Naturaleza
El Teide registra 2.500 microsismos: qué significa el enjambre
Miles de señales diminutas bajo Las Cañadas: qué detectaron los sensores y por qué no anunciaban una erupción cercana.

Más de 2.500 microsismos quedaron registrados bajo Las Cañadas del Teide durante un enjambre iniciado a las 23.00 del miércoles 18 de febrero de 2026. Los eventos se concentraron en la zona oeste del Parque Nacional, a entre 7 y 8 kilómetros de profundidad, y fueron tan pequeños que solo los detectaron los instrumentos del Instituto Geográfico Nacional (IGN). El dato más importante no es solo la cantidad: la serie perdió energía e intensidad con el paso de las horas y no fue percibida por la población.
El episodio llamó la atención por la sucesión de señales y porque se produjo después de otros enjambres en la misma zona durante febrero. Sin embargo, el recuento elevado no equivale por sí solo a una erupción inminente. En la información difundida hasta el viernes 20 de febrero, el IGN indicó que el fenómeno no aumentaba el peligro eruptivo a corto plazo y el PEVOLCA mantenía el semáforo volcánico en verde. La actividad era intensa en número, pero muy baja en energía, una diferencia esencial para interpretar lo que ocurría bajo la isla.
Un enjambre numeroso formado por señales diminutas
Un enjambre sísmico es una concentración de numerosos temblores en un periodo relativamente corto, sin que necesariamente haya un terremoto principal que destaque sobre los demás. En este caso, el interés científico no surgió de una sacudida fuerte, sino de la repetición de pequeños eventos registrados por la Red Sísmica Nacional. Los aparatos captan vibraciones que no llegan a sentirse en superficie y permiten estudiar cambios que, para una persona en el paisaje volcánico, pasarían inadvertidos. El número describe cuántas señales se detectan, no la fuerza de un gran terremoto.
El IGN situó las magnitudes por debajo de 0,7 mbLg. Esta magnitud local se utiliza para estimar y comparar el tamaño de los seísmos a partir de las ondas recogidas por los sensores. No es una medida del peligro volcánico en sí misma, pero ayuda a entender por qué este episodio no produjo temblores sentidos: cada evento liberó muy poca energía y tuvo su foco a varios kilómetros bajo tierra. La cifra de 2.500 impresiona al leerse en un titular; al interpretarla, importa saber que no se trataba de 2.500 sacudidas perceptibles en la superficie.
Que un movimiento sea detectable no significa que una persona pueda notarlo. La percepción depende de la energía liberada, la profundidad, las características del terreno y la distancia a los lugares habitados. En este enjambre coincidían magnitudes muy bajas y focos profundos, de modo que las ondas llegaban debilitadas. Los registros instrumentales, por tanto, ofrecían una imagen del subsuelo que no tenía un equivalente en puertas que vibran, objetos que se desplazan o sobresaltos en las viviendas. La ausencia de percepción encajaba con las características medidas, no con una falta de vigilancia.
El foco, en la zona oeste de Las Cañadas
Los eventos se localizaron entre 7 y 8 kilómetros de profundidad, en el sector occidental de Las Cañadas del Teide. Esa localización sitúa el fenómeno bajo la superficie, lejos de una grieta visible o de un movimiento de ladera. En un sistema volcánico conviven rocas fracturadas, tensiones acumuladas y fluidos que pueden desplazarse por el subsuelo. La actividad sísmica registra algunos de esos ajustes, aunque una señal concreta no revela por sí sola qué proceso la produjo ni permite anticipar automáticamente su evolución. La profundidad y el emplazamiento son parte de la lectura, no una predicción aislada.
El lugar tampoco era desconocido para los equipos de vigilancia. Allí se habían descrito episodios similares en octubre de 2016 y junio de 2019, así como en junio y julio de 2022. También constaban series en agosto y noviembre de 2024, antes de los enjambres de febrero de 2026. Esa repetición permite comparar los registros y reconocer que la zona ha mostrado actividad sísmica en distintos momentos. Pero que un fenómeno tenga precedentes no convierte cada episodio en una copia exacta ni demuestra que todos tengan la misma causa inmediata. La comparación histórica aporta contexto, no una garantía sobre lo que ocurrirá después.
En febrero, la proximidad entre varias series hizo que el subsuelo pareciera mantener un pulso continuo. Antes del episodio iniciado la noche del 18, se habían registrado enjambres el 12 y durante los días 16 y 17. La secuencia se describió como el tercer episodio en una semana, lo que justificaba prestar atención a su evolución y revisar el conjunto de datos. Aun así, una concentración de episodios en pocos días no basta para concluir que el magma asciende: los científicos buscan cambios coherentes en varios indicadores, no solo una sucesión de fechas cercanas. La frecuencia merece seguimiento, pero no sustituye al análisis de las señales.
