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Barça-Tenerife abrió las semifinales de la ACB el 9 de junio

El Barça inició ante Tenerife una semifinal marcada por las sorpresas y por el desenlace arrollador de las eliminatorias.

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Playoff ACB 9 de junio

El martes 9 de junio de 2026, el Barça recibió a La Laguna Tenerife en el Palau Blaugrana para abrir las semifinales de la Liga Endesa. El encuentro comenzó a las 20:00, hora peninsular, y terminó con una victoria azulgrana por 100-67. Fue el único partido de la ACB programado esa noche: Valencia Basket y Asisa Joventut estrenaron su serie al día siguiente.

Aquella jornada puso en marcha dos eliminatorias al mejor de cinco, en un cuadro alterado por la eliminación del Real Madrid, el Baskonia y el UCAM Murcia en cuartos. El Barça acabó imponiéndose a Tenerife por 3-0 y Valencia hizo lo mismo ante el Joventut. La temporada terminó con el título para el conjunto valenciano, que superó al equipo azulgrana en la final; así, el primer partido en Barcelona fue el inicio de una fase decisiva que acabaría coronando a un campeón distinto del favorito más habitual.

El único partido de la noche, en el Palau

La cita del 9 de junio enfrentó al quinto clasificado de la fase regular con el octavo. El Barça, que había logrado su plaza en semifinales tras derrotar al UCAM Murcia, recibió a un Tenerife que llegaba de eliminar al Real Madrid. El horario fijado fue las 20:00 en la península y las 19:00 en Canarias, una diferencia que conviene tener presente al consultar la hora desde las islas. No había otro encuentro de la Liga Endesa ese martes.

La retransmisión estaba anunciada en DAZN y el partido figuraba también en la oferta televisiva de operadores como Movistar Plus+, Orange y Vodafone TV. Esa era la referencia de emisión comunicada para el encuentro; la disponibilidad concreta podía depender del paquete contratado por cada abonado. En la pista, el Barça no dejó que la previa se alargara demasiado: ganó 100-67 y se colocó 1-0 en una serie que parecía abierta por la entidad del rival, aunque el marcador inicial acabaría anticipando una semifinal mucho más breve de lo previsto.

La diferencia final fue amplia, pero el interés del partido no se limitó al resultado. El encuentro inauguraba una ronda con tres de los cuatro primeros equipos de la fase regular ya fuera de combate. En lugar de un cuadro gobernado por los cabezas de serie, el torneo presentaba cruces entre equipos que habían tenido que abrirse paso desde posiciones inferiores. La clasificación había ordenado el camino, pero no había protegido a nadie.

Una semifinal nacida de las sorpresas

El emparejamiento entre Barça y Tenerife solo se confirmó después de unos cuartos de final especialmente duros para los favoritos. El equipo tinerfeño apeó al Real Madrid en tres partidos, con dos victorias en la capital: 97-98 en el primero y 95-107 en el tercero. Entre ambas, el Madrid había respondido con un contundente 83-118 en Tenerife. La serie dejó claro que el factor cancha no garantizaba el pase y que un equipo podía recuperar el control después de una derrota sin convertirla en el principio del fin.

El Barça también necesitó tres encuentros para superar al UCAM Murcia, aunque su recorrido fue distinto. Perdió el segundo duelo y resolvió la eliminatoria en Murcia con un 76-100. El equipo azulgrana llegó así a semifinales después de probarse en un partido decisivo fuera de casa, mientras Tenerife lo hizo tras una de las eliminaciones más llamativas de la ronda. Los dos finalistas de la semifinal venían de series exigentes, pero solo uno había tumbado al líder.

En el otro lado del cuadro, el Joventut remontó su eliminatoria ante Baskonia y selló el pase en Vitoria con un 88-96. Valencia, por su parte, eliminó por la vía rápida al Surne Bilbao, con un 2-0. El resultado fue una composición poco habitual: el segundo clasificado era el único de los cuatro primeros que seguía vivo. Barça, Joventut y Tenerife habían llegado desde los puestos quinto, sexto y octavo, respectivamente. Por primera vez en la historia de la competición, tres de los cuatro primeros de la fase regular cayeron en cuartos.

