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Economía

¿Puede España dejar atrás el petróleo esta década?

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puede España dejar atrás el petróleo

España tiene las cartas para depender mucho menos del petróleo, pero la recarga rural, las baterías y la red eléctrica siguen poniendo freno.

España sí tiene una base real para recortar su dependencia del petróleo de una forma que hace pocos años sonaba prematura. No porque haya dejado ya de necesitar crudo, ni porque esté a un paso de una independencia energética total, sino porque el país ha consolidado una ventaja que no es menor: produce mucha más electricidad limpia que antes, la produce con más regularidad y la produce con un coste cada vez más competitivo. Red Eléctrica certificó que 2024 cerró con un 56,8% de generación renovable en el mix, con 148.999 GWh y un parque renovable que ya supera los 85.000 MW. La foto es potente: la eólica sigue mandando, la solar fotovoltaica ya juega en primera fila y la electricidad española se parece bastante menos a una refinería y bastante más a una red que, con todos sus problemas, ya sabe vivir muchas horas con viento, sol y agua. El verdadero matiz, el que pone algo de orden en la euforia, es otro: España no depende del petróleo por cómo enciende una bombilla, sino por cómo mueve millones de ruedas y buena parte de su logística diaria.

De ahí sale la gran idea que está detrás de esta noticia y también su parte más incómoda. España tiene las cartas, sí, pero la partida no se gana con recursos naturales y titulares bienintencionados. Se gana cuando la electricidad limpia entra de verdad en el transporte, cuando la recarga funciona donde hoy falla, cuando la red aguanta el salto y cuando la industria de baterías deja de ser una promesa recurrente para convertirse en fábrica, empleo y tecnología asentada. Ahí aparecen los frenos serios: almacenamiento todavía insuficiente, puntos de carga públicos que crecen pero no siempre están operativos, déficit de infraestructura fuera de las grandes ciudades y una cadena industrial europea que aún depende demasiado de Asia en la tecnología que va a marcar el coche eléctrico de esta década. España está mejor situada que muchos vecinos. Pero eso no equivale a tener resuelto el problema.

El punto de partida ya no se parece al de hace diez años

Durante mucho tiempo, España fue el país del potencial aplazado. Mucho sol, bastante viento, una dependencia exterior pesada y una sensación casi crónica de que la gran transformación energética siempre llegaba “después”. Esa fase se ha ido quedando atrás. El sistema eléctrico español ha cambiado de verdad y, más importante todavía, ha cambiado con cifras lo bastante grandes como para que el debate ya no sea simbólico. Red Eléctrica no habla de una mejora marginal ni de un trimestre especialmente favorable, sino de un récord histórico de generación renovable y de una estructura donde las tecnologías limpias ya no son un complemento, sino la columna principal del sistema. En 2024, además, la potencia instalada renovable ya representó dos tercios del parque de generación, lo que dibuja una base muy distinta a la de la pasada década. Dicho de otro modo: España ya tiene enchufada la primera mitad del cambio. Lo que antes era un discurso de transición, ahora ya es una infraestructura funcionando.

Ese punto de partida importa mucho porque cambia la lógica económica del país. Cada vez que la electricidad renovable sustituye una necesidad cubierta antes con combustibles importados, una parte mayor del gasto energético se queda dentro: en inversión, en operación de red, en autoconsumo, en mantenimiento industrial, en empleo técnico. El petróleo, en cambio, tiene una lógica más seca y más áspera: España lo compra fuera, lo paga fuera y queda expuesta a la volatilidad del mercado internacional. No es una discusión abstracta. Es una cuestión de balanza comercial, de seguridad de suministro y de capacidad de maniobra cuando el precio del barril se agita. Por eso el salto no se mide sólo en emisiones o en retórica climática. Se mide en dinero que deja de escapar, en margen industrial y en una red productiva que podría apoyarse más en recursos propios que en importaciones permanentes. Ahí está la parte realmente estratégica del asunto.

