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¿Qué es el Proyecto Panamá y cómo destruye libros antiguos para la IA?

El Proyecto Panamá compró millones de libros para digitalizarlos y entrenar IA. El caso reabre el debate sobre patrimonio, datos y derechos.

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montaña de libros viejos

El Proyecto Panamá fue una operación interna de Anthropic, la empresa creadora de Claude, para adquirir a gran escala libros impresos, digitalizarlos mediante un procedimiento destructivo y convertir su contenido en material utilizable por sus sistemas de inteligencia artificial. No es una teoría nacida en una librería ni una de esas historias tecnológicas que crecen a golpe de captura de pantalla: documentos examinados por un tribunal federal de Estados Unidos acreditaron que la compañía compró millones de libros físicos, retiró sus encuadernaciones, cortó las páginas, las escaneó y descartó después los ejemplares en papel.

La historia vuelve a primer plano porque libreros de España y otros países han detectado pedidos masivos y muy poco habituales de libros usados, descatalogados o de escasa circulación, justo el tipo de material cuyo texto resulta difícil de encontrar en internet. Uno de los primeros en levantar la ceja fue Marçal Font, propietario de la Librería Fènix de Badalona, que comenzó a recibir encargos extraños el 30 de abril de 2026. Ahora bien, conviene separar hechos de sospechas: no se ha demostrado que aquellos pedidos procedieran de Anthropic ni que formaran parte del Proyecto Panamá.

Lo inquietante está precisamente ahí. Una vieja monografía local que llevaba quince años cogiendo polvo puede valer poco en el mercado convencional y, sin embargo, contener algo cada vez más codiciado: texto humano que apenas existe en formato digital. Para una inteligencia artificial, esa estantería aparentemente muerta puede parecerse bastante a una mina.

Qué fue realmente el Proyecto Panamá

La documentación del caso Bartz contra Anthropic permite reconstruir el mecanismo con bastante más precisión que cualquier rumor. Anthropic llevaba años reuniendo grandes cantidades de libros digitales y llegó a descargar más de siete millones de copias procedentes de bibliotecas pirata, entre ellas LibGen y Pirate Library Mirror. Con el tiempo, la compañía buscó otra vía para conseguir material y, en 2024, recurrió también al mercado físico.

Anthropic contrató a Tom Turvey, antiguo responsable de colaboraciones del proyecto de digitalización de libros de Google, y contactó inicialmente con editoriales para explorar posibles acuerdos. Aquellas conversaciones no prosperaron. La empresa terminó recurriendo a distribuidores y vendedores para comprar millones de ejemplares impresos, muchos de segunda mano, desembolsando varios millones de dólares.

Ahí entra el llamado escaneo destructivo. No se coloca cuidadosamente un volumen bajo una cámara, página a página, como haría un archivo con un incunable. Eso sería demasiado lento. Se elimina el lomo, se separan y recortan las hojas y se introducen en escáneres capaces de trabajar a gran velocidad. El resultado es un archivo digital legible por máquinas; el libro original, ya mutilado, se desecha.

El procedimiento tiene la delicadeza de una fábrica de conservas. Eficaz, desde luego. Bibliófilo, bastante menos.

Los documentos judiciales señalan que Anthropic construyó así una gran biblioteca digital de investigación. Después seleccionaba conjuntos de libros para incorporarlos a distintas mezclas de datos empleadas durante el entrenamiento de sus modelos. La propia compañía había concluido que los libros constituían una de las formas más eficaces de mejorar un modelo lingüístico de alto nivel.

Por qué una IA sigue necesitando libros

Internet parece infinito hasta que se intenta utilizar como combustible para entrenar modelos cada vez mayores. Está lleno de información, sí, pero también de duplicados, páginas automáticas, mensajes breves, publicidad, contenido mal escrito y, cada vez más, texto generado por otras inteligencias artificiales.

Un libro ofrece otra cosa. Normalmente ha pasado por autor, editor, corrector y un proceso de selección. Tiene estructura, continuidad y vocabulario especializado, además de razonamientos desarrollados durante decenas o cientos de páginas.

Y los libros que nunca fueron digitalizados tienen una virtud adicional para un laboratorio de IA: contienen información que el modelo probablemente no ha encontrado antes en la red.

