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¿Qué dijo Tezanos y por qué arde el CIS en el Senado?

El presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), José Félix Tezanos, volvió a colocarse en el ojo del huracán tras una comparecencia bronca en el Senado.

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Qué dijo Tezanos

Foto de Fundación Sistema, CC BY-SA 4.0.

Tezanos defiende la independencia del CIS en el Senado, niega indicaciones de Moncloa y afea al PP mientras detalla método, aciertos y datos.

El presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), José Félix Tezanos, volvió a colocarse en el ojo del huracán tras una comparecencia bronca en el Senado. Defendió con vehemencia la independencia del organismo, negó tajantemente “indicaciones” del Ejecutivo y se revolvió contra la oposición, a la que atribuyó una ofensiva destinada a desacreditar los barómetros públicos. La sesión, áspera de principio a fin, dejó frases que ya forman parte del repertorio político reciente: “Ni la Inquisición”, lanzó cuando el PP insistió en conocer el detalle de sus contactos con Pedro Sánchez; “siempre da en el clavo”, reivindicó sobre la capacidad predictiva del CIS; “los que me critican son los catedráticos y sociólogos del PP”, apuntó, subiendo un grado la temperatura de la sala.

La polémica prende por dos razones que se cruzan. Una, política: la mayoría del PP en la Cámara Alta explota desde hace meses el relato de un supuesto sesgo del CIS a favor del PSOE, especialmente en la estimación de voto de los barómetros. Otra, técnica y de procedimiento: el propio Tezanos defiende los ajustes y ponderaciones que aplica el instituto —tamaños muestrales elevados, modelos para los indecisos, correcciones por recuerdo de voto y variables sociodemográficas— como herramientas para afinar una foto siempre imperfecta. Ese doble plano, político y metodológico, explica por qué el episodio no se queda en una frase teatral, sino que reabre un viejo expediente: la confianza en la demoscopia pública.

Qué pasó en la Cámara Alta: frases, tono y el punto de fricción

La comparecencia nace con un guion previsible y acaba desbordada por la tensión. Tezanos llega a la comisión del Senado anunciado por la oposición como “la ocasión” para aclarar si el Gobierno influye en los barómetros. En sus primeras respuestas niega cualquier injerencia de Moncloa, repite que su trabajo es técnico y que el CIS opera con reglas transparentes: cuestionarios publicados, fichas técnicas completas, microdatos descargables. La insistencia de varios senadores del PP en su relación personal con el presidente del Gobierno y la frecuencia de esas conversaciones, sin embargo, enciende la mecha. Tezanos evita el detalle y zanja: “Ni la Inquisición.” No hay marcha atrás: la réplica desata murmullos y una nueva ronda de preguntas airadas.

En paralelo, el presidente del CIS lanza su mensaje político y profesional. Asegura que el organismo “siempre da en el clavo” si se miran las horquillas y las series, no una sola cifra aislada; que la crítica sistemática que recibe responde a una “estrategia política”; que no existen “consignas” para favorecer a nadie y que los cuestionarios y los métodos están disponibles para cualquiera. Y se permite un dardo: identifica a sus detractores con “catedráticos y sociólogos del PP”, una generalización que redobla el malestar de la bancada popular. De fondo, un reproche que se repite desde 2018, cuando asume el cargo tras una larga trayectoria en la familia socialista: su pasado militante contamina la percepción de neutralidad.

Por qué el CIS divide tanto: política, percepción y método

El CIS no es una encuestadora privada al uso. Es un organismo público, con mandato y financiación del Estado, encargado de medir la opinión y los valores de la sociedad española, no solo la intención de voto. Esa doble condición —referencia institucional y actor de la conversación política— lo convierte en blanco perfecto en tiempos de polarización. Cada barómetro mensual, cada estimación de voto (el célebre “cocinado”), se interpreta como termómetro político. Si el resultado sugiere ventaja socialista, la oposición brama contra el sesgo; si dibuja un recorte o una ventaja del PP, el Gobierno presume de solvencia técnica. El CIS queda atrapado entre dos fuegos: el de la lectura partidista y el de la exigencia técnica de una estadística que, por definición, trabaja con probabilidades.

