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¿Por qué el cemento contamina tanto cuando construimos más ciudades?

El cemento sostiene ciudades, carreteras y viviendas, pero su fabricación libera CO2 por química, calor y una demanda que no deja de crecer.

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Por qué el cemento contamina

El cemento contamina tanto porque su fabricación emite CO2 por dos vías a la vez: por el calor extremo necesario para producirlo y, sobre todo, por la reacción química que transforma la caliza en clínker, esa piedra gris intermedia que luego se muele para fabricar cemento. No es solo “quemar combustible”, como ocurre en muchas industrias. Es que la propia receta suelta carbono. Ahí está el veneno elegante del material: funciona de maravilla, dura décadas, levanta puentes, hospitales y viviendas; pero nace de una química que expulsa CO2 incluso antes de que nadie haya colocado un ladrillo.

La consecuencia es incómoda: si construimos más con los mismos materiales, con los mismos hornos y con la misma lógica de usar y tirar, generamos más contaminación. No siempre en proporción perfecta, porque intervienen la eficiencia, el tipo de cemento, la electricidad, el transporte, el diseño de los edificios y la vida útil de la obra. Pero la dirección es clara. Más hormigón convencional suele significar más cemento; más cemento suele significar más clínker; más clínker suele significar más emisiones. La Agencia Internacional de la Energía considera que el cemento sigue fuera de la trayectoria necesaria para la neutralidad climática y calcula que su intensidad directa de emisiones se mantiene cerca de 0,6 toneladas de CO2 por cada tonelada de cemento producido.

El cemento no es hormigón, aunque casi siempre viajan juntos

Conviene separar palabras que en la conversación cotidiana se apelmazan como mortero húmedo. El cemento es el polvo fino que actúa como pegamento. El hormigón es la mezcla de cemento, agua, arena y áridos —piedra triturada, grava— que se endurece y acaba formando pilares, aceras, túneles, presas, bloques de viviendas o naves logísticas de esas que aparecen una mañana en la periferia, enormes, blancas, sin pedir permiso al paisaje.

El cemento no se usa casi nunca solo. Es el ingrediente pequeño que manda. Como la sal en un guiso, aparece en menor cantidad que otros componentes, pero define la reacción. El hormigón es tan ubicuo que ya parece naturaleza: bordillos, puentes, aparcamientos, estaciones, colegios, centros comerciales, rotondas con olivos decorativos, torres frente al mar, muros de contención, depuradoras, túneles ferroviarios. Está ahí, bajo los pies, con esa discreción áspera de las cosas que sostienen la vida moderna y nadie mira.

La industria suele recordar, con razón, que el hormigón es resistente, barato, local, moldeable y difícil de sustituir en muchas infraestructuras. También se repite un dato revelador: el hormigón es el material de construcción más usado del mundo y uno de los recursos más consumidos del planeta después del agua. Esa escala explica el problema. Un material puede emitir “poco” por kilo frente a otros más intensivos y, aun así, convertirse en un gigante climático si se utiliza en cantidades monstruosas. Una cucharadita no asusta. Una montaña de cucharaditas, sí.

El cemento, además, tiene una virtud política: promete progreso visible. Una carretera se inaugura. Un puente se fotografía. Una promoción de vivienda se vende con renders de familias felices y árboles recién pegados por ordenador. La reducción de emisiones, en cambio, no corta cintas con tanta alegría. De ahí el choque: necesitamos construir, rehabilitar y adaptar ciudades al calor, a las inundaciones y a la falta de vivienda; pero no podemos seguir haciéndolo como si la atmósfera fuera un trastero infinito. Spoiler: no lo es.

La fábrica invisible: caliza, arcilla y un horno casi volcánico

La fabricación del cemento portland, el más común, empieza con materias primas bastante humildes: caliza, arcilla, arena, mineral de hierro y otros componentes minerales. Se extraen en cantera, se trituran, se muelen y se mezclan con precisión industrial. Nada de alquimia improvisada. Cada lote se controla porque el cemento tiene que comportarse igual en una zapata de vivienda que en una pila de puente. La seguridad, aquí, no admite poesía.

Después llega el gran estómago de la fábrica: el horno. La mezcla entra en una torre de precalentamiento y después en un cilindro inclinado, revestido con ladrillos refractarios, donde la temperatura ronda los 1.450 grados centígrados. Es casi una escena volcánica domesticada: polvo mineral entrando por un extremo, llama rugiendo en el otro, material parcialmente fundido, aire caliente recuperado, sensores, filtros, ruido, calor seco. Al final sale el clínker, unas bolitas grises, duras, parecidas a canicas quemadas. Luego se enfrían y se muelen con yeso y otros componentes hasta obtener el polvo de cemento.

