Síguenos

Actualidad

¿Qué persigue Trump en América Latina con su nueva Doctrina Monroe?

Trump recupera la Doctrina Monroe y sacude América Latina con presión militar, petróleo, sanciones y aliados de derechas en la región

Publicado

el

las manos con hematomas de Donald Trump

Resumen

  • Trump recupera la Doctrina Monroe como eje de presión regional
  • Argentina, Cuba, Honduras, Colombia y Venezuela marcan el giro
  • China, petróleo, drogas y migración explican el pulso de Washington

Donald Trump ha vuelto a colocar América Latina en el mapa duro de Washington: no como vecindario con el que pactar de igual a igual, sino como zona estratégica donde pesan la seguridad, la migración, el narcotráfico, China, el petróleo y los gobiernos ideológicamente afines. No hace falta imaginar un plan secreto en un sótano con humo de puro. La nueva línea está en discursos oficiales, operaciones militares, sanciones, rescates financieros y alianzas regionales con gobiernos de derechas.

El eje es la recuperación explícita de la Doctrina Monroe, aquel viejo principio de 1823 que Estados Unidos convirtió durante generaciones en una advertencia al resto del mundo: América para los americanos, aunque casi siempre el americano que mandaba tenía despacho en Washington. La Casa Blanca ya ha hablado de reactivar ese marco bajo el llamado “Trump Corollary”, y el Pentágono lo ha presentado como una doctrina hemisférica renovada, centrada en drogas, migración, defensa y contención de potencias externas, especialmente China.

La Doctrina Monroe vuelve con uniforme nuevo

La palabra clave no es cooperación. Es control. El Gobierno estadounidense sostiene que su política busca proteger el hemisferio occidental de redes criminales, flujos migratorios irregulares y actores “extrahemisféricos”. En castellano menos perfumado: Washington quiere marcar las reglas del tablero latinoamericano y limitar la entrada de rivales, con China en el centro de la diana.

El alto cargo del Pentágono Elbridge Colby defendió en Cusco una versión remozada de la Doctrina Monroe, ya bautizada en algunos círculos como “Donroe Doctrine”, y la vinculó con la lucha contra el narcotráfico, la migración y la necesidad de que los países latinoamericanos eleven su gasto militar. También habló de operaciones conjuntas contra el narco con gobiernos “afines”, una fórmula elegante para decir: socios sí, díscolos no tanto.

La Casa Blanca había preparado antes el terreno. Trump reivindicó públicamente la Doctrina Monroe y aseguró que su Administración estaba restaurando el acceso privilegiado de Estados Unidos al canal de Panamá, recuperando dominio marítimo y desmontando redes “narcoterroristas” en el hemisferio. La retórica no iba de diplomacia paciente. Iba de preeminencia estadounidense. De marcar territorio. De enseñar la bandera antes de sentarse a negociar.

Argentina: el rescate a Milei también fue una señal

Argentina aparece como el ejemplo más limpio de la política transaccional de Trump: apoyo financiero a cambio de alineamiento político y estratégico. El Tesoro estadounidense cerró una línea de intercambio de divisas de 20.000 millones de dólares para el Gobierno de Javier Milei, una herramienta de emergencia poco habitual y comparable, por escala, al rescate de México en 1995.

La operación no solo buscaba estabilizar el peso argentino. También enviaba un mensaje a la región: quien entre en el carril de Washington puede recibir oxígeno. Quien no, que aprenda a respirar bajo el agua. La línea de crédito usaba el Exchange Stabilization Fund, una reserva del Tesoro pensada para intervenciones financieras excepcionales; no era un gesto decorativo, era política exterior con chequera.

La dimensión electoral tampoco quedó fuera del cuadro. Trump vinculó públicamente su respaldo a Milei con el resultado de las legislativas argentinas de octubre de 2025, una forma poco sutil de convertir la ayuda económica en plebiscito geopolítico. En la vieja diplomacia se mandaban telegramas. Aquí se manda liquidez. Y se cobra en lealtad.

Honduras y Colombia: urnas con sombra norteamericana

Honduras muestra otra pieza del método: presión directa sobre procesos electorales ajenos. Tras las elecciones presidenciales de noviembre de 2025, Trump afirmó que el país estaba intentando “cambiar” los resultados y advirtió que habría consecuencias, mientras apoyaba al candidato conservador Nasry Asfura en una carrera muy ajustada.

No es un detalle menor. Cuando el presidente de Estados Unidos habla en mitad de un recuento extranjero, no está opinando desde una tertulia de madrugada. Está colocando el peso de la primera potencia del continente sobre una institución electoral frágil. El mensaje se entiende incluso sin traducción: Washington mira, Washington juzga, Washington puede castigar.

Colombia encaja en la misma fotografía, pero con más pólvora. La victoria del derechista Abelardo de la Espriella aceleró el giro conservador regional y se sumó a una cadena de gobiernos más receptivos a la agenda trumpista en Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Panamá y Perú. La región se mueve. No toda, no igual, no con la misma intensidad. Pero el péndulo hacia la derecha latinoamericana ya no es una hipótesis de sobremesa.

