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Día del Defensor de la Patria ¿Putin prepara ofensiva final?

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Putin prepara ofensiva final

Putin celebra el 23F con medallas y tecnología militar; Starlink, Telegram y la nueva movilización vuelven al debate en Rusia previo al 24-F.

Rusia ha celebrado este lunes 23 de febrero el Día del Defensor de la Patria con la guerra de Ucrania como telón de fondo y, a la vez, como protagonista real. No es una fecha cualquiera en el calendario ruso: es una jornada de identidad nacional, de símbolos militares, de rituales con cámara fija y música grave. Este año, además, llega en vísperas del cuarto aniversario del inicio de la invasión a gran escala, que se cumple el 24 de febrero de 2026, y el Kremlin ha aprovechado el foco para reforzar un mensaje que repite desde hace meses: Rusia, dice, no está en una campaña larga y costosa, sino en una lucha por su “futuro”, su “independencia” y su “justicia”. Palabras grandes, sí, pero cuidadosamente elegidas para sostener una guerra que no ha dado la victoria rápida que Moscú esperaba.

El día ha tenido dos planos bien marcados y ambos hablan del mismo asunto. Por arriba, el plano del poder: Vladímir Putin felicitando, condecorando, prometiendo músculo tecnológico y recordando la tríada nuclear como prioridad. Por abajo, el plano que se filtra por grietas: dudas sobre el desgaste en el frente, discusión creciente sobre una posible nueva movilización y una batalla interna por el control del relato, donde Telegram —esa plaza pública digital rusa— se ha convertido de pronto en un campo minado. La sensación, al mirar el conjunto, es de víspera: un país empujado a vivir en modo guerra… y un Estado empeñado en que parezca normal.

Putin y el guion del Kremlin: medallas, tumba y mensaje

Putin ha aparecido en un formato que ya es casi un género propio: discurso breve, tono solemne, y esa mezcla de consigna y consuelo que domina su narrativa bélica. En su felicitación por el Día del Defensor de la Patria, el presidente ha insistido en que el fortalecimiento militar seguirá siendo central y ha agradecido explícitamente a quienes combaten en lo que Rusia sigue llamando “operación militar especial”. En el mismo paquete ha subrayado una idea que Moscú vende como garantía última: la modernización de la tríada nuclear —misiles terrestres, fuerzas estratégicas navales y aviación— continuará siendo una prioridad “absoluta”. No es un matiz técnico, es una señal política: en el Kremlin, el nuclear siempre aparece como escudo retórico cuando el desgaste convencional se hace evidente.

La ceremonia de condecoraciones, celebrada en el Kremlin, ha servido para colocar rostros concretos a esa narrativa. Según la agencia estatal TASS, Putin entregó Estrellas de Oro a militares distinguidos como “héroes de Rusia” y también condecoró a miembros de unidades de defensa antiaérea, precisamente en un momento en que Rusia denuncia y reconoce, a la vez, la presión diaria de ataques con drones ucranianos que penetran en territorio ruso. El mensaje implícito es claro: el frente ya no es solo “allí”, en Donetsk o Zaporiyia; el frente también es el cielo sobre ciudades rusas, las refinerías, los depósitos de combustible, la sensación de vulnerabilidad que antes se evitaba mencionar y ahora se encuadra como prueba de resistencia.

Y luego está el gesto que cierra el círculo simbólico. Putin ha participado en la tradicional ofrenda floral en la Tumba del Soldado Desconocido, junto a la muralla del Kremlin, un ritual de Estado que se repite año tras año, pero que en 2026 tiene un significado distinto: no honra solo guerras pasadas, sino una guerra en curso que se cobra vidas cada día. El minuto de silencio, en ese contexto, no suena a final de acto; suena a recordatorio.

“Aceleraremos” la tecnología: promesa en horario de máxima audiencia

El punto más llamativo del mensaje de Putin ha sido su promesa de acelerar el desarrollo tecnológico militar. Lo ha dicho en televisión estatal, en un lenguaje diseñado para sonar a seguridad y control: sistemas avanzados, ciencia, industria, alta tecnología, experiencia de combate. Traducido a la realidad de estos cuatro años: drones más capaces, guerra electrónica más agresiva, mejores redes de mando y control, munición más barata y abundante, y una carrera por no quedarse atrás en un conflicto donde un dron de pocos cientos de euros puede destruir un blindado de millones.