Ahí aparecen manuales técnicos olvidados, investigaciones universitarias, memorias locales, publicaciones de asociaciones, actas de congresos, ensayos en lenguas con poca presencia digital o ediciones que apenas circularon. Una máquina no distingue sentimentalmente entre una primera edición y un manual agrícola de 1983; ve secuencias de lenguaje, conocimiento y relaciones entre conceptos.

Para entrenarla, precisamente eso vale oro.

Los pedidos que hicieron sospechar a una librería de Badalona

Marçal Font lleva dos décadas trabajando con libro viejo y antiguo. Cuando alguien compra un volumen, nada raro. Cuando empiezan a entrar encargos sucesivos de títulos aparentemente inconexos y procedentes del mismo comprador, la música cambia.

Según explicó Font, su Librería Fènix recibió entre finales de abril y comienzos de mayo varias órdenes realizadas con apenas minutos de diferencia. Los títulos estaban mal agrupados y no parecían responder al comportamiento de un coleccionista o investigador. Los pedidos se vinculaban con Zoom Books y tenían como destino logístico PrepFort, en Illinois, Estados Unidos. Otros libreros de distintos países describieron patrones parecidos.

El catálogo tampoco parecía elegido pensando en el escaparate. Entre los materiales buscados figuraban publicaciones técnicas, actas de congresos, dietarios, obras de no ficción y libros con pocas copias en circulación. Justo esos volúmenes que suelen dormir durante años en almacenes porque casi nadie los pide.

Aquí aparece la conexión conceptual con el Proyecto Panamá: una operación documentada había demostrado ya que una empresa de IA estaba dispuesta a comprar físicamente libros, destruirlos para escanearlos y aprovechar su texto. Era lógico que los libreros observaran los nuevos pedidos con suspicacia.

Pero lógico no significa probado.

Anthropic ha asegurado posteriormente que nunca ha comprado libros a Zoom Books y que sus programas de adquisición no compran ni destruyen libros raros o de anticuario. Zoom Books también sostiene que adquiere ejemplares de segunda mano para revenderlos intactos y que no digitaliza libros, aunque mantiene confidencial la identidad de sus clientes comerciales.

Por eso no puede afirmarse responsablemente que los ejemplares salidos de Badalona acabaran en las trituradoras de Anthropic.

Millones de libros destruidos, pero no necesariamente libros raros

Esta diferencia es importante porque la expresión “destruir libros antiguos” produce una imagen inmediata: primeras ediciones, volúmenes únicos, anotaciones manuscritas, papel amarillento que cruje al abrirse. La realidad documentada es algo distinta.

El tribunal estadounidense sí estableció que Anthropic había comprado y destruido físicamente millones de ejemplares impresos durante su conversión a formato digital. Sin embargo, eso no demuestra que fueran piezas raras, antiguas o únicas. La empresa afirma que sus adquisiciones procedían de mercados comerciales ordinarios y niega específicamente que sus programas destruyan libros raros o de anticuario.

El temor de los libreros apunta más lejos: que una cadena de suministro diseñada para localizar libros poco digitalizados termine absorbiendo obras cuya importancia patrimonial no coincide con su precio.

Un libro puede costar 12 euros y ser difícilmente reemplazable.

El mercado del libro viejo está lleno de esas paradojas. Una publicación municipal de hace cuarenta años puede carecer de demanda y conservar, al mismo tiempo, fotografías, testimonios o datos que no existen en ninguna otra parte. Destruir una copia cuando quedan otras diez no es lo mismo que hacerlo cuando queda una. El problema es que el algoritmo comprador puede no saberlo.

El objeto físico también contiene información

Digitalizar el texto tampoco conserva necesariamente todo lo que representa un libro.

Quedan fuera el papel, la encuadernación, determinadas ilustraciones, marcas de propiedad, dedicatorias, anotaciones marginales, sellos, exlibris, correcciones, procedencia y otras características que permiten a historiadores y especialistas reconstruir la vida de un ejemplar.

Dos copias del mismo título pueden contener exactamente las mismas palabras y ser objetos históricos completamente distintos.

Por eso una biblioteca patrimonial no funciona como una nave logística de Amazon. Preservar conocimiento significa conservar información, pero también su contexto material. Cuando el objetivo consiste únicamente en obtener texto para una base de datos, esa segunda capa puede desaparecer bajo la cuchilla industrial.

