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Ciencia

Este es el plan de la NASA para colonizar la Luna en 2028

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plan de la NASA para colonizar la Luna

La NASA replantea Artemis, aparta Gateway y prepara el regreso tripulado a la Luna en 2028 con una base en marcha y China al fondo muy real.

La NASA ha decidido cambiar el corazón del programa Artemis y dejar atrás la idea de un simple regreso simbólico a la Luna. El anuncio conocido este 24 de marzo no consiste solo en poner una fecha nueva sobre una promesa vieja. Va bastante más lejos: el primer alunizaje tripulado de esta nueva arquitectura se fija para 2028, la agencia plantea una base lunar construida por fases, reduce el protagonismo de la estación orbital Gateway y reordena las misiones para llegar antes, con menos improvisación y con más peso industrial. Ya no se trata de repetir el gesto de Apolo con cámaras más modernas. Se trata de instalar presencia, sostenerla y convertir la superficie lunar en una infraestructura.

Detrás de ese giro hay una cifra que explica bastante bien la escala del movimiento: unos 20.000 millones de dólares en siete años para levantar esa base y reorganizar el programa. El dato ha salido de Washington con la misma mezcla de ambición, presión política y urgencia geoestratégica que suele acompañar a los grandes anuncios espaciales en Estados Unidos. El nuevo administrador de la NASA, Jared Isaacman, ha presentado el plan como una respuesta a una carrera que ya no se mide en décadas sino en meses, con China al fondo del encuadre y con una idea muy concreta en la cabeza: que la Luna vuelva a ser una frontera estadounidense antes de que termine la década.

El anuncio que rehace Artemis desde dentro

Lo más importante del anuncio no es solo volver a la Luna, sino cómo quiere volver la NASA. Durante años, Artemis se había contado como una secuencia más o menos clásica: una misión no tripulada, otra con astronautas alrededor de la Luna, una tercera para regresar a la superficie y, después, una progresión más lenta. Eso ha saltado por los aires. La agencia ha confirmado que Artemis III ya no será el gran regreso lunar, sino una misión de pruebas en órbita terrestre en 2027, mientras que el primer aterrizaje humano de esta fase se traslada a Artemis IV en 2028. Ese cambio no es cosmético. Afecta al calendario, a los contratos, a los socios internacionales y a la lógica entera del programa.

La NASA justifica esta maniobra con una idea bastante terrenal, y bastante sensata dentro de lo que cabe cuando se habla de enviar gente a otro mundo: probar antes de arriesgar más. Amit Kshatriya, uno de los responsables clave del rediseño, ha defendido un enfoque más escalonado, más parecido al viejo método Apolo, con cada misión construyendo capacidad sobre la anterior sin meter demasiadas variables nuevas de golpe. En otras palabras: menos promesa grandilocuente, más ensayo técnico. El propio programa venía arrastrando retrasos y problemas, y la agencia ha preferido no forzar un alunizaje demasiado pronto si los sistemas críticos aún no han demostrado juntos que funcionan como deben.

Así queda el calendario lunar de la NASA

La hoja de ruta inmediata arranca con Artemis II, que sigue siendo la pieza decisiva del dominó. Esa misión, prevista para una ventana de lanzamiento entre el 1 y el 6 de abril de 2026, será la primera misión tripulada alrededor de la Luna en más de medio siglo. El cohete SLS y la nave Orion ya están en la plataforma 39B del Kennedy Space Center, y la tripulación está formada por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen. El viaje durará unos 10 días y servirá para comprobar de una vez en vuelo real si la arquitectura básica de Artemis puede sostener el resto del programa sin descoserse por las costuras.

Conviene detenerse ahí un segundo. Artemis II no aterriza, pero sin Artemis II no hay nada después. La misión probará por primera vez con astronautas a bordo el binomio SLS-Orion, que es la columna vertebral de todo este esfuerzo. La agencia quiere confirmar navegación, soporte vital, resistencia de la nave, operaciones de espacio profundo y el comportamiento de la tripulación más allá de la órbita terrestre. En el lenguaje frío de la ingeniería, es una misión de validación. En el idioma normal, es el examen que decide si el nuevo plan lunar tiene piernas o sigue siendo, otra vez, un powerpoint con presupuesto federal.

Artemis III ya no será el alunizaje esperado

La gran novedad es Artemis III, que en 2027 pasará a ser una misión de encuentro y acoplamiento en órbita terrestre baja. El objetivo será probar las operaciones integradas entre Orion y uno o ambos aterrizadores comerciales que deben llevar astronautas a la superficie en el futuro: el sistema de SpaceX y el de Blue Origin. La NASA quiere ensayar el acoplamiento, el chequeo conjunto de sistemas de vida, comunicaciones y propulsión, e incluso pruebas con los nuevos trajes extravehiculares antes de jugarse un descenso real. Es un frenazo en apariencia, sí, pero también una manera de quitar incertidumbre a una fase que estaba acumulando demasiadas piezas delicadas al mismo tiempo.

