estimaciones no equivale a una duda sobre si hubo una matanza.

Los tribunales de posguerra ofrecieron cifras distintas. El Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente, conocido como los juicios de Tokio, estimó más de 100.000 asesinatos y recogió una cifra de 20.000 violaciones. El Tribunal de Crímenes de Guerra de Nankín sostuvo que los asesinatos superaron los 300.000. En el debate histórico también se citan recuentos intermedios, entre ellos una estimación de 142.000 vinculada a documentación judicial y a períodos o zonas concretos. Esas cantidades responden a bases y perímetros de cálculo que no siempre son comparables.

China mantiene los 300.000 muertos como cifra oficial y la inscribe en sus conmemoraciones y memoriales. Algunas investigaciones japonesas han planteado cifras menores, mientras que otros estudios y registros funerarios sitúan el balance dentro de una horquilla amplia, desde más de 100.000 hasta más de 300.000. Lo prudente es distinguir entre el número exacto, que sigue discutido, y la naturaleza de los hechos, documentada por fuentes de distinto origen. La precisión del recuento importa para la historia, pero ninguna cifra convierte en aceptable la violencia contra civiles y prisioneros.

Responsabilidades y justicia después de la guerra

La cadena de mando y la responsabilidad de los altos oficiales se examinaron en procesos distintos tras la rendición de Japón. El general Iwane Matsui, que dirigía fuerzas japonesas en la campaña, fue juzgado por el tribunal de Tokio y ejecutado en 1948. El general Hisao Tani fue condenado por el tribunal de Nankín y también ejecutado. Otros oficiales recibieron condenas de distinta duración. Los procesos establecieron responsabilidades penales, aunque no abarcaron a todos los mandos cuya actuación se ha debatido desde entonces. La justicia de posguerra sancionó a algunos responsables, pero dejó zonas sin resolver.

El príncipe Yasuhiko Asaka, miembro de la familia imperial y oficial de alto rango en el momento de la ofensiva, ocupa un lugar especialmente controvertido en esa discusión. Historiadores han debatido su papel y el alcance de su autoridad; no fue juzgado y recibió inmunidad tras la guerra. También se ha señalado que la relación entre rango militar, órdenes concretas y responsabilidad efectiva no siempre quedó aclarada en los tribunales. La falta de un proceso para cada figura relevante alimentó preguntas que siguen formando parte de la disputa histórica.

La diferencia entre condenar a algunos mandos y esclarecer todas las responsabilidades ayuda a entender por qué el tema no quedó cerrado con los juicios. La documentación judicial, los testimonios y los archivos permitieron fijar aspectos esenciales de los crímenes, pero la posguerra estuvo marcada por decisiones políticas y por la reconstrucción de Japón bajo nuevas condiciones. La memoria pública no avanzó de manera uniforme en ambos países. La justicia penal y la reconciliación histórica son procesos relacionados, pero no idénticos.

Cómo se convirtió el recuerdo en una ceremonia nacional

La conmemoración de Nankín precede a su reconocimiento como fecha nacional. El salto institucional llegó en 2014, cuando la Asamblea Popular Nacional estableció el 13 de diciembre como Día Nacional de Conmemoración de las Víctimas de la Masacre de Nankín. La ceremonia central se celebra en el memorial dedicado a las víctimas y suele incluir banderas a media asta, sirenas, un minuto de silencio y ofrendas florales. La campana y las palomas blancas completan un ritual público que combina duelo y deseo de paz. La repetición anual convirtió una tragedia local en una fecha central de la memoria nacional.

En 2014, el presidente Xi Jinping asistió a la primera ceremonia nacional, una señal de la importancia política concedida al acto. En 2025, cuando se cumplían 80 años del final de la Segunda Guerra Mundial, la conmemoración de Nankín tuvo un tono sobrio y fue encabezada por Shi Taifeng, sin la presencia de Xi. La ceremonia fue breve y las sirenas sonaron a las 10:01; las imágenes de escolares, autoridades y flores blancas convivieron con una cobertura mediática que vinculaba memoria, paz y oposición al militarismo. El formato puede variar, pero el mensaje institucional de recuerdo permanece.

Ese aniversario se produjo en un año de alta visibilidad de la memoria bélica china. En septiembre de 2025, el Gobierno conmemoró el 80.º aniversario de la victoria sobre Japón con un desfile militar en Pekín. La exhibición de armamento y la presencia de dirigentes extranjeros hicieron que la ceremonia fuera también una demostración de poder y de proyección internacional. Nankín representa el reverso humano de ese relato: no solo la victoria, sino el coste civil de la guerra. La conmemoración enlaza la experiencia de las víctimas con la imagen que China proyecta de su papel histórico.