El 100-67 cambió el tono de la eliminatoria

El marcador del primer partido fue una señal contundente, aunque no bastaba por sí solo para dar por decidida la serie. En una semifinal al mejor de cinco, ganar el estreno concede ventaja, no una sentencia: todavía hacen falta tres victorias para avanzar. El formato 2-2-1 daba al Barça los dos primeros encuentros en casa, trasladaba después la serie a Tenerife y reservaba un posible quinto partido para el Palau. La distribución premiaba la mejor posición en la fase regular, pero dejaba margen para que el equipo visitante cambiara el rumbo.

El Barça aprovechó ese comienzo para imponer una diferencia que no se vio en los dos partidos siguientes. En el segundo, también en Barcelona, ganó 97-89. Tenerife compitió con mayor resistencia y encontró respuestas ofensivas, pero el conjunto azulgrana conservó la ventaja y se colocó a un triunfo de la final. La serie pasó de la superioridad amplia del estreno a un duelo más disputado, aunque el equipo local nunca perdió el control del marcador global.

El tercer encuentro se jugó en Tenerife y terminó 76-85. Con ese triunfo, el Barça cerró la eliminatoria por 3-0 y evitó que la serie regresara a Barcelona. El resultado fue importante por la eficacia del pase, pero también porque llegó en una cancha en la que el conjunto insular había construido buena parte de su reputación competitiva. La diferencia entre el primer partido y el tercero fue elocuente: el Barça había ganado con autoridad en casa y, cuando el escenario cambió, volvió a encontrar una manera de resolver.

Para Tenerife, la derrota no borra el valor de haber eliminado al Real Madrid. Sí muestra, en cambio, que el impulso de una sorpresa no siempre se prolonga automáticamente en la ronda siguiente. Superar al líder exige concentración y energía; repetir la hazaña, frente a otro rival con recursos y con el factor cancha, plantea un problema nuevo. La semifinal empezaba de cero, aunque los equipos llegaran con historias muy distintas.

El Barça encontró respuestas en la presión

El equipo azulgrana llegó a la serie con la obligación que acompaña a su historia y a su plantilla, pero también con una señal reciente de fragilidad: había perdido un partido ante el UCAM Murcia y tuvo que volver a jugarse el pase lejos del Palau. El 76-100 que selló los cuartos ofreció una respuesta convincente en el momento de mayor presión. No garantizaba que la semifinal fuera sencilla, pero sí demostraba que el equipo podía sostener su nivel cuando el margen para corregir se estrechaba.

La profundidad de plantilla y el talento exterior permitían al Barça alternar posesiones rápidas con ataques más elaborados. Su peligro estaba en la capacidad para encadenar parciales y abrir brechas en pocos minutos; el riesgo, en cambio, aparecía cuando confundía velocidad con precipitación. Frente a un rival paciente, las pérdidas podían convertirse en combustible para la confianza visitante. La serie evidenció que el equipo azulgrana no necesitaba disputar tres partidos perfectos, pero sí proteger el balón y controlar el ritmo cuando Tenerife conseguía frenar el intercambio de canastas.

El primer encuentro redujo pronto las dudas sobre quién mandaba en el Palau, aunque los dos partidos siguientes exigieron una lectura distinta. El Barça venció por ocho puntos el segundo y por nueve el tercero. Esos márgenes, menos espectaculares que el 100-67 inicial, revelan una semifinal que tuvo más matices de los que su desenlace en tres partidos podría sugerir. Ganar por 3-0 no significa que cada tramo fuera cómodo; significa que el equipo supo sostener una ventaja cuando la eliminatoria se volvió más competida.

La ventaja de campo tampoco era una garantía automática. La habían tenido varios de los favoritos eliminados en cuartos, y la derrota del Madrid ante Tenerife había recordado que la condición de local puede pesar menos que la calidad de las decisiones en los minutos importantes. El Barça sí convirtió sus dos partidos en Barcelona en victorias y completó el trabajo fuera. El Palau fue una ventaja real, no un sustituto del rendimiento.

Tenerife, un rival con oficio y memoria

La Laguna Tenerife no llegó a las semifinales como una aparición ocasional. El club había consolidado una identidad reconocible, apoyada en la lectura del juego, la paciencia para elegir los ataques y la capacidad de incomodar al rival sin depender de una única fórmula. La eliminación del Madrid reforzó esa imagen: los tinerfeños habían ganado dos veces en la capital y demostrado que podían mantener la calma incluso después de un partido muy adverso, como el 83-118 de la segunda cita.