Ese clínker es el corazón técnico y climático del asunto. Cuanto más clínker tiene un cemento, más capacidad suele tener para desarrollar ciertas resistencias, pero también mayor es su huella de carbono. Por eso, buena parte de la descarbonización pasa por reducir el factor clínker, es decir, la cantidad de clínker por tonelada de cemento, sustituyéndolo con otros materiales cementantes: escorias de alto horno, cenizas volantes, caliza molida, arcillas calcinadas u otros subproductos y adiciones. Parece una receta de cocina industrial: quitar parte del ingrediente más caro climáticamente sin que el bizcocho se hunda. Fácil de decir; complicado cuando entran normas técnicas, disponibilidad local de materiales, seguridad estructural, hábitos de obra y precio.

La química que libera CO2 antes de quemar combustible

La parte más puñetera del cemento está en la caliza. La caliza es carbonato cálcico. Cuando se calienta en el horno, se descompone y libera CO2. Esa reacción, conocida como calcinación, produce óxido de calcio, que después participa en la formación del clínker. Dicho en castellano de obra: para fabricar cemento convencional hay que cocinar piedra, y al cocinar esa piedra sale carbono. No es un accidente. Es la receta.

Por eso el cemento se considera una industria “difícil de abatir”, expresión un poco fea pero bastante exacta. En una fábrica textil, una parte importante del problema puede estar en cambiar energía fósil por electricidad renovable. En un horno cementero, eso ayuda, claro. Pero no basta. Aunque el calor viniera de electricidad limpia, hidrógeno verde o biomasa sostenible, seguiría quedando una porción de emisiones asociada a la propia transformación química de la caliza. Las emisiones del clínker proceden tanto de reacciones químicas como de la combustión de combustibles, y ahí está una de las razones por las que la industria mira cada vez más hacia la captura de carbono.

Aquí aparece una diferencia importante entre “cemento bajo en carbono” y “cemento sin carbono”. Lo primero ya existe en distintos grados: cementos con menos clínker, fábricas más eficientes, combustibles alternativos, electricidad renovable, mezclas mejor ajustadas. Lo segundo es bastante más difícil. No imposible, pero sí caro, técnico y dependiente de normas, financiación, infraestructuras de CO2 y demanda real. Porque una cosa es hacer un producto piloto que queda muy bien en una feria industrial, con maqueta luminosa y discurso redondo. Otra es producir millones de toneladas a precio competitivo y con garantías estructurales.

Cuánto contamina el cemento: los números del polvo gris

Las cifras varían según el perímetro de cálculo, pero el orden de magnitud es sólido: el cemento representa alrededor del 7% al 8% de las emisiones globales de CO2 si se consideran las emisiones directas del proceso y la energía asociada. En los últimos años, las emisiones de proceso procedentes de la descomposición de carbonatos en la producción de clínker han rondado los 1,5 gigatoneladas de CO2 anuales, y la combustión de combustibles para aportar calor añade aproximadamente otras 0,9 gigatoneladas. Sumadas, hablamos de un mastodonte climático de unos 2,4 gigatoneladas anuales, aunque las bases estadísticas separan a veces proceso industrial y combustión energética.

Para entender la escala, no hace falta convertir cada tonelada en vuelos, coches o piscinas olímpicas de culpa. Basta pensar que una gigatonelada son mil millones de toneladas. Mil millones. El tipo de cifra que ya no cabe en la cabeza y empieza a sonar a ciencia ficción administrativa. La paradoja es que el cemento no se percibe como el petróleo, el carbón o el gas. No huele a tubo de escape. No arde en una gasolinera. No tiene llama visible en la vida diaria. Está quieto, duro, silencioso. Pero su huella viene de antes: de la cantera, del horno, del clínker, del transporte, de la obra.

La construcción en conjunto pesa todavía más. Naciones Unidas sitúa al sector de los edificios y la construcción en torno al 37% de las emisiones globales de CO2 y cerca del 50% de la extracción mundial de materiales. Ahí no entra solo el cemento: también acero, aluminio, vidrio, ladrillo, aislamiento, climatización, energía de uso, demolición, transporte y residuos. Pero el cemento es una de las piezas más tercas del tablero, porque combina volumen gigantesco, dependencia del clínker y una demanda muy ligada al desarrollo urbano.