Por qué China vuelve sobre Nankín

Recordar la masacre cumple una función de duelo y transmisión: mantiene presentes a quienes murieron y sitúa la ocupación japonesa dentro de la experiencia nacional de invasión y pérdida. En el discurso oficial, Nankín forma parte de una historia más amplia de agresiones extranjeras y de recuperación de la soberanía. La ceremonia, el museo y la enseñanza escolar convierten esa memoria en un relato compartido entre generaciones. No es solo una evocación del pasado, sino una pieza de la identidad nacional contemporánea.

También hay una dimensión diplomática. Las declaraciones japonesas que minimizan los crímenes o cuestionan el consenso histórico suelen provocar reacciones en China, porque se interpretan como una falta de reconocimiento hacia las víctimas. En Japón, en cambio, la opinión pública no es uniforme: conviven investigadores y ciudadanos que reconocen la masacre con sectores conservadores que relativizan su escala o prefieren hablar del incidente de Nankín. La forma de nombrar los hechos puede revelar posiciones distintas, aunque el término elegido no sustituye a la evidencia. La disputa no es únicamente por el pasado, sino por qué responsabilidades se reconocen en el presente.

El contexto regional da a esa memoria una resonancia adicional. En 2025, las relaciones entre Pekín y Tokio volvieron a tensarse por cuestiones de seguridad en torno a Taiwán y Okinawa. Japón denunció que aviones chinos habían dirigido radares de control de tiro contra cazas japoneses durante maniobras en el entorno de Okinawa; Pekín rechazó esa versión y sostuvo que sus fuerzas realizaban ejercicios rutinarios. La llegada de Sanae Takaichi a la jefatura del Gobierno japonés y sus declaraciones firmes sobre Taiwán contribuyeron a un clima en el que cada gesto se leía con mayor atención. Ese marco político ayuda a explicar por qué el aniversario tuvo un subtexto estratégico, además de conmemorativo.

La memoria puede servir para reforzar la cohesión interna y para advertir a otros gobiernos de que China considera inaceptable cualquier reivindicación que interprete como una vuelta al militarismo. Pero no conviene reducirla a una herramienta de propaganda: el dolor de las víctimas y el uso político del pasado pueden coexistir. En 2025, la sobriedad del acto oficial contrastó con mensajes más duros difundidos en canales militares y medios nacionales. Ese doble registro permitió honrar a los muertos sin separar el aniversario de las preocupaciones de seguridad del momento. El rito contiene el duelo y, a la vez, encuadra la lectura política de la historia.

Una herida que persiste más allá de los aniversarios

La violencia de Nankín también ha llegado a la cultura popular y a la investigación histórica. Entre las películas que abordan el episodio figuran Nanking, el documental de 2007, y Ciudad de vida y muerte, dirigida por Lu Chuan y estrenada en 2009. La novela histórica y los diarios de testigos, como los de John Rabe, han acercado la experiencia de la ciudad ocupada a públicos que no acceden a archivos judiciales. Ninguna recreación sustituye a la prueba documental, pero cada formato ayuda a mantener visible una historia que podría quedar reducida a cifras. Los relatos personales devuelven rostros a una tragedia que el recuento no puede abarcar.

El Memorial de Nankín funciona como lugar de duelo y como espacio de interpretación histórica. Sus documentos, fotografías y testimonios sitúan las cifras dentro de experiencias concretas y recuerdan que la violencia alcanzó a familias enteras. La visita pública, marcada por el silencio y las ofrendas, transforma la memoria en una práctica colectiva. A la vez, el museo participa de una narrativa oficial que conecta las víctimas con la paz y la resistencia nacional. Conservar pruebas y explicar cómo se cuentan las víctimas es parte esencial de recordar con rigor.

La masacre sigue pesando porque la memoria no se transmite en un vacío: depende de los archivos, de la enseñanza, de las decisiones de los gobiernos y de la forma en que se reconoce el daño causado. La cifra final continúa discutida, pero la existencia de asesinatos masivos, violaciones y saqueos está respaldada por testimonios contemporáneos y por procesos judiciales. Cada 13 de diciembre, las sirenas de Nankín devuelven esa historia al espacio público, mientras la relación entre China y Japón recuerda que el pasado aún tiene consecuencias. Recordar no elimina las tensiones, pero impide que las víctimas desaparezcan detrás de una disputa numérica.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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