¿Fue ilegal el Proyecto Panamá?

La respuesta es menos intuitiva de lo que parece.

En junio de 2025, el juez federal William Alsup consideró que utilizar obras legalmente adquiridas para entrenar los modelos de Anthropic podía encajar en el fair use, la doctrina estadounidense del uso legítimo. También consideró lícita, atendiendo a las circunstancias concretas del caso, la conversión de los ejemplares comprados desde papel a formato digital: Anthropic había pagado por una copia física y la sustituyó por una digital para su biblioteca interna, sin distribuirla a terceros.

La situación de los libros pirateados era distinta. Anthropic había descargado más de siete millones de copias desde fuentes no autorizadas y conservado una biblioteca digital con ellas. El tribunal rechazó que el posterior interés en utilizar algunas para entrenamiento borrara el problema de haber obtenido las obras mediante piratería.

Aquella parte del litigio terminó mediante un acuerdo multimillonario. El 20 de julio de 2026, una jueza federal aprobó definitivamente el pago de 1.500 millones de dólares para resolver la demanda colectiva relacionada con cientos de miles de obras pirateadas. Es uno de los mayores acuerdos económicos conocidos en la historia del derecho de autor estadounidense.

Conviene no mezclar ambos asuntos. Anthropic no fue condenada a pagar 1.500 millones por cortar el lomo de libros que había comprado. El núcleo económico del acuerdo estaba relacionado con copias obtenidas de fuentes pirata.

Y tampoco significa que lo decidido en California pueda trasladarse mecánicamente a España o a la Unión Europea. Los sistemas jurídicos y las excepciones al derecho de autor no son idénticos.

De la estantería olvidada al combustible de la inteligencia artificial

El Proyecto Panamá cuenta algo más profundo que una extravagancia de Silicon Valley. Explica cómo está cambiando el valor del conocimiento impreso.

Durante años se asumió que la digitalización salvaría al libro físico del olvido: escanear significaba conservar. Aquí el verbo cambia de sentido. Primero se compra el ejemplar, luego se sacrifica para extraer sus datos. El texto sobrevive; el objeto no.

La ironía es bastante limpia. Las máquinas más avanzadas del momento siguen necesitando textos producidos mediante una de las tecnologías culturales más antiguas: personas sentadas durante meses o años escribiendo libros.

Y cuanto más contenido sintético circula por internet, mayor puede ser el interés por encontrar material inequívocamente humano fuera de ella. Bibliotecas, hemerotecas, archivos y librerías de viejo pasan así de parecer almacenes del pasado a convertirse, inesperadamente, en reservas de datos vírgenes.

El riesgo no reside en digitalizar libros. Bibliotecas y universidades llevan décadas haciéndolo y han permitido rescatar obras que de otro modo serían casi inaccesibles. La diferencia está en qué se conserva, quién controla la copia resultante y qué ocurre con el ejemplar original.

Cuando un libro barato puede resultar irreemplazable

El Proyecto Panamá ya no necesita teorías para demostrar que la inteligencia artificial puede devorar bibliotecas físicas: el propio expediente judicial describe una maquinaria capaz de comprar millones de ejemplares, cortar sus lomos, escanearlos y almacenar su contenido. Lo que sigue abierto es hasta dónde puede extenderse ese mercado y qué controles aparecerán cuando alcance materiales verdaderamente escasos.

Los pedidos detectados en Badalona y otras librerías son una señal de alarma, no una prueba de que Anthropic esté detrás de ellos. Esa precisión importa. También importa la advertencia de fondo: precio y valor patrimonial no son sinónimos.

En el comercio de viejo abundan libros que nadie busca hasta el día en que desaparecen. Una tirada pequeña, unas actas provinciales, una publicación científica olvidada. Diez euros en una estantería polvorienta; quizá la última huella impresa de cierta historia.

La inteligencia artificial promete convertir cantidades gigantescas de conocimiento humano en algo consultable en segundos. Sería una paradoja bastante propia de nuestro tiempo que, para conseguirlo, termináramos conservando perfectamente las palabras mientras desaparecen algunos de los objetos que consiguieron traerlas hasta nosotros.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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