Naturaleza
El verano en que el noroeste concentró el fuego de Europa
El calor extremo no actuó solo: el tipo de paisaje también inclinó la balanza del fuego.

En agosto de 2025, el noroeste de España concentró más de la mitad de la superficie quemada en la Unión Europea entre enero y agosto. La región representa alrededor del 2% del territorio comunitario y, aun así, sumó cerca de 540.000 hectáreas calcinadas en un solo mes. Un estudio internacional atribuye la magnitud del episodio a la coincidencia de una ola de calor prolongada con una vegetación que, en determinadas zonas, favoreció la propagación de las llamas.
El resultado no se explica por una sola causa ni permite reducir el episodio a un fallo concreto de la extinción. La investigación, liderada por la Universidad de Murcia y publicada en Global Change Biology, analiza conjuntamente las condiciones meteorológicas y los tipos de vegetación afectados. Su lectura apunta a una idea central: el tiempo elevó el peligro, pero el paisaje condicionó cuánto podía avanzar el fuego. También aporta dos matices importantes: los robledales autóctonos ardieron menos de lo esperado y el análisis no encontró pruebas de que las zonas protegidas se quemaran más que las demás.
Un foco regional con dimensión europea
La cifra de hectáreas sitúa el episodio en una escala poco habitual, pero su concentración geográfica es igual de reveladora. En vez de repartirse de forma más uniforme entre varios puntos del continente, una parte reducida del mapa europeo reunió en agosto una proporción extraordinaria de la superficie quemada acumulada desde comienzos de año. El dato describe hectáreas afectadas, no más de la mitad del número de incendios: distinguir ambas medidas evita que una estadística se convierta en otra distinta.
También importa el periodo al que se refiere la comparación. Las cerca de 540.000 hectáreas corresponden a lo calcinado en el noroeste durante agosto; el porcentaje superior al 50% compara esa superficie con el total quemado en la Unión Europea entre enero y agosto de 2025. No significa que la región ocupara la mitad de Europa ni que toda la superficie quemada comunitaria ardiera en un mismo momento. La desproporción está en la concentración del daño en el tiempo y el espacio.
Ese contraste obliga a revisar la idea de que los incendios extremos pertenecen siempre a las mismas regiones. El noroeste ibérico suele asociarse a paisajes atlánticos, pero esa imagen no funciona como una barrera frente a episodios de calor y sequedad intensa. Cuando las condiciones favorables al fuego se instalan durante días y encuentran combustible disponible, el riesgo puede desplazarse más allá de las zonas que suelen ocupar los titulares. La geografía del peligro no es fija.
Dieciséis días de calor y un indicador en máximos
El estudio relaciona los grandes incendios de agosto con una ola de calor que se prolongó durante 16 días en el suroeste de Europa. La duración ayuda a entender por qué el episodio fue más que una sucesión de tardes calurosas: el calor persistente fue acompañado por condiciones capaces de secar la vegetación y mantener elevado el peligro durante un periodo prolongado. En los incendios extremos, importa tanto la continuidad del escenario como el máximo de temperatura de una jornada.
Para describir ese contexto, los investigadores emplearon el Índice Meteorológico de Peligro de Incendios. El indicador reúne variables como la temperatura, la humedad, el viento y la sequedad del combustible vegetal, y ofrece una forma de resumir el estado meteorológico favorable a la propagación. Según Marco Turco, investigador de la Universidad de Murcia y autor principal del trabajo, en agosto alcanzó el valor mensual más extremo registrado en el noroeste de la península ibérica durante el periodo 1985-2025. La serie abarca cuatro décadas y sitúa aquel mes en el extremo de los registros analizados.
Ese índice no es una predicción exacta de dónde empezará un incendio ni una explicación de su origen. Tampoco mide por sí solo todo lo que ocurre sobre el terreno. Su utilidad está en mostrar que la atmósfera ofrecía condiciones excepcionalmente propicias para que el fuego se propagara. Un nivel extremo de peligro no identifica la chispa, pero ayuda a explicar por qué un foco puede volverse mucho más difícil de contener.