Si ese ensayo funciona, Artemis IV pasará a ser el regreso humano a la superficie lunar a comienzos de 2028. La NASA mantiene como destino el entorno del polo sur de la Luna, una región complicada, áspera, llena de sombras permanentes y con enorme valor científico por la posible presencia de hielo de agua. La agencia ha dejado claro que la disponibilidad real del aterrizador será determinante: el proveedor que esté listo y sea seguro será el que haga el viaje. Ese detalle resume bastante bien el nuevo momento del programa. La NASA sigue marcando el rumbo, pero buena parte del reloj lo sostienen ahora sus socios industriales.

La base lunar que Washington quiere levantar

La clave del plan presentado por Isaacman está en esa expresión que hasta hace poco sonaba a ciencia ficción administrativa: “presencia humana duradera”. La NASA ya no está describiendo una sucesión de visitas separadas por años, sino una instalación progresiva de capacidad en la superficie. La propia agencia ha dividido ese proceso en tres fases. La primera consiste en pasar de misiones raras y casi artesanales a una lógica repetible y modular. La segunda prevé una infraestructura inicial semihabitable, con logística más regular y operaciones recurrentes. La tercera abre la puerta a un puesto humano continuo en la Luna, con hábitats más pesados y sistemas de apoyo consolidados. Traducido a lenguaje llano: primero probar, luego plantar herramientas, después quedarse.

Ese cambio de escala no es un capricho retórico. Obliga a pensar la Luna como un lugar de trabajo y no solo como escenario de una misión histórica. Y un lugar de trabajo en la Luna necesita casi todo desde cero: energía, movilidad, navegación, comunicaciones, protección frente a la radiación, gestión térmica, transporte de carga, repuestos, agua, oxígeno y una cadena de abastecimiento que no se venga abajo con un solo retraso. La NASA quiere construir esa arquitectura aterrizaje a aterrizaje, de forma incremental, y apoyarse en sistemas comerciales y reutilizables a partir de misiones posteriores, con el objetivo de llegar más adelante a una cadencia de alunizajes cada seis meses más allá de Artemis V.

Lo más relevante es que la Luna deja de presentarse como un trofeo y empieza a venderse como un laboratorio operativo. No por romanticismo, sino porque ahí se juega una parte del futuro de la exploración tripulada. Si Estados Unidos quiere llegar a Marte con alguna opción de continuidad, antes tiene que aprender a vivir un tiempo fuera de la Tierra con márgenes mínimos de error. La Luna, a tres días de viaje, es el banco de pruebas lógico. Mucho más cerca que Marte, mucho más dura que la órbita baja y, además, cargada de valor geopolítico. El plan de la NASA encadena esas tres ideas sin disimulo: Luna, permanencia y después Marte.

Agua, energía, rovers y hábitats para quedarse

En la primera fase del despliegue lunar entran varios programas que ya estaban en marcha, pero que ahora ganan sentido dentro de una arquitectura mayor. La NASA quiere aumentar el ritmo de actividad mediante CLPS, el programa de servicios comerciales de carga lunar, y mediante el LTV, el futuro vehículo de terreno lunar. La agencia ha hablado de rovers, demostraciones tecnológicas, instrumentos científicos y sistemas ligados a la movilidad, la generación de energía, las comunicaciones, la navegación y las operaciones de superficie. También ha acelerado la entrega de ciencia a la Luna con una meta de hasta 30 aterrizajes robóticos a partir de 2027, una cifra que, si se cumple siquiera de forma aproximada, cambiaría el volumen de actividad lunar de manera radical.

El polo sur importa tanto porque allí puede estar una parte de la respuesta material a esta aventura. La NASA ha presentado además una nueva herramienta científica para buscar agua helada en esa región. Su instrumento Neutron Spectrometer System se integrará en la misión LUPEX, dirigida por JAXA e ISRO, para cartografiar mejor la presencia de hidrógeno y localizar depósitos útiles cerca de la superficie. El hielo lunar no es una curiosidad poética. Es, potencialmente, agua para beber, oxígeno para respirar y hidrógeno para combustible. Sin esa posibilidad de aprovechar recursos in situ, cualquier base lunar sería muchísimo más cara, más frágil y más dependiente de la Tierra.

En la segunda y tercera fase aparecen ya nombres y piezas muy concretas de socios internacionales. Japón aportaría su rover presurizado; la Agencia Espacial Italiana aparece vinculada a hábitats multipropósito; la Agencia Espacial Canadiense figura en el esquema con un vehículo utilitario lunar. Ese detalle desmiente la caricatura de un proyecto puramente nacional. La política espacial de Washington se formula en clave de supremacía, sí, pero la base lunar que dibuja la NASA sigue dependiendo de una red de alianzas, hardware compartido y compromisos industriales con varios países. La diferencia es que esa cooperación ya no se organiza alrededor de una estación orbital, sino de la superficie misma.

