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¿Por qué profesores vascos denuncian presión familiar para aprobar?

El retroceso de Euskadi en PISA aviva las quejas de profesores que denuncian presión familiar para aprobar y pérdida de exigencia académica.

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un colegio vasco vacio

Resumen

  • Euskadi cae con fuerza en lectura y queda casi a la cola de España
  • Docentes denuncian presión de familias ante suspensos y promociones
  • La Inspección supervisa la legalidad, pero no decide las notas por sí sola

Los malos resultados de Euskadi en PISA 2025 han abierto una conversación bastante más incómoda que la habitual discusión sobre leyes educativas, ordenadores o métodos pedagógicos. Varios docentes vascos sostienen que en las aulas existe una pérdida de exigencia académica y describen situaciones en las que alumnos que, a su juicio, no estaban preparados para pasar de curso terminan promocionando después de conflictos con sus familias o de que estas recurran a la Inspección de Educación.

La denuncia es seria, pero conviene separar las piezas. Que profesores relaten estas situaciones no demuestra por sí solo que la Inspección ordene aprobar alumnos ni que ese fenómeno explique el desplome de Euskadi en PISA. Sí pone sobre la mesa algo más profundo: la sensación de una parte del profesorado de que evaluar, suspender y hacer repetir se ha convertido en una tarea cada vez más conflictiva, precisamente cuando una prueba internacional acaba de revelar graves carencias en competencias básicas.

Euskadi toca fondo en comprensión lectora

El dato que ha encendido todas las alarmas está en la lectura. Los estudiantes vascos de 15 años obtuvieron 419 puntos en comprensión lectora en PISA 2025, frente a los 451 del conjunto de España. Dentro del mapa autonómico, Euskadi queda únicamente por delante de Ceuta y Melilla.

La fotografía tampoco resulta cómoda en ciencias: 459 puntos, frente a los 477 de la media española. En matemáticas el resultado es algo menos sombrío, con 460 puntos, ligeramente por encima de los 457 de España, aunque supone un retroceso considerable respecto a los 482 registrados en 2022.

Especialmente llamativo es el deterioro lector. Euskadi había logrado 466 puntos en 2022 y ahora cae hasta 419. No estamos ante una oscilación de unas décimas que permita discutir durante media tarde sobre metodologías estadísticas. La pérdida es muy fuerte y encaja, además, en un deterioro general del rendimiento español: España también ha registrado resultados históricamente bajos en la última edición de PISA.

La OCDE evalúa qué pueden hacer realmente los estudiantes con lo aprendido, no simplemente qué nota llevan escrita en el boletín. Leer un texto y comprenderlo, interpretar información, resolver problemas, aplicar conocimientos científicos. Ahí está precisamente la herida: aprobar una asignatura y dominar sus competencias no son necesariamente la misma cosa.

Profesores que hablan de aprobados que no entienden

Tras conocerse los resultados, docentes consultados en Euskadi han descrito una realidad cotidiana mucho menos abstracta que las tablas de PISA. Hablan de estudiantes que avanzan con lagunas importantes, de familias que cuestionan determinadas evaluaciones y de profesores que perciben que mantener un suspenso puede desencadenar reclamaciones, reuniones y la intervención de Inspección.

De ahí la frase que ha provocado especial impacto: “Aprobamos a alumnos que no deberían pasar de curso porque las familias llaman a Inspección de Educación”. Es el testimonio de profesores sobre lo que aseguran vivir en algunos centros, no una conclusión estadística aplicable automáticamente a todo el sistema vasco.

Y esa diferencia importa. Mucho. Convertir varias experiencias docentes en la explicación universal del fracaso educativo sería tan sencillo como poco riguroso. Pero ignorarlas porque resultan incómodas tampoco parece una respuesta demasiado inteligente. Cuando profesionales que están cada mañana delante de treinta adolescentes cuentan que sienten debilitada su autoridad para evaluar, hay un problema que merece ser examinado.

Qué puede hacer realmente la Inspección de Educación

La normativa no establece que una familia pueda llamar a Inspección y conseguir que su hijo sea aprobado. La promoción corresponde al equipo docente, que adopta colegiadamente la decisión teniendo en cuenta las competencias adquiridas, los objetivos alcanzados y las posibilidades de que el alumno continúe con éxito sus estudios.

En Educación Secundaria Obligatoria, un estudiante promociona cuando ha superado las materias o mantiene evaluación negativa en una o dos. En otras situaciones, el equipo docente puede decidir también la promoción atendiendo al progreso global del alumno y a sus expectativas de recuperación.

La Inspección de Educación, mientras tanto, supervisa que los centros respeten la normativa, comprueba procedimientos, protege los derechos de los miembros de la comunidad educativa y puede intervenir ante reclamaciones. No sustituye, como regla general, al profesor colocando una nota distinta con un bolígrafo administrativo.

Otra cuestión es el efecto práctico que pueden tener las reclamaciones. Un docente puede actuar formalmente con independencia y, al mismo tiempo, sentir que una sucesión de quejas, reuniones y recursos introduce una presión sobre las decisiones académicas. Eso es precisamente lo que denuncian algunos profesores. Una realidad difícil de medir, porque rara vez deja una casilla denominada “aprobado para evitar problemas”.

El problema no cabe entero en la palabra «familias»

Sería demasiado cómodo encontrar un culpable único. Y la educación lleva décadas demostrando que, cuando aparece uno, normalmente hay otros cinco esperando detrás.

