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¿Por qué el 94 % de los cubanos vive en pobreza extrema según el OCDH?
El informe del OCDH sitúa al 94 % de los cubanos en pobreza extrema y refleja hambre, apagones, bajos ingresos y servicios públicos deteriorados.

Resumen
- El 94 % de los cubanos vive en pobreza extrema, según el OCDH
- Ocho de cada diez han suprimido alguna comida por falta de recursos
- Los apagones, la escasez y los bajos ingresos agravan la crisis
El 94 % de los cubanos vive en situación de extrema pobreza, según el último estudio del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), que dibuja una isla donde el deterioro económico ha dejado de medirse únicamente en salarios o precios: ocho de cada diez personas consultadas tuvieron que prescindir de alguna comida por falta de dinero, de alimentos o de ambas cosas.
La cifra supone un salto de cinco puntos respecto a 2025, cuando el mismo observatorio calculaba que el 89 % de la población se encontraba bajo su umbral de pobreza extrema. El problema tampoco termina en la mesa. Los apagones son la principal preocupación de los entrevistados, seguidos por la crisis alimentaria, el coste de la vida, la sanidad, los bajos salarios y una inseguridad que empieza a ocupar un lugar poco habitual en la conversación cotidiana cubana.
El IX Estudio sobre el Estado de los Derechos Sociales en Cuba se elaboró a partir de 1.318 entrevistas realizadas entre el 27 de junio y el 29 de julio de 2026. La muestra abarca las 15 provincias, el municipio especial Isla de la Juventud y un total de 79 municipios, con estratificación por lugar de residencia, sexo, edad y grupo racial.
Los números no describen una estrechez puntual. Hablan de hogares que encadenan bajos ingresos, alimentos caros o ausentes y cortes de electricidad, además de problemas para conseguir medicamentos y viviendas cada vez más deterioradas. Una suma de pequeñas averías que, juntas, forman algo bastante mayor.
El 94 % y lo que significa realmente
Uno de los datos que ayuda a entender la magnitud del problema está en los ingresos. El 68 % de los hogares encuestados declara recibir menos de 20.000 pesos cubanos al mes, una cantidad que el observatorio estimó en unos 30 dólares al tipo de cambio utilizado cuando realizó sus cálculos.
Aún más revelador: el 63 % afirma tener dificultades incluso para comprar bienes esenciales y otro 30 % dispone de ingresos que apenas alcanzan para cubrir las necesidades básicas. Solo un 6 % puede permitirse compras que vayan algo más allá de lo imprescindible.
Dicho de otra manera, para una gran mayoría la economía doméstica se parece menos a administrar un presupuesto que a escoger qué agujero tapar primero. Comida, medicamentos, transporte, electricidad cuando la hay. La estadística puede parecer fría; la nevera, bastante menos.
Ocho de cada diez cubanos se han saltado alguna comida
La alimentación aparece como uno de los puntos más delicados. Ocho de cada diez entrevistados dijeron haber dejado de desayunar, almorzar o cenar en algún momento del periodo analizado por falta de recursos o porque sencillamente no encontraron alimentos disponibles.
El deterioro respecto al estudio anterior es evidente: en 2025 eran aproximadamente siete de cada diez. Entre los mayores de 61 años, el porcentaje alcanza nueve de cada diez, precisamente el grupo que suele disponer de menos capacidad para buscar ingresos alternativos, enfrentarse a largas colas o pagar precios elevados fuera de los canales estatales.
El problema no consiste solo en que los alimentos sean caros. En Cuba se mezclan escasez, pérdida de poder adquisitivo, dificultades productivas y problemas de distribución. Cuando un producto aparece, muchas familias no pueden pagarlo; cuando pueden pagarlo, no siempre aparece. Esa doble pinza explica por qué la inseguridad alimentaria se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la crisis.