No es casualidad que Putin hable de tecnología justo ahora. En 2022 se hablaba de columnas, de grandes ofensivas, de mapas que cambiaban en días. En 2026, se habla de producción, de sostenimiento, de adaptación constante, de pequeñas ganancias a un coste alto. En ese marco, la tecnología es el pegamento narrativo que permite decir “vamos a ganar” sin prometer fechas. También es una manera de convertir el desgaste en inversión: si el combate “enseña”, la guerra se presenta como laboratorio, no como pantano.

Tecnología como bandera: drones, satélites y la guerra que se oye

La guerra en Ucrania ya no se entiende sin el zumbido de los drones. Están en el reconocimiento, en el ataque, en la corrección de artillería, en la vigilancia de rutas. Están también en la presión psicológica: ese sonido que llega antes del impacto, como una mosca metálica insistente, se ha convertido en parte del paisaje. Rusia presume de avances en este terreno; Ucrania ha hecho del dron una extensión de su táctica. En paralelo, ambos bandos se pelean por lo invisible: el espectro electromagnético, las interferencias, el engaño de señales, las comunicaciones seguras.

Ahí aparece una pieza clave que ha ganado peso en las últimas semanas: Starlink. Ucrania utiliza decenas de miles de terminales para comunicaciones y control de drones, y desde hace tiempo denuncia que fuerzas rusas estaban usando terminales de forma no autorizada, compradas o trianguladas por vías opacas. A comienzos de febrero, autoridades ucranianas aseguraron que esas conexiones empleadas por tropas rusas en Ucrania fueron desactivadas, tras un sistema de “lista blanca” que bloquea terminales no registradas como legítimas. Lo confirmó públicamente Mykhailo Fedorov, el ministro ucraniano de Transformación Digital, en un mensaje difundido en Telegram. Para Kyiv fue un golpe táctico importante; para Moscú, una molestia que intenta minimizar.

El golpe Starlink: el silencio en el campo de batalla

Según fuentes ucranianas citadas por Reuters, el apagado de esas conexiones habría generado problemas severos de comunicación en unidades rusas y llegó a paralizar operaciones de asalto en algunas zonas durante periodos concretos. Rusia, en cambio, ha intentado exhibir resiliencia tecnológica, recurriendo a alternativas domésticas menos eficaces y reafirmando que su capacidad de drones no se hunde por una plataforma extranjera. Las dos versiones conviven y chocan, como suele ocurrir, pero el hecho de que se discuta el tema con tanta intensidad revela algo básico: en 2026, la guerra se gana o se pierde también por la calidad de una señal.

Este episodio tiene otra lectura, menos visible pero igual de relevante. Si Rusia estaba utilizando Starlink de manera irregular, su interrupción no solo afecta al frente: también alimenta en Moscú la sensación de que la guerra depende demasiado de piezas que el Kremlin no controla. Y en un Estado obsesionado con la soberanía tecnológica, esa idea escuece. Por eso encaja con el discurso de Putin sobre desarrollo acelerado: más producción nacional, menos dependencia, más control. Incluso si la calidad no acompaña al principio.

El fantasma de la movilización: reservistas, decretos y desgaste

Si hay una palabra que en Rusia se pronuncia bajito, esa es movilización. La movilización parcial de septiembre de 2022 dejó una huella social: salidas masivas de hombres en edad militar, tensión interna, un golpe directo a la narrativa de “vida normal”. Desde entonces, el Kremlin ha preferido reclutar por vías menos explosivas: contratos con incentivos económicos, reclutamiento regional, incorporación de presos a través de estructuras militares o paramilitares, y presión administrativa en determinados ámbitos. Aun así, la pregunta vuelve porque el frente consume recursos humanos con una voracidad que no se apaga con discursos.

En febrero, la conversación ha ganado combustible con datos difundidos desde Ucrania. Robert “Magyar” Brovdi, comandante de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados ucranianas, afirmó que en enero Rusia habría reclutado o movilizado alrededor de 22.000 efectivos, mientras que las pérdidas rusas verificadas por unidades de drones ucranianas habrían alcanzado 30.618. Son cifras ucranianas, no neutrales, y deben leerse como parte de una guerra informativa, pero tienen un valor: señalan el punto exacto de fragilidad que más preocupa a Moscú, el balance entre entradas y salidas. Cuando ese balance es negativo, la política tiembla.