El tiempo favorece el fuego, pero no explica el paisaje
La meteorología puede aumentar las probabilidades de propagación y hacer más adversas las condiciones para combatir un incendio, pero no determina por sí sola la superficie final afectada. Para comprender por qué algunas áreas ardieron más que otras, el equipo comparó también la vegetación alcanzada por las llamas. El trabajo concluye que los matorrales y los pinares se quemaron por encima de lo que correspondería a su presencia en el territorio. La vegetación no es un fondo uniforme: puede alimentar el avance del fuego de maneras distintas.
La estructura y la continuidad del combustible vegetal importan porque influyen en la facilidad con la que las llamas encuentran materia disponible a su paso. En condiciones de calor y sequedad, una cobertura continua puede ofrecer menos interrupciones que un paisaje con cambios entre distintos tipos de vegetación. El estudio identifica el patrón general de quema, pero no convierte cada matorral o pinar en una causa automática de incendio. El riesgo depende de la combinación concreta entre el estado del combustible, el tiempo y el lugar.
Juli G. Pausas, investigador del CSIC en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación y coautor del artículo, subraya que la meteorología extrema fue necesaria para explicar el comportamiento de los incendios, aunque el tipo de vegetación también influyó de forma decisiva. Esa combinación es más precisa que atribuir el desastre exclusivamente al clima o a la gestión forestal. El episodio surgió de la interacción entre una atmósfera excepcional y un territorio que no respondió igual en todas sus coberturas.
Robledales y mosaicos: por qué no ardió todo igual
El contraste más claro aparece al comparar los matorrales y pinares con los bosques autóctonos de roble. Estos últimos se quemaron menos de lo que cabría esperar si todos los tipos de vegetación hubieran ardido en la misma proporción. Cristina Santín, investigadora del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad, destacó ese resultado como una señal de mayor resistencia de los robledales en las condiciones estudiadas. La respuesta de un ecosistema al fuego puede variar incluso dentro de una misma región.
Ese hallazgo no demuestra que los robles sean inmunes ni permite concluir que cualquier robledal vaya a resistir un incendio extremo. El resultado compara lo observado con lo que se esperaría si la vegetación se quemara por igual; no establece una garantía para cada bosque, cada episodio o cada estado del monte. Una menor proporción de superficie quemada es una diferencia estadística, no una promesa de invulnerabilidad.
La distribución de distintas coberturas también ayuda a pensar en el paisaje como algo más que una suma de masas verdes. Un mosaico con variaciones entre tipos de vegetación puede interrumpir la continuidad del combustible y hacer que el fuego encuentre condiciones distintas durante su avance. El estudio refuerza la importancia de esa composición, aunque no presenta una receta universal para diseñar el territorio. La diversidad del paisaje puede cambiar la manera en que se propaga el fuego, pero su efecto depende del contexto.
Qué dice el análisis sobre las áreas protegidas
Durante el verano se extendió la afirmación de que las zonas protegidas habían ardido más que las no protegidas. El estudio no encontró evidencias que respaldaran esa comparación. El resultado no significa que todas las áreas protegidas tengan la misma gestión ni que su estatus legal determine por sí solo lo que ocurre durante un incendio. Significa algo más limitado y comprobable: en el análisis del episodio, la protección administrativa no apareció asociada a una mayor superficie quemada.
La distinción importa porque un dato negativo no demuestra que todos los lugares sean idénticos. Que el trabajo no detecte un exceso de superficie quemada dentro de esas áreas no permite afirmar que la gestión carezca de efecto, ni que todas las figuras de protección funcionen igual. Tampoco resuelve por sí solo el debate sobre cómo se cuida cada territorio. El estudio desmonta una afirmación general, pero no convierte una comparación concreta en una conclusión universal.
En medio de un verano marcado por las llamas, esta precisión evita que una estadística se use como argumento automático contra la conservación. El análisis señala que la vegetación, las condiciones meteorológicas y el comportamiento del fuego son claves para entender lo ocurrido; la etiqueta de zona protegida no basta para explicar el patrón. Para interpretar un incendio hacen falta datos sobre el lugar y las condiciones, no solo una categoría en el mapa.
La prevención empieza antes de que aparezca el humo
El trabajo plantea que una respuesta basada casi exclusivamente en extinguir incendios encuentra límites cuando coinciden un peligro meteorológico extremo y combustibles favorables a la propagación. No es una descalificación de los equipos de extinción. Es el reconocimiento de que, en determinadas condiciones, el fuego puede avanzar con más rapidez de la que permite una respuesta centrada en apagarlo una vez iniciado. La extinción es imprescindible, pero no sustituye a la reducción previa del riesgo.