Los resultados españoles muestran problemas que atraviesan territorios y modelos educativos: caída de la comprensión lectora, más alumnado en los niveles bajos de competencia, dificultades para mantener la concentración, cambios en los hábitos de lectura y un ecosistema digital que invita a consumir textos a pequeños mordiscos. Leer tres líneas, deslizar el dedo, saltar a otra cosa. El cerebro también aprende costumbres.

PISA 2025 indica que España alcanza 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, por debajo de las medias de la OCDE en las tres competencias. Solo un porcentaje reducido alcanza los niveles más elevados de lectura, mientras aumenta el grupo que tiene dificultades para llegar al nivel mínimo considerado necesario para desenvolverse académicamente.

Euskadi añade sus propias peculiaridades. Conviven dos lenguas oficiales, distintas redes educativas, un sistema con una fuerte presencia de centros concertados, cambios demográficos rápidos y aulas cada vez más diversas. El propio Gobierno Vasco ha reconocido que la cuestión lingüística puede formar parte del análisis, aunque insiste en que no existe una explicación única.

También aparecen las pantallas. El debate es casi inevitable: tabletas, móviles, lectura fragmentada, inteligencia artificial. Sería ingenuo culpar al dispositivo como si el desastre estuviera escondido dentro de una funda de silicona, pero tampoco tiene demasiado sentido fingir que la transformación radical de los hábitos de atención no afecta al aprendizaje.

Una paradoja vasca: mucha inversión y malos resultados

El golpe resulta particularmente incómodo para Euskadi porque tradicionalmente ha contado con un sistema educativo bien financiado y con indicadores sociales positivos. No estamos hablando de un territorio donde la explicación inmediata pueda reducirse a falta absoluta de recursos.

El Gobierno Vasco ha destacado en los últimos años la baja tasa de abandono escolar, las políticas de equidad, el apoyo al alumnado vulnerable y la mejora observada en evaluaciones diagnósticas propias. De hecho, la Evaluación Diagnóstica de 2026 ofrece una fotografía bastante menos negativa que PISA y registra avances en distintas competencias y etapas.

¿Contradicción? Solo aparentemente. Son evaluaciones diferentes, realizadas sobre poblaciones y momentos distintos y con metodologías que no persiguen exactamente lo mismo. PISA examina a estudiantes de 15 años con criterios internacionales comparables; las evaluaciones autonómicas sirven para medir la evolución interna del sistema y orientar políticas educativas.

Precisamente por eso sería imprudente elegir únicamente el examen que deja la fotografía más bonita. PISA no invalida todos los avances del sistema vasco, pero un descenso de esta magnitud tampoco puede despacharse diciendo que las estadísticas tienen sus cosas.

Educación busca las causas del batacazo

El Gobierno Vasco ha reconocido su preocupación por los resultados y ha movilizado al Foro de Expertos en Evaluación, además de reunir a responsables de centros educativos para estudiar las causas del deterioro y plantear medidas.

La consejera de Educación, Begoña Pedrosa, ha pedido analizar PISA con rigor y dentro de un contexto internacional en el que también se observa una pérdida de competencias. Esa perspectiva es cierta: el deterioro no afecta exclusivamente a Euskadi ni a España. Pero la comparación internacional tampoco permite esconderse detrás del vecino. Otros sistemas sufren las mismas pantallas, pandemias, redes sociales y transformaciones familiares con resultados mejores.

El debate interesante empieza precisamente ahí. Habrá que saber cuánto pesan los métodos de enseñanza, la formación docente, los programas bilingües, la inmigración, la burocracia, las ratios, el uso de tecnología, los criterios de evaluación, la implicación familiar y la capacidad de los centros para exigir sin convertir cada suspenso en una pequeña guerra administrativa.

Y habrá que escuchar al profesorado. No porque posea automáticamente toda la razón, sino porque resulta extraño diseñar una solución para las aulas ignorando a quienes pasan buena parte de su vida dentro de ellas. Su experiencia diaria forma parte del diagnóstico educativo, aunque no pueda sustituir a los datos.

Cuando aprobar deja de significar haber aprendido

La cuestión de fondo no es si los estudiantes suspenden demasiado o demasiado poco. Suspender más no mejora mágicamente la educación, del mismo modo que reducir las repeticiones no convierte por sí solo a un sistema en más moderno, inclusivo o eficaz.

El problema aparece cuando las notas pierden capacidad para describir lo que un alumno sabe hacer. Si un joven avanza de curso acumulando dificultades lectoras, matemáticas o científicas, el aprobado puede aliviar el expediente durante unos meses, pero la deuda reaparece. A veces en Bachillerato, otras en Formación Profesional, después en la universidad o en el trabajo.

PISA acaba de colocar esa contradicción encima de la mesa vasca con bastante poca delicadeza. 419 puntos en lectura no explican por sí mismos qué está ocurriendo dentro de cada colegio, pero tampoco permiten sostener que todo funciona razonablemente bien.

Las quejas de docentes sobre presión familiar deberán comprobarse, dimensionarse y distinguirse de situaciones legítimas en las que una familia reclama porque considera vulnerados sus derechos. La Inspección existe precisamente para garantizar que las reglas se cumplan, no para resultar cómoda a profesores o padres.

Pero hay una frontera que el sistema educativo no puede permitirse difuminar: proteger al alumno significa ayudarle a aprender, no simplemente facilitarle el paso al curso siguiente. Cuando esa diferencia se pierde, el boletín puede seguir lleno de aprobados mientras, fuera del aula, las pruebas de competencia cuentan una historia bastante distinta.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.