A esta presión se suma un elemento legal que ha sido observado con lupa por analistas y medios internacionales: el decreto firmado por Putin a finales de diciembre de 2025 que autoriza convocatorias de reservistas en 2026 para “asambleas especiales” vinculadas a la protección de infraestructuras críticas. En el papel, la medida se presenta como defensa interna ante ataques con drones y sabotajes. En la práctica, abre un carril administrativo útil: permite mover reservistas, entrenarlos, organizarlos, asignarlos a tareas militares sin usar la etiqueta más tóxica, la de movilización general. No es una prueba de que vaya a ocurrir una gran llamada a filas, pero sí un mecanismo que facilita escaladas graduales.

La sombra de una movilización “por goteo” encaja con el estilo del Kremlin: evitar un anuncio que provoque pánico y, en cambio, normalizar un flujo constante de hombres hacia estructuras militares. Ese enfoque reduce el impacto mediático, pero no reduce el coste humano. Solo lo reparte, lo diluye… y lo hace menos visible en un día concreto.

El frente en números: lo que dice Moscú y lo que rebate el ISW

Mientras Putin homenajeaba y prometía futuro tecnológico, el Estado Mayor ruso ha publicado su propio balance de campaña, con cifras que buscan sostener una idea: Rusia avanza y Ucrania retrocede. El general Serguéi Rudskói, número dos del Estado Mayor, afirmó que en lo que va de 2026 las fuerzas rusas habrían tomado alrededor de 900 kilómetros cuadrados y 42 localidades. El mismo discurso incluye balances más amplios sobre 2025, con miles de kilómetros cuadrados y centenares de localidades, además de la idea de una “franja de seguridad” en áreas fronterizas como Járkov y Sumi. Son cifras presentadas como contabilidad objetiva; en realidad, son munición política.

Aquí entra el contraste con evaluaciones independientes. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con sede en Washington, ha puesto en duda varias afirmaciones de Rudskói y ha señalado que Moscú estaría exagerando o directamente falseando control de asentamientos en regiones como Sumi y Járkov. En particular, el ISW ha cuestionado la afirmación rusa de controlar “más de la mitad” de Kostiantínivka, una ciudad clave en el eje de Donetsk que antes de la guerra rondaba los 70.000 habitantes. Según la evaluación del ISW, la evidencia disponible apunta a infiltraciones y avances mucho más limitados, en torno a un porcentaje pequeño del área, lejos de la imagen de control sólido que Moscú intenta proyectar.

Esa disputa por Kostiantínivka importa por una razón simple: no es una ciudad cualquiera. Su control facilitaría presiones sobre líneas ucranianas hacia el norte de Donetsk y alimentaría la narrativa de que Rusia, aunque tarde, está desatascando el frente oriental. Decir “tenemos la mitad” es decir “lo demás caerá”. Que analistas externos rebatan esa idea es, por tanto, un golpe directo al relato de avance inevitable.

Zaporiyia y el sur: cuando Ucrania recupera terreno y cambia el clima

En paralelo, febrero ha traído una noticia que Ucrania llevaba tiempo sin poder subrayar con tanta claridad: recuperación de terreno. Evaluaciones y análisis publicados en estos días sostienen que las fuerzas ucranianas han liberado asentamientos y terreno en el entorno de la frontera entre Dnipropetrovsk y Zaporiyia, con ganancias que, según estimaciones recogidas por el ISW, superarían los 160 kilómetros cuadrados en un periodo relativamente corto. Otra medición muy citada en prensa internacional habla de alrededor de 201 kilómetros cuadrados recuperados entre el 11 y el 15 de febrero, la ganancia más rápida desde mediados de 2023.

Estas cifras, como todas en esta guerra, están sometidas al ruido del combate y la propaganda, pero su efecto político es real: cambian el tono. Ucrania, que ha vivido meses de presión y desgaste, muestra que todavía puede ejecutar ofensivas limitadas con resultados. Rusia, que insiste en que “todos los intentos de frenar su avance han fracasado”, se ve obligada a explicar por qué hay zonas donde su línea retrocede o se deshilacha.

Además, la propia discusión sobre la cercanía al objetivo de Zaporiyia ciudad —Rusia ha sugerido distancias muy cortas; evaluaciones externas hablan de decenas de kilómetros en algunos sectores— se ha convertido en otro terreno de disputa. En la práctica, el frente del sur funciona como un tablero de ajedrez donde una casilla ganada cuesta semanas, y una casilla perdida obliga a reacomodar artillería, drones, logística. Nada es “rápido” en el sentido clásico. Todo es acumulativo. Todo es caro.