La intensidad media tampoco ha mejorado lo suficiente. La Agencia Internacional de la Energía sostiene que la intensidad de emisiones del cemento se ha mantenido relativamente estable desde 2018, justo por debajo de 0,6 toneladas de CO2 por tonelada de cemento. Además, el ratio global de clínker sobre cemento subió de 0,66 en 2015 a 0,71 en 2022, cuando la trayectoria compatible con la neutralidad climática exige bajarlo hacia 0,65 en 2030. Parece una décima, poca cosa. En realidad, en una industria de miles de millones de toneladas, una décima es una cordillera.

Más construcción, más emisiones: sí, salvo que cambie la receta

La intuición del lector es correcta: si levantamos más edificios, carreteras, puertos, túneles y urbanizaciones con el cemento de siempre, la contaminación sube. No hay mucho misterio. Donde hay más demanda de hormigón, hay más demanda de cemento. Donde hay más demanda de cemento, hay más hornos trabajando y más clínker producido. La ciudad crece; la chimenea también, aunque la chimenea esté lejos y no aparezca en el anuncio de la promoción inmobiliaria.

Ahora bien, construir más no tiene por qué equivaler automáticamente a contaminar más en la misma proporción. Hay varios matices. Una obra bien diseñada puede usar menos material sin perder seguridad. Una rehabilitación puede evitar una demolición y una nueva estructura completa. Un edificio que dura 100 años reparte su huella mejor que uno que se tira a los 30 porque quedó obsoleto, mal aislado o feo con entusiasmo. Un hormigón con menos clínker puede reducir emisiones. Una fábrica con captura de carbono puede recortar parte del golpe. Una normativa que premie el rendimiento ambiental y no solo el precio más bajo puede mover el mercado.

Pero el matiz no debe servir de anestesia. La eficiencia ayuda; no hace magia. Si la demanda mundial crece más rápido que la descarbonización, las emisiones totales pueden seguir altas o incluso aumentar aunque cada tonelada mejore un poco. Es el viejo truco de la economía física: un producto “más limpio” multiplicado por muchísimos más productos puede acabar dejando una factura mayor. La Tierra no lee los porcentajes con ternura. Cuenta toneladas.

También hay un dilema social evidente. En muchas regiones del mundo faltan viviendas, saneamiento, hospitales, carreteras seguras, escuelas y defensas frente a inundaciones. Pedir “menos cemento” desde países ya construidos puede sonar a sermón de balcón con vistas. La pregunta seria no es si el Sur global tiene derecho a infraestructura. Lo tiene. La pregunta es cómo evitar que ese desarrollo urbano repita, a escala ampliada, el modelo material del siglo XX: extraer, quemar, verter, demoler, volver a empezar. Una rueda de hámster con casco de obra.

España: vivienda, obra pública y una industria bajo presión

En España, el debate aterriza sobre una contradicción muy concreta: falta vivienda asequible, hacen falta infraestructuras mantenidas, pero el cemento también tiene que reducir emisiones. Según Oficemen, el consumo de cemento cerró 2024 con un crecimiento del 2,9%, hasta 14.880.019 toneladas, y las previsiones apuntaban a un aumento en torno al 5% en 2025. El propio sector señalaba que el consumo español llevaba años alrededor de los 15 millones de toneladas, lejos de los niveles de la burbuja, pero suficiente para mantener abierta la discusión climática.

El destino del cemento español muestra la fotografía del país: un 46% fue a obra pública y un 54% a edificación, incluyendo vivienda, construcción no residencial y rehabilitación. Es decir, el cemento no está en una categoría abstracta llamada “industria contaminante”, sino en la vivienda que no llega, en el puente que se repara tarde, en el colegio que necesita ampliación, en el hospital, en la carretera secundaria, en la estación ferroviaria. Esa es la incomodidad: no hablamos de un lujo prescindible, sino de un material metido hasta el cuello en la vida cotidiana.

Oficemen sostiene que la industria cementera española quiere reducir un 44% las emisiones de CO2 por tonelada de cemento para 2030 y un 83% para 2040, con el objetivo de llegar incluso a emisiones netas negativas en 2050 si se dan las condiciones. Ambicioso, sí. También condicionado por una palabra que aparece una y otra vez en el sector: captura. Captura, transporte, almacenamiento y uso del CO2. Sin esa infraestructura, las emisiones de proceso —las de la caliza— son el invitado que no se va nunca de la fiesta.