El entrenador Txus Vidorreta dirigía un equipo acostumbrado a ajustar sobre la marcha y a detectar dónde podía hacer daño. En ataque, la experiencia de Marcelinho Huertas convivía con alternativas como Patty Mills y Jaime Fernández. Huertas, con 43 años durante aquella campaña, ofrecía una forma de dirigir que no dependía de correr más que los demás: observar, esperar el movimiento defensivo y escoger el momento para acelerar. Su influencia estaba tanto en la decisión como en la ejecución.

Ese estilo podía convertir cada posesión en una prueba de paciencia. Tenerife buscaba evitar que el Barça corriera con comodidad, alargar ataques y castigar los errores. En teoría, el Palau podía empujar a los locales hacia un ritmo alto; en la práctica, los azulgranas necesitaban decidir cuándo acelerar y cuándo construir con calma. La diferencia entre correr con criterio y precipitarse no siempre se ve en una estadística, pero puede aparecer en forma de pérdidas, tiros forzados y posesiones desperdiciadas.

La eliminación en tres partidos no convierte en irrelevante la campaña tinerfeña. Aquel equipo ya había demostrado que podía competir con un rival de mayor clasificación y resolver fuera de casa. Lo que no consiguió fue prolongar esa fórmula contra el Barça. La sorpresa de cuartos fue una conquista, no una garantía de continuidad, y esa distinción explica por qué el resultado de la semifinal no contradice el impacto de su victoria ante el Madrid.

Valencia y Joventut abrieron la otra serie

La segunda semifinal comenzó el miércoles 10 de junio, un día después del Barça-Tenerife, con Valencia Basket frente a Asisa Joventut. El partido inaugural se disputó a las 20:00 y terminó 118-117 para los valencianos. Fue un estreno de margen mínimo, muy lejos del amplio resultado del Palau, y dejó planteada una serie de ritmo alto entre dos equipos capaces de producir anotación y de cambiar el partido en una sucesión de posesiones.

Valencia llegaba como segundo clasificado y como el único superviviente del grupo de los cuatro primeros. La temporada regular había respaldado su candidatura con cifras colectivas destacadas: lideró la competición en valoración, puntos, rebotes, asistencias, triples convertidos y mates por partido. El conjunto dirigido por Pedro Martínez ofrecía volumen ofensivo y energía, pero esa superioridad estadística debía transformarse en victorias cuando cada partido podía cambiar el tono de una eliminatoria. El primer triunfo, por un punto, mostró cuánto podían estrecharse los márgenes.

El Joventut, sexto en la fase regular, alcanzó las semifinales tras eliminar al Baskonia en Vitoria. Su victoria por 88-96 en el tercer encuentro tuvo un valor añadido: fue fuera de casa y en el partido que decidía el pase. Ricky Rubio aportaba dirección y experiencia, además de una presencia capaz de ordenar al equipo y dar serenidad a sus compañeros. El baloncesto se mide con puntos y asistencias, pero la influencia de un base también se nota en el ritmo que impone al grupo.

Después del apretado 118-117, Valencia ganó el segundo partido por 90-76 y se adelantó 2-0. El tercer duelo, en Badalona, acabó 75-87 y cerró la serie por 3-0. Así, los dos equipos que empezaron las semifinales fuera del grupo de los cuatro mejores avanzaron hasta la ronda final: el Barça, quinto, y Valencia, segundo. La eliminatoria entre valencianos y verdinegros tuvo un primer episodio dramático, pero sus dos siguientes partidos ofrecieron una ventaja más clara para el equipo de Pedro Martínez.

Un calendario condicionado por cada victoria

Las semifinales se jugaron al mejor de cinco partidos, con un reparto 2-2-1. Los dos primeros encuentros correspondían al equipo con mejor clasificación en la fase regular, el tercero y el posible cuarto se disputaban en la pista del rival y un quinto, si era necesario, regresaba a la cancha del mejor clasificado. Este sistema hacía que un equipo pudiera cerrar la serie en tres partidos, pero también reservaba espacio para remontadas y ajustes si el visitante conseguía una victoria temprana.

En la serie del Barça, el primer partido fue el martes 9 de junio y el segundo el jueves 11, ambos en Barcelona. El tercer encuentro se trasladó a Tenerife el sábado 13. El cuarto, previsto para el lunes 15, y el quinto, fijado para el miércoles 17, solo se habrían jugado si la eliminatoria seguía abierta. El 3-0 hizo innecesarios ambos compromisos. El calendario publicado incluía partidos condicionales, una distinción importante al interpretar las fechas anunciadas antes de que se conocieran los resultados.