Ginebra, Telegram y la guerra dentro de la guerra

En medio de este panorama, la diplomacia se mueve, pero con el freno echado. Los días 17 y 18 de febrero se celebró en Ginebra una nueva ronda de conversaciones entre Ucrania y Rusia con mediación de Estados Unidos, tras reuniones previas en Abu Dabi. Por la parte ucraniana, encabezó la delegación el ministro de Defensa Rustem Umérov; por la parte rusa, fuentes de prensa internacional han señalado a Vladímir Medinski como figura central en la negociación. El contenido, según Reuters, vuelve a girar sobre el mismo nudo: el territorio. Moscú exige concesiones de tierras ocupadas; Kyiv rechaza ceder soberanía sin garantías de seguridad claras. El resultado ha sido el esperado: reunión “difícil”, ambiente “de trabajo”, y ausencia de un avance que pueda presentarse como punto de inflexión.

Este escenario coincide con un contexto político internacional que añade presión y ruido. Reuters ha informado de que el presidente estadounidense Donald Trump ha presionado a Kyiv para moverse rápido hacia un acuerdo, mientras Zelenski denuncia que Ucrania recibe más presión para ceder que quien invadió. En Moscú, esa presión externa se interpreta como oportunidad. En Kyiv, como amenaza. Y en Ginebra, como un reloj que suena en una sala donde nadie quiere ser el primero en parpadear.

En paralelo a la mesa diplomática, Rusia ha intensificado su campaña contra Telegram, una herramienta que no es solo mensajería: es logística militar, es canal de milbloggers pro-guerra, es espacio de filtraciones, es sistema nervioso informal. En febrero, el regulador Roskomnadzor ha impuesto nuevas restricciones argumentando falta de cooperación de la plataforma contra fraude, crimen y terrorismo. El asunto escaló cuando el ministro de Desarrollo Digital, Maksut Shadaev, afirmó que servicios de inteligencia extranjeros podrían acceder a mensajes enviados por soldados rusos a través de Telegram, un mensaje explosivo en pleno conflicto. Telegram lo ha negado con dureza, y el choque ha desatado críticas poco habituales desde el propio campo patriótico: militares, blogueros y sectores cercanos al esfuerzo bélico han advertido de que limitar Telegram puede dañar las comunicaciones en el frente y complicar la coordinación.

Aquí se ve la guerra dentro de la guerra. Por un lado, el Estado quiere control total del flujo informativo y empuja alternativas domésticas, como una “superapp” estatal llamada Max, pensada para sustituir a plataformas extranjeras. Por otro, la realidad del frente depende de herramientas prácticas, rápidas, usadas por todos. Cuando el control choca con la utilidad militar, aparecen grietas. Y esas grietas, en Rusia, son raras, valiosas… y peligrosas para el Kremlin.

La víspera del aniversario, con el país en tensión contenida

El 23 de febrero de 2026 ha sido, en esencia, una escena preparada para proyectar fortaleza: Putin condecorando, honrando a los caídos en la Tumba del Soldado Desconocido, prometiendo tecnología y reafirmando la centralidad de la disuasión nuclear. Es el Kremlin diciendo: “seguimos, estamos organizados, tenemos rumbo”. Pero la misma escena, observada sin banda sonora, revela otra cosa: Rusia entra en el cuarto aniversario de la invasión con un frente que avanza en algunos sectores y se atasca en otros, con un debate creciente sobre el coste humano, con señales de tensión en la reposición de tropas y con un campo informativo donde incluso los pro-guerra protestan cuando se toca la herramienta que les permite funcionar.

La pregunta sobre una nueva movilización no tiene respuesta oficial hoy, y quizá no la tenga en forma de anuncio dramático. En el estilo del Kremlin, lo dramático se evita; se prefieren mecanismos discretos, decretos con lenguaje burocrático, convocatorias por tramos, presión regional, incentivos económicos que suben y bajan como el precio de una mercancía. Aun así, la combinación de tres factores —desgaste en el frente, necesidad de sostener operaciones y preparación legal para mover reservistas— mantiene el tema vivo, como un murmullo persistente.

Y mientras la diplomacia se reúne en Ginebra sin romper el hielo del territorio, la guerra sigue en su lógica más cruda: drones, ataques a infraestructuras, presión sobre ciudades, y un pulso tecnológico que se ha convertido en parte central del combate. En este cuarto año, el Kremlin intenta convertir la guerra en sistema y el sistema en rutina. El problema, para Moscú, es que las rutinas también se rompen: a veces por un apagón de Starlink, a veces por un mapa que no cuadra, a veces por una app restringida que deja a unidades sin voz. En esas fracturas, pequeñas pero reveladoras, se juega una parte del futuro inmediato del conflicto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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