El petróleo sigue mandando en el transporte

La gran barrera española tiene nombre conocido y un olor todavía muy reconocible: gasóleo y gasolina. La luz puede ser cada vez más limpia, pero el petróleo sigue gobernando en el espacio que más consume derivados del crudo, que es el transporte. Coches particulares, reparto de última milla, mercancías por carretera, maquinaria, desplazamientos interurbanos, buena parte de la movilidad cotidiana que no sale en las campañas institucionales. Ahí es donde se decide si la transición tiene cuerpo o se queda en una mejora parcial del sistema eléctrico. El Ministerio para la Transición Ecológica lleva tiempo defendiendo justo esa idea en su planificación energética: la electrificación del transporte es uno de los grandes mecanismos para reducir importaciones fósiles, bajar emisiones y aprovechar mejor la ventaja renovable española. El diagnóstico es nítido. Sin coches, furgonetas y parte de la logística moviéndose con electricidad, España no podrá soltar de verdad la mano del petróleo.

Aquí conviene separar propaganda de realidad. El coche eléctrico ya no es un exotismo urbano, ni una compra reservada a un nicho tecnófilo, pero tampoco se ha convertido aún en la normalidad española. Sigue habiendo un parque móvil muy envejecido, una fuerte sensibilidad al precio de compra y una desigualdad territorial que pesa muchísimo. El cambio va más rápido en corredores concretos, en grandes ciudades, en empresas que electrifican flotas y en ciertos segmentos de renta. Va mucho más despacio en zonas dispersas, en hogares sin garaje y en trayectos donde la recarga sigue generando desconfianza. Ahí la transición no se discute en términos de “visión de país”, sino de algo bastante más prosaico y más decisivo: si el vehículo funciona en la vida real sin complicar los hábitos diarios. Y cuando esa respuesta todavía no convence, el petróleo conserva terreno. No por romanticismo fósil, sino por pura inercia práctica.

El gran atasco sigue fuera de las ciudades

Las cifras de infraestructura han mejorado, y conviene decirlo sin regatear mérito. España cerró 2025 con 53.072 puntos de recarga de acceso público, un 37% más que el año anterior, según ANFAC. Fue el ejercicio con más crecimiento desde que el sector mide este despliegue de forma sistemática. Ese dato, por sí solo, rompe una parte del relato derrotista. Pero el problema aparece justo después, casi pegado al titular: 16.340 puntos instalados seguían fuera de servicio al cierre de 2025. Es decir, había una red visible sobre el papel que no siempre estaba viva en la práctica. Si todos esos puntos hubieran estado operativos, España habría superado los 69.000 cargadores públicos. Esa distancia entre lo anunciado y lo utilizable es más importante de lo que parece, porque erosiona la confianza en la infraestructura justo cuando debería consolidarla. Un mapa de recarga sirve de poco si demasiados iconos son, en el fondo, decorado.

Ese cuello de botella se nota sobre todo donde más daño hace: en la España rural, en las carreteras secundarias, en los trayectos intermedios, en las comarcas donde la movilidad depende del coche casi con la misma naturalidad con la que depende del médico o de la oficina bancaria. Las grandes capitales concentran inversión, visibilidad y demanda; el interior, muchas veces, concentra el retraso. Y sin embargo el partido del petróleo se juega también ahí, quizá sobre todo ahí. Una transición que no llegue a pueblos, polígonos pequeños, zonas turísticas dispersas, áreas de montaña o corredores interiores no será una transición completa, sino una electrificación brillante en escaparates concretos. España necesita más cargadores, sí, pero sobre todo necesita cargadores útiles, encendidos, bien repartidos y con potencias que no conviertan cada parada en una paciencia infinita. La cuestión no es sólo sumar postes. Es construir fiabilidad territorial.

Guardar electricidad ya no es un detalle técnico

La otra gran pieza de esta historia casi nunca ocupa los titulares más vistosos y, sin embargo, decide buena parte del resultado final: el almacenamiento energético. España puede generar mucha electricidad renovable, pero sigue necesitando administrar mejor cuándo la genera y cuándo la consume. El sol no produce por la noche. El viento no responde a los horarios de oficina. Las horas de mayor abundancia no siempre coinciden con las horas de mayor demanda. Ahí es donde entran las baterías a gran escala, los sistemas híbridos, el bombeo y otras tecnologías menos glamourosas, pero cruciales. Sin almacenamiento suficiente, una red muy renovable puede tener momentos de abundancia y, a la vez, sufrir rigideces cuando la demanda aprieta o cuando la generación cae. Es una especie de paradoja moderna: tener mucha energía y, aun así, necesitar más flexibilidad para usarla bien. España ya no discute si hace falta almacenar; discute a qué velocidad lo despliega y con qué capilaridad lo integra.

