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El Kremlin rechaza la tregua navideña y enfría la vía de paz

La negativa rusa deja al descubierto el choque entre una pausa inmediata y un acuerdo político más amplio.

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Por qué el Kremlin tumba la tregua navideña

El Kremlin rechazó el 16 de diciembre de 2025 la propuesta de una tregua navideña en Ucrania planteada por el canciller alemán, Friedrich Merz, y respaldada por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Moscú sostiene que un alto el fuego breve daría a Kiev tiempo para reorganizarse y defiende que las hostilidades solo deben cesar en el marco de un acuerdo más amplio. La negativa no se explica por el calendario, sino por el desacuerdo sobre qué debe ocurrir antes: detener los combates o cerrar primero una negociación política.

La consecuencia inmediata es que la pausa festiva no cuenta con el consentimiento ruso y, por tanto, no hay base para esperar un cese acordado de los ataques durante esas fechas. Merz presentó la idea como un gesto de buena voluntad que podía abrir espacio para un alto el fuego definitivo; Zelenski la apoyó y señaló que Estados Unidos también respaldaba la propuesta. Pero los contactos diplomáticos en Berlín no habían resuelto las diferencias centrales. El debate sobre la tregua se convirtió así en una prueba de las condiciones que cada parte considera necesarias para empezar a hablar de paz.

Por qué Moscú rechaza una pausa limitada

Dmitri Peskov, portavoz presidencial ruso, explicó que Moscú no quiere una interrupción temporal que permita a Ucrania recuperar fuerzas y continuar después la guerra. Su argumento presenta el alto el fuego de pocos días como una ventaja militar para Kiev, no como un paso humanitario separado de la negociación. Al mismo tiempo, el Kremlin afirma que quiere detener el conflicto, defender sus intereses y asegurar la paz europea a largo plazo. La diferencia está en el significado que atribuyen a la pausa: para sus promotores sería un alivio provisional y una señal política; para Moscú, un intervalo potencialmente aprovechable en el frente.

Peskov también condicionó el cese de las hostilidades a que se alcance un acuerdo, en línea con el planteamiento del presidente estadounidense, Donald Trump. El portavoz advirtió de que Rusia no estaría dispuesta a participar en soluciones que, a su juicio, sustituyan la búsqueda de un arreglo por medidas improvisadas e inviables. Esa formulación deja abierta la posibilidad de negociar, pero no acepta que una tregua temporal sea el primer paso independiente. El Kremlin quiere que el alto el fuego forme parte de un trato previo o simultáneo sobre las cuestiones políticas que considera esenciales.

Ese razonamiento también tiene una dimensión de credibilidad. Una pausa unilateral o sin mecanismos de control puede ser presentada por cada bando como una ventaja concedida al adversario, sobre todo si no existe confianza para determinar quién la incumplió. Sin embargo, la declaración rusa no demuestra por sí sola que un cese temporal beneficiaría necesariamente a Ucrania ni que una pausa breve fuera imposible de verificar; expone la justificación política de Moscú. La explicación oficial debe distinguirse de un hecho militar comprobado: es la posición que el Kremlin utiliza para rechazar la propuesta.

La secuencia de la tregua frente a la secuencia rusa

La iniciativa de Merz buscaba que Rusia detuviera los ataques durante las fiestas como muestra de buena voluntad y como posible antesala de un alto el fuego más estable. Zelenski la respaldó después de las consultas celebradas en Berlín con representantes estadounidenses y dirigentes europeos. En esa lógica, un parón limitado podía reducir el daño inmediato y demostrar que las partes estaban dispuestas a cumplir compromisos concretos. La propuesta no equivalía a un tratado de paz ni resolvía las disputas territoriales: planteaba una medida acotada para interrumpir las hostilidades.

Moscú plantea el orden inverso. Primero habría que alcanzar un arreglo que tenga en cuenta sus exigencias; después tendría sentido detener los combates. Kiev y sus aliados europeos, en cambio, sostienen que no es necesario resolver de antemano todas las cuestiones políticas para pactar una pausa humanitaria. Esta diferencia de secuencia es más que una discusión técnica: determina quién debe asumir primero el riesgo de hacer una concesión y qué se considera una señal de buena fe. Cuando ninguna parte acepta dar ese primer paso sin garantías, una tregua incluso breve queda atrapada en la negociación de la paz completa.

También explica por qué un gesto simbólico puede tener consecuencias mayores de las que su duración sugiere. Si se cumple, una pausa podría mostrar que existe capacidad para acordar límites y respetarlos; si se rompe o se interpreta de forma distinta, podría alimentar la desconfianza. Ninguno de esos desenlaces estaba asegurado por la propuesta anunciada en Berlín, que no incluía en la información disponible un mecanismo detallado de supervisión. El valor diplomático de la iniciativa dependía, por tanto, tanto del compromiso político como de la forma de comprobar su cumplimiento.