Los investigadores proponen avanzar hacia una prevención proactiva, con políticas coordinadas de mitigación y adaptación. En ese planteamiento, la prevención no se limita a un momento ni a una actuación aislada: exige considerar el peligro meteorológico, qué personas e infraestructuras están expuestas y cuán vulnerables son ante un incendio. Dominic Royé, investigador de la Misión Biológica de Galicia del CSIC, defendió que la resiliencia frente al fuego debe tratarse como una cuestión de seguridad nacional. El alcance de los incendios conecta el territorio con la salud, las infraestructuras y las economías locales.
Las palabras riesgo, peligro, exposición y vulnerabilidad describen partes distintas del problema. El peligro alude a las condiciones que favorecen el fuego; la exposición, a los bienes, poblaciones o ecosistemas que podrían quedar en su camino. La vulnerabilidad indica cuánto pueden verse afectados y qué capacidad existe para recuperarse. Reducir el riesgo exige mirar más allá de la probabilidad de ignición, porque también cuenta el daño que puede causar un incendio y la posibilidad de limitar sus consecuencias.
Qué estudió el equipo y qué límites tiene el resultado
La investigación fue liderada por el Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia, con Marco Turco como autor principal. En el trabajo participaron el Centro de Investigaciones sobre Desertificación, centro mixto del CSIC, la Universitat de València y la Generalitat Valenciana; la Misión Biológica de Galicia, del CSIC, y el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad, vinculado al CSIC, la Universidad de Oviedo y el Principado de Asturias. La colaboración reunió equipos con experiencia en clima, vegetación y biodiversidad.
El análisis puso en relación las condiciones meteorológicas con las características de la vegetación afectada. Así pudo describir, por una parte, la excepcionalidad del peligro meteorológico de agosto y, por otra, la quema desigual entre coberturas. Ese enfoque explica más que un recuento aislado de hectáreas porque conecta el tamaño del episodio con condiciones que ayudan a entender su desarrollo. El valor del estudio está en cruzar el estado de la atmósfera con la respuesta de distintos tipos de paisaje.
Al mismo tiempo, sus conclusiones deben leerse dentro de ese alcance. El estudio ofrece una explicación del patrón observado y no atribuye cada foco a una causa específica ni afirma que un solo factor explique las 540.000 hectáreas. Tampoco demuestra que las condiciones vayan a repetirse exactamente de la misma manera cada verano. Identificar los mecanismos asociados al episodio no equivale a predecir por completo los incendios futuros.
Un episodio excepcional que deja una advertencia concreta
Los datos principales dibujan un episodio difícil de reducir a un único titular: cerca de 540.000 hectáreas quemadas en el noroeste durante agosto de 2025; más de la mitad de la superficie afectada en la Unión Europea entre enero y agosto concentrada en esa región; una ola de calor de 16 días en el suroeste europeo y un índice meteorológico que alcanzó su valor mensual más extremo del periodo 1985-2025 para el noroeste peninsular. La escala nació de la coincidencia de factores, no de una explicación aislada.
La vegetación completó esa imagen con respuestas distintas: matorrales y pinares ardieron por encima de su peso territorial, mientras que los robledales autóctonos lo hicieron por debajo de lo esperado. Por su parte, el análisis no encontró pruebas de que las áreas protegidas se quemaran más que las no protegidas. Cada resultado responde a una cuestión diferente y ninguno debe sacarse de contexto. El paisaje no ardió de forma homogénea, y esa desigualdad es parte de la explicación.
Agosto de 2025 muestra que un territorio asociado a la humedad y al verdor también puede quedar expuesto a condiciones extremas. No basta con confiar en la imagen habitual de una región para medir su riesgo: el calor persistente, el estado del combustible y la configuración de la vegetación pueden cambiar el escenario con rapidez. El estudio deja una advertencia sobria para España y Europa: prepararse para el fuego exige entender tanto el cielo como el suelo, y asumir que la prevención debe empezar mucho antes de que una columna de humo anuncie que el verano ha cambiado.

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