El Gobierno dio un paso relevante a finales de 2025 al asignar 818 millones de euros a 126 proyectos de almacenamiento a gran escala. Los expedientes seleccionados añadirán 2,2 GW de potencia y 9,4 GWh de capacidad. No es una cifra menor ni un gesto simbólico. Habla de una fase nueva en la que el sistema reconoce que la transición no puede sostenerse sólo sobre megavatios renovables instalados, sino sobre la capacidad de absorber, desplazar y gestionar esa energía. También el autoconsumo ha ganado espesor. Las estadísticas oficiales sitúan la potencia de autoconsumo en más de 8.255 MW, otra señal de que la electricidad ya no baja sólo desde grandes plantas, sino que también se produce en tejados industriales, comerciales y residenciales. Ese tejido, silencioso y bastante menos fotogénico que una macroplanta, ayuda a aliviar demanda, abaratar determinadas horas y meter resiliencia en la red. Cuanto más cerca se genera y más fácil es guardarla, menos espacio queda para el petróleo en el sistema económico.

La red y las interconexiones son el músculo oculto

Hay una tentación muy frecuente de imaginar la transición como una suma de paneles solares, coches eléctricos y anuncios industriales. Falta una pieza esencial en esa postal: la red eléctrica. Sin red suficiente, no hay electrificación ambiciosa que aguante. España necesita conectar nueva generación renovable, reforzar nudos, gestionar mejor la demanda, integrar almacenamiento y sostener una recarga cada vez más extensa. Red Eléctrica lleva tiempo advirtiendo, con bastante claridad, de un límite estructural: la Península Ibérica apenas tiene un 2% de ratio de interconexión con el resto de Europa continental. Es una cifra muy baja para un sistema que aspira a ser más flexible, más robusto y más competitivo. A eso se suma un dato expresivo: en 2024 la congestión en la interconexión con Francia alcanzó el 67,6%. Traducido al castellano llano: España sigue funcionando en parte como una casi isla eléctrica, con menos capacidad de intercambio de la que necesitaría una economía que quiere electrificar más deprisa.

Esa condición semiaislada obliga a mirar las infraestructuras con mucha menos ligereza. No basta con generar mucho; hay que poder mover bien esa energía. Y no basta con desplegar cargadores si la conexión a red se atasca, si los proyectos tardan demasiado en conectarse o si determinadas zonas siguen sin el refuerzo necesario. El apoyo del Banco Europeo de Inversiones a la nueva interconexión por el golfo de Bizkaia dejó claro hasta qué punto esta obra se considera estratégica para España y Francia, precisamente porque debe empujar a la península hacia objetivos europeos de interconexión mucho más altos. En esa capa menos visible de zanjas, subestaciones, enlaces submarinos y capacidad de transporte se juega una parte decisiva del futuro energético español. La transición no se gana sólo en las plantas renovables; se gana en el cable, en el permiso, en la obra y en la conexión efectiva.

Baterías hechas en España: Sagunto y Figueruelas cambian el mapa

Si el almacenamiento y la recarga son claves para consumir menos petróleo, la fabricación de baterías es clave para no limitarse a comprar fuera la tecnología del cambio. España intenta ocupar un sitio mucho más central en esa cadena industrial, y dos nombres ya mandan en esa historia: Sagunto y Figueruelas. En la planta valenciana de PowerCo, la filial de baterías de Volkswagen, el calendario se ha ido concretando con bastante nitidez. A finales de 2025 ya estaba terminado el primer gran edificio del complejo y la previsión era iniciar la producción de las primeras baterías en septiembre de 2026. La fase inicial contempla 10 GWh anuales, con capacidad futura para llegar a 40 GWh y, si la demanda acompaña, incluso escalar más. No es una nave cualquiera: es un proyecto que conecta con Martorell y Landaben, con el plan del grupo alemán para fabricar utilitarios eléctricos más asequibles y con la idea de que España no se quede sólo en ensamblar coches, sino que gane peso en el corazón tecnológico del vehículo eléctrico.

