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¿Por qué AfD sacude a Alemania con su congreso nacional en Erfurt?

AfD convierte su congreso de Erfurt en un pulso nacional entre protestas, poder institucional, memoria alemana y avance de la derecha ultra.

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Alice Weidel
Alice Weidel

Resumen

  • AfD celebró en Erfurt su congreso entre protestas y despliegue policial
  • El partido preocupa por su avance electoral y su deriva nacional-populista
  • Alemania debate entre cordón sanitario, democracia y memoria histórica

La ciudad alemana de Erfurt amaneció este sábado convertida en una postal incómoda de la política europea: miles de manifestantes en la calle, policías antidisturbios, accesos bloqueados, algunos activistas pegados a las vías del tranvía y un congreso de la AfD que, pese a todo, empezó sin retrasos. El partido celebraba su reunión federal para renovar la dirección, con Alice Weidel y Tino Chrupalla de nuevo al frente, mientras fuera se escenificaba el rechazo de sindicatos, organizaciones civiles, grupos de izquierda y ciudadanos que ven en la formación algo más que una fuerza protesta.

AfD, siglas de Alternativa para Alemania, preocupa porque ya no es una rareza ruidosa del sistema, sino una potencia electoral instalada en el centro del debate alemán. Nació en 2013 con un discurso euroescéptico, muy pegado a la crisis del euro, y se desplazó después hacia una derecha nacional-populista dura, obsesionada con la inmigración, la identidad nacional y el rechazo frontal a las élites políticas. En la Alemania de 2026, eso no suena a anécdota: suena a terremoto institucional, de esos que empiezan con un temblor bajo la mesa y acaban moviendo los cimientos.

Erfurt, una ciudad tomada por el pulso de la calle

El congreso federal de la AfD reunió a unos 600 delegados en el recinto ferial de Erfurt. Muchos llegaron antes del amanecer para esquivar bloqueos, y la sala estaba prácticamente llena antes de la hora oficial de inicio. La policía de Turingia desplegó miles de agentes con apoyo de otros estados federados y de la policía federal; el dispositivo no fue precisamente discreto, más bien parecía una advertencia con casco, porra y chaleco. Según distintos recuentos, las protestas reunieron a decenas de miles de personas, con estimaciones que oscilaron entre unas 20.000 y más de 30.000 en función del momento y la fuente.

Hubo cortes de carretera, sentadas, bloqueos en accesos y choques puntuales con la policía. También, según la información disponible, una mayoría de movilizaciones pacíficas. Ese matiz importa. No todo el que se manifiesta contra la ultraderecha es un encapuchado, aunque ciertos propagandistas prefieran esa caricatura porque les ahorra pensar. Erfurt mostró una tensión conocida: el derecho de un partido legal a reunirse, el derecho de la ciudadanía a protestar y el deber del Estado de evitar que la política acabe funcionando como una pelea de bar a escala nacional.

Qué es AfD y de dónde sale su fuerza

Alternativa para Alemania nació como partido crítico con el euro y los rescates financieros, pero su gran mutación llegó con la crisis migratoria de 2015. Desde entonces, la inmigración se convirtió en el tambor principal de su música política. La formación mezcla nacionalismo, rechazo a la política migratoria alemana, crítica a Bruselas, discursos contra el islam, ataques a la transición energética y una idea de soberanía nacional que vende como sentido común, aunque muchas veces venga envuelta en nostalgia áspera.

Su fuerza crece sobre varias grietas. En el este de Alemania capitaliza resentimientos acumulados desde la reunificación, desigualdad territorial, sensación de abandono y desconfianza hacia Berlín. En el conjunto del país pesca en aguas turbias: inflación, miedo al descenso social, fatiga ante la inmigración, rechazo a los partidos tradicionales y una cultura digital que premia el golpe bajo antes que el argumento. La política, en las redes, huele a gasolina.

En las elecciones federales de 2025, la AfD duplicó su apoyo respecto a 2021 y alcanzó el 20,8% de los votos, convirtiéndose en la segunda fuerza del Bundestag. La distribución oficial de escaños le dio 152 asientos, un salto de 69 respecto a la legislatura anterior. Ese dato explica mucho mejor que cualquier adjetivo por qué el congreso de Erfurt tenía a media Alemania mirando de reojo.

Weidel, Chrupalla y el intento de parecer gobierno

Alice Weidel llegó al congreso con un mensaje calculado: la AfD no se presenta ya como simple partido protesta, sino como alternativa de poder. En Erfurt insistió en los colores de la bandera alemana, en la idea de una “última oportunidad” para el país y en que su formación pertenece a la democracia. Chrupalla, por su parte, habló de unidad interna y de la posibilidad de gobernar, especialmente con la vista puesta en los comicios regionales del este alemán.

El envoltorio es importante. La AfD intenta aparecer como un partido patriótico, popular y normalizado, una casa común para votantes hartos. El problema es lo que asoma por las ventanas. Sus críticos señalan un lenguaje que reduce la nación a pertenencia étnica, una hostilidad persistente hacia inmigrantes y minorías, y una cercanía ideológica con corrientes que Alemania aprendió —a un precio monstruoso— a no tomar como folclore.

