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¿Qué dijo Hillary Clinton al Congreso sobre Epstein?

Hillary Clinton declara ante el Congreso por el caso Epstein, niega vínculos y abre un nuevo pulso político con Trump en el centro del debate.
Hillary Clinton se presentó este jueves, 26 de febrero de 2026, ante el Comité de Supervisión y Reforma del Gobierno de la Cámara de Representantes y dejó una línea muy clara: asegura que no tiene información sobre las actividades criminales de Jeffrey Epstein y que no recuerda haberse encontrado con él. En su declaración inicial, difundida por su entorno mientras se desarrollaba la sesión, negó también haber viajado en el avión privado de Epstein o haber visitado sus propiedades, y situó la investigación en un marco político: un foco, dijo, torcido y selectivo, que termina apuntándola a ella y a su marido mientras pasa de puntillas por otros nombres con relación documentada con el financiero.
La comparecencia fue a puerta cerrada, en formato de deposición grabada y transcrita, lejos del Capitolio y muy cerca del domicilio de los Clinton: en Chappaqua, condado de Westchester, al norte de Nueva York. Ese detalle geográfico —un pueblo tranquilo convertido por unas horas en escenario nacional— ayuda a entender el contraste del día: fuera, barricadas, policía local y cámaras; dentro, preguntas bajo juramento, sin prensa, con un reglamento estricto… que acabó saltando por los aires durante unos minutos por una fotografía filtrada desde la sala.
Chappaqua: la comparecencia sin focos
El lugar elegido no fue casual ni neutral. La Cámara se desplazó a Chappaqua para interrogar a Hillary Clinton en un entorno controlado, sin la coreografía televisiva que suele convertir estas citas en munición inmediata. En el exterior del centro donde se celebró la deposición, el ambiente fue el de una mañana de alta tensión política en un punto improbable del mapa: vallas, agentes de New Castle colocando el perímetro, periodistas buscando una imagen, un gesto, un segundo de puerta entreabierta. Ese “muro” de normalidad suburbana, con coches pasando y cafés para llevar, no evitó que la comparecencia estuviera en el centro de la conversación política de Estados Unidos durante horas.
Hillary Clinton llegó con un mensaje que no dejó espacio a interpretaciones creativas. Su tesis, repetida de varias formas, fue sencilla: no sabía, no vio, no estuvo, no recuerda. Y, al mismo tiempo, añadió un reproche: si el objetivo del comité es la transparencia real y la rendición de cuentas alrededor de la red de Epstein, no puede ser un foco de conveniencia. Ese doble carril —defensa de hechos y crítica del enfoque— define el tono con el que su equipo afronta esta semana: negar cualquier vínculo operativo con los delitos y pelear el marco político de la investigación.
Una deposición grabada… y un país mirando desde fuera
La sesión se celebró como deposición: grabada en vídeo, transcrita y con reglas de confidencialidad. Este formato reduce el espectáculo, pero no elimina el impacto: lo que se diga queda registrado, y la pelea suele trasladarse después a la publicación (o no) de transcripciones, a filtraciones interesadas y a la interpretación pública del “qué significa” una frase concreta. En este caso, la tensión por el formato estalló pronto: Clinton había defendido que se tratara de una comparecencia pública; el comité mantuvo la puerta cerrada y, paradójicamente, fue una filtración —una imagen tomada dentro— la que reavivó el debate sobre si tiene sentido blindar la sala cuando el contenido acaba circulando igual, aunque sea deformado.
Ese choque sobre la transparencia no es un detalle menor, porque el comité no está investigando un asunto administrativo corriente. Está entrando en el territorio donde poder, dinero y abuso se mezclan con nombres conocidos, rumores persistentes y una necesidad social de respuestas que la muerte de Epstein en 2019 dejó incompleta. Y en ese terreno, cualquier sombra, cualquier silencio o cualquier filtro se paga caro en términos de credibilidad pública.
Lo que Hillary Clinton dijo —y lo que negó— sobre Epstein
La frase más repetida del día fue la que busca cerrar el debate antes de que empiece: Hillary Clinton dijo que no tiene información sobre los crímenes de Epstein. En su declaración inicial, difundida mientras avanzaba la deposición, resumió su posición con dos ideas contundentes: “No tuve ni idea de sus actividades criminales. No recuerdo haberme cruzado con el señor Epstein”. El texto, además, incluyó una negación específica sobre los elementos que suelen convertirse en titulares en el caso Epstein: viajes y visitas. Clinton sostuvo que nunca voló en su avión y que no visitó su isla, ni sus casas, ni sus oficinas.
En paralelo, la exsecretaria de Estado introdujo un matiz relevante que suele aparecer en el caso: la figura de Ghislaine Maxwell, condenada por delitos relacionados con la captación y abuso de menores en el entorno de Epstein. Clinton reconoció contacto limitado con Maxwell y, a la vez, insistió en que no tuvo conocimiento de actividades delictivas. Ese matiz —“la conocí poco” frente a “no conocí al otro”— no es un simple giro retórico. En el universo de Epstein, donde se mezclan cenas, recepciones, donaciones y relaciones sociales, la defensa suele apoyarse en una distinción: cruzarse en entornos de poder no equivale a compartir secretos, y los comités suelen intentar tensionar precisamente esa línea.