Qué se habló en Berlín y qué seguía sin cerrar

Las conversaciones en la capital alemana giraron en torno a posibles vías para poner fin a los combates y a las garantías de seguridad que Ucrania podría recibir si se alcanzara un alto el fuego. La declaración conjunta difundida por el Gobierno alemán reflejó una propuesta europea de fuerza multinacional para Ucrania, formada por contribuciones de países voluntarios y con respaldo de Estados Unidos. También planteó apoyar de manera sostenida a las fuerzas armadas ucranianas y crear un mecanismo de supervisión y verificación del alto el fuego dirigido por Washington. Eran elementos de una propuesta política, no medidas ya desplegadas ni garantías que estuvieran en vigor.

Entre las ideas anunciadas figuraba mantener un ejército ucraniano de 800.000 efectivos y organizar la vigilancia de un eventual cese de hostilidades. La cifra y el mecanismo forman parte del planteamiento presentado por los dirigentes europeos, pero no resuelven quién participaría, cuál sería el mandato de una fuerza multinacional ni qué ocurriría ante una violación. La protección que Ucrania recibiría tras un alto el fuego es uno de los puntos centrales porque Kiev teme que una pausa sin disuasión pueda preceder a nuevos combates. La discusión sobre seguridad no es un apéndice de la tregua: condiciona si Ucrania consideraría duradero cualquier acuerdo.

El Kremlin evitó pronunciarse sobre los detalles de esas propuestas. Peskov afirmó que Moscú no respondería a informaciones de prensa y que todavía no había visto los textos; el portavoz reiteró que analizaría las propuestas cuando las tuviera. Esa precisión importa: el rechazo a la tregua navideña fue explícito, pero no equivale a una respuesta detallada a cada componente del esquema europeo. La negativa a la pausa está confirmada; la posición rusa sobre documentos que, según Peskov, aún no había recibido, no podía darse por cerrada.

Trump había dicho que las partes estaban más cerca que nunca de un acuerdo de paz, una valoración política que no significaba que ya existiera un pacto ni que se hubiera establecido un calendario para alcanzarlo. Peskov vinculó el cese de los combates a la posibilidad de llegar a ese trato. Esa combinación de mensajes deja una distancia entre el optimismo expresado desde Washington y la falta de acuerdo sobre condiciones concretas. La expectativa de avance diplomático no eliminaba el bloqueo: las propuestas sobre seguridad, territorio y supervisión seguían necesitando negociación.

El nudo territorial y las garantías de seguridad

La controversia sobre el territorio ocupado, en particular el Donbás, atraviesa cualquier intento de arreglo. Ucrania ha rechazado renunciar a sus reclamaciones sobre las zonas ocupadas y no reconoce como rusa la soberanía sobre ellas. Moscú, por su parte, ha situado el control territorial y sus objetivos de seguridad entre los asuntos que deben resolverse. Las posiciones no son intercambiables: una pausa de unos días puede detener temporalmente los ataques, pero no define quién administra un territorio ni bajo qué soberanía. Por eso el desacuerdo político reaparece incluso cuando la propuesta inmediata se limita a las fiestas.

Para Kiev, aceptar que las líneas de combate determinen por sí solas el resultado territorial supondría convertir una ocupación de hecho en una base para el acuerdo. Para Moscú, dejar fuera del trato sus demandas territoriales y estratégicas podría hacer que un cese temporal no atendiera lo que considera las causas del conflicto. Son planteamientos enfrentados y las declaraciones oficiales no ofrecen una fórmula intermedia ya aceptada por las dos partes. La tregua no se estancó porque resolviera mal el mapa, sino porque Moscú y Kiev discrepan sobre si ese mapa debe abordarse antes de detener los combates.

Las garantías de seguridad plantean una cuestión parecida. Ucrania busca protección suficiente para que un alto el fuego no la deje expuesta a una nueva ofensiva; Rusia se opone a que el territorio ucraniano se convierta en una plataforma militar occidental y ha expresado su rechazo al despliegue de tropas europeas o de países de la OTAN en el país. La propuesta europea de una fuerza multinacional, por tanto, no es un detalle que pueda añadirse al final sin discusión: toca directamente las preocupaciones de ambos gobiernos. Un acuerdo tendría que aclarar qué protección recibe Kiev y qué presencia militar acepta Moscú, dos asuntos que siguen en disputa.