Los apagones han pasado a ser el problema número uno
Ni siquiera la comida ocupa el primer lugar en la lista de preocupaciones. El 70 % señala los apagones como el principal problema del país y la cuestión que debería resolverse con mayor urgencia. Después aparecen la crisis alimentaria, citada por el 52 %; el coste de la vida, por el 45 %; la sanidad y los medicamentos, por el 34 %; los salarios, por el 27 %, y la inseguridad y la violencia, por el 24 %.
La fotografía coincide con la situación de la red eléctrica cubana. En septiembre de 2026, el sistema continúa sufriendo un enorme déficit de generación y en determinados momentos hasta alrededor del 65 % del país puede quedar simultáneamente sin suministro durante las horas de máxima demanda. En La Habana se han registrado cortes superiores a 20 horas y en otras provincias los periodos sin electricidad pueden prolongarse todavía más.
No es solo quedarse a oscuras. Sin corriente fallan frigoríficos, bombas de agua, telecomunicaciones y comercios, además de parte de la actividad económica. El calor tropical termina el trabajo. Una avería eléctrica acaba entrando en la cocina, en el baño y hasta en la conservación de un medicamento.
La situación responde a una combinación de centrales termoeléctricas envejecidas, falta de combustible, averías y déficit de inversión, junto con dificultades para importar piezas y energía. A esa fragilidad interna se ha añadido durante 2026 un endurecimiento de la presión estadounidense sobre los suministros energéticos y financieros vinculados a Cuba.
El estudio del OCDH amplía el foco más allá de la electricidad. El 95 % de los encuestados califica como regular o malo el estado general de las infraestructuras del país. La red eléctrica recibe la peor valoración, pero la lista continúa: recogida de basura, telecomunicaciones, acueductos, alcantarillado, hospitales y carreteras.
En materia de vivienda, el panorama tampoco es ligero. Cerca de la mitad de las casas necesita algún tipo de reparación, el 25 % requiere obras urgentes y el 7 % estaría en peligro de derrumbe. Solo el 18 % de los entrevistados considera que su vivienda está en buen estado.
La degradación del sistema sanitario resulta especialmente sensible porque la salud pública fue durante décadas uno de los principales escaparates internacionales del modelo cubano. La escasez de medicamentos, el deterioro de instalaciones y las dificultades energéticas han erosionado esa imagen. Un hospital puede disponer de médicos magníficamente formados y seguir teniendo un problema muy serio cuando faltan fármacos, material o electricidad. La realidad tiene esas malas costumbres.
Cómo llegó Cuba a una crisis de esta profundidad
Sería cómodo reducir el desastre a una sola explicación. También sería poco riguroso. La crisis cubana reúne problemas internos y presiones externas que se han ido superponiendo hasta formar una tormenta bastante más compleja.
Por dentro pesan décadas de baja productividad, una economía fuertemente centralizada y escasa capacidad para generar divisas, junto con la dependencia de importaciones, infraestructuras envejecidas y reformas que no han conseguido estabilizar precios ni recuperar de manera suficiente la producción. La inflación y la depreciación del peso han hecho el resto: un salario puede subir nominalmente y, aun así, comprar cada vez menos.
El Gobierno de Miguel Díaz-Canel atribuye una parte fundamental de las dificultades al embargo estadounidense y al endurecimiento de las sanciones, particularmente grave cuando afecta al acceso a combustible, financiación y determinados suministros. Es un factor real y no cabe borrarlo del análisis porque resulte políticamente incómodo para unos u otros.
Los críticos del Ejecutivo cubano, entre ellos el propio OCDH, responden que esa explicación no basta. Señalan la falta de reformas estructurales, la improductividad del sistema económico, las restricciones a la iniciativa privada y las prioridades de inversión del Estado. La vieja discusión entre bloqueo exterior y fracaso interior lleva décadas encendida; mientras tanto, al ciudadano que espera electricidad cuatro calles más abajo le sirve de poco decidir quién ganó el debate.
La economía cubana también perdió durante los últimos años parte de los apoyos externos y de los ingresos que anteriormente amortiguaban sus desequilibrios. La pandemia golpeó al turismo, la emigración redujo población activa y la crisis energética ha terminado limitando incluso la actividad de quienes todavía pueden producir.