La percepción pública juega su partida. Tezanos llega a la presidencia del CIS con un perfil de ensayista y académico —ha publicado libros y artículos de opinión— y con una biografía situada históricamente en la órbita del PSOE. Esa filiación pesa en cada comparecencia. Él insiste en que la militancia del pasado no invalida un ejercicio profesional sometido a reglas y controles; sus críticos alegan que en los barómetros se notan “las costuras” del sesgo: la formulación de las preguntas, la selección de temas, el cocinado de la estimación. Se discute, en realidad, algo más profundo: si el país confía en que una institución del Estado puede estimar un resultado electoral con la prudencia necesaria y sin interferencias.

El fondo metodológico que asoma entre los titulares

En la sesión, más allá del intercambio, queda un bloque sustantivo: cómo estima el CIS. Tezanos describe una arquitectura reconocible para cualquier demóscopo: muestras grandes —habitualmente superiores a 3.000 entrevistas—; trabajo de campo concentrado en ventanas temporales definidas; combinación de entrevistas telefónicas asistidas y trabajo presencial o mixto en determinados estudios; y, sobre esa base, un modelo de ponderación que intenta corregir los sesgos de cobertura y de respuesta. No es una receta mágica, sino una suma de piezas conocidas: recuerdo de voto, autoposicionamiento ideológico, probabilidad de participación, variables sociodemográficas y series históricas. Con indecisos voluminosos —no es raro que superen el 20% en España a semanas de una elección—, el ajuste es decisivo.

El presidente del CIS subraya que la diferencia entre “intención directa” y “estimación” es clave. La primera es una foto del hoy: lo que declara cada entrevistado. La segunda, una inferencia del mañana: qué haría realmente esa persona, ponderando sus características y comportamientos pasados, bajo distintos escenarios de movilización. Ahí se concentra buena parte de la disputa. Quien no acepta esa cocina exige publicar solo la intención directa; quien la defiende, responde que sin ponderación no hay pronóstico razonable y, de hecho, las firmas privadas también corrigen sus datos en busca de una imagen verosímil del día de la votación.

En la trastienda técnica, el margen de error es el ancla que suele olvidarse. Con muestras de ese tamaño, el error típico oscila en torno a dos puntos. Traducido al lenguaje de titulares, dos puntos arriba o abajo lo cambian casi todo. Si a eso se añade el voto vergonzante —opciones que se esconden—, el efecto socialmente deseable —respuestas que suenan “mejor”— y el timing del trabajo de campo —cierra antes o después de un debate, de un caso, de un acuerdo—, pedir que “se acierte siempre” es desconocer cómo funciona la estadística aplicada a comportamientos humanos.

Entrevistas, sesgos y transparencia

Otro frente: cómo se contacta. El teléfono fijo ha envejecido con sus usuarios; el móvil se acerca mejor, pero no resuelve por sí solo la representatividad; el online abarata costes y gana alcance, con el riesgo de autoselección. El CIS combina diseños para cubrir huecos y, después, corrige en el cocinado. ¿Suficiente? Depende de cuánto se explique el proceso. La transparencia —poner a disposición cuestionarios, fichas y microdatos descargables— no acaba con la sospecha, pero fija un estándar: cualquiera puede auditar, replicar y criticar con datos sobre la mesa, no con insinuaciones.

Los indecisos como variable que decide elecciones

España vive ciclos de decisión tardíos. Muchos votantes dudan hasta la última semana; otros cambian de opción en el tramo final. Ese retraso moviliza y desmoviliza, y descoloca modelos construidos con memoria de elecciones pasadas. Corregir por probabilidad de participación ayuda, aunque no blinda contra los cisnes negros: un debate sobresaliente, un escándalo de última hora, un evento externo que altere el ánimo. En esa incertidumbre, el CIS —y cualquier encuestadora— trabaja con escenarios. Tezanos lo sugiere cuando insiste en mirar series y horquillas, no números sueltos.

Qué reprochan PP y Vox, y cómo respondió Tezanos

La crítica habitual del PP y Vox se centra en que el CIS sobreestima al PSOE o infraestima a sus adversarios. Señalan barómetros concretos en que la ventaja socialista habría sido mayor que la detectada por agregadores de encuestas privadas, y convierten cada “cocinado” en sospecha. La acusación de sesgo se extiende a la formulación de preguntas y a la selección de temas en los cuestionarios. En el Senado, los portavoces populares insistieron en esa línea y llevaron el foco a la figura del presidente: sus artículos de opinión anteriores al cargo, su trayectoria dentro del PSOE, sus relaciones con el Gobierno.