La deposición también sirvió para que Clinton reivindicara su historial institucional en materia de lucha contra la trata de personas. No lo planteó como un argumento emocional, sino como una pieza de contexto: durante sus años en la Administración, dijo, impulsó esfuerzos para combatir redes de explotación, y le irrita que una investigación de este tipo termine convertida en una herramienta partidista. Ahí aparece el segundo eje del mensaje: Clinton no se limitó a defenderse; acusó al comité de estar usando el asunto como distracción y de evitar preguntas incómodas sobre la relación de Donald Trump con Epstein.
La mención a Trump no fue casual ni secundaria. Clinton deslizó una idea que los demócratas del comité han repetido: si se pretende indagar en conexiones de figuras públicas con Epstein, Trump debería ser interrogado bajo juramento. En Washington, la frase funciona como defensa y ataque a la vez: intenta desplazar el foco, sí, pero también pone en evidencia una batalla real por el relato del “quién está siendo investigado” y “quién no”. Con Epstein, esa discusión es gasolina: el caso toca nervios profundos y no admite medias tintas en la percepción pública.
La foto filtrada y el choque Boebert
La sesión se interrumpió durante unos minutos por un incidente que habría parecido grotesco si no fuera ya un patrón de época. Se filtró una fotografía tomada dentro de la deposición, algo prohibido por las reglas del procedimiento. El episodio se atribuyó a la congresista republicana Lauren Boebert, y la imagen llegó a circular en redes a través del entorno mediático conservador: el destinatario señalado fue el influencer y podcaster Benny Johnson, que la publicó con la marca de agua de su programa, como si la Cámara de Representantes fuera un plató alternativo donde el contenido se empaqueta y se lanza a la velocidad del scroll.
El parón tuvo dos efectos inmediatos. El primero, práctico: se detuvo la sesión para aclarar la violación de normas. El segundo, político: reforzó la tesis de Clinton y de los demócratas de que el comité pretende un espectáculo, aunque oficialmente lo niegue. En ese clima, la respuesta fue casi automática: Clinton reclamó que, si se está permitiendo que una imagen sin contexto circule por el país, lo razonable sería abrir la comparecencia o publicar transcripciones completas. El presidente del comité, James Comer, rechazó esa posibilidad en el momento, manteniendo el formato privado.
La filtración también encendió una discusión paralela, menos visible pero muy relevante: cómo se controla una investigación cuando el procedimiento se convierte en material para redes. Una foto puede sugerir tensión, cansancio, enfado o “huida”, aunque nada de eso sea cierto. De hecho, desde el entorno de Clinton se insistió en que no hubo “portazo” ni escena dramática: la deposición se pausó por la infracción y se reanudó después. En una investigación como esta, la diferencia entre “se detuvo por reglas” y “se detuvo porque se vino abajo” es enorme, y la imagen filtrada abrió la puerta a interpretaciones interesadas.
La escena deja un retrato crudo del momento político estadounidense: un procedimiento pensado para registrar preguntas y respuestas con rigor acaba cruzándose con la lógica de la viralidad. Y en el caso Epstein, esa lógica es especialmente dañina, porque el tema exige precisión, contexto y cautela. Una filtración convierte el ruido en protagonista, justo lo contrario de lo que se supone que busca una deposición cerrada.
El expediente Epstein: dinero, poder y la guerra de los archivos
El comité que citó a Hillary Clinton no está planteando su investigación como un juicio sobre culpabilidades directas de los Clinton en los delitos de Epstein —al menos, no de forma explícita— sino como un intento de reconstruir cómo Epstein acumuló riqueza y acceso durante años, y qué falló alrededor: instituciones, controles, alertas, decisiones políticas. Esa es la explicación pública: seguir el rastro del dinero y de las conexiones. En ese marco, el apellido Clinton es una pieza de alto voltaje por razones conocidas: Bill Clinton viajó en el pasado en el avión privado de Epstein y Epstein tuvo entradas en la órbita social de la élite política de los noventa y los 2000. No es una acusación penal por sí sola, pero sí un elemento que alimenta sospechas y titulares.
Esta investigación viene de lejos y tiene hitos concretos. En 2025, el comité emitió una citación al patrimonio de Epstein para obtener documentación, y en septiembre de ese año anunció la publicación de registros facilitados por el estate, con James Comer denunciando que los demócratas “politizaban” la información. Ese episodio ilustra bien el terreno: incluso la obtención de documentos y su difusión pública se ha convertido en un combate partidista, con acusaciones cruzadas de selección interesada y de ocultación.