Qué habría podido cambiar una pausa durante las fiestas

Una tregua de duración limitada no habría terminado la guerra, pero podía haber reducido temporalmente la exposición de la población civil a los ataques. En invierno, los daños en infraestructuras energéticas pueden complicar el acceso a servicios básicos, mientras que las bajas temperaturas elevan el coste cotidiano de los cortes de electricidad o calefacción. El objetivo humanitario de la iniciativa era ofrecer un intervalo para aliviar esa presión, aunque la propuesta anunciada no garantizaba por sí sola que todas las operaciones se detuvieran ni especificaba cómo se protegerían los servicios esenciales. El posible beneficio era concreto, pero acotado: ganar tiempo y reducir riesgos, no sustituir una solución política.

Una pausa también habría podido facilitar tareas que resultan más difíciles bajo fuego, como reparar instalaciones dañadas, reorganizar servicios de emergencia o evacuar a personas vulnerables. En una guerra activa, incluso trabajos civiles pueden quedar expuestos si se desarrollan cerca de zonas disputadas o de infraestructuras con relevancia militar. Sin un acuerdo operativo, sin embargo, no se puede asumir que una tregua hubiese permitido realizar todas esas labores con seguridad. El alivio humanitario dependía de que el compromiso se aplicara de forma verificable y de que las partes respetaran los límites acordados.

La discusión sobre ataques contra la red eléctrica es especialmente importante durante la estación fría. Ucrania necesita proteger instalaciones y sostener servicios, mientras que los daños a la infraestructura pueden afectar a hogares, empresas y sistemas esenciales. Pero no debe confundirse el argumento humanitario de Merz con un compromiso ruso de suspender ataques contra objetivos concretos: la información disponible no registra que Moscú aceptara esa condición. La propuesta pedía un cese durante las fiestas; no se había convertido en un pacto específico sobre energía, transporte o corredores humanitarios.

El precedente de una tregua navideña anterior

La desconfianza tiene un antecedente. En enero de 2023, Vladímir Putin anunció un alto el fuego unilateral de 36 horas con motivo de la Navidad ortodoxa. Kiev lo consideró una maniobra propagandística y denunció que los combates no se detuvieron de manera apreciable. Aquella pausa anunciada por una sola parte no produjo una tregua aceptada y comprobada por ambas. El precedente ayuda a entender por qué el nombre de una tregua no basta: hacen falta condiciones compartidas y medios para saber si se cumple.

La experiencia también muestra la diferencia entre anunciar una interrupción de los combates y construir un alto el fuego que las dos partes entiendan del mismo modo. Si no hay acuerdo sobre cuándo empieza, qué acciones quedan prohibidas y cómo se atribuyen las infracciones, cada incidente puede convertirse en motivo de acusación. La propuesta de Merz no era idéntica a la iniciativa unilateral de 2023, porque contaba con el respaldo de Kiev y se planteó en un contexto diplomático distinto; aun así, la falta de verificación seguía siendo un problema central. Un precedente fallido no demuestra que toda pausa sea inútil, pero sí subraya que el anuncio político no sustituye a un mecanismo de control.

Ese mecanismo tendría que abordar cuestiones prácticas: cómo se comunicarían las infracciones, quién tendría acceso a la información y qué respuesta se activaría si se detectaran ataques. En la información disponible no aparece un diseño acordado para la tregua navideña, y no hay base para presentar como existentes sensores, observadores o un panel de arbitraje. Esas herramientas pueden formar parte de debates sobre una eventual supervisión, pero requieren consentimiento, mandato y recursos. La verificación es una necesidad que se desprende del problema, no una estructura que ya estuviera pactada en Berlín.

Qué puede ocurrir ahora en la diplomacia

El rechazo ruso deja a la tregua propuesta sin una vía inmediata de aplicación, pero no cierra automáticamente los contactos sobre un acuerdo más amplio. Las conversaciones pueden continuar sobre garantías de seguridad, supervisión y condiciones políticas, aunque las declaraciones de Peskov muestran que Moscú no aceptaba separar el cese de hostilidades de la negociación de sus intereses. A su vez, el apoyo de Merz y Zelenski mantiene la idea de una pausa como referencia para futuras propuestas. Lo que cabe afirmar es que la tregua navideña fue rechazada; no que exista ya un calendario alternativo o un pacto próximo.

El siguiente terreno de discusión son los documentos concretos. Peskov dijo que el Kremlin no había visto el texto de las propuestas europeas sobre garantías y que no reaccionaría a lo publicado por los medios. Una vez que los gobiernos intercambien documentos, la diferencia entre un anuncio y una oferta negociable podrá evaluarse con más precisión: importarán el mandato de una fuerza, la composición de la supervisión y las consecuencias de un incumplimiento. Sin textos aceptados por las partes, los anuncios públicos describen posiciones, no obligaciones vinculantes.