El 94 % debe entenderse como una estimación del observatorio
Hay un matiz metodológico importante. El 94 % no es una cifra oficial del Banco Mundial ni del Gobierno cubano, sino una estimación elaborada por el OCDH a partir de su encuesta y de los ingresos declarados por los hogares.
El observatorio explica que utiliza como referencia un ingreso inferior a 1,90 dólares diarios por persona y calcula que un hogar de tres miembros necesitaría el equivalente a 171 dólares mensuales para quedar fuera de la pobreza extrema bajo ese criterio.
Sin embargo, esa referencia requiere contexto. El Banco Mundial actualizó en junio de 2025 su línea internacional de extrema pobreza y la situó en 3 dólares diarios expresados en paridad de poder adquisitivo de 2021. No es simplemente convertir tres dólares al tipo de cambio de una casa de cambio: la paridad de poder adquisitivo intenta comparar qué cantidad de bienes y servicios puede comprarse realmente en distintos países.
Por eso no sería correcto presentar el 94 % como si el Banco Mundial hubiese calculado oficialmente que nueve de cada diez cubanos son extremadamente pobres. Lo que sí muestran los datos del OCDH —y con bastante contundencia— es un empobrecimiento generalizado, respaldado también por otros indicadores del propio estudio: hogares incapaces de comprar bienes esenciales, comidas suprimidas, viviendas deterioradas y servicios públicos cada vez más precarios.
El propio resultado permite una comparación útil dentro de la serie del observatorio: 89 % en 2025 y 94 % en 2026. Con la misma metodología general, la tendencia va claramente a peor.
Del deterioro económico al descontento político
La situación material también aparece reflejada en la valoración del Gobierno. El 95 % de los participantes califica negativamente la gestión económica y social, mientras solo un 3 % ofrece una valoración positiva de la dirección encabezada por Miguel Díaz-Canel y el primer ministro Manuel Marrero Cruz.
El 84 % tampoco confía en que las últimas medidas económicas anunciadas por las autoridades mejoren la situación, frente a un reducido 6 % que espera consecuencias favorables.
Hay, sin embargo, un dato menos previsible. La mitad de los encuestados cree posible que se produzca un cambio importante y favorable en los próximos meses, y el 76 % reclama transformaciones tanto políticas como económicas. Es una mezcla extraña: pesimismo sobre el presente y expectativa de movimiento. En países sometidos a crisis largas, ambas cosas suelen convivir sin demasiados problemas.
La aparición de la inseguridad entre las principales preocupaciones merece igualmente atención. Cuba ha presumido históricamente de niveles de seguridad ciudadana superiores a los de buena parte de América Latina. Que la delincuencia y la violencia ocupen ya el sexto puesto entre las preocupaciones recogidas por la encuesta revela hasta qué punto la crisis está desbordando el terreno estrictamente económico.
Cuando la normalidad consiste en resistir
El dato del 94 % impresiona, aunque el verdadero retrato de Cuba aparece al mirar lo que hay debajo: ocho de cada diez personas eliminando comidas, nueve de cada diez hogares moviéndose alrededor de lo estrictamente básico, apagones masivos, hospitales con dificultades y viviendas que envejecen más rápido que la capacidad de repararlas.
El embargo y la presión estadounidense forman parte del escenario. También las decisiones del Gobierno cubano, las limitaciones de su modelo económico y décadas de inversión insuficiente en infraestructuras esenciales. Convertir una crisis de esta magnitud en un partido ideológico de una sola causa sería fácil; comprenderla exige admitir que varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Y, por encima del debate, queda la vida cotidiana. Las grandes consignas sobreviven bastante bien en los discursos. Conservar alimentos durante un apagón de veinte horas es otra historia. Ahí, entre una despensa que mengua y una bombilla que no se enciende, está probablemente la medida más exacta de la crisis cubana de 2026.