Tezanos, visiblemente molesto en varios tramos, devolvió el golpe. Reiteró que no ha recibido instrucciones de Moncloa, que el CIS publica todo lo necesario para auditar su trabajo y que las críticas sistemáticas forman parte de una estrategia para debilitar una institución del Estado cuando sus cifras no encajan con los relatos partidistas. La frase de la Inquisición —y la ironía con Torquemada— le dio una ventaja táctica a la oposición: un titular perfecto para catalogar su actitud como opaca. En paralelo, el presidente del CIS elevó el tono al identificar a quienes le cuestionan con un supuesto “entorno académico” del PP, lo que terminó de alinear a los bloques.

Lo que de verdad está en juego para el CIS

Más allá de los banderines ideológicos, lo que se dirime es la credibilidad del instituto público de referencia en opinión. El CIS no debería medirse solo por su estimación electoral —que es apenas una parte de su actividad—, sino también por su capacidad para ofrecer radiografías sólidas sobre vivienda, sanidad, educación, confianza institucional, consumo cultural o valores. Pero la política manda en el corto plazo, y el barómetro mensual se ha convertido en una suerte de examen continuo. Si el presidente del organismo encadena comparecencias tensas y frases que eclipsan el contenido, el foco se desplaza del método a la política, y el CIS pierde terreno precisamente donde debería ganarlo: en la pedagogía.

Esa pedagogía no es un adorno. Supone publicar explicaciones comprensibles sobre lo que mide cada estudio, cómo se pondera la participación, qué sesgos se han detectado y corregido, qué escenarios alternativos ofrece la misma base de datos. En la práctica, significaría acompañar cada estimación de voto con intervalos de incertidumbre claros, ejercicios de sensibilidad (¿qué pasa si vota más el tramo de 18–34? ¿y si la participación cae en municipios pequeños?) y metadatos ordenados. La transparencia radical —que ya existe en parte— necesita también una comunicación cuidadosa. Porque, sin ese esfuerzo, cada ruido político pesará el doble.

Contexto, memoria y lo que dicen los números cuando se miran bien

El historial del CIS ofrece luces y sombras, como el de cualquier encuestadora que, a lo largo de años, haya atravesado generales, autonómicas y municipales con contextos muy distintos. Hay elecciones en las que el instituto ha quedado más cerca del resultado final que la media de firmas privadas y otras en las que sus horquillas han sido peores. Conviene no comparar peras con manzanas: el CIS publica intención directa y estimación, mientras que muchas casas privadas difunden porcentajes ya ponderados sin detallar el modelo subyacente; unas trabajan muestras más pequeñas con márgenes mayores; otras se apoyan en paneles online con perfiles sociodemográficos distintos. Cuando se agregan series y se mira el desempeño por bandas, aparecen menos abismos de los que sugieren los titulares fogosos.

Ese repaso no exonera a nadie. Hay barómetros que merecieron explicaciones más precisas. Es clave identificar anomalías —una ventaja excepcional, un giro que no se consolida en la serie, un salto que no aparece en otras fuentes— y documentar si la ponderación o el campo de esa ola concreta introdujeron un sesgo. Y, cuando el debate se enquista, abre una puerta útil: auditorías externas periódicas del modelo de estimación, con revisión independiente del cuestionario, las ponderaciones y la calidad del campo. La institución pública, si quiere blindar su autoridad, gana más con esa cultura de la verificación que con un pulso retórico en sede parlamentaria.

El perfil de Tezanos y la sombra de la militancia

Pocas figuras concentran tanto ruido simbólico como José Félix Tezanos. Catedrático de Sociología, autor de numerosos ensayos, dirigente histórico de la familia socialista, aterriza en el CIS en 2018, cuando el PSOE vuelve a la Moncloa. Formalmente se aparta de responsabilidades orgánicas para asumir el cargo, pero su pasado baila en cada discusión. Quienes lo cuestionan miran sus artículos y libros para encontrar pruebas de una mirada política fuerte incompatible con la neutralidad que exige un instituto público. Quienes lo defienden sostienen que el historial académico y el bagaje político no invalidan una gestión técnica si los procedimientos son transparentes, las fichas están publicadas y el control parlamentario funciona.

Ese es, probablemente, el flanco más difícil de blindar. Un presidente de un organismo como el CIS sabe que cada declaración tiene impacto. Por eso la elección de las palabras y el tono importan. La imagen del “Ni la Inquisición”, por brillante que pueda resultar para contestar a lo que percibe como un acoso, le entrega a la oposición una metáfora para describirlo como opaco. De ahí que tantos ojos reclamen contención y precisión: menos eslóganes, más datos.