Qué significa que los eventos sean híbridos
El IGN clasificó los temblores como eventos sísmicos híbridos. El término alude a señales que reúnen rasgos de distintos tipos de actividad sísmica. Algunas características pueden asociarse a la fractura de rocas; otras, a la interacción de fluidos y a vibraciones más prolongadas dentro del sistema. En un entorno volcánico, esa combinación es relevante porque ofrece pistas sobre los procesos internos, pero no equivale a una prueba directa de que el magma se esté desplazando hacia la superficie. Híbrido describe la forma de la señal, no anuncia por sí mismo una erupción.
Entre las explicaciones posibles para este tipo de actividad se encuentran los cambios de presión y el movimiento de fluidos, gases o vapor de agua en fracturas y conductos del subsuelo. Son procesos que pueden generar vibraciones sin que se produzca un ascenso magmático detectable. En el episodio de febrero, la información del IGN no aportaba evidencias de movimiento de magma. Por eso, presentar cualquier microsismo híbrido como una señal inequívoca de erupción sería ir más allá de lo que mostraban los datos. La interpretación depende del patrón completo y de cómo evoluciona, no de una etiqueta tomada de forma aislada.
La propia clasificación puede ser difícil cuando las señales son débiles o se superponen. Un registro sismológico no siempre dibuja eventos separados con contornos claros: algunos quedan parcialmente ocultos entre otras vibraciones o el ruido de fondo. Los especialistas revisan las ondas y afinan la identificación antes de cerrar el catálogo. Esa tarea explica por qué el número comunicado al principio puede crecer más tarde. Un recuento revisado no significa necesariamente que hayan ocurrido nuevos temblores; puede reflejar que los análisis han reconocido señales que antes no se distinguían con suficiente claridad.
Por qué la cifra puede cambiar con las revisiones
Los más de 2.500 eventos eran un recuento provisional dentro de una serie que seguía activa cuando se difundió la información. El IGN advirtió que el número podía aumentar tras un análisis más pormenorizado, precisamente porque muchos microsismos tenían señales muy débiles. La revisión permite separar eventos cercanos, descartar ruido y mejorar la localización cuando el registro lo permite. En otras palabras, el catálogo se construye con mediciones y análisis sucesivos, no con un contador que siempre ofrece desde el primer minuto una cifra definitiva. La incertidumbre sobre el total es una cuestión de detección, no una señal de que el fenómeno se esté agravando.
Esta diferencia entre actividad real y capacidad de identificación es importante para leer las actualizaciones. Un primer balance puede contar los movimientos más claros; después, al revisar las formas de onda, los técnicos pueden añadir eventos pequeños que estaban mezclados con otras señales. También puede cambiar la interpretación de un registro si se dispone de más información. Por eso, comparar cifras de momentos distintos sin atender a la hora del parte y al método de análisis puede crear una impresión engañosa de aceleración. El catálogo evoluciona a medida que mejora la lectura instrumental, mientras el comportamiento del enjambre se evalúa por su conjunto.
En febrero, esta dinámica se sumó a la proximidad de varias series. Algunos balances iniciales se ajustaron al incorporarse nuevos análisis, hasta que el recuento del episodio iniciado el 18 de febrero superó los 2.500. La cautela al comunicar cantidades no resta valor al dato: permite distinguir entre un recuento preliminar y uno más completo. También recuerda que el número bruto no cuenta toda la historia. La energía, la magnitud, la profundidad y la evolución temporal ayudan a determinar qué significa el enjambre para la actividad volcánica. Contar eventos es solo el primer paso de la interpretación.
Qué indicadores se observan antes de hablar de riesgo eruptivo
Para valorar una posible evolución volcánica, el IGN no se fija en una sola variable. Analiza la sismicidad —incluidos el tipo de eventos, su magnitud, profundidad y posible migración— junto con la deformación del terreno y los datos geoquímicos. Si el suelo cambia de forma o si se detectan variaciones en los gases y otros parámetros, esos datos se estudian en relación con los demás. Lo importante es comprobar si varias señales forman un patrón compatible con un cambio del sistema. Un enjambre aislado no basta para establecer que una erupción se aproxima.
En el episodio de febrero, la subdirectora general de Vigilancia, Alerta y Estudios Geofísicos del IGN, Carmen López, señaló que no había evidencia de movimiento de magma ni migración de los hipocentros, los puntos donde se originan los terremotos. Tampoco se había observado deformación superficial ni una evolución de ese tipo de señales que acompañara al enjambre. El organismo describió una actividad persistente, pero con pérdida de energía e intensidad. La combinación de esos datos no apuntaba entonces a un escenario eruptivo a corto plazo.