El precio real de seguir levantando igual

La salida no pasa por demonizar el cemento como si fuera una sustancia moralmente sospechosa. Sería demasiado fácil, y bastante inútil. El cemento ha permitido construir sistemas de agua, vivienda colectiva, puentes, puertos, túneles, hospitales y defensas costeras. También ha alimentado urbanizaciones disparatadas, pelotazos inmobiliarios, rotondas decorativas, segundas residencias vacías y kilómetros de asfalto mental. El material no vota presupuestos ni recalifica suelo. Eso lo hacemos nosotros, con gran talento para luego mirar al techo.

La primera respuesta climática es usar menos cemento donde no hace falta. Parece pobre como innovación, casi grosero en una época enamorada de la tecnología brillante, pero es decisivo. Diseñar estructuras sin sobredimensionar, rehabilitar antes de demoler, reutilizar edificios, alargar la vida útil, reducir aparcamientos subterráneos innecesarios, priorizar madera técnica o soluciones mixtas cuando sean seguras, aprovechar áridos reciclados, planificar ciudades compactas y no extender la mancha urbana como aceite barato. Menos material para la misma función. Ese es el lujo inteligente.

La segunda respuesta es cambiar la receta. Los cementos con menos clínker, las arcillas calcinadas, la caliza finamente molida, las escorias y otros materiales cementantes suplementarios permiten rebajar emisiones sin abandonar el hormigón. No todos están disponibles en todas partes ni sirven para cualquier aplicación. Las cenizas volantes, por ejemplo, dependen de centrales de carbón que deberían ir desapareciendo. Las escorias dependen de la siderurgia. Las arcillas calcinadas tienen más recorrido porque son abundantes, pero requieren inversión, normas y adaptación técnica. La sostenibilidad rara vez viene envasada en solución única. Viene más bien como una caja de herramientas, algo desordenada, con piezas que encajan según el territorio.

La tercera respuesta es limpiar los hornos. Eficiencia energética, combustibles alternativos, electricidad renovable, calor de origen no fósil, digitalización de procesos y control fino de mezclas pueden reducir una parte relevante de las emisiones. La inteligencia artificial, aquí, no escribe poemas: ajusta consumos, predice calidades, evita desviaciones, optimiza hornos. Menos épica, más sensores. Bienvenida sea si baja toneladas reales y no solo decora memorias corporativas.

La cuarta respuesta, la más cara y probablemente inevitable para una parte del sector, es capturar CO2. El caso de Brevik, en Noruega, marca un antes y un después industrial: Heidelberg Materials inauguró en 2025 una instalación de captura de carbono en una cementera capaz de capturar unas 400.000 toneladas de CO2 al año, alrededor del 50% de las emisiones de la planta. No convierte de golpe todo el cemento mundial en verde, ni resuelve los costes, ni elimina la necesidad de reducir material. Pero demuestra que una parte del CO2 de proceso puede atraparse y almacenarse. La cuestión es quién paga, quién regula, dónde se transporta y dónde se guarda durante décadas sin convertir la solución en otro decorado de promesas.

La ciudad que viene tendrá que construirse con una idea menos infantil del progreso. No todo edificio nuevo es avance. No toda infraestructura es necesaria por el mero hecho de aparecer en un plan. No toda demolición es modernización. Habrá que levantar vivienda, sí; reforzar puentes, también; adaptar barrios al calor, abrir sombras, reparar redes de agua, mejorar transporte público, rehabilitar edificios viejos que pierden energía como una ventana abierta en enero. Pero habrá que hacerlo con menos clínker, menos despilfarro, más rehabilitación y una contabilidad ambiental que entre en el proyecto desde el primer plano, no como barniz verde al final de la obra.

El cemento no es el villano absoluto del clima. El carbón, el petróleo y el gas siguen teniendo un papel mucho mayor en el calentamiento global. Pero el cemento es una de esas piezas que revelan la verdad física de nuestra época: incluso las cosas útiles contaminan si se producen a una escala gigantesca y con una química intensiva en carbono. La modernidad no está hecha solo de pantallas y datos en la nube; está hecha de grava, caliza, acero, hornos y camiones. Tiene polvo en los zapatos.

Por eso la pregunta de fondo no es si debemos dejar de construir. Sería una respuesta de postal, cómoda para quien ya tiene casa, hospital cerca y carretera asfaltada. La pregunta honesta es qué merece ser construido, cuánto material necesita de verdad, cuánto durará y cuánta contaminación estamos dispuestos a aceptar por cada metro cuadrado añadido. En el siglo XX construimos como quien conquista. En el XXI habrá que construir como quien administra un bien escaso. Con más cabeza. Con menos hormigón inútil. Y con la humildad, tan poco espectacular, de saber que una ciudad también se mejora cuando se evita una obra absurda.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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