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Naturaleza

¿Por qué culpan al pino de incendios y desertificación en España?

El pino no es el cáncer de España: repoblaciones, abandono rural, incendios y sequía explican un paisaje forestal cada vez más frágil y seco.

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pinos en un campo

El pino no es el cáncer de España ni conduce por sí solo a la desertificación. La sentencia funciona como provocación, de esas que entran bien por los ojos y peor por el bosque, pero mezcla realidades muy distintas: pinares naturales, plantaciones productivas, repoblaciones protectoras y masas artificiales densas que llevan décadas prácticamente abandonadas.

El árbol no es la enfermedad. El problema aparece cuando se planta una sola especie en grandes extensiones, se altera el paisaje y después se deja crecer sin claras, podas, aprovechamientos ni prevención de incendios. Ahí sí nace un monte homogéneo, cargado de combustible y cada vez más vulnerable a la sequía, las plagas y las llamas.

Existe, desde luego, una herencia forestal discutible. Durante buena parte del siglo XX, España cubrió montañas degradadas con millones de pinos, a menudo mediante repoblaciones uniformes y concebidas desde una visión productiva o protectora que concedía menos importancia a la biodiversidad. Algunas de esas masas acumulan combustible, compiten por el agua y dificultan la recuperación de encinas, robles, alcornoques o matorrales maduros.

Otras repoblaciones, sin embargo, frenaron la erosión, sujetaron laderas desnudas y permitieron recuperar suelos que desaparecían barranco abajo con cada tormenta. Meterlas todas en el mismo saco es como diagnosticar una ciudad mirando una sola calle: rápido, vistoso y bastante inútil.

El pino no es el cáncer: lo es la simplificación

España posee pinares autóctonos que forman parte de sus paisajes desde mucho antes de las políticas forestales del franquismo. El pino carrasco ocupa de manera natural numerosas laderas secas y soleadas del este peninsular; el pino albar vive en montañas frías; el salgareño resiste en sierras calizas; el resinero presenta poblaciones mediterráneas y atlánticas, y el pino canario puede incluso rebrotar después del fuego.

No son árboles extranjeros colocados sobre la Península como farolas en una urbanización. Los pinares de pino albar, negro, piñonero, carrasco, salgareño, resinero y canario forman parte de la diversidad forestal española, aunque su distribución natural y su valor ecológico varían mucho de una comarca a otra.

La confusión nace porque una especie autóctona también puede plantarse fuera de su área adecuada, con una densidad excesiva o sobre comunidades vegetales que ya poseían valor ecológico. Autóctono no significa infalible. Una plantación regular de pino carrasco, con los troncos alineados como soldados y un sotobosque pobre, no funciona igual que un pinar natural mezclado con sabinas, coscojas, lentiscos, madroños y encinas jóvenes.

Eso es lo que suele perderse en el debate. Se acusa al pino cuando, en realidad, se está juzgando una determinada forma de ingeniería forestal: miles de árboles de la misma edad, muy juntos, con copas que terminan tocándose y una alfombra de ramas secas debajo.

Un bosque diverso tiene huecos, edades distintas, madera muerta, arbustos, claros y especies que responden de forma diferente al calor, la sequía y el fuego. Una plantación homogénea se parece más a un cultivo de madera. Verde, sí. Bosque completo, no siempre.

La gran repoblación empezó antes de los años 60

La reforestación española no nació en la década de 1960. Comenzó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la tala, el carboneo, el pastoreo intenso, la agricultura en pendientes y siglos de explotación habían dejado numerosas montañas prácticamente desnudas.

Durante alrededor de siglo y medio se repoblaron cerca de cinco millones de hectáreas, una superficie equivalente a aproximadamente una décima parte del país. Una parte considerable de aquellas actuaciones tuvo una finalidad protectora: contener la erosión, estabilizar cuencas, frenar avenidas y recuperar terrenos muy degradados.

La etapa más intensa llegó, eso sí, durante la dictadura. Entre los años 40 y finales de los 80 se desarrollaron grandes programas de plantación sobre montes municipales, terrenos comunales, pastizales y matorrales. El objetivo mezclaba producción de madera, regulación hidráulica, creación de empleo rural y control del territorio. Mucho árbol y poca sutileza, podría decirse.

Los pinos fueron los grandes elegidos porque crecen en suelos pobres, soportan condiciones duras y actúan como especies pioneras. Allí donde una encina joven habría tardado años en superar el primer verano, algunos pinos conseguían salir adelante. La decisión tenía lógica en muchos lugares. Otra cosa es que esas plantaciones fueran tratadas como destino definitivo cuando debían haber servido como una fase de transición hacia formaciones más complejas.

Una repoblación joven puede proteger el terreno del impacto directo de la lluvia, reducir la escorrentía y aportar materia orgánica. El problema llega con el tiempo. Los árboles crecen, compiten entre ellos y forman una masa cerrada; si nadie interviene, aumentan los ejemplares debilitados, las ramas secas y la continuidad entre el suelo y las copas.

Lo que empezó como un abrigo para la tierra puede terminar convertido en una estructura vulnerable al fuego. Las copas se rozan, el sotobosque se seca, los árboles luchan por la poca humedad disponible y cualquier chispa encuentra una autopista vegetal.

Las políticas del siglo pasado tampoco pueden separarse del éxodo rural. Mientras los pinos ocupaban laderas, la población abandonaba pueblos, cultivos marginales, rebaños y aprovechamientos tradicionales. Dejaron de recogerse leña, ramas y matorral. Los pequeños campos que separaban unas manchas forestales de otras fueron cerrándose.

El paisaje adquirió una continuidad verde que resulta hermosa desde la carretera y bastante menos tranquilizadora cuando sopla viento seco. Décadas después, muchas repoblaciones envejecidas forman grandes superficies sin discontinuidades, donde el fuego puede avanzar de una copa a otra con una facilidad estremecedora.

Por qué algunos pinares arden con tanta violencia

Los pinos mediterráneos contienen resinas y aceites, acumulan acículas y, en masas densas, pueden crear una escalera de combustible desde el matorral hasta las copas. Cuando el incendio alcanza la parte alta del arbolado, el fuego corre empujado por el viento, lanza pavesas a gran distancia y complica enormemente la extinción.

Un pinar continuo y sin gestionar puede arder con una violencia feroz. Esto es cierto. También lo es que el pino no prende solo. En España, buena parte de los incendios tiene un origen humano, directo o indirecto: negligencias, quemas descontroladas, maquinaria, tendidos eléctricos, colillas o fuegos provocados.

Después entran en juego la temperatura, la humedad, el viento, la sequedad de la vegetación y la estructura del paisaje. Culpar únicamente al árbol permite olvidar, con una comodidad casi administrativa, quién encendió la chispa y quién dejó el monte convertido en yesca.

Tampoco arden únicamente los pinares. Los eucaliptales, brezales, jarales, encinares densificados, pastizales secos y campos abandonados pueden sostener incendios intensos. Incluso un paisaje aparentemente pobre en árboles puede quemarse de manera explosiva cuando acumula hierba seca y sopla viento. El fuego mediterráneo no consulta el catálogo botánico antes de avanzar.

La diferencia está en la capacidad de recuperación. Algunas especies de pino liberan semillas después del calor y regeneran con rapidez; otras, como el pino canario, pueden rebrotar. Encinas, alcornoques y madroños utilizan estrategias distintas, basadas con frecuencia en el rebrote desde raíces, cepas o troncos.

Un paisaje mezclado reparte el riesgo. Una masa de una sola especie apuesta todo a la misma carta y, cuando esa carta falla, deja un silencio negro de kilómetros. El problema no es únicamente que haya pinos, sino que todos sean iguales, tengan la misma edad y estén conectados sin apenas espacios abiertos.

Agua, suelo y biodiversidad: ni veneno ni milagro

Una acusación habitual sostiene que los pinos secan el terreno. La realidad depende de la especie, la densidad, la edad, el clima, el suelo y la vegetación que existía antes. Todo árbol transpira y consume agua. Una repoblación densa puede reducir el caudal que termina en arroyos y acuíferos porque una parte mayor de la lluvia queda interceptada por las copas o vuelve a la atmósfera.

En zonas semiáridas, donde cada litro cuenta, esa competencia resulta especialmente delicada. Una masa demasiado cerrada aumenta el estrés hídrico de los propios árboles y puede limitar la presencia de arbustos, herbáceas y otras especies leñosas.

No obstante, eliminar los árboles tampoco crea agua por arte de magia. Sin cubierta vegetal pueden crecer la escorrentía, la pérdida de suelo y la evaporación superficial. Una ladera desnuda recibe la tormenta como una chapa: el agua golpea, corre y se lleva las partículas fértiles.

El suelo desaparece primero en una película casi invisible; después aparecen las cárcavas, esas heridas rojizas que ya no disimula ninguna fotografía aérea. En determinados terrenos degradados, los pinos han sido una defensa eficaz frente a esa pérdida.

En repoblaciones semiáridas de pino carrasco se han observado resultados contradictorios. Bajo las copas puede aumentar la materia orgánica y mejorar parte de la estructura del suelo, pero la sombra, la competencia y la interceptación de lluvia también pueden dificultar el establecimiento de algunos arbustos y árboles mediterráneos.

La naturaleza rara vez entrega veredictos limpios. Un mismo pinar puede proteger el suelo y, al mismo tiempo, reducir la disponibilidad de agua; puede servir de refugio a ciertas especies y desplazar a otras. La respuesta depende del lugar, de la densidad y de la gestión del monte.

Plantar árboles no siempre equivale a crear un bosque

La frase parece una provocación, aunque es bastante elemental. Un bosque no se define solo por el número de troncos. Importan el sotobosque, los microorganismos, los insectos, los hongos, la fauna, las edades de los árboles, los claros, el agua y la conexión con otros hábitats.

Una plantación puede capturar carbono y producir madera, pero seguir ofreciendo una biodiversidad modesta. Si todos los árboles tienen la misma edad, la misma altura y la misma separación, el paisaje podrá ser verde, pero ecológicamente se parecerá más a un campo cultivado que a un bosque maduro.

El error histórico consistió, en determinados lugares, en considerar que todo terreno sin árboles estaba degradado. Algunos pastizales, brezales y matorrales mediterráneos son ecosistemas antiguos, ricos en plantas, reptiles, aves e invertebrados.

Cubrirlos con pinos no representa necesariamente una restauración; a veces supone sustituir una comunidad natural abierta por una masa forestal artificial. Más copas no significan automáticamente más naturaleza.

La gestión forestal contemporánea se aleja poco a poco de aquella obsesión por llenar cada hueco con árboles. Ganan terreno las masas mixtas, la regeneración natural, las densidades más bajas y los mosaicos entre bosque, cultivo, pasto y matorral.

También importa conservar ejemplares maduros, árboles muertos, claros y zonas abiertas. Son elementos que a simple vista pueden parecer desordenados, pero sostienen una parte esencial de los ecosistemas forestales.

El problema de España es la falta de gestión

España posee alrededor de 28 millones de hectáreas forestales, una categoría que incluye tanto terrenos arbolados como superficies de matorral, pasto y monte abierto. Sin embargo, solo una parte está sometida a instrumentos formales de ordenación.

Dicho de otra manera: el país tiene muchísimo monte, pero una proporción considerable carece de una planificación continuada. Se actúa cuando aparece una plaga, cuando llega el incendio o cuando los árboles comienzan a morir. Antes, poca cosa. El presupuesto suele entrar detrás del humo.

La superficie forestal ha crecido mientras disminuían la ganadería extensiva, la extracción de leña y la población rural. El bosque recuperó espacio, algo positivo en muchos aspectos, pero lo hizo con frecuencia sin manos alrededor. Un monte sin gestionar no es necesariamente un monte natural; puede ser simplemente un monte abandonado, saturado de pies jóvenes, matorral y combustible.

Transformar las antiguas repoblaciones no exige talarlas de golpe ni sustituir cada pino por una encina. Esa fantasía podría destruir precisamente el suelo que se pretende proteger. Hace falta aplicar claras selectivas, reducir densidades, aprovechar biomasa, abrir discontinuidades y favorecer la entrada progresiva de frondosas.

Se trata de cirugía forestal, no de una motosierra ciega. En algunas zonas áridas, el pino seguirá siendo una de las pocas especies capaces de mantener una cubierta arbórea. En otras habrá que favorecer encinas, quejigos, robles, alcornoques, sabinas o comunidades abiertas.

Y en determinados lugares lo razonable será aceptar que el futuro tendrá menos árboles, no más. El calentamiento y la falta de agua están desplazando los límites climáticos de numerosas especies. Los pinares situados en sus bordes más secos son especialmente vulnerables al aumento de la aridez.

La supervivencia de esas masas dependerá en buena medida de la densidad del arbolado, la disponibilidad de agua y el manejo. Un pinar aclarado puede resistir mejor una sequía prolongada que otro donde miles de árboles compiten por el mismo suelo exhausto.

El árbol equivocado no explica el bosque abandonado

La metáfora del cáncer captura una frustración legítima: existen repoblaciones fallidas, montes demasiado densos y paisajes que se han vuelto inflamables. Pero el diagnóstico está mal enfocado. Los pinos no invadieron España siguiendo un plan secreto de las coníferas. Fueron plantados o favorecidos mediante decisiones humanas, sobre territorios previamente deforestados y dentro de una transformación rural enorme.

Tampoco son inocentes decorativos. Una plantación mal situada puede reducir la diversidad, competir por el agua y elevar el riesgo de incendios intensos. Negarlo sería tan simplista como condenar al género Pinus entero.

Hay pinares naturales valiosos, repoblaciones que salvaron suelos y masas artificiales que necesitan una reconversión profunda. Todo eso cabe en el mismo país y, a veces, en la misma montaña.

España no se desertifica porque tenga pinos. Se desertifica cuando pierde suelo fértil, sobreexplota el agua, abandona el territorio, encadena incendios severos y somete sus ecosistemas a un clima cada vez más cálido y seco.

La política forestal del siglo pasado dejó errores visibles. La de este siglo corre el riesgo de añadir otro si sustituye la gestión por consignas. El enemigo no es un árbol, sino el paisaje simplificado, inflamable y sin nadie que lo cuide.

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