Valencia y Joventut empezaron el miércoles 10 de junio y volvieron a enfrentarse el viernes 12, los dos primeros partidos en la cancha valenciana. La serie continuó en Badalona el domingo 14 y podía extenderse al martes 16 y al jueves 18 si hacía falta. Valencia también resolvió la eliminatoria en tres encuentros. Al terminar ambas series antes de que avanzara más la segunda semana, la final pudo comenzar el jueves 18 de junio, tal como contemplaba el calendario de la competición.

La final tenía su propio esquema de partidos y podía alargarse hasta el quinto, programado como fecha límite para el domingo 28 de junio. La duración de las semifinales determinaba el inicio de esa última ronda: si ambas terminaban en tres encuentros, la final comenzaba antes; si alguna llegaba al cuarto partido, el calendario se desplazaba. En los playoffs, las fechas posteriores no son siempre partidos confirmados: dependen de que una serie siga viva.

Una temporada que rompió la jerarquía habitual

La eliminación de Madrid, Baskonia y UCAM Murcia transformó la lectura de la fase regular. El Madrid había terminado primero; Baskonia, tercero, venía además de ganar la Copa; y UCAM Murcia ocupaba el cuarto puesto. Los tres contaban con ventaja de campo en cuartos y los tres quedaron fuera. No fue un solo tropiezo aislado, sino una sucesión que dejó claro hasta qué punto el cuadro podía cambiar en cuanto empezaban las eliminatorias.

El curso ya había ofrecido señales de igualdad y partidos con muchos puntos. La media de anotación alcanzó los 88,1 puntos por equipo y encuentro, un registro que encajaba con una competición de ritmo elevado, abundancia de tiros y parciales capaces de alterar el marcador en pocos minutos. Esa cifra no explica por sí sola cada sorpresa, pero ayuda a situar el tipo de baloncesto que llevó a junio: encuentros con alternativas y equipos que podían castigar una desconexión antes de que el rival encontrara tiempo para reorganizarse.

Por eso el cuadro resultó atractivo para quien miraba desde fuera y menos tranquilizador para los equipos que esperaban que la clasificación regular funcionara como un seguro. Terminar arriba concede ventajas y una mejor posición en la serie, pero no elimina la presión ni impide que un rival encuentre una grieta. La fase regular coloca a los equipos; los playoffs ponen a prueba lo que han construido. En 2026, esa diferencia se hizo visible desde los cuartos.

Para el Barça, la caída de varios favoritos abrió una oportunidad de título, aunque también aumentó el peso de cada partido. Para Tenerife, el triunfo ante el Madrid elevó las expectativas, pero dejó la obligación de volver a rendir frente a otro contendiente. Valencia, en cambio, tuvo que asumir el papel del favorito superviviente ante un Joventut que venía de ganar una serie a domicilio. Nadie podía tratar la semifinal como una extensión automática de lo ocurrido durante la temporada regular.

De la primera noche a un campeón valenciano

El Barça superó a Tenerife por 3-0 y avanzó a una final que disputó contra Valencia Basket. El conjunto valenciano también llegó tras una semifinal resuelta en tres partidos, después de eliminar al Joventut. La definición del título confirmó que la caída de los grandes favoritos no había sido un simple vuelco pasajero: Valencia terminó campeón y ganó la serie final ante el Barça por 3-1. El equipo que había sobrevivido como único representante del top-4 acabó levantando el trofeo.

La final prolongó la temporada competitiva hasta los últimos días de junio y dio a Valencia su segundo título de Liga. El último partido terminó 84-108, un resultado que selló la victoria valenciana en la serie. Jean Montero fue elegido jugador más valioso de la final, dentro de una campaña en la que su rendimiento ofensivo tuvo un peso central. El desenlace añadió una última capa a la historia iniciada el día 9: el Barça había dominado su semifinal, pero no logró convertir ese impulso en el campeonato.

La jornada del Palau queda así como el primer capítulo de una fase final que no siguió el guion de los nombres más acostumbrados a llegar al último fin de semana. El Barça ganó con claridad aquel partido inaugural, Tenerife se despidió después de una victoria histórica contra el Madrid y Valencia confirmó su candidatura ronda a ronda. El 100-67 fue un comienzo rotundo, no la respuesta definitiva de la temporada: el título se decidió más adelante, en una final que acabó inclinándose del lado valenciano.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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