La vigilancia instrumental de Tenerife incluía más de 100 estaciones, equipos y puntos de muestreo. Esa red registra la actividad sísmica y permite seguir la deformación del terreno y distintos indicadores geoquímicos. Ningún aparato ofrece por sí solo una respuesta completa: los sensores aportan piezas distintas que deben interpretarse juntas. La observación continua ayuda a detectar cambios y a distinguir una variación puntual de una tendencia sostenida. La vigilancia no consiste en esperar a que el terreno tiemble con fuerza, sino en comparar señales diferentes a lo largo del tiempo.
El semáforo verde y lo que realmente indica
Durante el episodio descrito, el PEVOLCA mantenía el semáforo volcánico de Tenerife en verde, el nivel más bajo de alerta. Ese estado indicaba que no se había activado un cambio en el escenario de gestión de emergencias. No significa que el Teide carezca de actividad geológica ni que el riesgo volcánico pueda descartarse para siempre: un sistema volcánico se mantiene bajo observación precisamente porque puede cambiar. El verde expresa la situación evaluada en ese momento, a partir de los datos disponibles, no una predicción inalterable sobre el futuro.
La evaluación se apoya en la coordinación de organismos científicos y técnicos. En el comité científico del plan participan instituciones como el IGN, el CSIC, el INVOLCAN, el IGME, la AEMET, el IEO y la Universidad de La Laguna. El valor de ese trabajo conjunto está en cruzar mediciones y conocimientos, en vez de convertir un único indicador en una alarma. Una subida en el número de microsismos puede llamar la atención, pero se interpreta junto a la energía liberada, la localización, la deformación y la geoquímica. El nivel de alerta responde al cuadro general, no al titular más llamativo.
El director regional del IGN en Canarias, Ithaiza Domínguez, explicó que se habían producido enjambres de características similares desde 2016 y enmarcó la actividad de febrero en una intensificación de la actividad sismovolcánica de ese mes. Esa referencia ayuda a entender por qué los técnicos comparan los episodios entre sí, pero no elimina la necesidad de vigilancia. En volcanología, un antecedente orienta y permite detectar diferencias; no dicta por adelantado el desenlace de una serie posterior. La prudencia científica consiste tanto en evitar alarmas como en no dar por cerrado el seguimiento.
Una actividad que exige atención, no conclusiones precipitadas
El dato de los 2.500 microsismos reúne dos realidades que pueden parecer contradictorias: hubo muchísimas señales registradas y, al mismo tiempo, cada una fue de muy baja magnitud. La contradicción desaparece al distinguir cantidad de energía. Un enjambre puede sumar muchos eventos minúsculos sin producir una sacudida perceptible ni reunir señales de una erupción cercana. En este caso, la profundidad de entre 7 y 8 kilómetros, la falta de percepción en superficie y la tendencia a perder intensidad formaban parte de la lectura técnica del episodio. El volumen del recuento, por sí solo, no mide el peligro.
La actividad tampoco debe describirse como si el Teide estuviera completamente inactivo. Los instrumentos registraron procesos bajo la superficie y las series de febrero mostraron que el sistema estaba produciendo señales que merecían estudio. La cuestión era qué indicaban en conjunto. Según el IGN, no se observaban entonces movimiento de magma, migración de focos ni deformaciones que sostuvieran un aumento del peligro a corto plazo. Ese matiz evita dos errores opuestos: convertir cada temblor en anuncio de erupción o interpretar el semáforo verde como ausencia absoluta de actividad. La lectura más fiel es la de un sistema activo bajo vigilancia, sin señales de erupción inminente en los datos descritos.
Así se entiende por qué los sismógrafos pueden estar muy ocupados mientras el paisaje permanece quieto. Bajo Las Cañadas, las ondas dejan trazos pequeños que se identifican, comparan y revisan; en la superficie, el episodio no se manifestó como terremotos sentidos por la población. El seguimiento del IGN y la evaluación del PEVOLCA permitían contextualizar el recuento y observar si aparecía un cambio en otros parámetros. La señal relevante no era solo cuántas veces tembló el subsuelo, sino qué energía tuvo y qué otras mediciones la acompañaron.
El balance difundido el viernes 20 de febrero de 2026 describía un enjambre todavía activo, aunque con menor energía e intensidad, y más de 2.500 eventos contabilizados. El catálogo podía ajustarse al revisar señales débiles, mientras la vigilancia seguía centrada en sismicidad, deformación y geoquímica. El semáforo permanecía en verde y el IGN no veía indicios de un aumento del peligro eruptivo a corto plazo. La forma responsable de leer el episodio es atender a esas mediciones y a su evolución, no convertir una cifra aislada en una profecía.

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