Europa también afronta una decisión política: cómo respaldar a Ucrania durante una negociación y qué papel asumiría si se alcanza un alto el fuego. La propuesta de mantener las capacidades militares ucranianas y organizar una fuerza multinacional refleja la preocupación por la seguridad posterior al acuerdo, pero aún requiere definir responsabilidades y obtener aceptación. Para Estados Unidos, el mecanismo de supervisión sugerido por los europeos y el papel que Washington quiera asumir son parte de una conversación abierta. La arquitectura de seguridad propuesta puede influir en la viabilidad de la paz, pero todavía no debe describirse como una garantía operativa.

En paralelo, pueden seguir discutiéndose medidas de alcance menor, como intercambios humanitarios o acuerdos para proteger actividades civiles. No resolverían la soberanía territorial ni las demandas estratégicas, pero podrían reducir riesgos sin esperar a que exista un tratado completo. La dificultad está en conseguir que cualquier medida limitada no sea vista como una ventaja unilateral ni quede desprotegida ante una ruptura. Esos pasos son posibles vías de negociación, no resultados confirmados de las conversaciones celebradas en Berlín.

La diferencia entre detener la guerra y alcanzar la paz

El Kremlin presenta su objetivo como el fin de la guerra y una paz duradera, pero rechaza una tregua que considere útil para que Ucrania se prepare. La formulación permite a Moscú argumentar que no se opone a la paz, sino a una pausa separada de un acuerdo. Para Kiev y sus aliados, en cambio, un alto el fuego puede ser una forma de reducir el daño mientras continúan las conversaciones. Ambas partes pueden invocar la paz y, aun así, discrepar radicalmente sobre las condiciones que la hacen posible.

La palabra tregua puede sugerir un paréntesis neutral, pero en un conflicto activo cada día sin ataques afecta a la posición militar, a la seguridad civil y a la capacidad de negociación. De ahí que las partes discutan no solo cuánto duraría una pausa, sino quién podría aprovecharla y qué garantías impedirían que se reanuden los combates. La desconfianza no es un argumento abstracto: condiciona la forma en que se diseñan y se aceptan los compromisos. Sin reglas compartidas, una interrupción temporal puede ser vista por cada capital como un riesgo estratégico antes que como un gesto de confianza.

La iniciativa navideña puso esa contradicción a la vista. Merz la vinculó a la buena voluntad y a la posibilidad de avanzar hacia un alto el fuego definitivo; Zelenski la apoyó; Moscú respondió que una tregua aislada no era suficiente y que el cese debía depender de un trato. La cuestión inmediata, por tanto, no es solo si habrá silencio durante las fiestas, sino si las negociaciones podrán acercar las posiciones sobre territorio y seguridad. Mientras esas diferencias sigan intactas, cualquier pausa seguirá dependiendo de un acuerdo que todavía no se ha alcanzado.

Una tregua bloqueada, una negociación aún abierta

La negativa del Kremlin cerró la posibilidad de presentar la propuesta como un acuerdo inminente y confirmó que Moscú no aceptaba detener los combates por una iniciativa temporal desligada de un pacto político. No elimina, sin embargo, la discusión sobre cómo verificar un futuro alto el fuego ni sobre qué garantías necesitaría Ucrania. Esas cuestiones seguirán siendo decisivas si las partes vuelven a negociar una interrupción de las hostilidades. El portazo fue a la pausa navideña en los términos planteados, no una respuesta detallada a todos los componentes de un eventual acuerdo.

En el corto plazo descrito por las declaraciones del 16 de diciembre, no había tregua acordada ni condiciones públicas para ponerla en marcha. Lo que sí había era una diferencia clara entre quienes querían usar una pausa como primer gesto y quienes exigían que el arreglo político llegara antes. Berlín puso sobre la mesa garantías y supervisión; Moscú reclamó un trato y aplazó su respuesta a textos que decía no haber recibido. El futuro de la iniciativa dependía de transformar declaraciones incompatibles en compromisos concretos, verificables y aceptables para las partes.

La propuesta no resolvió el conflicto, pero dejó al descubierto el problema que cualquier negociación deberá afrontar: una pausa puede aliviar el sufrimiento y abrir un canal, aunque no borra las disputas que alimentan la guerra. Si esas disputas se trasladan sin resolver al día siguiente del alto el fuego, el riesgo de que vuelvan los combates seguirá presente. La tregua solo podría convertirse en algo más que un paréntesis si se acompaña de reglas claras y de un acuerdo sobre cómo sostener la seguridad después.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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