Una sesión bronca, pero con pistas útiles si se apagan los focos

Si se quita el ruido, la comparecencia deja información relevante. Queda por escrito la negación de indicios o órdenes de Moncloa para influir en barómetros. Queda la defensa de la estructura del modelo de estimación. Queda, incluso, un apunte organizativo que suele pasar inadvertido: la mejora de condiciones de parte del personal de campo, con contratos y coberturas más estables, que impactan en la calidad de las entrevistas y, por tanto, en la calidad del dato. No es un detalle menor: un trabajo de campo precario multiplica los sesgos de cobertura, aumenta la no respuesta y devalúa cualquier cocinado posterior.

En el plano político, la sesión confirma que el PP usará el Senado como altavoz del “caso CIS” cada vez que el barómetro no cuadre con sus expectativas y que el PSOE contestará presentando la ofensiva como un intento de deslegitimar una institución incómoda. La escalada verbal —acusaciones, ironías, exabruptos— absorbe el oxígeno que debería reclamar el manual técnico. Y, sin embargo, esa teatralidad no anula la necesidad de exigir explicaciones y estándares altos a un organismo que administra recursos públicos y produce datos con enorme impacto.

Pautas que ayudarían a bajar el ruido (y subir la precisión)

No hay bala de plata, pero sí buenas prácticas que mejorarían la conversación. Publicar, junto a cada barómetro, escenarios alternativos en función de hipótesis de participación distintas ayudaría a comprender que una estimación no es una profecía, sino un rango de valores plausibles. Introducir intervalos de confianza visibles, con didáctica sencilla, permitiría que medios y analistas no convirtieran en dogma un número central. Abrir, una vez al año, una revisión independiente del modelo —desde la muestra hasta las ponderaciones— elevaría el nivel del debate y reduciría la dependencia de las filias personales por el presidente de turno.

La comunicación es el otro medio depósito. Titulares prudentes, infografías claras, glosarios breves que aclaren conceptos básicos (intención directa, estimación, margen de error, indecisos, voto socialmente deseable), series más que puntos. Con eso, las discusiones políticas seguirán, pero separadas del núcleo técnico, que es donde el CIS debe afirmarse. El objetivo no es que nadie critique, sino que quien lo haga pueda hacerlo con criterio y con datos visibles.

Lo que queda tras la trifulca parlamentaria

La imagen de José Félix Tezanos en el estrado, contestando con un “Ni la Inquisición” a preguntas insistentes, resume la escena. La oposición presionando por las relaciones del presidente del CIS con Moncloa y por un presunto sesgo en los barómetros; el propio Tezanos negando injerencias, reivindicando que el CIS “siempre da en el clavo” cuando se miran series y horquillas, y señalando una estrategia política detrás de las críticas. El choque es también un síntoma de época: la estadística pública convertida en campo de batalla, las instituciones a prueba, los medios cazando la frase que arde en redes en cuestión de minutos.

Nada de eso borra lo elemental. Un instituto público se sostiene en métodos claros, transparencia radical y rendición de cuentas frecuente. La figura de su presidente pesa, pero no debería eclipsar la maquinaria técnica que enciende cada barómetro. La sesión del Senado, con toda su pirotecnia, reabre una evidencia útil: la demoscopia no es alquimia ni arte adivinatorio. Es estadística aplicada, con errores conocidos y limitaciones que se pueden explicar.

El día después del ruido: datos, método y una tarea pendiente

El caso del CIS vuelve una y otra vez porque cristaliza temores y certezas. Temor a que una institución del Estado pueda inclinar el terreno informativo con sus estimaciones. Certeza de que la opinión pública quiere una radiografía honesta de lo que piensa el país, no un espejo complaciente. Entre ambas, un margen estrecho que solo se ensancha con método y datos. Ahí se juega la credibilidad de José Félix Tezanos y del CIS que dirige.

Lo que conviene retener después de la tormenta

La sesión en el Senado deja claro que el debate no se cerrará con una frase más o menos ingeniosa. El CIS seguirá bajo el microscopio del PP, y la defensa de su presidente persistirá en el terreno de los procedimientos. Si el instituto público quiere blindarse, el camino es pedagógico y técnico a la vez: publicar mejor, explicar mejor, auditar mejor. Y, sí, elegir mejor las palabras. Porque después del ruido, lo que permanece —siempre— es el dato bien hecho.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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