Entre redacciones, bancos y un país enganchado a los nombres
En 2026, la discusión sobre “los archivos” de Epstein se ha intensificado. Por un lado, hay presión para que se publique más material y se aclare qué documentos permanecen redactados, por qué y bajo qué criterios. Por otro, hay una guerra abierta sobre quién está usando el caso para proteger a quién. Los demócratas han denunciado que hubo fases en las que el Departamento de Justicia retuvo o filtró material de forma conveniente; la administración, a su vez, sostiene que se revisan omisiones y que se sigue el cauce institucional. En medio, el Congreso empuja con citaciones y deposiciones que, aunque sean privadas, tienen un objetivo claro: colocar nombres y fechas en un registro oficial.
El comité ha hablado también de perseguir registros bancarios vinculados a Epstein. Esa vía es clave porque, más allá de fotografías y agendas, el dinero deja rastros menos discutibles: transferencias, estructuras societarias, beneficiarios, intermediarios. Si la investigación quiere ir más allá del teatro y aterrizar en hechos comprobables, el eje financiero es el camino más sólido. Y esa es, justamente, una de las razones por las que el caso vuelve: Epstein no fue solo un depredador sexual; fue también un operador de acceso, alguien que supo moverse entre filantropía, contactos y poder. Entender ese mecanismo es lo que permitiría responder una pregunta incómoda: cómo pudo sostenerse durante tanto tiempo.
En este contexto, la deposición de Hillary Clinton tiene un valor específico: no tanto por la expectativa de que aporte detalles nuevos sobre los crímenes —ella dice que no los tiene— como por lo que implica en términos institucionales. Cuando una figura de este tamaño declara, se fija una versión bajo juramento. Y a partir de ahí, cualquier contradicción futura, cualquier documento que choque con esa versión, adquiere un peso distinto. De ahí la importancia del formato grabado y transcrito, y de ahí también la pelea por hacer públicas las transcripciones: el contenido exacto importa, palabra por palabra, sin filtros.
El turno de Bill Clinton y el eco que deja esta semana
El calendario del comité coloca a Bill Clinton como siguiente pieza: su deposición está prevista para el viernes, 27 de febrero de 2026. El dato es histórico por lo que representa: un expresidente compareciendo por obligación en el marco de una investigación del Congreso de esta naturaleza. Y, además, es una comparecencia con un contexto que no desaparece: Bill Clinton ha reconocido en el pasado que voló en el avión de Epstein en determinados viajes, y su entorno ha negado reiteradamente cualquier conducta delictiva o conocimiento de los crímenes. Esa combinación —reconocimiento de contacto social y negación absoluta de mala conducta— es, para muchos, el centro del debate: dónde termina la relación social y dónde empieza la responsabilidad moral o política de haberse movido cerca de alguien como Epstein.
El comité, por su parte, quiere examinar también visitas de Epstein a la Casa Blanca durante la presidencia de Clinton y el contexto de esa relación. En términos políticos, el apellido Clinton sigue funcionando como un símbolo que despierta reflejos automáticos en Estados Unidos: para unos, es la prueba de una élite intocable; para otros, un objetivo recurrente de campañas de desprestigio. En 2026, con el caso Epstein reactivado y con la polarización a un nivel casi permanente, el resultado es previsible: cualquier frase de Bill Clinton, cualquier matiz, cualquier “no recuerdo” se convertirá en una batalla de interpretación.
Lo que deja la jornada de Hillary es, por ahora, una fotografía clara del choque. Ella niega conocimiento y relación operativa con Epstein, niega viajes y visitas, denuncia el sesgo del comité y pide que se mire también a Trump. El comité insiste en que su investigación busca transparencia y entender la red de poder y dinero de Epstein, y mantiene el formato cerrado. En medio, una filtración rompe el reglamento y convierte un proceso supuestamente blindado en material de redes, alimentando precisamente aquello que Clinton denuncia: el uso político del caso.
El eco de esta semana va más allá de los Clinton. Vuelve a poner encima de la mesa una pregunta incómoda para la democracia estadounidense: cómo se investiga con seriedad un caso que mezcla delitos atroces y nombres poderosos, sin caer en el circo ni en la impunidad, sin usar a las víctimas como decorado, sin convertir cada documento en arma arrojadiza. En la práctica, ese equilibrio es difícil, y el episodio de la foto filtrada lo demuestra con una crudeza casi absurda: una sala cerrada, un móvil, una imagen, y el debate vuelve a girar, por unas horas, no alrededor de los hechos sino del ruido.
Si algo queda fijado tras la deposición de Hillary Clinton es su posición, ya registrada: no sabía, no recuerda, no estuvo, y considera que la investigación debería ampliarse para no convertirse en un instrumento partidista. A partir de aquí, el foco se desplaza inevitablemente hacia el día siguiente, hacia Bill Clinton, y hacia una decisión que será determinante para el futuro inmediato del caso en el Congreso: si las transcripciones permanecen bajo llave o si se publican para que el país vea, sin cortes, qué se preguntó y qué se respondió.

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