Gateway pierde centralidad y eso altera todo el programa

Aquí está probablemente el giro más delicado de todos. Durante años, Gateway había sido una de las grandes piezas narrativas y técnicas de Artemis: una pequeña estación en órbita lunar que serviría como nodo de operaciones, punto de investigación y plataforma de transferencia hacia los aterrizadores. Parecía una solución elegante. También una solución muy compleja. Isaacman ha anunciado que la NASA pausa Gateway en su forma actual para concentrar recursos en infraestructura que sostenga operaciones duraderas sobre la superficie. La propia agencia admite que intentará reaprovechar equipamiento ya desarrollado y compromisos de socios internacionales, pero el mensaje de fondo es nítido: el centro de gravedad del programa baja desde la órbita hasta el suelo lunar.

Ese volantazo no sale gratis. Reuters ha contado que Gateway estaba siendo desarrollado con participación de Northrop Grumman y Lanteris Space Systems, esta última propiedad de Intuitive Machines, y que la reorientación del programa obliga a rehacer o reencajar contratos por miles de millones. La NASA sostiene que no abandona el valor del trabajo ya hecho, pero la reconversión técnica no será simple. Una cosa es construir un elemento orbital; otra, muy distinta, convertir piezas pensadas para una estación en recursos útiles para una base de superficie. El rediseño tiene una lógica estratégica clara, aunque también abre una fase inevitable de fricción industrial y diplomática.

No hay que perder de vista lo que Gateway representaba. No era solo una estación; era una forma de entender la exploración lunar, más cercana a la idea de un puerto intermedio. Al rebajar su centralidad, la NASA está diciendo que prefiere invertir antes en cosas que toquen directamente el suelo: hábitats, vehículos, aterrizadores, movilidad, carga, energía. Es un cambio de filosofía. Y también una admisión tácita de que, con el tiempo corriendo y China acelerando, no se puede construir todo a la vez sin que el calendario acabe convertido en chatarra política.

La prisa tiene nombre: China y el calendario político

Isaacman no escondió la motivación geopolítica del anuncio. Habló de “competencia entre grandes potencias” y dejó una frase bastante reveladora: el éxito o el fracaso se medirán en meses, no en años. Eso significa dos cosas. La primera, que la Casa Blanca quiere resultados visibles dentro del actual ciclo político. La segunda, que en Washington se da por hecho que China ya no es una amenaza retórica ni un horizonte lejano, sino un rival con calendario propio hacia la Luna en torno a 2030. La nueva arquitectura de Artemis no se entiende sin esa presión. La ciencia está ahí, desde luego. Pero la velocidad que se le exige al programa responde a una competición de poder, industria y prestigio.

Por eso el plan también insiste en hardware comercial y reutilizable. La NASA ha anunciado que, más allá de Artemis V, incorporará más sistemas comprados al sector privado para abaratar y multiplicar las misiones tripuladas de superficie. Eso afecta directamente a gigantes como SpaceX y Blue Origin, cuyos aterrizadores forman parte del esquema de pruebas y del futuro lunar inmediato. El problema es que esa colaboración, que aporta velocidad y músculo tecnológico, introduce otra dependencia: el calendario de la NASA queda atado a empresas privadas que compiten entre sí, que arrastran sus propios retrasos y que no siempre comparten el mismo ritmo que los comunicados oficiales.

La prisa también explica otro anuncio paralelo que ha quedado algo tapado bajo la avalancha lunar: la NASA quiere lanzar antes de finales de 2028 la nave Space Reactor-1 Freedom, la primera nave interplanetaria nuclear de la agencia, en dirección a Marte. No forma parte directa de la base lunar, pero ayuda a entender la visión general. La agencia no está pensando la Luna como un destino final, sino como el primer escalón de una infraestructura espacial más amplia en la que la energía, el transporte y la permanencia en entornos hostiles dejarán de ser experimentos aislados para convertirse en sistemas de uso continuo.

La Luna deja de ser una visita

Queda, claro, la parte menos glamurosa y más importante: que todo esto salga. Artemis II todavía tiene que volar bien. El SLS y Orion han llegado a esta fase tras retrasos por problemas de helio y fugas de hidrógeno, y la misión solo despegará cuando la NASA considere resueltas esas incidencias. Después vendrá Artemis III con sus maniobras orbitales, su validación de acoplamientos y sus pruebas integradas con aterrizadores comerciales. Y solo después podrá hablarse con algo parecido a certeza de Artemis IV en 2028. La historia espacial está llena de calendarios triunfales que acabaron moviéndose como dunas. La prudencia aquí no es una pose: es parte del sistema de supervivencia.

Aun con esa cautela, el anuncio del 24 de marzo marca un antes y un después. La NASA ya no vende la Luna como un regreso sentimental, sino como una obra en marcha. Con una base por fases, con socios internacionales reubicados, con Gateway en pausa, con SpaceX y Blue Origin en el tablero, con Artemis II a las puertas y con Artemis IV señalado como el primer aterrizaje de esta nueva etapa, el mensaje queda bastante limpio: Estados Unidos quiere volver para quedarse, no para repetir una postal. Si el plan aguanta la realidad técnica y presupuestaria, 2028 puede dejar de ser una fecha de diapositiva y convertirse en el momento en que la Luna pase, por fin, de leyenda a territorio operativo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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