Por qué la AfD preocupa tanto en Alemania

La preocupación no nace solo de que la AfD sea conservadora o euroescéptica. Alemania ha tenido y tiene derecha democrática, dura cuando quiere, perfectamente integrada en el juego constitucional. La alarma aparece porque la AfD ha ido cruzando líneas: no una, muchas. Sus enemigos políticos la acusan de erosionar la confianza en las instituciones, alimentar la polarización cultural y convertir a migrantes y musulmanes en chivos expiatorios de casi todo, desde la inseguridad hasta el alquiler. Qué cómodo: un culpable con maleta siempre cabe en un eslogan.

La Oficina Federal para la Protección de la Constitución, el servicio alemán de inteligencia interior, elevó en mayo de 2025 la clasificación de la AfD a “esfuerzo extremista de derecha confirmado”, aunque esa designación quedó suspendida provisionalmente por la batalla judicial iniciada por el partido y por decisiones posteriores de los tribunales mientras se resuelve el fondo del asunto. Este punto conviene decirlo limpio: los jueces no han certificado que la AfD sea inocua; han frenado, por ahora, el uso oficial de esa etiqueta a escala federal mientras continúa el procedimiento.

La diferencia no es menor. Weidel puede presentar el episodio como una victoria política, claro, porque la comunicación de campaña no suele llevar lupa jurídica. Pero el debate de fondo sigue ahí: qué partes de la AfD son compatibles con el orden constitucional alemán y qué sectores empujan hacia una concepción excluyente del pueblo, donde la ciudadanía deja de ser un vínculo legal y democrático para convertirse en una especie de certificado de sangre, acento y genealogía.

El peso del este y la sombra de Björn Höcke

Erfurt no es un lugar cualquiera. Turingia es uno de los territorios donde la AfD se ha hecho más fuerte y donde su ala más radical tiene mayor peso. Björn Höcke, figura clave del partido en ese estado, simboliza ese giro duro. La AfD de Turingia ha sido clasificada por la inteligencia regional como extremista de derecha confirmada, y su influencia sobre el partido nacional incomoda incluso a quienes intentan vender una versión más institucional de la marca.

La elección de Erfurt, además, llega cargada de memoria. Alemania no mira la ultraderecha como otros países porque su historia no se lo permite. Allí las palabras pesan distinto. Un lema nacionalista no es solo un lema; puede sonar como una puerta vieja abriéndose en una casa que todos juraron no volver a habitar. De ahí que cada gesto, cada símbolo y cada ambigüedad se analicen con una intensidad que desde fuera puede parecer exagerada. No lo es. Es memoria institucional, y también miedo razonable.

El cordón sanitario y la pregunta del poder

Los grandes partidos alemanes mantienen hasta ahora un cordón sanitario contra la AfD, una negativa a pactar gobiernos con ella. Ese muro, conocido en Alemania como Brandmauer, es una de las piezas centrales del sistema político actual. Funciona mientras los demás partidos puedan formar mayorías alternativas. La dificultad empieza cuando la AfD sube tanto que deja parlamentos ingobernables o fuerza coaliciones raras, anchas, incómodas, de esas que parecen matrimonios arreglados por puro espanto aritmético.

La formación ya es especialmente fuerte en el este y aspira a ganar poder regional. Si lograra entrar en gobiernos estatales, el problema dejaría de ser simbólico. Tendría acceso a recursos, cargos, administración, educación, seguridad y, en determinados niveles, información sensible. Ese es uno de los temores más repetidos por sus críticos: no que la AfD grite desde fuera, sino que aprenda a gobernar desde dentro mientras mantiene un discurso de demolición del sistema.

Las manifestaciones de Erfurt enseñan una Alemania movilizada contra la ultraderecha, pero también enfrentada a un dilema delicado. Protestar contra un partido legal es legítimo; impedir físicamente que sus delegados entren en un congreso abre un terreno más resbaladizo. La democracia liberal no se defiende copiando los reflejos autoritarios de quienes la erosionan. Se defiende con tribunales, urnas, prensa libre, movilización cívica y una frontera clara entre protesta y coacción.

Eso no convierte a la AfD en una víctima heroica. La épica de la persecución le viene de maravilla, y la usa con disciplina casi industrial. Cada bloqueo, cada imagen de policía y cada choque callejero alimenta su relato de partido acorralado por “el sistema”. Ahí está la trampa. Sus adversarios necesitan combatirla sin regalarle el disfraz de mártir.

Alemania ante su espejo más incómodo

La noticia de Erfurt no va solo de una convención partidista. Va de un país que se pregunta qué hacer cuando una fuerza radical crece dentro de las reglas democráticas y al mismo tiempo tensiona el espíritu de esas reglas. AfD inquieta porque no está en los márgenes, sino en el Parlamento; porque no habla solo a nostálgicos furiosos, sino también a trabajadores cansados, jóvenes digitalizados y votantes que sienten que nadie les escucha; porque ha aprendido a convertir el malestar en identidad.

Alemania no está en 1933, conviene evitar el tremendismo barato. Pero tampoco está en una tarde administrativa cualquiera. En Erfurt se vio una escena muy europea: la ultraderecha subiendo por la escalera institucional, la calle tratando de frenarla, la policía separando mundos y la democracia haciendo equilibrios con cara de no haber dormido. La pregunta real no es si la AfD preocupa. Preocupa. La cuestión es si los demás serán capaces de responder con algo más eficaz que escándalo, cordones y superioridad moral. Porque al votante enfadado se le puede llamar muchas cosas. Desaparecer, lo que se dice desaparecer, no desaparece.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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