La otra gran pieza está en Aragón. CATL y Stellantis arrancaron en Figueruelas la construcción de una planta llamada a ser la mayor fábrica de baterías de España, una inversión de 4.100 millones de euros con producción prevista también para finales de 2026. La operación tiene un valor industrial muy evidente, pero también deja ver las costuras europeas del momento. Reuters explicó que el proyecto recurrirá inicialmente a personal chino en la fase de construcción y formación, precisamente porque la brecha tecnológica europea en baterías sigue siendo notable. Más adelante, la previsión pasa por formar y contratar a miles de trabajadores en España. El mensaje de fondo es ambivalente y, justamente por eso, interesante: España atrae inversión porque tiene energía relativamente competitiva, posición industrial y peso en la automoción, pero todavía necesita recorrer bastante camino para controlar por sí sola toda la tecnología crítica del sector. Es avance, sí. También dependencia compartida.

La industria que puede retener dinero, empleo y poder de decisión

Estos dos proyectos pesan más de lo que parece porque conectan varios hilos a la vez. Por un lado, España es una gran potencia de fabricación de automóviles en Europa y no puede permitirse entrar tarde en la era eléctrica sin arriesgar parte de su tejido productivo. Por otro, las baterías concentran una parte enorme del valor del coche eléctrico, así que fabricarlas dentro del país cambia el tipo de economía que deja la transición. No es lo mismo importar el componente más caro y decisivo que producirlo o, al menos, ensamblarlo con una parte creciente de conocimiento local. Ahí se juega empleo cualificado, I+D, formación profesional, proveedores auxiliares y capacidad de negociación frente a fabricantes globales. También se juega tiempo: cada año que Europa tarde en consolidar su propia industria de baterías amplía la ventaja asiática. España ha empezado a moverse con seriedad, y eso la coloca mejor que a otros, pero el examen no termina con abrir una factoría. Empieza justo después: cuando toca sostener costes, desarrollar talento y ganar densidad industrial de verdad.

La factura energética que España se juega en cada enchufe

Si se aparta un momento el ruido político y la épica verde, la cuestión central queda bastante desnuda. España no va a vivir sin una gota de petróleo en dos o tres años, ni siquiera probablemente al final de esta década. Hay sectores difíciles de electrificar a toda velocidad, como parte del transporte pesado, la aviación, el marítimo o algunos usos petroquímicos. Pero eso no invalida la idea principal, más bien la afina. España sí puede depender mucho menos del petróleo y puede hacerlo de una manera económicamente significativa antes de 2030 si acelera donde todavía cojea: recarga operativa, red reforzada, almacenamiento, interconexiones e industria de baterías. Lo que está en juego no es sólo una transición energética. Es una parte de la autonomía económica del país, de su competitividad industrial y de su capacidad para amortiguar sobresaltos exteriores. Cada coche que pasa del surtidor al enchufe, cada batería que se fabrica aquí, cada megavatio renovable bien gestionado, cada nudo de red que deja de ser un cuello de botella, empuja en la misma dirección. No de golpe. No con épica instantánea. Con una lógica bastante más sólida: gastar menos fuera y construir más dentro.

La noticia, en el fondo, no dice que España haya resuelto su dependencia del crudo. Dice algo quizá más importante: por primera vez en mucho tiempo, el país tiene una combinación reconocible de recursos naturales, sistema eléctrico, inversión industrial y palancas públicas para reducirla de forma seria. El sol ya está. El viento, también. La red existe, aunque necesita crecer. Las fábricas de baterías han dejado de ser una maqueta y empiezan a ser hormigón, calendario y empleo. La recarga pública avanza, aunque aún arrastre demasiados puntos apagados. El almacenamiento ya no es una nota al pie, sino un frente prioritario. Falta velocidad, falta ejecución y falta continuidad. Pero el tablero es otro. España ya no discute si puede empezar a soltarse del petróleo; discute cuánto tardará en hacerlo y cuánto de ese cambio será capaz de fabricar, conectar y aprovechar por sí misma.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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