Colombia como escaparate del nuevo bloque

La Colombia posterior a Gustavo Petro se ha convertido en escaparate de esa nueva arquitectura. La victoria de De la Espriella forma parte de un desplazamiento regional hacia la derecha, alimentado por economías débiles, miedo al crimen y auge de liderazgos de mano dura. Trump, mientras tanto, empuja a los gobiernos latinoamericanos a combatir la influencia china y a aceptar una mayor presencia de Estados Unidos en la región.

El proyecto Shield of the Americas funciona como paraguas de esa alianza: seguridad, narcotráfico, fuerzas armadas, afinidad ideológica. Suena a escudo continental; también a club con portero. El que comparte prioridades entra. El que no, queda en la intemperie diplomática, mirando desde fuera cómo se reparten los micrófonos, los acuerdos y las fotos oficiales.

Cuba: máxima presión y apagones como paisaje político

Cuba vuelve a ser laboratorio de presión máxima. Desde enero de 2026, la Administración Trump ha restringido severamente los envíos de petróleo a la isla, una medida que agravó la crisis energética cubana, con subidas de precios, escasez de combustible y apagones nacionales. La economía cubana ya venía maltrecha por problemas estructurales propios; las sanciones, sencillamente, apretaron el tornillo.

La Casa Blanca también anunció nuevas sanciones contra responsables del régimen cubano y recordó que Trump había reforzado la presión mediante un memorando de seguridad nacional. A comienzos de 2026 firmó además una orden ejecutiva para imponer aranceles a bienes de países que vendan o suministren petróleo a Cuba. Es decir: no solo se castiga a La Habana, también se advierte a quien le pase gasolina.

El discurso oficial habla de derechos humanos y transición democrática. La práctica combina sanciones, aislamiento energético y amenaza económica indirecta. Cuba conoce bien esa gramática: es vieja, áspera, repetida. La diferencia ahora es que aparece integrada en una política hemisférica más amplia, no como expediente cubano separado, sino como una pieza del muro antichino, anticastrista y antimigratorio que Trump quiere levantar al sur de Florida.

Venezuela: el aviso más brutal de la nueva etapa

Venezuela es el punto donde la doctrina deja de ser discurso y se convierte en operación militar. Fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en una misión planificada durante meses, con participación del Pentágono, la CIA y fuerzas especiales. Washington presentó la operación como parte de su ofensiva contra el narcoterrorismo, una palabra grande, de esas que abren muchas puertas y cierran casi todas las objeciones.

Después llegó el petróleo. Trump afirmó que Venezuela entregaría entre 30 y 50 millones de barriles de crudo sancionado a Estados Unidos, con ventas controladas por Washington. El acuerdo fue interpretado como una señal de que el nuevo poder venezolano debía abrir el sector a empresas estadounidenses o enfrentarse a más presión militar. Palo y zanahoria, pero la zanahoria también lleva bandera.

La Administración también levantó parcialmente sanciones para facilitar que compañías estadounidenses compraran, vendieran, transportaran, almacenaran y refinaran crudo venezolano, aunque mantuvo restricciones sobre la producción y excluyó a actores de países rivales como China, Rusia, Irán, Corea del Norte y Cuba. En limpio: America First aplicado al petróleo venezolano. Primero Estados Unidos; los demás, a la ventanilla.

China, drogas y migración: las tres llaves del relato

El nuevo trumpismo latinoamericano se explica con tres palabras que abren casi todas las puertas: China, drogas y migración. China aparece como competidor económico y tecnológico; el narcotráfico, como justificación securitaria; la migración, como combustible político interno para el electorado estadounidense. Tres llaves distintas para la misma cerradura.

La estrategia supone un giro hacia la seguridad, con el combate a los carteles en el centro y con una cooperación preferente con gobiernos ideológicamente próximos, evitando en parte los foros multilaterales tradicionales. Esa es una mutación importante: menos OEA, menos diplomacia coral, más acuerdos bilaterales, más entrenamiento militar y más jerarquía.

El problema de fondo es evidente. América Latina necesita cooperación real contra el crimen organizado, inversiones limpias, instituciones sólidas y comercio menos dependiente. Lo que recibe, en esta versión, es una oferta con letra pequeña: seguridad a cambio de alineamiento, ayuda a cambio de obediencia, mercado a cambio de soberanía recortada. No siempre se dice así. Casi nunca se dice así. Pero se entiende.

El hemisferio como patio trasero, otra vez

Trump no ha inventado la desconfianza latinoamericana hacia Estados Unidos. La ha desempolvado, le ha puesto gorra roja y la ha sentado otra vez en primera fila. Su plan para la región mezcla intereses legítimos —combatir carteles, ordenar fronteras, limitar dependencias estratégicas— con un reflejo peligroso: tratar a América Latina como un espacio subordinado donde los gobiernos amigos reciben premio y los incómodos reciben castigo.

La noticia no es que Washington tenga intereses en América Latina. Siempre los tuvo. La noticia es que ahora los formula con menos pudor, con más músculo y con una nostalgia imperial que suena moderna solo porque lleva PowerPoint, drones y sanciones financieras. La Doctrina Monroe nunca murió del todo. Estaba ahí, bajo la alfombra. Trump simplemente la ha sacado al salón, le ha quitado el polvo y ha dicho lo que otros preferían susurrar.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído