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¿Por qué Pérez-Reverte aplaza su debate sobre la Guerra Civil en Sevilla?

Pérez-Reverte y Vigorra aplazan Letras en Sevilla tras amenazas y presiones: bajas en el cartel, choque con Uclés y tensión por Aznar total.

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Pérez-Reverte aplaza su debate sobre la Guerra Civil

Pérez-Reverte y Vigorra aplazan Letras en Sevilla tras amenazas y presiones: bajas en el cartel, choque con Uclés y tensión por Aznar total.

La XI edición de Letras en Sevilla, el ciclo cultural que iba a celebrarse en la sede de la Fundación Cajasol entre el 2 y el 5 de febrero, no se celebrará en esas fechas. Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, organizadores y rostro público de la convocatoria, han propuesto aplazarla “hasta nueva fecha” después de denunciar un clima de amenazas violentas y presiones sobre varios participantes. La Fundación Cajasol ha aceptado esa propuesta y sitúa el horizonte del regreso en otoño, con la idea de reconstruir un programa que —según su propio comunicado— ya no podía sostener el equilibrio con el que había sido concebido por la sucesión de bajas.

El ciclo estaba planteado bajo el título “1936: la guerra que todos perdimos”, un enunciado que, por sí solo, ya invitaba a la fricción política y emocional. La suspensión llega, además, en mitad de una polémica que ha crecido a la velocidad típica de estos temas: primero una retirada sonada, después un efecto dominó, luego comunicados, acusaciones cruzadas y, por rematar, el anuncio de una rueda de prensa el lunes 2 de febrero en la propia Fundación Cajasol, donde los organizadores y coordinadores prometen dar detalles de “lo ocurrido”. En Sevilla —y fuera de Sevilla— el foco ya no está solo en lo que se iba a debatir, sino en por qué ese debate ha quedado en pausa y quién se atribuye la responsabilidad de la pausa.

De un programa “equilibrado” a un cartel agujereado

La versión de la Fundación Cajasol es, en apariencia, quirúrgica: no se recrea en el barro de las redes, sino que apunta a las “bajas sobrevenidas” y a los “problemas organizativos” que impiden rearmar el programa con el espíritu “equilibrado, ecuánime y de altura intelectual” con el que se anunció. En otras palabras: cuando un ciclo se presenta como plural —y se vende como un cruce de miradas—, si se caen piezas clave deja de ser el mismo artefacto. Lo que iba a ser un tablero con pesos compensados se convierte en un tablero inclinado. Y en un asunto tan explosivo como la Guerra Civil, ese desnivel, por pequeño que sea, se paga caro.

La versión de los organizadores es bastante más bronca y concreta en los señalados. En su comunicado, Pérez-Reverte y Vigorra sitúan el origen inmediato en la intención expresada en redes sociales por “grupos de ultraizquierda” que proponían manifestarse “de forma violenta” ante el lugar previsto para las jornadas. Ese escenario, sostienen, les llevó a aconsejar a Cajasol el aplazamiento. No hablan solo de un desacuerdo ideológico o de una protesta; hablan, literalmente, de violencia y de la conveniencia de no encender una mecha a las puertas de un recinto cultural.

Pero, además, añaden una segunda capa: una campaña de presiones para que algunos participantes renunciaran. Y ahí aparece un nombre propio que no es menor: Podemos. Los organizadores achacan a ese partido y a “medios afines” una campaña “intolerable” orientada a que ponentes confirmados se bajaran del cartel. Describen coacciones públicas y privadas, y llegan a mencionar incluso llamadas telefónicas. El resultado final —y esto ya es un hecho verificable por la secuencia de renuncias— es que el programa quedó tocado. Tan tocado que la sede, los organizadores y la propia lógica del ciclo optan por levantar el pie y posponerlo.

El punto de giro: David Uclés se baja… y todo cambia

La polémica se desata el fin de semana anterior al aplazamiento, cuando el escritor David Uclés —que había confirmado su participación— anuncia que no acudirá. Su motivo declarado fue tajante: no quería compartir cartel con el expresidente José María Aznar y con Iván Espinosa de los Monteros, uno de los fundadores de Vox. Ese gesto, por sí solo, ya marcaba una línea roja: no era una discusión sobre matices historiográficos, sino una cuestión de legitimidad de la compañía. A partir de ahí, la convocatoria deja de ser solo un ciclo cultural y pasa a ser un símbolo en disputa: quién se sienta con quién, qué se considera “normalizable”, qué se entiende por pluralidad y qué se ve como blanqueamiento.

Los organizadores reaccionan con dureza. En su texto califican de “sorprendente” el anuncio de Uclés y le reprochan un tono “lastimero e infantil” que, dicen, “ofende cualquier inteligencia”. También deslizan sospechas: que la retirada pudiera haber estado concertada de antemano. El choque, desde ahí, ya no es solo ideológico; es personal, y cuando entra lo personal en una polémica pública, las palabras dejan de ser herramientas y pasan a ser munición.

Uclés, por su parte, celebra la suspensión temporal como “una victoria” y como “una reparación moral”. “Victoria” —según su propio mensaje— porque considera que se han señalado mensajes que “blanquean el fascismo y el franquismo”, y “reparación” porque afirma haber sido vejado por una multitud de amigos o seguidores de Pérez-Reverte y descalificado por el propio escritor. Uclés no se queda ahí: sostiene que desconocía la nómina completa de invitados cuando aceptó, acusa a los organizadores de mentir públicamente y subraya que “internet tiene memoria”. La batalla, así, se traslada a un terreno donde nadie firma actas, pero todo queda capturado: capturas de pantalla, historias, reels, titulares, reacciones.

En medio aparece un detalle que, aunque parezca menor, ilustra lo enrevesado del asunto: el título del ciclo. En la discusión pública se ha mencionado si el enunciado llevaba o no llevaba interrogación —el “¿?” de “¿La guerra que todos perdimos?”— y se ha hablado incluso de un supuesto “error de maquetación”. Son matices que, en condiciones normales, serían anecdóticos. Aquí no: porque en un tema así un signo de interrogación cambia el tono, el propósito y la lectura política. No es lo mismo afirmar que “la guerra la perdimos todos” que plantearlo como pregunta abierta. Ese tipo de detalles se convierten en pólvora cuando el debate ya está inflamado.

Las bajas: de la política al ensayo, pasando por la mesa cultural

Tras la retirada de Uclés, la lista de ausencias crece. Según la versión trasladada por los organizadores, fueron cancelando su participación políticos como Antonio Maíllo (Izquierda Unida), María Márquez (PSOE) y Carmen Calvo (PSOE), además del escritor Paco Cerdá. Esa secuencia es clave para entender por qué la Fundación Cajasol insiste tanto en el “equilibrio”: cuando un ciclo pretende reunir voces de sensibilidades diversas, perder a representantes de un bloque político o cultural no es solo perder nombres; es perder la arquitectura del evento.

Al mismo tiempo, no todo el mundo se baja. Los organizadores sostienen que otros mantuvieron su compromiso, entre ellos el ministro Félix Bolaños, y que “todos los historiadores con excepción de Zira Box” confirmaron su asistencia. Más allá del choque partidista, esa frase introduce algo importante: la tensión no se limita a los “políticos famosos”, también roza el mundo académico y el prestigio profesional de quienes trabajan la historia del siglo XX español.

El programa previsto incluía, entre otros, al exministro y expresidente de la Comunidad de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón, al teniente general Félix Sanz Roldán, al director de cine Alejandro Amenábar, al actor Juan Echanove y a historiadores como Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos, Pilar Martínez-Vasseur, Manuel Álvarez Tardío, Gutmaro Gómez Bravo, Fernando del Rey y Julián Casanova. Es decir, un cartel con mezcla deliberada de perfiles: política institucional, mundo cultural, historia académica, memoria pública. Precisamente esa mezcla —lo que para unos era pluralidad— es lo que para otros se convirtió en un problema.

Los organizadores añadieron otro dato significativo: que, inicialmente, solo Vox (como ya habría ocurrido en ediciones anteriores de Letras en Sevilla) y Gabriel Rufián (ERC) se habían negado a asistir. Ese apunte pretendía reforzar la idea de que el resto del abanico estaba dispuesto a conversar. Pero la realidad cambió con las renuncias sucesivas, y el “mapa de ausencias” empezó a parecerse demasiado a una fotografía política.

Las acusaciones de coacciones y el nombre de Luis García Montero

La parte más delicada del comunicado de los organizadores no es la que habla de una protesta violenta, sino la que atribuye una campaña de presiones a un partido concreto. Podemos aparece como actor señalado y se habla de “medios políticos afines”. Es una acusación grave por dos motivos: porque sugiere una intervención organizada para sabotear un acto, y porque lanza al centro del debate un choque de legitimidades. En un lado, la libertad para organizar y participar en un foro cultural. En el otro, la libertad para criticar, presionar o retirarse cuando se considera que el foro tiene un sesgo o blanquea determinadas figuras.

En ese mismo marco, los organizadores mencionan expresamente al director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, y recuerdan que su esposa, la novelista Almudena Grandes, “participó gustosamente” en la primera edición de estas jornadas, entonces denominadas “Literatura y Guerra Civil”, en 2017. Es un golpe argumental muy medido: no solo se invoca un nombre institucional con peso cultural, también se coloca sobre la mesa la memoria de una escritora muy respetada y muy vinculada al imaginario de la memoria democrática. El mensaje implícito es claro: si entonces se participó, ¿por qué ahora se deslegitima?

Lo que queda, sin embargo, es un cruce de versiones que todavía no se han desbrozado en un espacio común. Los organizadores sostienen que hubo coacciones. Uclés asegura que hubo mentiras y manipulación sobre el cartel. La Fundación Cajasol habla de problemas organizativos por bajas. Y el lunes 2 de febrero se anuncia como el momento de explicar “lo ocurrido”, un intento de dar forma narrativa a un episodio que ya llega con demasiadas narrativas encima.

Sevilla, febrero y el peso simbólico de hablar de 1936

Que todo esto ocurra en Sevilla no es un detalle decorativo. La ciudad ha sido escenario de debates culturales intensos en los últimos años, y la memoria histórica —en Andalucía como en el resto del país— sigue siendo un campo donde cada acto público se interpreta como una toma de posición. El título del ciclo, centrado en 1936, es prácticamente una invitación a la disputa por el marco: ¿se habla de historia, de memoria, de responsabilidades, de relatos familiares, de política contemporánea? ¿Se habla de la Guerra Civil como “guerra de todos” o como fractura que tuvo víctimas y verdugos identificables? ¿Se habla como quien analiza archivos o como quien vive una herida?

En ese paisaje, el cartel previsto mezclaba perfiles que, para una parte de la opinión pública, no deberían mezclarse. La presencia de Aznar y Espinosa de los Monteros fue el punto de combustión para Uclés y para quienes, después, pudieron sentirse empujados a apartarse. Los organizadores, en cambio, defendían la idea de un debate “civilizado” donde cupieran “todas las voces, opiniones e ideologías posibles”. Esa frase es una declaración de intenciones y, a la vez, el núcleo del conflicto: qué se entiende por “todas las voces” cuando algunas voces son percibidas como amenaza para los derechos o como legitimación de un pasado autoritario.

Uclés, en su mensaje, introduce una frontera distinta: dice no tener miedo al diálogo, pero afirma que no conversará con quienes desean derribar derechos sociales, ni con criminales de guerra, ni secundará actos en los que participen. Es una definición de límites morales, no solo políticos. Y esa definición, al chocar con la visión de los organizadores, convierte el evento en un campo de prueba sobre el estado actual del debate público en España: si se puede, si se debe, si conviene, si es sano compartir una mesa con determinados nombres.

Qué se sabe y qué queda por aclarar antes del “otoño”

A día de hoy, lo confirmado es el aplazamiento y el compromiso de que el ciclo se intente reprogramar en otoño, además de la convocatoria de una rueda de prensa el lunes 2 de febrero para explicar el origen de la decisión y el detalle de las presiones y amenazas denunciadas. También se conoce, por la propia secuencia pública, que la polémica estalló tras la retirada de David Uclés y que después se produjeron más bajas relevantes en el cartel, lo que encaja con la explicación de Cajasol sobre la imposibilidad de recomponer el programa “a tiempo” y con el “espíritu” anunciado.

Lo que no está detallado públicamente con precisión documental —al menos en lo difundido hasta ahora— es la naturaleza exacta de las amenazas y la forma concreta de esas presiones que describen los organizadores. Ellos hablan de redes sociales, de “ultraizquierda”, de llamadas. Pero el caso, al estar en el terreno de la denuncia política y mediática, no se resuelve con adjetivos. Se resuelve con hechos verificables, y la comparecencia anunciada para el lunes aparece como el primer intento de ordenarlo todo en una versión oficial ante micrófonos.

También queda por ver si el “otoño” significa una reprogramación idéntica, un cartel remodelado o un cambio de enfoque. La Fundación Cajasol, al hablar de rearmar el programa, sugiere que no será un simple “copiar y pegar” de fechas. Y los organizadores, al denunciar presiones y bajas, dejan entrever que el equilibrio original se rompió por una batalla política. Cuando un evento se aplaza por estas razones, no basta con moverlo de casilla en el calendario: hay que reconstruir confianzas, volver a confirmar asistentes, rehacer el relato de legitimidad. Y eso, en un debate sobre 1936, es casi siempre un trabajo de orfebrería… con guantes de boxeo.

Cuando el debate sobre el debate se come al debate

En el fondo —sin ponerse filosófico, pero mirando el terreno— el episodio muestra algo muy concreto: que la discusión sobre la Guerra Civil en España no se limita a lo que se dice, sino a quién lo dice y desde dónde lo dice. El cartel de Letras en Sevilla, con su mezcla de historiadores, políticos y figuras culturales, activó una pregunta que en 2026 está siempre al acecho: si un acto es un foro de ideas o una operación de blanqueamiento. Si es pluralidad o equidistancia. Si la discrepancia se negocia en una mesa o se impone mediante presión social.

Pérez-Reverte, fiel a su estilo, ha vinculado lo ocurrido a la decadencia y el sectarismo de la izquierda radical y a la “cobardía” de cierta izquierda moderada. Uclés, en cambio, presenta la suspensión como un triunfo de vigilancia democrática ante mensajes que, a su juicio, blanquean el franquismo. La Fundación Cajasol intenta sostenerse en un lenguaje institucional: equilibrio, altura intelectual, rearmar el programa. Tres planos distintos para el mismo choque. Y en medio, un listado de nombres que, por sí solo, explica el alcance del incendio: Aznar, Espinosa de los Monteros, Bolaños, Carmen Calvo, Antonio Maíllo, Luis García Montero, Amenábar, Juan Echanove, Julián Casanova, Moradiellos… cada uno arrastra su propia sombra pública, su propia audiencia, su propio “marco” en redes.

La suspensión no borra el conflicto, lo aplaza y, probablemente, lo agranda. Porque ahora el foco también está en la legitimidad de las presiones, en la seguridad, en el papel de las instituciones culturales y en el modo en que se construyen estos foros. Un ciclo que pretendía hablar de 1936 se ha convertido, casi sin querer, en un retrato de 2026: polarización, reputación, redes sociales, vetos, líneas rojas y comunicados.

El próximo capítulo: rueda de prensa y reconstrucción del cartel

El lunes 2 de febrero, en la sede de la Fundación Cajasol, los organizadores y coordinadores han anunciado que explicarán lo sucedido. Esa comparecencia llega con varias expectativas encima: concretar qué amenazas se detectaron, detallar qué tipo de presiones se denunciaron, explicar cómo se gestionaron las bajas y, sobre todo, aclarar qué fórmula se pretende para la reprogramación de otoño. Será, también, una escena simbólica: la institución cultural intentando recuperar el control del relato en un asunto que se le ha escapado hacia el ruido político.

Hasta entonces, lo que queda es un hecho central, difícil de discutir: las jornadas se aplazan por una combinación de tensión externa (amenazas o protestas violentas anunciadas, según los organizadores) y desgaste interno (renuncias que impiden sostener el programa equilibrado, según la entidad anfitriona). Y alrededor, un conflicto con nombres y apellidos: Pérez-Reverte y Vigorra denunciando presiones y coacciones; David Uclés celebrando la suspensión y acusando de mentiras; la mención de Podemos como supuesto motor de presiones; la alusión a Luis García Montero y la memoria de Almudena Grandes; la presencia discutida de Aznar y Espinosa de los Monteros como detonante; la retirada de políticos del PSOE e IU; la confirmación de otros participantes como Félix Bolaños y varios historiadores, con la excepción señalada de Zira Box.

Y, por debajo de todo, una pregunta que no necesita formularse con interrogantes en un titular para existir: qué tipo de conversación pública es posible en España cuando el tema es la Guerra Civil, quién decide el perímetro de esa conversación, y qué precio paga una institución cultural cuando intenta abrir una puerta y, al otro lado, ya hay gente empujando en direcciones opuestas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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